Reportajes

Existencialismo, pastillas y chats de Google: así comienza la tercera novela de Tao Lin

Adelantamos en exclusiva un fragmento de "Táipei", que llegará a las tiendas en versión castellana el próximo lunes, vía Alpha Decay

Tao Lin, el máximo representante de la nueva ficción alternativa norteamericana, regresa a las librerías españolas con "Táipei", su tercera novela, otro retablo de jóvenes apáticos en la gran ciudad que edita Alpha Decay, y de la que puedes leer un fragmento en exclusiva aquí mismo.

Los personajes en las novelas de Tao Lin, y en castellano tenemos ya tres ( "Richard Yates", "Robar en American Apparel" y ahora "Táipei", todas en Alpha Decay), se distinguen por la apatía: son jóvenes en sus 20, bohemios y poco necesitados de estímulos materiales, que se sienten aquejados de un intenso mal de vivre que les impide relacionarse con normalidad con las personas de su entorno ni canalizar sus intereses y sus conocimientos en acciones productivas.

"Táipei" fue el fulgurante regreso de Tao Lin a la novela en 2012, y por fin llega la versión en castellano de la que podría considerarse como su obra más madura, aun girando alrededor de sus temas habituales: las drogas como ritual inútil, la astenia urbana, las fiestas que acaban en vacío y las relaciones sentimentales estériles. Paul, trasunto del propio Tao Lin, es un novelista en auge que malgasta su tiempo en internet, tomando fármacos, relacionándose con la gente incorrecta y asustado por el fantasma de Táipei (Taiwán), la isla de origen de sus padres y su hipotético y humillante retiro si algún día fracasa en formarse un futuro útil para sí mismo y los demás.

Representante de lo que se conoce como alt-lit, o la rama hipster de la ultimísima ficción norteamericana, Tao Lin es mucho más que un escritor de moda: es el equivalente de Douglas Coupland para una nueva generación bombardeada por incógnitas que busca desesperadamente un difícil encaje entre la sociedad de sus mayores. Aquí puedes leer un fragmento del primer capítulo de la novela, que estará a la venta a partir del próximo lunes.

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La ausencia de Michelle en Taiwán salió a colación una vez, en una cena con ocho o doce parientes que celebraron a los diez días de la llegada de Paul, cuando, sin que nadie le hubiera dado pie y fuera de contexto, como de costumbre, su padre, sesenta y un años, se burló a voz en cuello de que las novias de Paul siempre lo dejaban y luego se echó a reír de un modo incontrolable, con los ojos cerrados, casi bizco. La madre de Paul, cincuenta y siete años, respondió ofendida que también se había dado el caso contrario y que el padre de Paul no debería andar «mintiendo descaradamente», eso lo dijo en mandarín.

Paul no veía a sus padres desde hacía un año y medio, cuando vendieron la casa de Florida y volvieron a Taiwán después de casi treinta años en América; se habían instalado en una zona de Taiwán en rápida expansión, en el decimotercer piso de un edificio con dos habitaciones de invitados que, según había recalcado su madre en re­ petidas ocasiones, eran el cuarto de Paul y el del hermano de Paul. Paul encontró a sus padres con el mismo aspecto de siempre, pero su madre, a quien le habían diagnosticado una «prediabetes», le pareció un poco distinta, como si hubiese superado por fin la mediana edad sin haber llegado todavía a la vejez. En los emails que habían intercambiado durante los últimos ocho meses, su madre mencionaba con frecuencia, como en un aparte o como recordatorio dirigido a ella misma, sobre todo, que si bien había reducido el azúcar de su café diario, no debía probarlo para nada —la madre de Paul llevaba dos décadas recordándole a su familia, en lo que se había convertido en su mensaje más repetido, lo importante que era la salud para llevar una vida feliz—, aunque el médico le había dicho que no había problema con la cantidad que consumía, y que los días que tomaba su descafeinado sin azúcar tenía la impresión de «estar vacía, como si me faltara algo», le había dicho en un email.

Cuando una tarde Paul la vio echarse azúcar en el café, a los dos les pareció que la habían «pillado» haciendo algo malo. Ella se sonrojó, se concentró durante un momento en remover el café con una cucharita y luego miró a Paul y, en un acto reflejo, abrió la boca en una exhibición infantil, tímida y casi traviesa de culpa y vergüenza y arrepentimiento que Paul recordó de esas pocas veces en que la había visto haciendo cosas que ella le había prohibido, como comer algo que se hubiera caído al suelo, por ejemplo. Después de que un sonriente Paul dijera algo negativo acerca del azúcar casi por obligación —que todo el mundo debería evitarlo, y no solamente los diabéticos—, la expresión de su madre recuperó el porte controlado, suficiente y socarronamente satisfecho del adulto que, pillado tras sucumbir ante un triste consuelo que había rechazado abiertamente tanto para sí como para los demás, se muestra más divertido que avergonzado. Sin proponérselo, en el transcurso de las dos semanas siguientes Paul volvió a sorprender a su madre tomando azúcar dos veces más, ocasiones que depararon reacciones y resultados semejantes, si bien menos intensos. El frasco de tres cuartos de litro de néctar de agave crudo que Paul le había enviado por correo, convencido de que era el edulcorante más seguro para los diabéticos, estaba abierto, pero por lo que parecía, no lo había usado más que un par de veces.

