Reportajes

Dispara al capital: “Memphis Underground”

Prepublicación exclusiva de la novela de Stewart Home

Os adelantamos dos capítulos de “Memphis Underground”, el penúltimo e inclasificable artefacto metaliterario del salvaje Stewart Home, el enfant terrible de las letras inglesas. El libro llega hoy a las librerías vía Alpha Decay y su sello Héroes Modernos.

Hoy llega a las librerías “Memphis Underground” (edita Alpha Decay, dentro de su colección Héroes Modernos, en traducción de Antonio J. Rodríguez). Hablamos de la escandalosamente brillante penúltima novela de Stewart Home, el tipo que primero fue fan de T. Rex y luego se convirtió en El Gran Mago (de su propia secta ocultista, la Alianza Neoísta). Ex punk, ex skinhead, abiertamente comunista, ferozmente anticapitalista, Home (1962) es director de cine, historiador del arte y activista, además de escritor ( “Memphis Underground” es su novela número 12). En sus libros (entre los que destacan “69 Things To Do With a Dead Princess”, “Tainted Love” y la pandillera “Red London”, de momento inéditos en castellano) mezcla el pulp con el porno, la non-narrative novel, la política y la música. Home ama la música, de igual manera que el protagonista de “Memphis Underground”, un bibliotecario freelance fan del northern soul. Un bibliotecario freelance llamado John Johnson.

Lo que tenemos aquí son dos capítulos de “Memphis Underground” que os adelantamos en exclusiva, cortesía de Alpha Decay. Pero, ¿de qué va “Memphis Underground”? De un tipo, el mencionado bibliotecario freelance, John John, que es enviado a una remota comunidad escocesa para hacerse pasar por artista becado. Una vez allí, ya en su papel de estudiante sin demasiadas luces, descubre un entorno de corruptelas, intercambios de pareja y secretos militares. Mientras, en Londres, su alter ego merodea por los pubs y los clubs, enfermizamente obsesionado con el soul, saltando de empleo en empleo y tratando de sobrevivir como sea. A medio camino entre la autobiografía, el manifiesto estético, la sátira feroz del mercado del arte y la más delirante de las ficciones, “Memphis Underground” es un nuevo e irreverente capítulo en la estela de terrorismo literario del enfant terrible de las letras inglesas. Un salvaje e inclasificable artefacto metaliterario que conjuga la osadía formal de Lawrence Sterne, la violencia soterrada de Alexander Trocchi y el aura esotérica de Arthur Machen.

Y si quieres saber más sobre Home, atención a la entrevista que publicaremos con él mañana.

¿Está de moda?

No empiezo a trabajar hasta las dos de la tarde. Eso cuando tengo encargos tediosos remunerados. Ahora sólo me machaco los martes y los jueves. No hay mucha demanda de mi especialidad. Soy bibliotecario freelance. Aunque la especialización puede reportar dividendos en el mercado laboral, mi gran error fue elegir el tipo equivocado de gestión de información. Debería haberme interesado por los ordenadores. Estudié filosofía en la Universidad de Londres, y como mis compañeros, salí de allí con una preparación particularmente inútil. Casi todos los que se graduaron conmigo se dedicaron a las Tecnologías de la Información. Mi fracaso a la hora de encontrar empleo con al menos alguna posibilidad remota de promoción, como hizo la mayoría de mi clase, resultó del todo predecible, dado que siempre me he limitado a fingir que pertenezco a la clase media. Devolvedme a uno de los barrios de protección oficial que conocí de pequeño y prácticamente volveré a ser el chico de clase trabajadora de siempre. Mi educación medio me alejó del proletariado y, aunque ahora puedo pasar por un burgués, cuando lo hago siento que estoy fingiendo aunque nadie más se dé cuenta. Dada mi incapacidad para adaptarme a los códigos sociales de los alumnos de colegio privado que conocí en la facultad, imagino que tengo suerte de tener un trabajo fijo. Desde luego mi situación podría ser mucho peor. A los dieciséis años, unos grandes almacenes de Oxford Street me propusieron embutirme en un traje rojo y colgarme una barba. Por suerte, rechacé esa oportunidad de oro para formarme en el complejo arte de gestionar la cueva de Santa Claus. Aunque el trabajo era fijo, sólo salía una vez al año.

