Reportajes

Glastonbury 2011, parte 1

Viendo a Radiohead entre el barro y otras pruebas de resistencia

Glastonbury 2011

Hace cuatro años me encontré acurrucado en la esquina de una tienda-cafetería justo en la conclusión de un festival de Glastonbury extraordinariamente lluvioso. Eran las dos de la mañana. Había perdido el contacto con mis amigos. Mi teléfono estaba sin batería. La lluvía había estado azotando durante toda la noche, e incluso dentro de los charcos se notaban 20 centímetros de profundidad. La “droga de diseño” que me había tragado un poco antes, aparentemente, se había diseñado para inducir miedo crónico, aislamiento y malestar, unos sentimientos de los que no íbamos precisamente mal servidos. No podía dormir porque la tienda de campaña que me habían dejado prestada tenía una versión en miniatura del río Ganges fluyendo por el suelo. Para combatir la desesperación me dediqué a observar con mirada socarrona a uno de los lugareños, gordo, medio desnudo, que se dedicaba a frotar furiosamente, como si fueran péndulos, sus tetillas, empapadas en lluvia. Fue en ese momento cuando decidí que jamás en la vida volvería a pisar Glastonbury.

Así que, cuando hace cinco días desembarqué del autobús a las puertas del festival más masificado del planeta y me puse a escrutar las nubes que tenía sobre mi cabeza –negras y goteantes–, me tuve que preguntar por qué cojones había decidido volver. Me volví justo cuando el conductor abría el maletero, a tiempo para ver cómo mi saco de dormir caía justo encima de un charco embarrado. No era precisamente un buen comienzo.

Glastonbury,más que cualquier otro festival de música (sin contar ese de Escandinavia en el que no se pone el sol durante todo el fin de semana y todo el mundo subsiste a base de grasa de ballena y vodka), es una prueba de resistencia. La mera magnitud del recinto implica que, incluso en las mejores condiciones, no dejas nunca de andar; según el podómetro de mi teléfono móvil, sólo el domingo caminé hasta 15 kilómetros yendo de un escenario a otro. Además, siempre hay que añadir un mínimo del 50% a tus tiempos cuando llueve –el barro absorbe tus pies a cada paso que das, y casi siempre, a juzgar por las muchísimas botas que reposan como basura en el suelo cuando llega el lunes, jamás te dejan que salgan enteros– .

Y aún así la gente viene en cantidades ingentes cada año, la mayoría haciendo cola para entrar desde el martes a pesar de que los escenarios principales no empiezan a funcionar hasta el viernes. Cuando llega el jueves por la mañana, encontrar un sitio para clavar tu tienda es prácticamente imposible. Y aunque nunca ha habido tanta oferta alternativa de festivales en Gran Bretaña, por no hablar de eventos en otros países mucho más baratos, las entradas vuelan antes incluso de que se haya anunciado el cartel.

Esto es, en parte, porque la mirada del festival va mucho más allá de la música. Hay áreas dedicadas en su integridad a la política, el teatro y las terapias alternativas, a la que vez que el Kidz Field, por sí mismo, se constituye como el festival infantil más grande del país. Hay un parque de skate, cuatro cines (uno que funciona con energía solar), dos estudios de grabación y rarezas interminables como el Ken Fox’s Wall Of Death, un cilindro de madera de casi seis metros de altura construido para que los más chalados puedan conducir motocicletas de época a una velocidad de vértigo. Hay un área, Shangri-La, que se ha tranformado en una distopia urbana futurista en la que los visitantes “infectados” deben visitar la opresiva Unidad de Descontaminación de la Guerilla Science para una completa purificación moral y corporal. Siguiendo los márgenes de una recreación a escala real de un edificio derruido, justo al otro lado, te encuentras una especie de callejón decadente al estilo de Nueva York en el que unos travestistas actúan a través de los agujeros cavernosos practicados en los bloques de ladrillo. No estoy seguro de qué diantres es esta obsesión por transformar una campiña idílica en un caos urbano, pero lo cierto es que es impresionante de cojones.

En cualquier caso, la música sigue siendo la atracción principal para venir aquí, y el viernes, al mediodía, Metronomy ya comienzaban a dar la bienvenida a los oídos más ávidos con los minutos musicales de “The English Riviera”, su último álbum, y el mejor de todos. En cualquier caso, el aroma veraniego de canciones como el nuevo y eufórico single “The Bay” ya empezó a torcerse gracias a las nubes amenazantes que se arremolinaban detrás del escenario Pyramid (aunque ni siquiera así estaba aún lo suficientemente oscuro para que las luces electrónicas de sus camisetas fueran claramente visibles. No se puede ganar siempre).

