Reportajes

La noche en la que deseé una invasión extraterrestre

Kiko Amat va a Montserrat a buscar ovnis y solo pilla un buen catarro

  Reportaje fotográfico: Guillem Sartorio.

1. - ¿Tú ves algo? –me dice.

- Veo una bronconeumonía letal, si continúo aquí –le digo.

Me llamo Kiko Amat, tengo 43 años y estoy en una glacial explanada de la montaña de Montserrat a las doce de la noche, escrutando el cielo invernal en busca de ovnis. Alienígenas. Vida extraterrestre, en el cielo catalán, sobre nuestro monte sacro. Lo cierto es que no sé muy bien qué estoy buscando. La forma del UFO, quiero decir. Por lo que me han contado, debo estar al tanto por si aparece algún punto de luz dinámica que se mueva con compases antinaturales: que no pueda tratarse de un avión o un dron. Me preocupa un poco todo esto, porque para empezar no sé cómo se mueve un dron; pero continúo mirando la estrellada bóveda celeste con gran determinación.

La gente a mi alrededor, unos sesenta congregados, diseminados en grupos de cuatro o cinco personas, escudriña el cosmos con pareja intensidad. Algunos llevan prismáticos, otros linternas, otros minúsculos láseres para señalar los puntos siderales de interés. Desearía que no hiciesen eso, porque el punto láser zigzagueando por el negro firmamento se me antoja harto parecido a un punto de luz dinámica que se mueve con compases antinaturales. O sea, a un ovni.

Huele a marihuana y a aftershave arcaico, de barbería de pensionistas. Estamos a 4 grados; frío hiela-culos, aunque sin viento. Casi todo el mundo va encapuchado y gruesas bufandas ocultan sus rostros, pero por las voces distingo un porcentaje de mujeres que, si bien no es mayoritario, resulta más elevado de lo que esperaba.

Sigo mirando el cielo. Llevo una hora mirando el dichoso cielo, casi sin interrupción. Antes charlé con alguno de los grupos, aunque sin identificarme como periodista. Mi experiencia me dice que presentarte como tal provoca que la gente: a) Se sincere mucho y lo cuente TODO o b) Se cierre en banda y no suelte prenda. En este caso opto por callar.

- Vuélveme a contar cómo era el objeto que viste tú, anda –le digo a Cornelius.

2. La culpa es de Robbie Williams, y no me digan que han escuchado esto antes. Casi ninguna historia puede empezar así, aparte de la biografía de Take That o la muerte del britpop. “Sí, cariño, llego del bar hecho unos zorros, he vomitado en mis propios bolsillos y me he meado en los pantalones, pero no te lo vas a creer: la culpa es de Robbie Williams”. Nunca chutaría. Pero en cuanto a lo que voy a contarles, la culpa sí es (un poco) de Robbie, quien en el año 2006 abandonó la música y decidió tomarse un año sabático para investigar Lo Oculto y la fenomenología paranormal. Lo contaba Jon Ronson en su crónica “I’m loving aliens instead”: lo de la web Abovetopsecret.com y la conferencia “Educating The World One Person At a Time” en un palaciego hotel-casino de Nevada, a donde Williams decidió acudir para escuchar a testimonios con historial de abducción, padres de niños Indigo y un cirujano que clamaba haber extirpado piezas de origen extraterrestre. Me chifló aquel artículo, donde Ronson (más cínico que nunca) acompañaba al ídolo pop (más errático que nunca) en uno de los periplos más extraños de la existencia de ambos.

Y entonces, a los pocos días de haber leído aquello, tuvo lugar una de esas coincidencias que parecen obedecer a los caprichos de una deidad burlona. En los despachos de una productora de dibujos animados me topé con Zira, una amiga ex-mod a quien no veía desde hacía veinte años. Inevitablemente, al poco tiempo ya estábamos comentando nuestra monstruosidad adolescente, y ella me soltó:

- Bueno, eso no era nada. Mi hermano va a mirar ovnis cada mes a Montserrat.

Cuando inquirí, asaz ojiplático, en busca de más detalles, Zira me contó que ufólogos veteranos y avistadores amateurs –su hermano Cornelius entre ellos- se reunían el día 11 de cada mes a las 11 de la noche (en círculos esotéricos todo simbolismo es poco) para observar el cielo en busca de actividad ovni.