Normalmente se me conoce por mi nombre de pila, John Johnson. Soy del sur de Londres y trabajo en la sede central de Seguros Dreadnought, convenientemente situada cerca del Barbican Centre, a la entrada de Silk Street. Silk Street antes era el tramo sur de Whitecross, pero las empresas que ocupaban esa calle sinónimo de pobreza se unieron para renombrar el final del bulevar. Imagino que eligieron Silk por sus nada austeras connotaciones en lo relativo al vestirse de seda; personalmente prefiero pensar en pieles sedosas, y en la influencia del dinero como una forma de pornografía. Antes de fichar en Seguros Dreadnought acostumbro a darme una vuelta por Whitecross. El jueves es mi día preferido para ir al mercadillo ambulante. Los lunes y martes se vende poco y no todos los vendedores se molestan en sacar la mercancía. Hay tres sitios de música en Whitecross, distribuidos en dos puestos y tres locales interiores.

Quise abandonar la biblioteconomía y adentrarme en la industria musical, motivo por el cual andaba ocupado poniéndome al día de los éxitos y fracasos de temporadas pasadas. La población de las islas británicas está envejeciendo. Los adolescentes representan una auténtica minoría cuando lo que toca es desembolsar pasta en cultura juvenil. La música en Whitecross se vendía a oficinistas que querían animarse al volver a casa tras una dura jornada laboral. Y no estoy hablando de directores de empresa, sino de gente que ganaba 20.000 libras en pesados trabajos de oficina. Algunos compradores en Whitecross eran veinteañeros, pero la gran mayoría tenían más de treinta o cuarenta años. Pese a la existencia de revistas mensuales para hipsters de cierta edad, tipo Later, supuse que aún quedaba mucho potencial por explotar en el mercado de quienes atravesaban una segunda juventud algo prematura. Aquellos parias que preferían una juventud en ciernes a la crisis de los treinta necesitaban un líder y me convencí de que tenía lo que se necesitaba para revenderles sus obsesiones adolescentes. Era gente que necesitaba un sueño pero que sólo estaba dispuesta a comprarlo a precio de ganga; después de todo, la mayoría tenía hipotecas que pagar y niños que mantener. Como la calidad importa, tendría que mover un montón de unidades si quería ofrecer precios competitivos. Necesitaba una suma considerable para montar un negocio inteligente. Supuse que mi compañero de piso, el Capitán Swanky, sería la persona a la que acudir. Me encontré con Swanky en el Trader, en Whitecross. El Capitán trabajaba –o, mejor dicho, no trabajaba– en la empresa de venta de títulos de su padre. Los estudiantes enviaban cheques y recibían por correo títulos que no servían para nada. La Universidad de Cripplegate operaba desde una vieja y angosta oficina instalada encima de un quiosco. Por razones que nunca he alcanzado a comprender, filas y más filas de archivadores reciclados ocupaban casi todo el local. Los padres del Capitán vivían en España y, puesto que mantener las apariencias de clase media implicaba que su hijo, un inútil laboral, debía tener un trabajo, le proporcionaron ese empleo. O mejor dicho, le proporcionaron un puesto y un sueldo, pues no esperaban que su indolente benjamín diese un palo al agua. Swanky supervisaba el día a día de la Universidad de Cripplegate, lo que significaba fijarse en las piernas de las dos secretarias que cobraban un sueldo mínimo por asegurarse de que los cheques entraban y los diplomas salían. El Capitán era feliz comiéndose con los ojos aquellas faldas desde las nueve de la mañana hasta que abría el pub. Rara vez volvía a la oficina tras la hora del almuerzo, cuando visitaba a una camarera que le daba conversación si no tenía otra cosa que hacer. Mejor así, pues en tal estado de ebriedad habría acelerado aún más el dinámico flujo de personal en el lucrativo negocio de la familia. Siempre que surgía algún problema extraordinario en la Universidad de Cripplegate, el hermano de Swanky, que dirigía unas cuadras, venía de Hampshire para solucionarlo.

