Reportajes

Glastonbury 2011, parte 2

Después del barro, Janelle Monáe y otras diversiones

Janelle Monae

No cabe ninguna duda de que el mapa demográfico en Glastonbury ha cambiado de manera dramática con el paso de los años. Y aunque todavía puedes encontrarte con hippies y perroflautas bebiendo tranquilamente yogur líquido por la Verde Pastura, últimamente es más fácil encontrarse a un abogado antes que a un druida en el escenario Pyramid. A pesar de esto, todavía hay intentos de rendir tributo a los orígenes del festival. Por ejemplo, este año se ha creado el escenario Spirit Of ’71, en el que que había actuaciones de muchos artistas (y en algunos casos hasta de sus hijos) que habían estado tocando aquí hace cuarenta años. De todas maneras, la zona ha permanecido razonablemente vacía durante el festival. Será que los viejos hippies no aceptan ser tratados con tanta condescencia y como si fueran el caprichito del dueño. O quizá sea que ya no quedan hippies viejos.

El constante rejuvenecimiento del público se reflejea en lo que, a primera vista, aparenta ser el cartel menos aventurero de la historia de Glastonbury. Coldplay podrán haber perfeccionado su arte (sea o no sea “música para gente que aún moja la cama”), pero está claro que no es lo se suele entender como un cabeza de cartel estimulante. Beyoncé es una propuesta mucho más atractiva, pero aún así incapaz de generar la polémica que despertó la aparición de su maridito Jay-Z en 2008. U2 sí que consiguen causar algo de revuelo, pero sobre todo porque hubo una protesta planificada en contra de sus chanchullos fiscales (pagan sus impuestos en el extranjero mientras la economía de su país se está yendo por el retrete), y que fue inmediatamente aplastada por unos guardias de seguridad sorprendentemente entusiastas. Y aunque su actuación del viernes por la noche atrajo a la acostumbrada legión de fans, no creo que haya tenido la sensación de que hubiera un cabeza de cartel tan insultado en todo el resto del recinto –de las mofas constantes en la carpa de comedia a la aparición de Cassetteboy & DJ Rubbish, saludados con sonoros abucheos por salir vestidos igual que la banda el domingo por la mañana–. La antipatía siempre ganará a la amabilidad en el caso de estos rockeros irlandeses.

Mientras los escenarios principales ofrecen pocos conciertos con chicha, un escrutinio a fondo del fungoso cartel nos revela que hay un montón de diversión por todas partes. El escenario West Holts tiene el mejor cartel del domingo, y ahí es donde Omar Souleyman saluda a una multitud preparada para adorar los ritmos frenéticos de la superestrella siria a la vez que la salida del sol. Puede tener una cantidad insultante de lanzamientos a sus espaldas, unos 500, a lo Mark E. Smith, pero sólo desde que Sublime Frequencies empezó a publicar recopilaciones de su trabajo se le ha empezado a prestar atención en el mundo occidental. Su popularidad entre las naciones árabes, mientras tanto, se constata por la gran cantidad de músicos de Oriente Medio militantes en otras bandas que se han arracimado para ser testigos de su presencia.

Antes de este momento, sólo había visto vídeos de actuaciones suyas en YouTube, casi siempre en bodas, y si comparamos el exiguo tamaño de su banda con lo visto en la red, hay que decir que el concierto fue decepcionante. Yo esperaba ver, cuanto menos, al poeta que supuestamente le susurra las letras a Omar al oído para que luego él las cante, pero hoy sólo tenemos a un teclista disparando ritmos y a un tipo que se alternaba entre un tamborcillo y un instrumento de cuerda que soy incapaz de identificar, repiqueteando acordes a una velocidad capaz de romperte el cuello. Omar no se empleó a fondo con la voz, que la tiene admirable, y no hizo mucho más que pasearse arriba y abajo del escenario con sus típicas gafas de sol siempre puestas; de vez en cuando le hacía señas al público, que recibió cada una de las notas con máximo entusiasmo. Los ritmos machacones sugerían a veces un equivalente árabe de nuestro europop, pero en cualquier caso se agradeció en esas horas de sol.

