Reportajes

FIB 2012: la crónica del domingo

La noche en la que New Order dejaron un sabor agridulce y TEED se convirtió en el indiscutible rey de la fiesta

New Order desplegaron su arsenal de hits, pero el sonido hizo que esta gran experiencia nostálgica se quedase a medio gas. Para remediarlo estuvieron TEED con su exuberante electrónica y The Antlers con su bello pero atormentado repertorio

El Festival Internacional de Benicàssim anunció ayer que en su 18ª edición había registrado una media de 40.000 personas por día, cifra algo lejana a ese récord que marcaron en 2011 con un total de 200.000 asistentes. Lo que crece es el porcentaje de público extranjero, con unos datos que a estas alturas aún sorprenden. El 70% de los asistentes procedían del Reino Unido, frente a un 28% de público local y tan sólo un 2% de personas venidas del resto del mundo. Se entiende así, como funcionaron tan bien conciertos como los de Jessie J, Bombay Bicycle Club, Dizzee Rascal o Chase & Status, con un reclamo mucho menor en España que al norte del Canal de la Mancha. En su última jornada el festival se despidió con grandes reclamos como New Order y la sesión multitudinaria de David Guetta, pero también con propuestas francamente estimulantes dentro del indie ( The Antlers) y la electrónica ( Totally Enormous Extinct Dinosaurs).

Cuesta no entrar en comparaciones entre Los Punsetes y Juanita y Los Feos. Ambos son de Madrid, tienen a una mujer como vocalista, cuentan con letras oscuras y se miran en el espejo del lado más canalla de la Movida Madrileña. Pero mientras los primeros tienen unas letras afiladísimas, los segundos, pese a contar con algunos momentos de lucidez (los temas van desde la lluvia ácida hasta la autolesión pasando por las prostitutas y las crueles venganzas), aún les queda camino por recorrer. Si es que quieren, claro, porque en lo musical son de lo más animadito que te puedes echar a los oídos un domingo a las seis de la tarde ya con el cuerpo agotado después de tres días de fiesta. El repertorio se centró en “Pesadilla Adulta”, aunque también se acordaron de algunas de sus piezas más antiguas como esa “No Tengo Ritmo” que hizo corear a los pocos que fueron a verles con ese pegadizo verso que es “Yo no sé bailar”. Escogieron acertadamente “El Final” como última canción, pero se echó en falta “Sigo Vivo”.

No conocemos muy bien la decisión de que The Antlers no tocaran ayer tarde ningún tema de ese precioso pero devastador “Hospice”. Quizá piensan que ya está bien con una patada en los huevos como aquella. Su nuevo disco, “Burst Apart”, editado el año pasado, siguió la senda de su predecesor, sonaba a lo mismo sin ser lo mismo. Había más lugar para la luz, las canciones respiraban más en lugar de oprimirte, y eso fue lo que se sintió en su concierto. Una especie de liberación, pero sin concesiones a la euforia, con contención, con un humor sereno de irresistible belleza. “No Widows” sobrecogió, con esa pausa entre el slowcore y el shoegaze más silencioso de bandas como Slowdive. Peter Silberman además ofreció grandes momentos vocales con un falsete capaz de emocionar sin caer en el arrebato gratuito. Dibujaron atmósferas sugerentes en “Rolled Together” y acuáticas en la reciente “Drift Dive”. Por su parte ,“Parentheses”, sostenida por una potente sección rítmica, recordó a lo que se hacía en Bristol hace veinte años, y “Putting The Dog To Sleep” fue el momento más oscuro, más cercano a esos terrenos lóbregos que transitaron en “Hospice”, con unas guitarras ondulantes que alargaron el tema hasta casi los diez minutos.