Tras arrastrarlo dando patadas y gritos desde la barra del Trader, conseguí que el Capitán Swanky echara un vistazo a la música que se vendía en Whitecross y, después, a la gente que la compraba. Los clientes eran adultos hechos y derechos y comenté al Capitán que si podíamos entendernos con ellos al igual que hacíamos con la gente más joven del club, el paso al mainstream sería una realidad. Quería crear una empresa puntocom de comercio musical. Tuve que explicarle a Swanky que el capitalismo funciona por ciclos y que a toda quiebra le sigue un boom. Se tragó la mentira de que las ciber inversiones conllevaban riesgos. Pasamos algún tiempo hablando con un vendedor de un puesto al fondo del mercado. Dave tenía cuarenta y pico y conducía de St. Albans a Londres cinco días a la semana con su material. Estaba metido en todo tipo de música dance, desde el jazz funk al house, pero lo que de verdad le obsesionaba era el northern soul. Pensaba que las rarezas realmente significan algo para la gente, pues más de treinta años después seguían escuchándose. Dave movía un montón de garage aunque creyera que a nadie le interesaría dentro de diez años. Había subido el precio del northern soul para empezar. Normalmente, subía cinco libras al precio de los discos recién adquiridos, aunque después los rebajaba si no funcionaban. Los recopilatorios de northern soul que conseguía de saldo salían a un precio de ocho pavos. Cuando las cosas iban despacio los dejaba en cinco. No necesitaba bajar de ahí para venderlo todo.

–Me encanta –dijo entusiasmado–. Tengo discos de northern por toda la casa porque a veces lo único que me gusta de un recopilatorio es una canción. A mi parienta la llevo loca, por eso tengo que clasificar las canciones en el ordenador. Así puedo encontrar los temas de los recopilatorios que busco sin desparramarlo todo. Eso tiene contenta a la parienta y así quizá me deje ir al Togetherness Weekender en Stoke. Un montón de tíos con los que crecí ahora están divorciados así que no tienen que pedir permiso para salir de noche. Un amigo me dijo que no vería a ninguna persona menor de treinta y cinco en esos clubs que pinchan northern. Todo ha cambiado desde que éramos jóvenes. Pensábamos que había que casarse y sentar cabeza. Hoy en día no hay razón por la que un tío de cuarenta no pueda salir toda la noche. Por eso la escena de northern sigue viva. La gente creía que había muerto en los ochenta pero ahora ha vuelto, con más fuerza que nunca. Mis colegas van a todos los eventos revival, a los conciertos en el norte y a las fiestas que se alargan durante toda la noche en el Club 100 de Londres. Ahora que mi hija es adolescente, no veo por qué no debería ir con ellos. Recuperar un poco de mi juventud. Tiene que ser mejor que bailar música máquina.

La nostalgia ya no es lo que era, le dije al Capitán Swanky. La nostalgia, insistí, era el futuro. Sólo teníamos que trabajar como si no existiera un mañana. Teníamos que comprar los derechos de los discos descatalogados y convertirlos en éxitos de club. Teníamos que introducir a los adolescentes y a sus padres en los mismos temas. Teníamos que aprender de las modas en la música de baile como el acid jazz. Debíamos devolver a los clubs el lema paz, amor y unidad mientras nos forrábamos. Luego me corregí. Al Capitán Swanky le salía el dinero por las orejas, es decir, para él los beneficios no significarían nada. El objetivo del Capitán era la fama. La imagen que la gente tenía de él era muy importante para el Capitán. Se propuso la misión imposible de que la percepción que los otros tuviesen de él coincidiera con la suya propia. Era el Ciudadano Kane de Old Street. Le dije que sería una estrella si conseguíamos dirigir a los adolescentes y a las brigadas de post hipotecados hacia una vorágine de amor y unidad. El Capitán ya estaba casi convencido así que quedamos en el Purple Haze más tarde esa noche. Swanky había invertido en el club con la única intención de reservarse a sí mismo un espacio como DJ. Tras decir adiós (o más bien te veo luego) dejé al Capitán y seguí rumbo hacia Silk Street.