No mentiré: pensé en Jon Ronson, y en todo el embolado de Nevada. Pensé en la industria montada alrededor de aquellos fenómenos, y en el tipo de subcultura sumergida que los nutre. Pensé en lo fascinante de su fascinación: aquella multitud, creyendo fervientemente, deseando creer. Escrutando el cielo hasta la bizquera, aferrándose a la posibilidad de que exista vida inteligente fuera de nuestro planeta. Como respuesta para algo, casi todo, todo. Y, por supuesto, pensé en Robbie Williams. I just want you back for good.

- ¿Crees que tu hermano me dejará acompañarle la próxima vez? –le pregunté a Zira.

No era una superestrella inglesa del pop, eso es cierto, pero serviría para mis propósitos.

3. Tuve tiempo de sobra para documentarme, porque Cornelius anunció el mismo 11 de noviembre que el cielo estaba demasiado nublado e inestable para ir a mirar ovnis. El asunto se aplazaba un mes.

Documentarse es importante, especialmente si el objeto de estudio no ocupa un lugar preferencial en tus pesquisas o lecturas cotidianas. Lo que sé de los ovnis está un mero milímetro por encima de lo que sabe el square medio: sin googlear ni releer, conozco el caso Roswell, las teorías sobre “antiguos astronautas” del pseudocientífico por antonomasia Erich Von Däniken (mi padre tenía algunos de sus libros), sé lo que es un Ooopart (que no Op-Art), recuerdo la figura de J.J. Benítez (el Von Daniken navarro, que publicó documentos sobre ovnis desclasificados por el Ejército del Aire español) y algunas cosas más. Todo fraudes de diverso pelaje, por lo que he ido atestiguando. Y he visto la mayoría de series y películas de Hollywood sobre el tema; lo que, obviamente, no es conocimiento útil desde ningún punto de vista ufológico más allá de la mera riqueza pop.

Lo que hallo en el transcurso de mi somera investigación digital sobre los avistamientos de Montserrat me choca. El volumen es ínfimo. Comparado con la cantidad de webs dedicadas a estos temas que existen en otras partes del mundo, uno tiene que realizar un esfuerzo de cedazo para hallar materia concreta sobre el misterio UFO local. Topo con el blog de un tal Fran Recio, experto en esoterismo y transcomunicación, y ello me lleva a las crónicas de quien descubriré que es el valedor de los encuentros del 11: Luis José Grífol. También topo con un artículo de Enric Calpena de 1983 para El País, donde le describe como “profesor mercantil y diplomado en comercio exterior e informática” de 39 años, y afirma que “viste, se peina y se mueve como un hombre moderno, con un ligero aire de playboy, que se contradice con su gran afición, con lo que en estos momentos es la razón de su vida: el contacto con los extraterrestres”. Me doy cuenta de que una vez posees el nombre de Grífol, las entradas de Google se incrementan en cientos: el “contactado” parece ser más famoso que los propios ovnis.

A través del blog de Recio leo las crónicas de Grífol sobre los encuentros en Montserrat, y aprendo que llevan realizándose desde 1980. El año explica el día: un 11 de noviembre, en 1979 y también en 1980, tuvo lugar una “doble manifestación fuerte”: el célebre incidente de Manises (un avión comercial se vio obligado a aterrizar en el aeropuerto de la localidad valenciana por culpa de “luces” no identificadas), y al año siguiente el acoplamiento de cinco supuestos ovnis “a cinco aviones de nacionalidades diversas sobre el área catalano-aragonesa-balear”. Grífols, con su florido estilo, se refiere a los extraterrestres como “Ellos” y les compara a “ángeles extraterrestres” que velan por la humanidad. La explicación resumida de todos los fenómenos UFO, según Grífol, es que tratan (telepáticamente) de mostrarles el camino a los terrícolas, que atraviesan hoy un nuevo periodo de incerteza y confusión.

Por mail, Cornelius me confiesa que es mejor ir a la explanada cuando la fecha no cae en sábado estival, porque entonces se congregan allí jaurías de adolescentes con ganas de pitorreo y taja silvestre, y no hay forma de concentrarse en los visitantes de otros planetas. Una entrada de blog del 11 de junio pasado confirma esto, con la firme queja de Grífol sobre algunos jóvenes que usaron “láseres manuales” y organizaron el “lanzamiento de un cohete de artificio”. Suena más a Porky’s que a una reunión de ufólogos serios, pero Cornelius me asegura que en diciembre no será así. No sé si su afirmación me alivia o me decepciona. Habrá que verlo.

