Reportajes

FIB 2012: la crónica del viernes

Saldada la deuda histórica del festival con Bob Dylan, también disfrutamos del toque marciano de Django Django y la elegancia de Miles Kane

Uno de los artistas más esperados del festival, tanto para la organización como para el público, por fin pisó Benicàssim, pero el concierto de Dylan dejó cierto sabor agridulce que se compensó con los buenos momentos que hicieron pasar Django Django o Miles Kane.

Lo dijo el jueves Faris Badwan, vocalista de The Horrors, “tocando aquí me siento como en casa”. Un ejemplo más de que las hordas británicas han asaltado la Costa Azahar. La programación del Maravillas incluyó cuatro de seis grupos ingleses, es decir, de las cuatro jornadas, la que más representación british tenía. Además, se trataba de bandas que principalmente lo petan en su tierra pero que aquí poco caso les hacemos (hablamos especialmente de The Maccabees y Bombay Bicycle Club, auténticas estrellas ahí, y en menor medida de Katy B y Chase & Status). Pero había donde picotear, tanto de un sitio como otro. A falta de que algún día se dignen a hacer una gira como Dios manda The Last Shadow Puppets, la actuación de Miles Kane fue viento fresco; se saldó una de las deudas históricas del festival con la presencia de Bob Dylan; y Django Django pusieron el toque marciano a un día con poco estrés.

Curioso que de los pocos grupos del otro lado del charco que ha contratado el FIB, Disappears suenen tan rematadamente británicos. Lo suyo es un post-punk que mezcla elementos del krautrock (por algo les apadrinó hace un año Michael Rother). Esta confluencia de géneros se hizo más palpable en “JOA”, una de muchas piezas que sonaron del correcto “Pre Language”, publicado hace apenas unos meses ya con Steve Shelley, batería de Sonic Youth, como miembro fijo. Éste ofreció una interpretación firme y aportó interesantes patrones rítmicos a la música. Por su parte, Brian Case se marcó un homenaje a Mark E. Smith ( The Fall) con su entonación desapasionada estableciendo, así, más conexión con la comunidad británica. Como ocurre con su reciente álbum, “Replicate” fue lo mejor del concierto, con unos fogonazos eléctricos muy acordes con los 30 y pico grados de temperatura que tocó sufrir estoicamente. Ya hacia el final versionaron un clásico de Suicide, “Radiation”, aunque sin sintes y con un plus de reverb de guitarras.

Se sabe que cuando los ingleses quieren, clase les sobra. Y Miles Kane es uno de ellos. Ya lo avisaron quienes les vieron a principios de año abriendo para Arctic Monkeys, los reyes de la función fueron ellos. Y lo que ocurrió en Benicàssim no fue más que una confirmación de dichas afirmaciones. Sorprendentemente – por la hora – el británico logró llenar hasta la bandera un Maravillas que aún se estaba asando. Pero poco importó con números rockeros como “Better Left Invisible” e irresistibles bombones bailables como “Quicksand”. Vestidos con una elegancia acorde a ese rock clásico que practican, y que mucho debe a Scott Walker, fueron cayendo casi todos los temas de “Colour Of The Trap” (con una traca final de infarto: “Inhaler” y “Come Closer”) más dos covers muy distintos, “Looking Out My Window” de Tom Jones y “Responsible” de Jacques Dutronc. Sorprendió que tuviesen tantas tablas sobre el escenario porque el proyecto como solista apenas lleva dos años en activo y su pasado en la anodina banda The Rascals no hacía presagiar un presente tan brillante.

El canadiense Taylor Kirk, alma de Timber Timbre, decidió subirse al escenario pequeño del FIB sin su banda de apoyo, lo que se tradujo en unas canciones que se desprendían de los arreglos orquestales del disco (y que se acercaban al folk-pop de cámara de Grizzly Bear) en favor de un aroma acústico que, curiosamente, intensificó el carácter oscuro de las mismas. Esto, sumado a un registro barítono de esos que imponen, un lloroso punteo de guitarra, discretos toques al bombo, aproximaciones al blues y ese aura Southern Gothic, propiciaron un ambiente íntimo que sirvió como excelente aperitivo para Bob Dylan. De hecho, Kirk llegó a decir que se sentía “muy orgulloso” de abrir para él. Lástima que pocos fuesen los valientes que quisieron acercarse a verle y perder un buen sitio para el gran cabeza de cartel. Tampoco ayudó demasiado a que se quedasen una larga y atmosférica apertura con sonidos de pájaros que propició caras de extrañeza y múltiples abandonos tempraneros.

En el fondo, quienes tenían ganas de ver a Bob Dylan hicieron bien en llegar con previsión al Maravillas. La experiencia en conciertos de macrofestivales a menudo mejora gracias a la ayuda de las pantallas, pero en este caso, de poco sirvieron porque ofrecieron un casi inútil plano general fijo. Vamos, que si no estabas en las primeras filas, sólo quedaba echarle imaginación y dibujar en tu mente a Zimmerman tocando la armónica o el piano. Tampoco es algo que debería sorprender, pues todo el mundo sabe de su carácter huraño (nada de concesiones a la galería, totalmente prohibido fotografiar hasta con un móvil…). Por lo menos cayeron algunos hits reconocibles como “Desolation Row”, “Things Have Changed”, “Like A Rolling Stone” o “Leopard-Skin Pill-Box Hat” (aunque para sombrero de Feria de Abril, el suyo). Pero no llovió a gusto de todos: no en vano estamos hablando de un tipo que tiene más de 30 discos a sus espaldas. Musicalmente no se le puede reprochar nada, pero eso no quita que sea el tipo de artista que hace más ilusión cuando se anuncia que cuando lo ves tocar entre grandes multitudes.

Seamos honestos, la gente lo que quería a las doce de la noche era bailar y ver a cuatro veinteañeros en bermudas que se lo permitiese. Y para eso estaban Django Django. A medio Bob Dylan llegaban ecos de que el escenario de Little Dragon estaba petado, pero no llegamos a imaginar que habría tanta gente para ver a los escoceses, que coincidían con el final del concierto del cantautor de Minnesota. Pero se entendió, en parte, cuando preguntaron al público qué les había parecido y respondieron con abucheos. Repasaron casi todo su debut homónimo, a ratos recordaron a unos Animal Collective más orgánicos y accesibles y en ningún rato pisaron el freno. Si el éxito de una canción se tuviese que calibrar a partir de los saltos y los gritos de las personas, “Default” sería la mejor del año. Otros puntos álgidos fueron el desmadre de “WOR”, el final ultrasintético de “Waveforms”, el ramalazo schaffel de “Firewater” y los diversos instrumentos de percusión que emplearon (pandereta gigante incluida). No trajeron consigo persianas venecianas ni se disfrazaron estrambóticamente como acostumbran, pero ni falta que les hizo.

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