June Gregory se encontraba en la recepción cuando entré a trabajar. Le pregunté si quería ir al Purple Haze cuando acabara el curro. A June no le gustaba el rock y en su lugar propuso algún club de soul. Por desgracia, tenía que aplazar esos planes para otra noche. Quería el dinero del Capitán; no podía dejarlo tirado. Todavía no. Poco después de despedirme de June estaba en mi puesto de trabajo frente a un montón de periódicos que tenía que recortar. El teléfono sonó. Descolgué. Al principio pensé que no había nadie al otro lado. Luego me di cuenta de que algún bromista había puesto celo en el auricular. Lo quité. Mi jefe, Michael Martin, me llamaba. Me pidió que le resumiera el funcionamiento del ISBN. De camino a la oficina había revisado lo que Aleister Crowley había dicho sobre el libro como talismán y entonces se le ocurrió que un sistema de numerología basado en los números del ISBN podría dar como resultado una magia muy poderosa. Las aficiones de Martin eran, como mínimo, misteriosas. Aunque oficialmente me pagaban para buscar noticias sobre cuestiones financieras y desgracias personales, me habría quedado sin trabajo de no ser por la constante inclinación a lo esotérico de Martin. Por supuesto, sus actividades wiccanas eran motivo de mofa a sus espaldas. hacía poco que algún cachondo de la oficina usó un programa de diseño para editar la imagen de Martin y el humorista Tommy Cooper (ataviado sólo con un fez) teniendo sexo mágico en Stonehenge. La foto se envió anónimamente por correo electrónico a todos los que trabajaban para seguros Dreadnought, incluido el jefe.

Martin se fue emocionando conforme le explicaba los más abstrusos entresijos acerca del ISBN. Según lo que le dije, estaba seguro de haber encontrado la manera de ganar la lotería. Martin me ordenó mirar el ISBN de los libros de Crowley en distintas ediciones. Fui a coger un bolígrafo de mi cajón, pero el gracioso que puso celo en el teléfono, como era de esperar, salió huyendo con el puñado de bolis. No me quedó más remedio que sujetar el auricular con el hombro y anotar las dudas de Martin directamente en el ordenador. Tan pronto como colgué, entré en internet y puse el nombre de Aleister Crowley en un buscador. No obstante, antes de que tuviera oportunidad de pinchar en cualquiera de los 666 resultados que obtuve, el teléfono volvió a sonar. Era Colin, de marketing. Quería fotocopias de los últimos dossieres sobre seguros del hogar para asociaciones municipales y de arrendatarios. Necesitaba la información con urgencia, por lo que dejé a Crowley y me zambullí en el papeleo. Todo fue bien hasta que intenté fotocopiar los dossieres. La persona que puso celo en el teléfono y robó mis bolis también había hecho de las suyas en la fotocopiadora. Había pegado la polla a la maquina y la había impreso por ambas caras en la única resma de folios que quedaba. Al terminar, colocó las asquerosas copias en la bandeja de alimentación.

He de decir que Colin tenía sentido del humor, aunque yo no lo compartiese. Me gusta el humor mordaz y Colin prefiere los chistes de mal gusto. Sabía que no se sentiría ofendido si le llevaba sus recortes de prensa fotocopiados sobre el pene de alguien. Menos aún si, como estaba convencido, se trataba de su propio taladro tamaño estándar. Después de todo, era Colin quien introdujo a varios de los más jóvenes de la firma en aquel célebre juego llamado el roñoso. Los tipos salían a beber después del trabajo, y armados de coraje, competían por ver quién se tiraba a una prostituta por menos dinero. Un día, Colin vino a trabajar diciendo que la noche anterior encontró a una chica que necesitaba el papel de aluminio del envoltorio de un dulce para cocinar la droga, de modo que consiguió hacer negocios con ella por treinta y cinco peniques. O mejor dicho, por una chocolatina Yorkie. Tras pillarla robando en una tienda 24 horas, a aquella zorra heroinómana le prohibieron la entrada al lugar. Colin le compró la chocolatina envuelta en papel de plata y logró su objetivo. La discusión sobre si la historia fue real o no tuvo en vilo a la oficina durante semanas. Ahora que han pasado varios años, es ya una leyenda en Dreadnought.