El buen clima acostumbra a mejorar las reacciones del público, y esto explica en parte el enorme seguimiento que tuvo Tinie Tempah en el escenario Pyramid. El tipo se lo ha montado para superar el millón de descargas en Estados Unidos y así cimentar su posición como el rapero británico más importante desde Dizzee Rascal. Pero lo suyo no es exactamente rap, ya que incorpora elementos del electro e incluso del drum’n’bass en un combinado que no queda más remedio que describir como pop. Ni que decir tiene que eso no es algo malo, ya que su pop es ligeramente mejor que la mayoría de esos sonidos nauseabundos que ocupan actualmente las listas de éxitos. Se siente cómodo delante del público, y el que tuvo aquí, me juego el cuello, ha sido el más grande ante el que ha tocado. Por los clavos de Cristo, si es que incluso podría estar haciendo karaoke en el bar de la esquina y seguiría igual de relajado. Impresionante para un hombre que apenas supera los 20 años.

No es fácil encontrar un buen sitio en las primeras filas de Tinie, pero con Gold Panda no se tiene ese problema. Es fácil de explicar: le tocó actuar en el llamativo escenario Cubehenge, que es tan raro que los altavoces a mayor potencia están situados en la parte de atrás, y eso significa que mucha gente prefiere sacrificar una vista nítida a cambio de un sonido más limpio. De todos modos, no hay mucho que ver, ya que Derwin Panda prefirió esconderse detrás de una capucha y unos auriculares y dejar que su música tomara el protagonismo. La música es fantástica, claro que sí, y el sonido rave 90s de “Marriage” nos hizo cosquillas y todo. Derwin ha decidido que no piensa alterar apenas la estructura de los temas, y sólo un chapoteo raro del sonido o la manipulación de los filtros es lo que nos recuerda que sigue estando ahí. Al público se le puede perdonar si siente que se les ha tomado el pelo, pero la brillantez eufórica y pastoral de su música encajó tan bien en la escena que a nadie le pareció mal (excepto cuando, de vez en cuando, le daba por quitar el beat). Escogió el final muy bien con la majestuosidad breakcore de “Win-San Western”, que nos puso a todos a volar.

Después del concierto secreto de Radiohead del día anterior, el misterio del sábado estaba en saber cuál sería el invitado especial que aparecería en escenario Park, pero un diario de tirada nacional ya se encargó de chafar la sorpresa al revelar que serían Pulp. Habría sido fantástico ver a Jarvis et al pavoneándose con su material en The Park, pero el recuerdo fastidioso de no poder ver a Radiohead y el sonido cutre nos hicieron tomar la decisión de ir al West Holts, una opción mucho más atractiva, pues ahí estaba Aloe Blacc entrando con máxima elegancia. Vestido de punta en blanco y con una banda más compacta que el culo de un gato, su visión jolgoriosa y clásica del soul es como embadurnarte de crema solar antes de exponerte al calor de las estrellas que venían anunciadas tras él. Le sacó punta a “I Need A Dollar”, su mayor éxito y probablemente la mejor canción que nunca escribió Bill Withers, el cierre perfecto del concierto gracias a su reconocible riff de piano. Una treta para meterse a la gente del bolsillo; el resto de las canciones, la verdad, palidecen en comparación. Janelle Monáe Glastonbury

Por desgracia para él, todo el directo palidece si lo comparamos con lo que hizo la irresistible Janelle Monáe. Los vestidos que lleva son espectaculares, la manera de bailar es enérgica, y la música es más saltarina que un perro de aguas de goma. Aparece flanqueada por dos bailarinas tal como sale al escenario, las tres parecen ewoks encapuchadas en sus largas túnicas, y cuando se quita el hábito aparece en un estiloso vestido de tres piezas y comienza a soltar temazo tras temazo. Tengo que admitir que su álbum, “The ArchAndroid”, me resulta a ratos un poco excéntrico (en serio, léete las notas interiores, la tía está como una cabra), pero el espectáculo que dirige es compacto y espectacular. Satisfizo a un público que tenía ganas de fiesta, se marcó un par de versiones de la Motown incluida una interpretación de “I Want You Back” de los Jackson 5 tan indescriptible, tan perfecta, que te preguntas si en realidad está imitando a un pequeño Michael Jackson que tiene clonado y amaestrado en los camerinos.