4. Es un cliché sacar a colación El Resplandor cada vez que uno topa con un hotel semi-abandonado en mitad de la nada, pero no puedo negar que los significantes están todos aquí, en el Hotel Bruc, en pleno regazo de Montserrat: aire de haber pasado días mejores, ciclópeas salas diseñadas para alojar a cientos de personas (ahora con la luz apagada) y preparadas –de forma inquietante- para el eventual regreso de esas turísticas multitudes, creepy-villancicos susurrando quedamente desde un altavoz asmático... Solo falta el laberinto exterior.

En la barra, también colosal, se hallan Cornelius y una amiga, esperándome. Por fortuna soy capaz de relacionar su cara con la imagen de whatsapp, de otro modo me hallaría en el aprieto de usar la introducción: “Hola, ¿vais a ver ovnis?”.

No debería preocuparme: tras establecer contacto con Cornelius, realizo un rápido barrido de bar y deduzco que todo el mundo está aquí por lo mismo. Cornelius es un agraciado joven barcelonés, alto y de quijada firme, con botas de montaña y jersey de lana. Sin más preámbulos, le interrogo sobre lo que creyó ver aquella noche en la montaña:

- Lo observé con prismáticos: era una mancha circular, más oscura que el negro del cielo, y en un lateral inferior pulsaba un punto de luz verde –me cuenta con entusiasmo, masticando un bocata de chorizo-. La pulsación no era rítmica, no parecía seguir un patrón, y no se movía siguiendo un rumbo rectilíneo, como los aviones comerciales o los satélites. Apareció por detrás de la montaña describiendo movimientos bruscos, y de repente empezó a acelerar en dirección a Barcelona. No podía ser un dron.

- Ya –le digo yo- pero en nuestro planeta se realizan diariamente nuevos hallazgos científicos. Las fosas abisales, por ejemplo, permanecen inexploradas en un 95%. ¿No podría ser lo que viste un fenómeno meteorológico no clasificado?

- Cómo, ¿verde? –me responde, como si yo hubiese dicho algo imposible.

Pienso en el arco iris, y en la fotosíntesis, y en todas las cosas verdes que aloja nuestro mundo, pero no quiero sonar incrédulo.

- Lo que yo no entiendo –le comento- es cómo se pegan esa panzada de pársecs para llegar aquí, si en realidad son seres de otros planetas, y luego no hacen más que revolotear por el cielo.

- No lo sé –me dice, frunciendo el ceño.

- Y también me suena raro lo de que estén aquí para hacernos “meditar”, como he leído en blogs. Suena un poco religioso, ¿no? Además, si tuviesen algo que decirnos, ¿no nos lo habrían dicho ya?

- Cierto. Yo tampoco me creo eso –me confiesa.

- Y otra cosa: ¿Cómo es que nunca detectan a los ovnis de Montserrat entrando y saliendo de nuestro espacio aéreo?

- Bueno, yo creo que sí los detectan –dice-. Pero se nos oculta. Creo que esto sucede constantemente, pero los gobiernos lo tapan.

Cuando uno habla del tema ovni, tarde o temprano va a toparse con la teoría conspirativa, fundamental para sostener todas las ramas de pseudociencia. Mi problema con las teorías conspirativas –de las cuales me creo un buen puñado, no se piensen- es que al final los creyentes siempre se decantan por la solución más rocambolesca; pues sin duda es la más atractiva. ¿Prefieres que Jack The Ripper fuese un pescadero tarumba del East End o el Príncipe Regente? Cuando aquello del Bloop, en 1997 (un potentísimo sonido submarino de frecuencia ultrabaja que fue detectado por micrófonos militares), de todas las explicaciones plausibles –un glaciar en pleno hundimiento, por ejemplo-, ¿cuál escogió la gente? ¿Cuál ha perdurado en internet? ¿Qué excitó la imaginación popular? La teoría de la Superballena Abisal. Es Sherlock Holmes al revés: elimina lo probable, quédate con lo imposible.