Durante la primera parte de su actuación, los sintetizadores parecían un poco escuetos, dejaban una sensación de desequilibrio extraño que el técnico de sonido, por fortuna, resolvió rápidamente. Luego, la banda se notó más visiblemente relajada, con el teclista Oscar Cash dibujando bellas formas durante las canciones más antiguas mientras el bajista Gbenga Adelakan y la batería Anna Prior les daban luz. El órgano en “The Look” fue uno de los momentos cumbre, y el líder Joseph Mount parecía estar alucinando por tocar en el escenario principal, e incluso admitió que “nunca había tenido una oportunidad tan grande de decir algo realmente profundo a tanta gente... pero la verdad es que no se me ocurre nada”. Si la inspiración de la que disfrutan ahora no se agota, seguro que va a tener muchas otras ocasiones en el futuro de decir algo.

Desde allí nos fuimos a lo que solía ser antes el escenario Jazz/World, ahora rebautizado como el escenario West Holts (aparentemente ya se han dado cuenta de que el nombre llevaba a confusión desde el mismo momento en que apenas había artistas de jazz actuando ahí). Era el lugar perfecto para que tocaran Dengue Fever, con su mezcla personal de surf, psicodelia y pop camboyano. Visualmente son bastante interesantes: tienen un cantante diminuto, un bajista gigantesco, un trompetista con pinta de guarro y un guitarrista hirsuto, así que parecen el elenco de una novela negra barata que versara sobre un seductor cantante de karaoke, un portero con dilemas existenciales, un promotor nocturno corrupto y un detectivo con barba al estilo ZZ Top que intentara aclarar el caso. Acabaron con un tema demoledor, “One Thousand Tears Of A Tarantula”. Que podría ser también el título de la novela.

De vuelta en el escenario Pyramid, Wu-Tang Clan estaban regalando al público con algunas de sus historias sobre maleantes y hampones. A pesar de llevar casi 20 años como grupo no se han domesticado y siguen siendo unos tipos chungos, los beats polvorientos de temas como “C.R.E.A.M.” todavía suenan referescantes después de todo este tiempo. Method Man es quien dirige el show, animando a la peña y mostrándose visiblemente emocionado cuando ésta responde con entusiasmo y sumándose a rendir tributo al fallecido Ol’ Dirty Bastard. El show tiene poca tramoya, pero sí mucha energía: saben que tienen clásicos del hip hop de sobra para repartir, incluso cuando la forma de rapear no es tan precisa como suena en los discos. “Gravel Pit”, en particular, recibió una respuesta entusiasta, lo mismo que una “Wu-Tang Clan Ain't Nuthing Ta F' Wit” que acabó derivando, de manera extrañísima, en una rajada en contra de los agentes de aduanas ingleses.

Se fueron para dejar paso a la leyenda del blues B.B. King. Después de que la banda tocara un calentamiento bastante largo, el venerable octogenario apareció en el escenario y se derrumbó en una silla antes de recibir su guitarra como si fuera una reliquia sagrada. “Me gustaría contonearme con todos vosotros, pero ya estoy un poco viejo”, explicaba, mientras intentaba acomodar, sin mucho éxito, sus caderas en la silla. En su lugar, dejó que los dedos bailaran por él, moviéndose a lo largo del mástil con una ligereza impropia para sus años. Y aunque nunca he sido especialmente fan de su visión del blues, no hay duda de que el hombre tiene talento incluso cuando en la mayor parte del concierto no se distingue una canción de la siguiente. Su voz quizá suene mejor que nunca, repiqueteando con esa fragilidad ajada que hiciera que el material final de Johnny Cash se volviera tan conmovedor.

El Rey del Blues quizá tuviera problemas con sus caderas, pero en el diminuto Stonebridge Bar el rapero DELS sufre de otro tipo de problemas, más de naturaleza técnica. Subió al escenario más tarde de lo previsto y para un público poco numeroso, el bajo parecía cortarse todo el rato y el sonido nunca volvía. Todo esto hizo que su directo se limitada a tan solo cinco temas: ni qué decir tiene que el hombre de Ipswich nunca se sintió cómodo en medio de la situación. Por suerte, la banda le ayudó a superar el mal trago acudiendo a las secciones más duras de temas como “Moonshining”, que suenan como si dieran una paliza. Quizá no hubiera mucha gente viéndolo, pero todos los que estaban no dejaron de bailar. DELS acabó volviendo a la vida con la magnífica “Shapeshift”, aunque, como le ocurre también en el disco, sus manera de rapear acaba palideciendo por los beats que, se supone, tienen que darle apoyo. “Si queréis escucharnos como dios manda, veníos al Dance Village el domingo”, así se despidió, visiblemente molesto con el fiasco del equipo. Por suerte, ese otro concierto funcionó mucho mejor, aunque nadie se sintiera defraudado con lo que les dio en la primera ocasión.

