Reportajes

"Pensé que era mi última hora de vida, así que intenté ser feliz"

De Idomeni al Camp Nou: el reencuentro de un voluntario español y un refugiado sirio

Era abril en el campo de refugiados de Idomeni, cerca de la ciudad griega de Salónica, cuando el voluntario español Esaú Pérez, de 35 años, y el refugiado sirio Abdullah Al Mahmoud, de 26, se conocieron en lo que el primero refiere como “la gran pelea”.

Centenares de refugiados habían intentado cruzar la frontera con Macedonia y estaban recibiendo golpes y gases lacrimógenos del ejército y la policía, así que regresaban al campamento “agarrotados por la ansiedad”, según cuenta Esalú, que decidió irse a ayudar a los campos de refugiados después de ver la foto del niño sirio tendido en la playa.

"Acababa de ser padre", dice.

Él, que trabaja como técnico de emergencias, estaba tratando de calmar a las víctimas de la policía, “pero no entendían el inglés”, así que llegó Abdullah y se puso a traducirlo todo de modo que muchos se tranquilizaron. “Lo que llevaba veinte minutos, empezó a ser resuelto en tres”.

Idomeni fue el mayor campo de refugiados de Europa y llegó a acoger a 14.000 exiliados que llegaban a las costas griegas hasta que fue desalojado el pasado 29 de mayo. La mayoría de sus habitantes viven ahora en otros campos, en teoría mejor organizados y militarizados de la región.

Ocho meses después, Abdullah y Esaú se reencuentran en Barcelona en una situación más tranquila y agradable: ahora un paseo y un café por La Rambla, más tarde una visita al Camp Nou donde el sirio verá por primera vez jugar al Barça y, nada mal, meterle siete al Hércules en Copa.

Llueve en Barcelona. Los dos bromean sobre cualquier situación: “Tengo muy mala suerte, primero mi país entra en guerra y ahora me llueve en Barcelona”.

Ríen.

El catalán reconoce su sorpresa al ver a tantos refugiados con iPhone: "Uno se imagina a gente muy pobre y lo son, claro, pero tenían una vida antes, un teléfono, un trabajo, una cuenta. Son gente como nosotros que lo ha perdido todo". 

“Traducía a casi todos los refugiados y voluntarios”, cuenta Esaú sobre Abdullah, que añade: “Me venía muy bien para mantener la cabeza ocupada, no tener nada que hacer es lo peor”.

Niños comiendo pilas o fumando rollos de papel, como recuerda Esaú, resumen esa realidad frustrante de la eterna espera.

“Nos trataban como a animales: comida caducada, durmiendo en tiendas de campaña muy pequeñas… La primera semana aún aguantas bien, pero después te ves viviendo en una cárcel, esperando a que un país te acoja, como te dicen que va a suceder. Al principio ciertos países acogían a algunos, pero son taaaan lentos. No podíamos trabajar, no podíamos hacer nada y el tiempo pasaba…”, recuerda Abdullah.

La Unión Europea tan sólo había acogido el pasado mes de septiembre a 5.651 demandantes de asilo de Grecia e Italia, adonde llegan la mayoría de los refugiados, de los 160.000 que prometió en septiembre del pasado año. A España han llegado 700 de los 17.000 prometidos.

Travesía con humor

Para instalarse en Alemania, cerca de Dortmund, donde vive hoy, Abdullah las ha pasado de todos los colores. 

Natural de Alepo, "la ciudad que era", Abdullah salió de Siria aprovechando un viaje a Bahrein por trabajo. Licenciado en Ley islámica y estudiante de economía, ejercía de comerciante de libros y no regresó a su país en guerra, sino a Turquía.

Salió de Turquía hacia Grecia el pasado mes de febrero en una barca neumática de traficantes de personas. “Ya pensaba que moriría en el camión donde iba agolpado con 60 personas más camino a la costa. Después, una vez en la barca, no puedes decir que no, porque son mafiosos y no sabes lo que pueden hacer contigo”.

Sospechaba que podía morir en el mar: “ Al principio tenía mucho miedo. Luego pensé que podía ser la última hora de mi vida y preferí reírme y ser feliz en mis últimos momentos”. No sabe nadar.

Entonces le rescató un barco de las autoridades griegas que lo llevó hasta Europa, al fin, “hasta el sueño, el falso sueño”, dice. En el campo de Idomeni se convirtió en uno de lo traductores más activos de los refugiados.

Tras unos meses en Idomeni consiguió llegar a Alemania después de tres intentos fallidos (sin contar las veces que los refugiados intentaron saltar la valla).

La primera vez que lo intentó, los mafiosos (a los que pagó 3.000 euros por un número ilimitado de tentativas) le hicieron un pasaporte falso finlandés. “En el aeropuerto me miraron el color de piel y se rieron mucho y yo también. Les dije: 'vale, no soy yo'”.

Después fracasó otra vez con un DNI español falso en el que el apartado del nombre aparecía vacío y el apellido era una mezcla aleatoria de letras. “¡Con este casi me dejan entrar!”.

A la tercera fue la vencida (esta vez con un pasaporte falso de árabe ya residente en Europa) y una vez en Alemania “todo fue más fácil”.

Ahora vive con una pensión de 400 euros al mes que el gobierno alemán da a los refugiados, en una pequeña habitación compartida con otros tres refugiados. Come una vez al día “arroz con huevo” casi siempre, porque en la pequeña cocina que comparten tampoco le entran muchas ganas y anda justo de dinero.

"Han destruído Alepo y nadie dice nada"

El rostro de Abdullah pierde la sonrisa cuando habla de la guerra y del presidente Bashar Al Assad. " Cuarenta años con la misma familia ya es suficiente para una República", dice sobre un presidente del que lamenta que "no respetaba los derechos humanos".

Dice Abdullah que "al principio, eran estudiantes con libros pidiendo libertades contra un ejército armado", aunque tiene claro que "si hubiéramos sabido que se iba a llegar a la situación de hoy, con 500.000 muertes, no habrían empezado las revueltas".

El refugiado denuncia que "a ningún país le interesa que la guerra acabe porque dejarían de vender las armas más nuevas del mercado". Está convencido de que "Rusia lo que quiere es el gas" y por eso colabora con el régimen sirio.

Sobre los rebeldes islamistas, recuerda que Assad liberó a muchos de ellos al comienzo de las revueltas y que "con el Estado Islámico, como con Al Qaeda, los países occidentales encuentran un pretexto para atacar". Para él, los terroristas "no son musulmanes", porque "un musulmán de verdad no mata a nadie".

"Han destruido a Alepo y nadie dice nada, a todo el mundo le da igual, todos los países están con Al Assad porque tiene mucho dinero", lamenta Abdullah, que aún cree en los rebeldes "porque alguna fe hay que tener o inventarla".

Sus padres aún viven a las afueras de Alepo, "pero están en una zona de dominio turco, que ni los rebeldes ni Al Assad atacan". Recientemente, su cuñado murió en un bombardeo. "Su hijo pequeño estuvo cuatro horas bajo las piedras, algo que hoy en día es normal. Hay niños que han crecido entre armas y bombas y será muy difícil educarlos en otra realidad".

Un día, Abdullah sueña con poder volver a Alepo "a reconstruir el país y hacer el trabajo social que hicieron los voluntarios en Idomeni y que no existe hoy en Siria", aunque espera hacerlo con doble nacionalidad. Le gustaría estudiar enfermería, pero antes está intentando conseguir un empleo, esta vez pagado, de traductor en Idomeni para una ONG inglesa. Sería el primero de sus regresos.

 

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