Durante la cuarta semana de Paul en Taiwán, una más de las previstas, su madre se puso a tratar de convencerlo, lo hacía unas dos o tres veces al día —con lo que a Paul le pareció una indiferencia estratégica ligeramente afectada—, de que se instalara un año en Taiwán para dar clases de inglés. En más de una ocasión mencionó a Ernest Hemingway comentando cuán bien le haría la experiencia a Paul como escritor. Paul le dijo que lo que le haría bien sería estar en América, pues conocía el idioma y podía cultivar sus amistades y «hacer cosas», dijo en mandarín, visualizándose boca arriba navegando por Internet en su esterilla de yoga, con el MacBook sobre la superficie inclinada que, al doblar las rodillas, formaban sus muslos. Sus padres trataron de convencerlo de que se quedara una semana más, posibilidad que, no sin cierta dificultad, él descartó por considerarla «excesiva», tras lo cual —durante sus últimos días en Taiwán— su madre insistió, primero con afirmaciones y después con una can­ tinela que había que interpretar como un «¿de acuerdo?», en que a partir de entonces debía visitarlos cada diciem­ bre. Las respuestas de Paul iban del «puede» a explicaciones de por qué cuanto más lo presionara menos influiría en sus decisiones pasando por murmullos entre neutros y enfurruñados.

En el aeropuerto, la madre de Paul se quedó con él hasta que no pudo seguir avanzando por carecer de billete. Se señaló los ojos y comentó que los tenía húmedos. Le «exigía», dijo en mandarín con severidad fingida, una visita el diciembre próximo.

En la terminal, sentado con los ojos cerrados, Paul se imaginó instalándose solo en Taipéi a una edad que rondaría los cincuenta y un años, cuando tal vez habría pasado ya por tantas amistades y relaciones que habría dejado de buscarlas. Como no se desenvolvía en mandarín lo suficientemente bien como para mantener conversaciones con desconocidos —y no estaba muy unido a sus parientes, con los que las tentativas de comunicación, breves, sucintas y de naturaleza semejante a la de un acertijo, solían terminar cuando, tras desviar la mirada en lo que parecía una búsqueda de auxilio, uno de los interlocutores se marchaba—, había mantenido las distancias de forma preventiva, resistiéndose secretamente a toda confraternización. La masa no­individualizada y mutable que formaban todos los demás sería una pantalla distribuida por toda la ciudad sobre la que él proyectaría la película de su imaginación incesante. Y como daría la impresión de pertenecer a esa masa, como lograría fingirlo, tal vez empezara a sentir poco a poco una especie de intimidad semejante a la de esos momentos en los que compartes habitación con tu pareja y sientes cariño sin tener que tocarla o hablar. La vida en la reserva que había esbozado y para la que había preparado planos y subestructuras (durante las seis semanas al año de media que, en el transcurso de su vida, había pasado en Taiwán) empezaría a conformarse en serio en algún momento, tras lo cual, al cabo de meses o de años, una buena mañana advertiría la organización independiente de una segunda consciencia itinerante —atraída hasta ese lugar por las nuevas estructuras vacantes— a la que empezaría a enviar los datos de su percepción sensorial. El animal astado de su primera consciencia —animal terrestre que avanzaba chapoteando por el agua— se hundiría en alguna región inferior, en el lago de sí mismo al que Paul descendería en sueños de vez en cuando y donde notaría la desintegración de las partículas del animal —y el roce de las partes cubiertas de pelo— mientras se desvanecía en la estructura del sistema funcional más cercano.

En el avión, después de una taza de café solo, Paul pensó en Taipéi tomándola como una quinta estación u «otro mundo» ajeno o contrapuesto a su vida en América, conscientemente repetitiva y cada vez más conocida; parecía que, uniéndose en ángulo recto por alguna razón insensata, las estaciones habían formado un cuadrado que, ahí el sarcasmo, no enmarcaba nada, o se habían fusionado, pensó Paul distraído al cabo de cerca de una hora con la cara hundida en los brazos apoyados sobre la bandeja de la comida, formando una aldaba que un niño, tras veinte o treinta aldabazos, y sin esperar ya respuesta, sigue moviendo medio embotado, aturdido por lo inútil de su actividad y con la mirada vagando, perdida, ignorante del momento en que, repentina e inadvertidamente, se detendrá.

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