Reportajes

De Caitlyn Jenner a Peter Thiel: la nueva (extrema) derecha se pone de moda

Caitlyn Jenner, icono transgénero, dice que le costó menos salir del armario como trans que como republicana. Peter Thiel, famoso empresario gay admirado en Silicon Valley, apoya a Trump. El editor Milo Yiannopoulos hostiga a Leslie Jones y gran parte de Internet le apoya… Así es como la incorrección política, el cabreo de toda una generación y la fuerza de algunos cuantos intelectuales y celebrities está rearmando a la extrema derecha

Días atrás, Caitlyn Jenner participaba en un brunch en Cleveland, organizado por el American Unity Fund, un think tank conservador vinculado al Partido Republicano. En su discurso, en el marco de la Convención Republicana Nacional que confirmaba a Donald Trump como candidato, dijo esto:

—Fue más fácil salir del armario como trans. Y más difícil salir del armario como republicana.

Las palabras de la transexual más famosa del mundo pasaron casi desapercibidas, pero en el fondo tenían toneladas de contenido. En esas dos frases se condensaba la razón por la que la extrema derecha tiene muchas papeletas para ganar las elecciones en Estados Unidos, y explicaba también el ascenso del Frente Nacional en Francia o por qué ha ganado el Brexit en el Reino Unido.

Bienvenidos al movimiento de los libertarios culturales y de la Alt Right (la derecha alternativa), el nuevo caballo de guerra de la extrema derecha.

De qué hablamos cuando hablamos de Libertarios culturales

 Según ellos mismos, los libertarios culturales son un grupo de gente cansada de no poder expresarse libremente. A su juicio, vivimos en un régimen cultural autoritario y con una policía moral —que normalmente se expresa en las redes sociales— que castiga todo lo políticamente incorrecto. O todo lo que ataca a las supuestas minorías.

Para ellos, vivimos en la que ellos denominan la “dictadura de lo políticamente correcto”. Y la misión de los nuevos libertarios es cargarse a este régimen y a su policía moral.

—La izquierda —dice el bloguero político Santiago Bergatiños— ha intentado atribuirse sin éxito la defensa de la libertad de expresión. La razón está en que lo ha hecho solo dentro del eje que le permite el marxismo cultural. El caso de Charlie Hebdo es otro ejemplo: la publicación fue prohibida en los campus británicos por incitación a la xenofobia. El humor hacia otras confesiones religiosas, sin embargo, nunca se ha considerado ofensivo.

Para el libertario cultural, la libertad de expresión tiene que ser igual de válida para meterse tanto con el de arriba con el de abajo. Para ellos, la sociedad ya es igualitaria y no existe la división entre los de abajo ni los de arriba, ni la división entre la izquierda y la derecha. La única división que existe para ellos es entre los amantes de la libertad y los autoritarios, como recordaba en una entrevista con Dave Rubin el editor tecnológico de Breitbart , Milo Yiannopoulos.

La semana pasada, Yiannopoulos era suspendido de Twitter por acosar con mensajes ofensivos a la actriz negra Leslie Jones, que protagoniza la nueva entrega de Los Cazafantasmas. En la suspensión de Twitter, el editor veía una prueba más de la policía moral y autoritaria que domina el establishment.

Personajes como Yiannopoulos consideran que si eres de izquierda y no toleras las críticas a la minoría negra o al feminismo, entonces eres autoritario. Que, además, das prioridad a las emociones sobre los hechos. Para él y sus cientos de miles de seguidores, vivir en libertad pasa por apoyar a una derecha disruptiva cuyo único objetivo es terminar con ese establishment. La derecha, derrotada en su discurso tradicional, ha abrazado a los libertarios culturales para ganar a la izquierda desde las guerras culturales.

Del #machismopúblico al Gamergate: el efecto rebote que beneficia a la nueva (extrema) derecha

En 2014 en Twitter se hizo popular el hashtag #machismopublico. Uno de los mensajes decía que era una actitid machista invitar a café a una chica:

La respuesta mayoritaria fue de burla. A ello siguieron duros ataques al feminismo, para terminar con comentarios verdaderamente ofensivos contra las mujeres.

Esa es, precisamente, la descripción del efecto rebote de la que se benefician los libertarios culturales.

Otro de los ejemplos y una de las primeras victorias culturales de este movimiento fue el Gamergate. En ese episodio, miles de adictos a los videojuegos se rebelaron con la supuesta intrusión que el feminismo y los movimientos étnicos quisieron hacer en los videojuegos para ganar más visibilidad.