Entonces caí en la cuenta de que no podía entregar a Colin sus fotocopias en aquel papel. Era muy probable que tuviera que enseñar los recortes a otra persona. Sea como fuere, las fotocopias se leían con dificultad sobre la imagen Priápica con la que se había destrozado el papel. Telefoneé a Sandy al almacén. No le quedaba papel para fotocopiar y Everything Direct no haría ninguna nueva entrega en días. Me sugirió que pidiera un centenar de folios a los contables ya que ellos tenían las últimas cinco resmas. Sabía que Sandy quería ayudarme, pero su consejo me cabreó. Era la clase de persona que trabaja en contabilidad que sacaría a un niño enfermo de una carpa de oxígeno si a su familia le faltasen diez peniques para devolver un crédito. Cuando empecé en Dreadnought, mis nóminas quedaron retenidas hasta que se arregló no sé qué papeleo. Necesitaba urgentemente el dinero, pero intentar sacárselo a los contables era como intentar sacarles un diente. Todo tenía que hacerse según los códigos establecidos; si no, sería como tener que cargar con Hacienda, los directores de la compañía, sus accionistas y todos los estafadores de Londres. Me indicaron que visitara al director de mi banco y contratara un crédito al descubierto. Agarrados es un término demasiado benévolo para describirles. Conseguir unas hojas de papel de los contables era imposible.

Como no tenía dinero para comprar papel (me había dejado la cartera en casa, o al menos esperaba que así fuera ya que en mi bolsillo no estaba), la forma más fácil de conseguirlo era pasarme por la Universidad de Cripplegate. Las secretarias sabían que compartía piso con el Capitán Swanky y les conté que él me había preguntado si podía ir a por un paquete de folios. Pero tuve la mala suerte de que June Gregory y el conserje Winston Smith me vieran salir del edificio Dreadnought. June me dio un par de libras para pillarle un sándwich y Winston quería una botella de sidra, lo que significaba dar un rodeo por el Safeway. La cola del mostrador no era muy larga, pero las cinco personas que había delante de mí pagaron con tarjeta. Entre todos no se habían gastado más de veinte pavos. El plástico les hacía sentir bien; les ahorraba echar a perder los tejidos de la ropa por el peso de las monedas al tiempo que resolvía su temor a los atracadores. Quienes pedían la devolución del cambio lo recibían en billetes de diez libras. Me entretuve todavía más en la Universidad de Cripplegate. Las secretarias nunca habían tenido oportunidad de hablar conmigo a solas y esperaban que disipara sus eternas especulaciones sobre la sexualidad de Swanky. Aunque conscientes de que se las comía con los ojos, las confundía su incapacidad para entrarles de manera eficaz. Como era asquerosamente rico, las muñequitas estaban dispuestas a pasar por alto algunos de sus comportamientos más desagradables. Advirtieron que Swanky pasaba mucho tiempo con una lesbiana muy femenina. Querían saber si era gay, si ni siquiera sabía si lo era, o si le iba todo. Intenté ofrecerles una explicación simple: el alcohol se la marchitaba. Pero no funcionó. Al final conseguí escapar diciendo que el Capitán pincharía en el Purple Haze aquella noche. Todas sus preguntas encontrarían respuesta si se pasaban por allí. De vuelta a la oficina, Ruth, nuestra especialista en productividad, quería saber qué había estado haciendo. Eran casi las cuatro y no parecía que hubiera trabajado mucho. Le expliqué que habían estropeado el papel de la fotocopiadora y tuve que salir a por más. Ruth insistió en que le dejara echar un vistazo al misterioso miembro que me había causado tantas molestias. Pensó que era un poco pequeño e insistió en llevarse el papel estropeado. Por suerte, Ruth encontró el incidente lo bastante divertido como para perdonar el tiempo que había pasado fuera de la oficina, con la condición de que me quedara hasta tarde para ponerme al día. Revisé el contestador, había catorce mensajes que requerían atención inmediata. Debí haber revisado mi correo cuando llegué, pero iba tan atrasado con todo que decidí dejarlo para después. Ante este panorama fui incapaz de terminar nada hasta que la mayoría de los empleados ya se había marchado a casa. Ruth enseñó el falo fotocopiado por toda la oficina, y uno tras otro fueron pasando por mi sitio para adivinar qué clase de cretino era el responsable de mis problemas.