Cornelius me comenta algunas creencias ufológicas: los extraterrestres siempre han estado aquí, y han dejado constancia de su presencia en construcciones que desafiaban la tecnología de la época, como piedras de gran tamaño emplazadas en lugares inverosímiles. Mucha gente cree que los extraterrestres se alimentan de las ondas mentales (de pánico, o curiosidad) que generan los humanos al verse enfrentados a fenómenos ovni, pero él no. De lo que sí está convencido Cornelius es de los llamados Círculos en Cultivos y su origen no-humano. Me habla de los numerosos videos creíbles que pueden hallarse en Youtube y, cuando aduzco que aquel par de pranksters confesaron haber realizado todos los círculos ingleses previos a 1987, me responde que eso es también parte de una conspiración: muestras algunos círculos realizados por el hombre y te ahorras explicar los inexplicables.

Se acerca la hora de subir a la explanada. Me dirijo a dos hombres de unos cincuenta años, enfundados en gruesas parkas, que toman café en la barra. Cuando entablo conversación con ellos me cuentan que llevan viniendo “una vez al año” desde hace mucho tiempo.

- Nunca hemos visto algo tan claro como querríamos- me dice uno que lleva un frondoso bigote y toma una copita de coñac, cuando inquiero por sus avistamientos.

- Hace un año exacto, el 11/11/2013, vimos uno –añade su compañero-. Más o menos.

Les pregunto por Grífols, el promotor de todo esto.

- No sé si vendrá hoy –me dice-. Pero no importa. Si Grífol no está, la gente viene igual.

En el parking se ha empezado a organizar un pequeño botellón ufólogo, como en una comedida ruta del bakalao. Mis dos interlocutores con parka están en la escalinata del edificio, fumando y hablando de mujeres.

Cornelius me comenta, mientras nos dirigimos a nuestros vehículos, que en la ladera hay otros expertos. Uno de ellos es El Calvo. Le llaman así porque perdió el cabello al acercarse demasiado a un ovni, en Holanda. También cita algo que dijo Grífol la última vez:

- “Yo he visto a gente tan asustada por lo que vieron que se tiraron por el barranco”.

5. Y así estamos. En la ladera. Mirando el cielo y esperando a Grífol, como quien espera a Godot. Casi me pierdo subiendo porque, pese a que íbamos todos los coches en caravana (unos siete u ocho vehículos), los demás empezaron a acelerar descabelladamente a medio camino y yo, que iba algo rezagado, de poco tomo el desvío a Manresa en un recodo. Pero, ¿siete u ocho coches, zumbando como locos por una montaña oscura, en pos de un avistamiento ovni? Mentiría si les dijese que no me veo en Encuentros en la tercera fase.

Por lo que escucho según me acerco a los diversos grupos reunidos aquí, la ufología es parte de un pack esotérico. Dudo que mucha de esta gente crea en vida extraterrestre pero mire con recelo al ocultismo o la parapsicología. En una de las conversaciones, de hecho, se entabla una disputa entre dos estudiosos del viaje astral.

- Lo que tienes que hacer es no levantarte por la mañana, y recordar tus sueños –dice uno, y prosigue explicando las ventajas de ese periplo.

- Cuéntalo todo –le dice, algo bruscamente (en mi opinión), su interlocutor-. Ya que lo cuentas, di toda la verdad. ¿Por qué no les dices que en un viaje astral pueden atacarte psíquicamente?

Los asistentes (bisoños en lo del paseo cósmico, supongo) escuchan con expectación.

- Mira –responde el primero, con un ligero ceceo-. Solo te digo una cosa: aquí te pueden pegar un tiro, pero en un viaje astral no.

Supongo que eso zanja la discusión. En el contingente más cercano, otro entendido (algunos grupos se componen de un guía y varios acólitos) habla del cuerpo como mero traje físico, y de la existencia de muchas otras dimensiones. Los demás asienten. Un señor con la bufanda a modo de improvisado gorro intenta vender calendarios de una librería esotérica, grupo a grupo. Nadie compra nada.

Me dirijo a un grupo de chavales muy jóvenes, huérfanos de mentor y con las caras descubiertas. Dudo un poco antes de realizar el paso. Verán: cuando yo era niño, me echaban de todas las sesiones de espiritismo y ouija. Nunca llegué a presenciar ninguna. En ocasiones era porque había llegado haciendo befa, lo admito, pero en otros casos, cuando camuflaba mi precoz escepticismo, me detectaban igual. Había algo en mí que les hacía intuir al Cínico en Temas Ocultos que llevaba dentro.