Si hablamos de entretenimiento, lo suyo supera fácilmente cualquier otra cosa que hayamos podido ver durante el fin de semana entero. Llegó un punto en el que la banda rebajó el tempo lentamente hasta que todos se pusieron a yacer en el suelo, a oscuras, hasta que de repente se levantan y se llevan a la cantante a caballito hasta donde estaba el público. En otro momento, le traen un lienzo al escenario y Monáe decide pintar el culo de una mujer. ¿Por qué? ¡Ni puta idea! ¡A quién coño le importa! Todo lo que sé es que tengo una envidia terrible de su banda, todos parece que se lo están pasando en grande. Y con un motor de tantos caballos dirigiendo el cotarro, la verdad es que no me sorprende.

Monáe fue, hace tiempo, corista de OutKast, y ahora parece como si todavía se ocupara de esos menesteres cuando Big Boi sale al escenario del West Holts para ejercer de cabeza de cartel. Tiene la gran ventaja de que dispone de un catálago de hits amplísimo, y los selecciona con cabeza, aunque hay algo raro en el hecho de tocar “Ms. Jackson” sin que Andre 3000 esté ahí, sobre todo porque bien parecería un ajuste de cuentas de éste tras su ruptura con Erykah Badu. Si os digo la verdad, es complicado admitir la ausencia de su antiguo cohorte, ya que su imaginación bizarra es el contrapunto ideal para el flow fuerte de Big Boi. No está claro si un nuevo disco de OutKast va a ver la luz del día en algún momento próximo (se dice que no al menos durante un par de años más), y aunque Big Boi lo hace de lujo, muchos desearíamos que la próxima vez que vuelva a tocar aquí sea con su viejo socio.

Con esto se acabó una soberbia noche de acción en el escenario West Holts, pero aún no se había acabado la música; en el G Stage acababa de empezar el mercurial Lee Scratch Perry con un set perezoso y rico en bajos para un grupo compacto de mirones entusiasmados. No se entendía apenas lo que decía, pero daba igual, ya que la peña iba tan crujida que se estaba apostando contra los troncos de los árboles a medida que iba haciendo mella el consumo de hierba. ¿He dicho peña crujida? Perdón, quería decir yo mismo. Mi recuerdo de la actuación es un poco neblinoso, pero sí recuerdo una gran, gran felicidad, así que eso debe significar algo.

El final de su concierto señaló el cierre de la música en los escenarios principales, lo que no significa que pasara lo mismo en la plétora de pequeñas carpas diseminadas por todo el lugar. Acabamos apalancándonos en el comodísimo escenario Small World, en el que una banda llamada The Fat 45s estaba repartiendo auténticos pedazos de jump blues, incluída una fantástica versión del “Walkin’ Blues” de Jesse Powell & Fluffy Hunter. Estuvieron tocando mil años, básicamente porque la gente no les dejaba acabar nunca, pero no pasó nada, porque Sam And The Womp mantuvieron el mismo tempo con su mezcla de metales balcánicos y ritmos conducidos por fuertes líneas de bajo. El único problema es que con tanta diversión sin freno se te hace difícil irte a dormir...

Levantarse por la mañana al día siguiente es mucho más fácil. Llegados a ese punto, incluso con el clima más fresco se hace imposible estar en las tiendas, el calor es incómodo a partir de las diez de la mañana, lo que fuerza a la gente a salir como una babosa a cielo abierto sin haber descansado lo suficiente, pero el domingo es aún peor porque el sol ha convertido el festival en una maldita caldera. Lo único que se seca más rápido que el barro es la piel de algunos hippies desnudos en Stone Circle, que se vuelven casi de color rosa a medida que se sacuden sus penes fláccidos aprovechando las pocas ráfagas de brisa, algo que todo el mundo agradece (la brisa, por supuesto, no los penes).

Gracias a dios, las banderas se mueven en el West Holts, así que allí nos vamos a ver a Jah Wobble & The Nippon Dub Ensemble, que nos proporcionan la receta necesaria para días como este: un montón de reggae. Versiones de “You Don't Love Me (No, No, No)” y “I'm Still In Love With You” empiezan a caer una tras otra, y estamos tan agustito que nadie se queja cuando nos avisan de que “no tengáis miedo, pero vamos a tocar un poco de jazz”. Es un placer perezoso, y tal como se podía esperar, el bajo suena gordísimo.