Going To A Go­Go

Llegué tarde al Purple Haze. Había vuelto a la urbanización Stanton Drew para ponerme mi ropa de fiesta y comer algo y me entretuve un rato. Lo primero que hice fue abrir todas las ventanas del apartamento. Era obvio que Swanky, que tenía la costumbre de dejarse al gas abierto, había estado allí antes que yo. Por lo que pude comprobar, decidió hacerse un expreso, abrió el gas, cambió de opinión antes de encender la llama y luego se largó sin acordarse de cerrar el gas. Siempre era así. Swanky me había dicho que estaba muerto de miedo porque algún día entraría con un pitillo encendido y volaría el apartamento. Por suerte, yo no fumaba y solía ser yo quien tenía que poner orden sobre el caos que el Capitán dejaba a su paso. Apagar el gas no era un problema, si bien abrir las ventanas me irritó un poco. La Señora Maleducada había tirado una bolsa de basura y una alfombra de la que se había cansado a nuestro balcón. No le gustaba salir del apartamento y en lugar de llevar la basura al contenedor de la comunidad, la Señora Maleducada la tiraba a mi balcón. Limpié la basura y luego subí a su piso a quejarme. Oí cómo la Señora Maleducada daba vueltas por el apartamento, pero no abrió la puerta. Le grité para que saliera y hablase, pero se negó de plano. Su marido estaba trabajando, así que llamó a un amigo del bloque de al lado y le hizo venir para acusarme de estar acosándola, cosa que dio pie a una acalorada discusión en el rellano del apartamento de la Señora Maleducada. Intenté explicarle que no me gusta que tiren la basura a mi balcón, pero el amigo de la Familia Maleducada no se enteraba de nada. Según su opinión, era yo quien se había trasladado desde el sur de Londres mucho después de que los Maleducados se acomodaran en su apartamento. Por lo tanto, tampoco tenía derecho a molestarles golpeando constantemente su puerta.

Cuando volví a mi apartamento ya se había aireado lo suficiente para despejar el gas, así que pensé en prepararme un té. La comida no fue nada del otro mundo, huevos revueltos en un par de rebanadas. Para preparar los huevos sólo puse un poco de mantequilla en la sartén. La gente se equivoca cuando añade un chorrito de leche. La mejor forma de hacer huevos revueltos es sin leche. Me tomé los huevos y un poco de café. Después comí un poco de yogur griego que encontré en el frigo. Ante la sobredosis de colesterol, pensé que debía tomar algo de fruta y me zampé un melocotón. Quería pegarme un baño pero necesitaba reposar lo que acababa de comer así que introduje Big in Wigan en mi equipo de alta fidelidad y puse los pies en alto. Una hora más tarde estaba listo para el baño. Cuando salí del agua decidí afeitarme. El calor del baño abre los poros de la piel, lo que convierte el momento posterior al baño en el mejor para afeitarse. Tras afeitarme, encontré ropa limpia y después de llenar una mochila con discos ya estaba a punto de salir.