Lo de Totally Enormous Extinct Dinosaurs es la hostia. Ya le puede dar al house, al pop electrónico cantadito, al 2step, a la batucada o soltar bombos guarros, que sale como un campeón. Su actuación fue arrolladora, tanto que quizá hubiese estado mejor como fin de fiesta. Pero, en realidad, su propuesta, de tan festiva que es, encaja a la perfección en cualquier horario. Sólo hace falta que tras la valla haya un público entregado, cosa que sucedió anoche. A sabiendas de que los directos de laptop y maquinitas a veces son un soberano coñazo, Orlando le puso color, literalmente, al asunto. Con su habitual atuendo estrambótico, cañón de confetis para volver loca a la muchachada y dos bailarinas con disfraces horteras, booty shakes y coreografías que mucha gente intentó seguir con poco éxito, puso Benicàssim del revés. Hay que ver lo tontos que nos ponemos con un buen bombito ( “Garden”) o cómo sacamos a ese salvaje que llevamos dentro al escuchar cortes apabullantes como “Household Goods”, que de primeras podría pasar por ser un single de Ed Banger o similares, pero en realidad suena rabiosamente actual. Cantó y jugó como una mala puta con la entrada del bombo en esa “Your Love” que respira sexo por los cuatro costados y que sonó muy acertada en ese contexto. El triunfador absoluto.

Anoche, ese héroe trágico que era Ian Curtis hubiese cumplido 56 años. No sabemos qué hubiese ocurrido con Joy Division, si mantendrían el estatus de iconos de una época y un sonido, pero el presente, que es lo que importa según nos dijo Bernard Sumner unas horas antes en la entrevista que nos concedieron, es que New Order, otra banda legendaria donde las haya, encabezó por fin el Maravillas. Al malogrado vocalista dedicaron ese concierto, que siguió los mismos derroteros que los ofrecidos un mes antes en la primera jornada de Sónar ( “Love Vigilantes” por “1963” como único cambio). Pero aunque se empeñe en reivindicar el carpe diem, lo cierto es que lo de anoche fue un ejercicio de estricta nostalgia, no en vano la canción más actual que sonó, “Krafty”, tiene siete años.

Había dos grandes preocupaciones respecto a este directo. Uno, la voz de Sumner. Como nos temíamos, estuvo bastante justito, pero no es una cuestión de edad, nunca ha sido un vocalista brillante. Pero lo peor fue que estropeó algunas piezas con unos gritos algo fuera de lugar. Dos, si en el Sónar los bajos estaban completamente saturados (terrorífica bola de sonido en “Crystal”), los agudos ayer llegaron a ser molestos en algunos tramos, no haciendo disfrutar como se merecen sus maravillosas guitarras. Pero New Order juegan con ventaja: en sus más de 30 años de historia han grabado decenas de hits inmortales, desplegados la mayoría de ellos ayer. La actuación no bajó el ritmo en ningún momento, pues escuchar joyas como “Regret”, “True Faith” o “Ceremony” es pura bendición, y podrían haberse alargado perfectamente hasta que saliese el sol, pero dejaron un sabor agridulce por lo comentado más arriba.

Si hasta ayer a las 12 de la noche no habíamos tenido ninguna queja con el sonido, más bien al contrario, de pronto nos topamos con dos conciertos seguidos en dos escenarios distintos con una acústica deficiente. La propuesta de Little Boots hubiese ganado enteros con un soundsystem bien afinado, pero no fue el caso, y la cosa quedó bastante deslucida. Victoria sigue empeñada en hacernos creer que lo suyo es una realidad, que aunque su debut es poco más que correcto, tiene un futuro brillante delante de ella. Y así parece ser a tenor de las nuevas canciones. “Headphones” es facilona, pero tiene un buen estribillo y es la mar de pegadiza; “Shake” es un pepinazo disco que nada tiene que ver con sus orígenes más modositos; y “Every Night I Say A Prayer” tiene un aroma piano house que pone mucho (normal que Andy Butler esté metido en el ajo). En otra de las novedades, “Motorway”, la inglesa recordó bastante en la manera de entonar y contonearse a Sarah Cracknell de Saint Etienne (y no, no traiciona el subconsciente por el título). Hubo también tiempo para una versión de “Smalltown Boy” de Bronski Beat que empezó en modo balada y acabó adoptando unas formas synth-pop muy parecidas al original. Hay futuro para ella, pero esperemos oírla mejor pronto.

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