Después de eso, muchos se empiezan a mover hacia el escenario principal, donde Laura Marling le está dando los toques finales a su amable y conservador cancionero folk, sobre todo para esperar el comienzo de Paul Simon, que ha prometido llevarnos de viaje a “Graceland”. Al hombre se le nota poco entusiasmado y se escuda en excusas desde el principio, del tipo “tengo una infección en la garganta, no estoy en las mejores condiciones, es por ello”. Quizá es por ello por lo que rápidamente le da al público tan pronto “50 Ways To Leave Your Lover”. La gente está contenta, sí, pero a mí me dan ganas de volverme a dormir. Tal cual. Me despierto de la cabezada justo a tiempo para escuchar el estribillo final de “You Can Call Me Al”, pero, si os digo la verdad, no tengo la sensación de haberme perdido gran cosa.

Nadie quiere perderse nada, sin embargo, de Plan B, que reúne un público todavía más grande. Es alucinante el éxito que ha obtenido en su reformulación estética: ha pasado de ser un simple rapper a ocupar el escenario principal en cualidad de cantante soul blanco más importante del país (o, al menos, hasta que la Winehouse se desintoxique lo suficiente como para acabar una nueva canción); tanto se ha reformulado que no toca ni un solo tema de su primer disco, “Who Needs Action When You Got Words”. A pesar de que se puede argumentar que la oscuridad de su primer material no pega para nada en un domingo soleado en Glastonbury, no deja de resultar raro que haya querido borrar de golpe esa parte de su historia, a la vez que es una patada en los huevos para sus fans de la primera época.

A decir verdad, a casi nadie le importó, y no se puede negar que el hombre tiene una voz increíblemente versátil. El concierto es un poco flojo, de todos modos, por culpa de una pre-anunciada “sección karaoke” en la que “Kiss From A Rose” y “Stand By Me” se acaban metamorfoseando en una extravaganza con beatbox que fracasa por completo. Ya tenemos suficientes ejercicios cutres de karaoke en la cultura mainstream con X-Factor y American Idol para que venga Plan B a hacer unas interpretaciones de su propio material en las que el efecto es tan desafortunado que hasta parecen versiones también; parece un tributo a la autenticidad, pero también indica que su trabajo no es siempre especialmente original. Afortunadamente, el día nos lo salva su interpretación de “Stay Too Long”, en la que se vuelve loco y empieza a atacar a su banda en una aparentemente estudiada demostración de cuán apasionado es. Justo en ese momento se sube la potencia de los aplificadores y su música gana músculo.

Como contraste, ahí está el concierto de Lykke Li en el escenario Park: suena inmaculada cuando cae el volumen y ella se tiene que limitar a suspirar las palabras con un irresistible control de la voz. Sus grabaciones de estudio suenan a menudo muy pulidas, incluso esterilizadas, pero aquí todo funciona. Su versión de “Little Bit” es hermosa, lo mejor de un set lujoso, aunque probablemente esté diciendo esto porque tiene un significado muy especial para mí y mi media naranja (estamos en medio de la celebración de un aniversario memorable). Es el acompañamiento perfecto para una vista del sol, menos justiciero a estas horas, empezando su descenso hacia la línea del horizonte. Lo raro de la situación es que tiene al público comiendo de la palma de su mano y ni siquiera se da cuenta. Se queja: “Estáis tan callados, tan quietos y tranquilos, ¡que no lo puedo soportar”, aparentemente convencida de que el público está aburrido, cuando en realidad estamos patitiesos. También es raro que espere que todo el mundo se ponga a bailar con unas canciones que no son tan bailables, y criticar al público de Glastonbury por no moverse me parece muy fuerte, pero la música sigue siendo encantadora a pesar de su error de juicio.

No sería un error que Queens Of The Stone Age volvieran a repetir pronto. Desde el mismo comienzo parece claro que la banda están avivando el ambiente para cerrar el escenario Other, con Josh Homme susurrando cosas tipo “Glastonbury, sois jodidamente hermosos” cada vez que las luces del escenario iluminan a la masa. La banda garantiza también un repertorio multitudinario por la simple razón de que cada una de las canciones que tocan han sido votadas por los fans en su web, un sistema que muchos más artistas deberían adoptar si quieren asegurarse el concierto perfecto para un festival. Empiezan con un ritmo devastador, con “Feel Good Hit Of The Summer” seguido de “The Lost Art Of Keeping A Secret”, tal como sucede en “Rated R”. A modo de introducción, es como si te presentas a una fiesta y antes de que entres por la puerta ya te han dado una raya de coca y te han dado una buena mamada.