A fin de cuentas, el Purple Haze es un club de heavy metal. Hendrix podía gustarme, sobre todo cuando tocaba como talentoso agregado en conciertos de soul como hizo con los Isley Brothers. Hendrix sonaba en el Purple Haze, pero el resto de música que podía escucharse allí era casi toda blanca. Cuando entré al club el Capitán Swanky estaba detrás de los platos pinchando Hawkwind. Cuando después sonó Black Sabbath pareció algo inevitable. Si los clientes estaban de suerte, puede que Swanky pusiera a los Stooges o MC5, aunque Deep Purple (y no hablo de los primeros discos de pop psicodélico cercanos a Hush) era lo más habitual. El noventa por ciento de los presentes eran hombres y su media de edad rondaría los veinte, nada de eso daba pie a una atmósfera especialmente agradable. Demasiada testosterona. Me incliné hacia el oído del Capitán y me dejó ponerme a los platos. Pensé que algo con más soul aliviaría a la peña. Empecé con los Johnny Jones y la versión de Purple Haze de los King Casuals, que funcionaba bastante bien gracias a la producción de William Bell. Después de todo, aquello era casi algo manido. Luego probé con el Message from a Black Man de los Temptations, soberbio ejemplo de crossover de soul y psicodelia. En cuanto entraron aquellas letras y su mensaje político y socialmente concienciado empezaron a lloverme latas y botellas. Aquellos blancos podían escuchar felizmente una versión soul de un tema de Hendrix pero no pensaban tolerar los mensajes del Black Power. el orden no se restableció hasta que el Capitán puso Radar Love en los platos.

No recuerdo bien el resto de la sesión del Capitán Swanky. Con el metal se centró mucho en los setenta, que fue cuando por primera vez se interesó en lo que muy vagamente podríamos considerar música. Lo cierto es que no habría sido una noche extraña si hubiese puesto a los Blue Öyster Cult y Judas priest. Lo que entendí, o mejor dicho, lo que sabía por mis anteriores visitas al Purple Haze, fue que algo andaba muy mal en el club, o al menos entre sus clientes. Los chicos que frecuentaban el local eran demasiado jóvenes para recordar los sonidos metaleros de los setenta, pero era lo que buscaban. El Purple Haze no se interesaba en quienes quisieran escuchar speed metal o thrash metal o death metal o black metal. La mayoría de las noches escucharéis sin duda al menos una canción de Motörhead, y ese debió de ser el origen del crossover punk metal (a no ser que estéis tratando de defender el resurgir de discos de grupos como los Groundhogs o Third World War). Motörhead se pinchaba porque había evolucionado desde Hawkwind, pero jamás escucharíais a los Iron Maiden. La idea fundamental del club era regresar al sonido hard rock original de antaño. Sin embargo, los clientes no se vestían como si el punk nunca hubiese existido. En lugar de las cazadoras vaqueras que habían dominado la escena heavy de los setenta, la mayoría de los allí presentes llevaba cuero, además de piercings y tatuajes. El rasgo principal que diferenciaba a esta gente de la vigésima generación gótica y punk era la total ausencia de un corte de pelo, que en su caso era una pesadilla de caspa totalmente falta de cuidados. El pelo en el Purple Haze no se arreglaba en crestas o con estúpidos flequillos, ni en general se llevaba teñido. Sencillamente caía sobre los hombros y la espalda. Era lo único que los presentes hicieron bien en su intento de recrear la falta de elegancia antisartorial propia de un auténtico público setentero de hard rock.