En el Gamergate hubo una respuesta masiva de utopistas tecnológicos —libertarios— que no iban a dejar que uno de sus reductos fueran controlados por "la policía moral". Los libertarios culturales describieron a esa comunidad como un espacio libre que, de entrada, no era ni racista ni antifeminista. Sin embargo, esa denuncia provocó una reacción vehemente en defensa de la libertad de expresión.

 La historia desencadenó en la filtración de las fotos privadas de famosas en 4chan y consiguió que foros así se convirtiesen en un caladero del discurso del odio.

En el libertarismo cultural se encuentran feministas que dicen que el feminismo perjudica a las mujeres porque las trata como sujetos de trato especial. También se encuentran gays contrarios al movimiento LGBTI por razones similares

Minorías de derechas

Otro efecto rebote se produce en los propias minorías a las que la izquierda, presumiblemente, debería representar. Los libertarios culturales dicen que los individuos de las minorías están sometidos a la dominancia identitaria. Un ejemplo: según la pensadora feminista libertaria Camilla Paglia, el movimiento feminista solo ha destruido a la mujer al considerarla un sujeto que debería tener un trato especial.

Igualmente, según Yiannopoulos —abiertamente gay—, el movimiento LGTB solo ha conseguido destruir la libertad individual de los gays al intentar convertirlos en un todo identitario, con unos determinados principios políticos.

Para el periodista, el matrimonio gay solo ha perpetuado la discriminación de los gays, al ser considerados nuevamente como sujetos de protección especial. También señala que ese mismo movimiento LGTB evita defender a los gays de forma clara cuando es un musulmán quien ejecuta una masacre como la de Orlando.

El extravagante activista gay y libertario cultural, Milo Yiannopoulos, en una protesta contra el tiroteo de Orlando. Al fondo, una bandera del arcoiris con la serpiente y el lema del Tea Party.

Existen otros ejemplos de libertarios culturales pertenecientes a minorías al otro lado del charco. Por ejemplo, Maajid Nawaz, un árabe reconvertido al Islam secular y emigrado al Reino Unido, defendió el derecho a la blasfemia cuando se prohibieron las copias de Charlie Hebdo en las universidades británicas.

O Ayaan Hirsi Ali, mujer somalí, negra y con pasado también musulmán. En numerosas ocasiones, Ali se ha mostrado simpatizante de las ideas Partido holandés por la Libertad, capitaneado por Geert Wilders y considerado de extrema derecha.

Nawaz y Ali son perfiles que descolocan a la izquierda. Mujeres, gays, musulmanes o negros… cuya ideología, dicen, comienza con el derecho a la libertad de expresión.

En un giro de guión extraño, perfiles así acaban respaldando movimientos o partidos de extrema derecha porque es la única que les garantiza que puedan decir lo que quieran. Por su parte, la derecha, aunque no comparta con ellos todo, se sirve de su magnetismo para destruir a un enemigo común: la hegemonía cultural de la izquierda.

El sidecar de la derecha

Llegados a este punto es más fácil comprender por qué Donald Trump ha ganado la nominación a la presidencia en el Partido Republicano, o por qué Boris Johnson y Nigel Farage arrastraron al Reino Unido hacia el Brexit, o por qué Marine Le Pen amenaza con darle la vuelta al sistema bipartidista francés.

En un importante artículo de Breitbart titulado "El ascenso de los libertarios culturales", Allum Bokhari habla del eclecticismo que empapa a los simpatizantes de esta nueva derecha alternativa:

Esa masa es altamente ecléctica y puede comprender desde gays y lesbianas hartos de las ofensas del lobby LGTBI, de trangéneros horrorizados por los hábitos de sus representates autodesignados en los medios de comunicación, seguidores de movimientos políticos populistas como Occupy Wall Street, UKIP o el Tea Party, jugadores de videojuegos, hackers, fans de Anonymous y Snowden, fans de la ciencia ficción, activistas por la libertad de expresión, estudiantes, comediantes, autores, creativos, liberales clásicos y, por supuesto, libertarios económicos tradicionales”.

Donald Trump, durante su confirmación como candidato republicano a la Presidencia de EEUU, la semana pasada en Cleveland.