Como resultado, parece como que les dé igual que Beyoncé esté enloqueciendo a un público el doble de grande justo detrás de ellos. Cuando Homme menciona su nombre, la gente comienza a abuchear, pero les detiene con comentarios del tipo “¡no, no, no, tíos, que a mí lo que me gustaría es ponerle un anillo! Lo que no os voy a decir es dónde exactamente le pondría el anillo...”. Luego dice que le gustaría correrse de una forma tan violenta de modo que “Beyoncé pueda sentirlo en sus propios huesos”. Rollo soez.

Hay que decir que no se presentó la alineación clásica de los Queens, al menos comparada con la que apareció en la edición de 2002. Me supo muy mal por aquel entonces haberme perdido a Dave Grohl, Mark Lanegan y Nick Oliveri tocando en ese escenario justo después de la publicación de “Songs For The Deaf”, y me es difícil comparar este concierto con el que siempre he imaginado que sería una experiencia alucinante en aquella época, pero el batería hizo un buen trabajo cuadrando todos los golpes increíbles inventados por Grohl en el estallido desordenado de “A Song For The Dead”. De mientras, el riff de apertura de “Better Living Through Chemistry” suena como si de repente fuera el comienzo de un clásico perdido de Radiohead antes de descender por una perdiente saturada de feedback y solos brutales. Un gruñido a lo Lanegan o un aullido a lo Oliveri habrían quedado muy bien ahí en medio, y aún así es la música más dura y tonificante que he escuchado en todo el fin de semana. Y aunque todo ese personal no esté presente, todavía está ahí el inimitable Josh Homme, chupando cigarrillos sin descanso durante los solos a pesar de que nunca le llegamos a ver encender ninguno. Junto con Janelle Monaé competiría por el premio a persona más guay del festival. Jesús, mataría por saber cómo sonaría una colaboración entre estos dos.

Llegados a este punto, los escenarios están a punto de cerrar y en el escenario Spirit Of 71 ya no sucede gran cosa cuando pasamos por delante, pero el Espíritu del 91 se manifiesta en su máxima expresión a medida que empiezan a sonar los ritmos fofos de Stereo MCs frente a una audiencia entregada en el escenario G. Son mucho más divertidos de lo que me esperaba, y aunque el líder Rob Birch puede tener la pinta de alguien que ha ingerido una cantidad de drogas casi letal a lo largo de los años, lleva el pulso de cada estribillo con el entusiasmo de un hombre que tuviera la mitad de su edad.

Estos son los tipos de cosas que te encuentras en muchos festivales a ciertas horas de la noche, pero hay una experiencia que sólo sucede en Glastonbury: cuando te encuentras reptando por encima de una tubería de cemento para entrar en un universo alternativo aparentemente excavado directamente en el barro. Hay un escenario grande en el que han puesto un órgano gigante y un palco flanqueado por tenderetes, un bar y hasta un nido de cuervos. El lugar parece el set abandonado de una película de Terry Gilliam. Para hacerlo incluso más sorprendente, recuerdo que pasé por delante de este sitio dos días antes y ahí no había nada más que un grupo de irlandeses con pinta de ir de culo trabajando detrás de una enorme lona.

Entramos, y justo en ese momento nos topamos con un tipo enmascarado que, en el escenario, está jugando a un juego llamado “Smash Hits”. La cosa va de que le pasan discos desde el palco y los pincha en un viejo gramófono, y si la gente decide que no son buenos, entonces los arranca del plato y los hace añicos sobre la cabeza de la primera persona que encuentre cerca. Es anárquico, entrañable y completamente loco. Un hombre empieza a tocar un medley de hip hop a la guitarra acústica. Miro a mi alrededor y el lugar entero se une a coro para cantar “Gansta’s Paradise”. La cera gotea de los candelabros sobre las cabezas de la gente. A nadie le importa. A través de un agujero en la lona veo el sol, que vuelve a salir. Por un momento, deseo que ese momento no se acabe nunca.

Glastonbury 2011, parte 1: Viendo a Radiohead entre el barro y otras pruebas de resistencia

ColdPlay Beyoncé

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