Cuando Swanky terminó su sesión, sus socios nos arrastraron a un almacén donde procedieron a meterse con la mierda disco que había intentado poner. Explicarles que ni Johnny Jones ni los Temptations eran disco resultó inútil. Aquellos heavies gilipollas que trabajaban con el Capitán parecían incapaces de apreciar la diferencia entre CJ&Co. y Jimmy Mcgriff. Para esos imbéciles, disco era un insulto que aplicaban de manera indiscriminada a cualquier músico negro que no tocara la guitarra a la manera de los fraseos de Hendrix. Decir que yo había pinchado disco simplemente era un modo telegráfico de sugerir que debía prohibírseme la entrada a su club. Creí que el Capitán intercedería por mí ya que él financiaba las pérdidas que acarreaba el Purple Haze, pero no parecía interesado en discutir. Swanky nunca toma partido en asuntos importantes y, puesto que su amiga Jasmine apareció como la gafe proverbial que era, no me sorprendió que me largaran del garito. Quizá deba explicar que a Jasmine no le agrada mi presencia. Ella es lo que antes se conocía como una lesbiana femenina y Swanky estaba totalmente encoñado con ella. Jasmine se acostaba con Swanky, se revolcaba en la cama con él y también se liaban, pero insistía en que era lesbiana, así que no había penetración. Jasmine se pasaba en nuestro apartamento cinco de cada siete noches y se quejaba sin cesar de mi presencia. En su opinión, debía buscarme otro sitio para vivir. Puesto que Jasmine siempre era más feliz cuando me perdía de vista, en cuanto entró en escena, mi salida del Purple Haze fue del todo previsible. Salí del club en busca de algún refugiado nocturno de Seguros Dreadnought.

Colin de marketing acompañaba al señor Martin por varios antros de striptease de Shoreditch, asegurándole que la diversión era igual de buena que en el West End, pero tirada de precio. Aunque Colin sabía dónde encontrar strippers, al señor Martin le intrigaba la música que las chicas usaban en su espectáculo, y el tipo de marketing se quedaba en blanco cuando le preguntaba el título de las canciones. En cuanto los dos tipos me vieron, me arrastraron a Brown’s. Me negué a entrar porque Colin iría diciendo por toda la oficina que los había acompañado en su búsqueda de chicas, arruinando así mis opciones de conseguir una cita con June. Nos quedamos en la calle a las puertas del Brown’s y me sorprendió mucho lo que escuché. Las chicas parecían estar bailando con el Holy Magick de Graham Bond, que es como Sun Ra mezclado con Aleister Crowley en una alegre fiesta de Hammond. Le expliqué al señor Martin que Bond empezó tocando R&B con Jack Bruce y Ginger Baker antes de que se unieran a Cream. Más tarde, Bond se volvió un poco raro y grabó algunos discos para interesados en las ciencias ocultas, incluyendo Holy Magick. Todo terminó de manera trágica en 1974, claro, fecha en que murió en Londres bajo las ruedas de un vagón de metro.

Tras prometer al señor Martin que le grabaría cintas con mis discos de Graham Bond, me llevaron por Shoreditch High Street en dirección sur. En la mayoría de antros de striptease parecía sonar algún tipo de revival bizarro de funk jazz. En el exterior del Rainbow Sports Bar descubrí que las chicas bailaban con Eddie Harris. Nos dirigimos al White horse y le expliqué al señor Martin que estaba escuchando el clásico de Herbie Mann de 1969, un álbum de fusión jazz soul llamado Memphis Underground (se hicieron numerosas versiones del corte que daba título al álbum; mis favoritas eran las de S.O.U.L. y los J.J. All Stars). En el Norkfolk Village percibí el hedor corporal al compás del sonido de guitarra de jazz soul psicodélico de Boogaloo Joe Jones. Yendo al Crown&Shuttle me di cuenta de que las chicas se desnudaban con Richard «Groove» Holmes. Colin quería darse prisa para ir al Ten Bells pero le dije al señor Martin que pasaba del tema. Las chicas se quitaban sus prendas ante las pertenencias de Jack El Destripador colgadas de las paredes. Aquello era demasiado cutre para un tío de gustos refinados como el señor Martin, quien decidió poner fin a la noche y llamó a un taxi. Decidí volver a casa. Colin se fue a Wentworth Street en busca de alguna puta adicta al crack.

Ficha técnica:

Título: Memphis Underground

Autor: Stewart Home

Traductor: Antonio J. Rodríguez

Editorial: Alpha Decay

Número de páginas: 400

Precio: 26,50 euros

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