Y aunque parezca mentira, no se puede decir lo mismo de la actuación secreta de Radiohead. Bueno, digo secreta, aunque prácticamente todo el mundo sabía lo que iba a pasar, a tenor de la marea humana que se dirigió al escenario Park con la intención de asegurarse un lugar decente (y la verdad es que no hay muchos de esos). Dejémoslo claro: un concierto secreto en un escenario pequeño está muy bien si se sabe mantener el secreto de verdad. Cuando eso no ocurre, nos encontramos con que viene un montón de gente que no puede ni ver ni oír lo que está pasando. Acaba siendo una especie de chiste –y mientras hay un puñado de gente que puede observar la salida de la banda al escenario entre aplausos, la mayoría se dedica a corear cosas del tipo “¿quiénes sois?”, eso sin contar con el cachondo que grita “sí, ¡son Take That!”. Cuando pasan tres canciones suele haber otro bromista que se alza a hombros de un colega, en busca de una vista mejor, se vuelve a su gente y exclama “hey, tíos, ¡que son Radiohe ad! ".

Quizá sea necesario poner en tela de juicio la elección de la banda de centrar el repertorio en el material de “The King Of Limbs”, un álbum que parece haber desanimado a buena parte de su base de fans. Pero incluso siendo un disco áspero, también hay que decir que la mayoría de estas canciones suenan mejor en directo que en disco. El estribillo de “Morning Mr Magpie” acaba transformándose en una coletilla propia de Talking Heads, mientras que “Little By Little” recibe adornos nuevos y un ritmo como de samba. Pero mientras la banda parece estar pasándoselo bien, ahí fuera lo que había era un público sufriendo la lluvia creciente, un sonido paupérrimo y una vista nula. O sea, que no nos lo pasamos tan bien como ellos. Habría que plantearse cuál es el sentido de tener “invitados especiales” con un perfil tan elevado en escenarios que no son lo suficientemente grandes como para darles acomodo. Estoy seguro de que las personas que alcanzaron las primeras filas se lo pasaron de coña, pero esa cantidad se podría haber multiplicado por diez sólo encontrando un espacio un poco mayor.

Llegados a este punto, uno de los miembros de mi pandila empezó a tener problemas para mantenerse en pie en un suelo que ya se estaba volviendo un peligroso barrizal, así que nos tuvimos que retirar a una carpa-café cercana. El sonido que llegaba desde el escenario no era mucho peor que en medio del campo, pero cualquier posibilidad de sacar de toda esta experiencia un recuerdo positivo se fue a tomar viento cuando el DJ de la carpa decidió amenizarnos con un disco de The Darkness. Pasamos de la posibilidad de disfrutar a Radiohead entre pocas personas a recluirnos en un cajón húmero entre cáscaras grasientas de patatas escuchando a The Darkness. Los jodidos Darkness. Habíamos llegado al momento más bajo posible. Empiezo a mirar a mi alrededor de manera nerviosa, con la esperanza de encontrarme a un lugareño gordo y desnudo riendo en medio de la lluvia.

Gracias a dios, nunca apareció, y a lo lejos nos llegó el sonido misterioso de “Street Spirit (Fade Out)” seguido del subidón, aún sin publicar y dirigido por un piano y voces gospel, de “The Daily Mail”. De todos modos, a medida que se iba difuminando el gentío y la lluvia seguía azotando, el estado de ánimo general se iba cargando más y más de mal humor. Por fortuna, llegó Caribou a tiempo para subirse al escenario The Park y subir los ánimos. Cuando están en forma, Dan Snaith y los suyos pueden barrer a cualquier banda en directo que se propongan. Si me preguntan, no soy muy fan de los grupos que transforman cada uno de sus singles en un temazo psicodélico y bailable en versión extendida hasta los once minutos, pero con Caribou todo parece perfectamente adecuado. Tienes la impresión de que se lo están pasando bomba caminando por esa cuerda floja que les separa de experimentar con su material y hacer disfrutar al público, porque casi nunca se caen al abismo. Aquella noche nos machacaron con una “Odessa” especialmente arrebatadora antes de ofrecer su pulsante “Sun” a modo de sacrificio a los dioses de Glatonbury que rigen la meteorología. Pareció funcionar: desde ese momento, y durante aquella noche, no volvimos a ver la lluvia.

Todavía chorreaba algo mientras Cee-Lo Green cerraba el escenario West Holts, pero eso no degradó ni su entusiasmo ni su complejísimo traje, que desde la distancia le hacía parecerse al King Bowser de Super Mario Bros. Llegamos allí a tiempo para disfrutar de un final populista con “Crazy” y “Fuck You”, momento en el que muchos aprovecharon para corear los estribillos con el dedo corazón bien extendido. Por alguna razón que desconozco, a esto le siguió una versión bastante dudosa de “Don't Stop Believin”, algo que debería ser castigado con pena de muerte como normal general. Aunque si lo intentaras, él seguramente se libraría de ti lanzándote una bola de fuego.

La música había acabado por aquella noche en los escenarios principales, momento ideal para irse a ver a unos cuantos bailarines experimentales rusos que hacían flotar algo así como bolas metáticas y platillos hechos de placenta alienígena mientras una voz pregrabada decía “OS ODIAMOS” de fondo, una y otra vez. Esto es lo que ocurre cuando te dedicas a caminar sin rumbo por las tiendas de Glastonbury. Pero como he dicho antes, esto es una prueba de resistencia. Y sólo estamos a viernes...

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