Los chicos de marras son de Caldes de Montbuí. Lucen gorras peruanas -lo cual les da un cierto toque cómico- y uno de ellos lleva las gafas torcidas encima de la nariz, como si se hubiese arreado un morrazo. Son simpáticos y amables. Uno de ellos me cuenta que vio siete puntos paralelos en el cielo que se movían de forma irregular, y que de repente empezaron a acelerar.

- El movimiento que yo vi era inteligente –explica un señor mayor allí al lado-. Pero a la vez no podía haber sido hecho por... Científicos de la Nasa, o algo así.

El señor mayor con fuerte acento de pueblo les pregunta a otros jóvenes su procedencia.

- Somos de Igualada –le dicen.

- ¿Igualada? –contesta- Allí hay muchos avistamientos.

Vuelvo a preguntar a los chicos de Caldes de Montbuí si se espera a Grífol. “Vindrà el Grífol?” es la pregunta más repetida en la explanada. Pero nadie lo sabe, ni nadie dice tener su teléfono de contacto. Parece que me estoy perdiendo la atracción principal.

- Grífol te cuenta sus anécdotas, y habla de la situación actual en la tierra, y cosas así –me comenta Cornelius-. Si no viene, es solo mirar el cielo, la verdad.

En efecto. Da esa impresión. Llevo ya hora y media solo mirando el cielo, y comienzo a sentirme algo ridículo (por no mencionar la hipotermia galopante que aqueja mis pies y piernas). Pero quizás la palabra no sea “ridículo”. Quizás solo me invade una poderosa sensación de pérdida de tiempo, por mucho que respete las creencias de los congregados. De repente recuerdo una vez, hacia 1992, en que me planté en el 22 de Westmoreland Terrace, la casa de Pimlico donde cohabitaron los Small Faces a mediados de los 60’s, y -tras un buen rato escrutando la fachada- sentí algo parecido. Un inequívoco: “Qué diantre estoy haciendo aquí?”.

Ahora veo que me equivoqué con el tema ovni. Yo creía que podías venir aquí sin creer, y hallar pruebas irrefutables que te obligaran a cambiar de idea. Pero ahora entiendo que funciona al revés: que el requisito es precisamente creer primero, avistar después. “El ojo proyecta el deseo de significado”, dijo John Jeremiah Sullivan sobre las interpretaciones libres de dibujos prehistóricos. Tienes que desear creer. Tienes que anhelar la respuesta afirmativa con todas tus fuerzas. Pues si no crees, es imposible que la mera incredulidad te permita permanecer tanto tiempo mirando al universo. “Waiting in the dark for something to happen”, decía Wodehouse en no se qué novela, “is always a trying experience”.

Cuando estoy a punto de marcharme, aparece aquel a quien llaman El Calvo. Servirá, a falta de Grífol (me digo).

- ¡Toda esta gente te está esperando! – le espeta, jocoso, un amigo.

- Hoy no vengo aquí a trabajar –contesta El Calvo, decidido. Lleva una capucha atada con la goma por la barbilla y, según interpreto, no está aquí en calidad de orador.

En su grupo se ponen a discutir de Rajoy, Polònia, El Pequeño Nicolás... Un repaso a la actualidad estatal, y un franco (quizás pasajero) desinterés por la investigación ufológica.

Bien. Esto se acabó. Me despido de Cornelius y señora, y desando el camino hacia la carretera soplando vaho en mis puños. Es casi la una. Ya junto a mi coche les pregunto a un par de chicos cómo se regresa a Barcelona, y tengo la última conversación sobre ovnis de la velada:

- ¿Vosotros habéis logrado ver algo alguna vez? –les digo, ya asaz incrédulo.

- Una sola vez. En septiembre de este año –me contesta uno, y entonces suelta- era un objeto redondo, muy grande, mucho más oscuro que el cielo nocturno. Se movía de manera rara. Y en un extremo parpadeaba una luz verde.

(A su vuelta de Monsterrat, Kiko Amat logró conversar largo y tendido con Luis José Grífol. Puedes leer la entrevista completa aquí).

 

Yo creía que podías venir aquí sin creer, y hallar pruebas irrefutables que te obligaran a cambiar de idea. Pero ahora entiendo que funciona al revés: que el requisito es precisamente creer primero, avistar después

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