Una fuente anónima que ha estudiado el fenómeno y que trabaja en las instituciones europeas asegura que el movimiento vive numerosas contradicciones. Por ejemplo, que libertarios anarcocapitalistas como Peter Thiel apoyen a Trump. El candidato ha usado en su discurso la autarquía económica y el nacionalismo contra la globalización para ganarse a sectores de la clase trabajadora.

Sin embargo, personajes como Thiel prefieren sacrificar la parte económica por una verdadera victoria en la guerra cultural.

Por otro lado, la Alt Right en la que han recalado los libertarios culturales ha logrado retomar la columna vertebral ideológica de los neocons, deslegitimada con la derrota militar el Irak y el fracaso de su modelo de democracia en Oriente Medio.

En un artículo, The Atlantic sentenció la muerte de las ideas neocon con la caída de la Heritage Foundation, el principal think tank de los conservadores estadounidenses. Aquella era la máxima prueba de que ese discurso era viejo e incapaz de ganar en la derecha. Y que la reinvención de la derecha tenía que pasar por el magnetismo y la fuerza del libertarismo cultural. Para ello tuvo que acoger con flexibilidad al movimiento libertario.

No es de extrañar que Trump apenas tenga programa político. La frase más resaltada de su reciente discurso en Cleveland fue, precisamente:  

—No podemos seguir dominados por lo políticamente correcto.

Yiannopulos le daba la razón, meses antes, en la misma entrevista con Rubin:  

—Donald Trump es el motor del caos. Es la mejor garantía para terminar con el régimen de lo políticamente correcto. Y, de hecho, es mejor que no haga nada, porque los mejores presidentes han sido los que no han hecho nada.

Cambio de paradigma mundial

Lo que comenzó con un moviento freak y academicista, representado por personajes como Richard Dawkins, Cristopher Hitchens o Camilla Paglia, es ahora un movimiento que está a la vanguardia de aparatos como el de Donald Trump. Cierta contracultura que evoca la incorrección política de nombres como Vice o Terry Richardson en la frontera entre los años 90 y los 2000, pero también a los hackers tecnoutópicos, cuenta ahora con el respaldo académico de los libertarios, la simpatía de colectivos de las minorías y la masa de la clase media trabajadora.

No han conseguido su popularidad por los grandes medios mainstream. Se han organizado en las comunidades más profundas de internet y han creado sus propios medios (sobre todo, Breitbart, Spiked Online, The Rebel o Reason). No han recurrido a lo cool como la nueva derecha de lo políticamente correcto y del establishment al que odian. Han recurrido a lo cool desde el gangsterismo y la rebelión contra el sistema.

La Alt Right produce el mismo placer que produce la rebeldía de saltarse en la dieta las recomendaciones de la OMS, aunque uno sea plenamente consciente de que le va a dar cáncer.

La Alt Right se presenta magnética y peligrosamente atractiva. Funciona porque produce el mismo placer que saltarse las recomendaciones de la OMS: el gesto de aparente rebeldía pesa más que la exposición al cáncer.

Las actuales elecciones estadounidenses son las primeras, como ha subrayado Yiannopoulos, en las que la economía o la política exterior no determinarán al candidato. Lo hará el cambio de régimen cultural contra un supuesto autoritarismo representado por la izquierda o por el conservadurismo recalcitrante.

“Entre ellos se esconden verdaderos racistas, neonazis y antisemitas. Hay mucho loco como Yiannopoulos. Pero los libertarios culturales son necesarios en los tiempos de incertidumbre que tenemos”, dice Fernando, un simpatizante español de la Alt Right.

No menos cierta es su inclinación hacia la demagogia: “Muchos defensores de la libertad de expresión como Alfonso Ussía, Salvador Sostres o Antonio Burgos van en contra de lo políticamente correcto pero jamás criticarían a la derecha. Se esconde mucha porquería detrás de un movimiento que comienza el debate de los límites de la libertad de expresión”, señala Bergantiños.

El discurso de los libertarios culturales parece irrefutable, pero ni su idea de sociedad igualitaria es cierta y parten de que lo es por las conquistas políticas y sociales de la izquierda.

Con todo, parece que el libertarismo cultural está empujando a que Trump sea el próximo presidente de EEUU. Lo reconoció esta semana hasta Michael Moore. También es probable que Marine Le Pen sea decisiva en las próximas elecciones generales francesas. Y por ahora ya se ha marcado la victoria del Brexit.

Cuando Twitter suspendió la cuenta a Yiannopoulos, el editor dijo: “Estamos ganando la guerra cultural y se están disparando en el pie”.

¿Será verdad?

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar