Reportajes

Discos internacionales 2009

Del 20 al 1

Discos internacionales 2009Del 20 al 1, ahora sí por fin, los discos fundamentales de 2009 para Playground. No os entretenemos más: mañana os explicaremos el porqué en nuestro artículo-resumen final del año.

20. Phoenix: “Wolfgang Amadeus Phoenix” (V2) En el disco sobresalen por lo menos cinco canciones: “Liztomania”, “1901”, “Fences”, “Lasso” y “Rome”, todas ellas, quedoncillas, tarareables y candidatas a canción del verano, y proporcionan a Wolfgang Amadeus Phoenix una media de aciertos impresionante, sobre todo teniendo en cuenta que contiene apenas diez canciones y dos de ellas son las dos partes de “Love Like A Sunset”. Con ellas, Phoenix demuestran que son capaces de hilvanar melodías adhesivas con pasmosa facilidad ayudados por la peculiar pronunciación inglesa de Thomas y por toneladas de trucos de producción que potencian los ganchos de sonido en lugar de los melódicos. Half Nelson

19. Redshape: “The Dance Paradox” (Delsin) Redshape se adhiere al sonido de Detroit, pero siempre rompe con lo evidente mediante finas fintas que le llevan a recrear más que a imitar al pie de la letra. En sus maxis iba muchas veces por la vía directa y se le notaban las influencias. Aquí también, pero los referentes son más sutiles –no todo el mundo se puede permitir el lujo de tomarle la réplica al “Clubbed To Death” de Rob Dougan en “Man Out Of Time” y quedarse tan ancho–, y la ejecución es maestra. Es, en definitiva, una lección de cómo actualizar el techno clásico para que no suene momificado, sino vital, humano y con toda el aura misteriosa intacta. Javier Blánquez

18. Danny Norbury: “Light In August” (Lacies) Viejo conocido de la escena neoclásica europea, después de colaborar con Library Tapes o The Boats, Danny Norbury da el salto en solitario con una obra crepuscular que invoca sin pudor ni tapujos el espíritu del Arvo Pärt de “Alina”. En un dueto íntimo, preciosista y profundamente emocional trazado entre un piano y un chelo, a pelo y sin ayudas externas electrónicas o instrumentales, el músico británico consigue fusionar con éxito la composición contemporánea con la neoclásica. Julio Pardo

16. Skyzoo: “The Salvation” (Duck Down) Skyzoo, rapper de Brooklyn, confirma en The Salvation, su segundo álbum en estudio, que es uno de los nuestros, otro adicto al rap que de tanto echar de menos la primera mitad de los 90 ha acabado convirtiendo su nostalgia en arte mayúsculo. Just Blaze, 9th Wonder, Illmind, Black Milk, Nottz o Needlz abastecen a Skyzoo de un soberbio repertorio de producciones a medio camino entre el boom bap y el soulful rap post- “The Blueprint”, con algunos destellos melódicos gratamente emotivos. David Broc

15. FaltyDL: “Love Is A Liability” (Planet Mu) El gran acierto de Drew Lustman está en olvidarse del drum’n’bass tosco y en relajarse –tanto de tempo como de cuerpo– en busca de una cadencia más propia del UK Garage. Es muy similar este “Love Is A Liability” a los dos últimos discos del que ahora es su compañero de sello, Boxcutter: ambos construyen fantasías rítmicas a partir de breaks complejos en los que se percibe un freno a la velocidad, y a en los que, abriéndoles el espacio, entra aire e iluminación. FaltyDL practica una IDM sexy, con interés estético por el pasado –si en la portada son las muchachas de revistas guarrillas, en el surco del vinilo resuenan el drum’n’bass arty, el primer dubstep de El-B y Hatcha, y la voluntad de pronfundidad emocional en las texturas de un Burial. 14. J Dilla: “Jay Stay Paid” (Nature Sounds) “Jay Stay Paid” no es “Donuts”, pero se le acerca. Se le acerca porque comparte con esa obra maestra el mismo perfil –larga colección de canciones breves, algunas simples fogonazos; ahí todas instrumentales, aquí un 80% del total–, la misma metodología –lluvia de samples, experimentación enfermiza con el beat, pulso más orgánico, apariencia de cajón de sastre de ideas y probaturas– y el mismo impacto intelectual y emocional. Y sobre todo porque confirma lo que ya apuntó “Donuts”: J Dilla nos llevaba tres años de ventaja. Como mínimo. David Broc

13. Fever Ray: “Fever Ray” (Rabid) Una cosa está clara: “Fever Ray” es una obra maestra. Un disco que se diferencia de los de The Knife por la cercanía con las músicas orgánicas, usando instrumentaciones y metáforas salidas directamente de la naturaleza (como en la estupenda “When I Grow Up”, en la letra de “Triangle Walks”, fantasía con débitos a los Japan de David Sylvian y Ryuichi Sakamoto o en el sonido de pájaros en “Coconut”. Inquietante, perturbador, complejo y muy inteligente, “Fever Ray”, además, confirma que Karin es una de de las más originales letristas que podemos escucha ahora mismo. Su debut está lleno de pequeños cuentos de aire gótico e inspiración surrealista, que usa la imaginería abstracta de los cortometrajes de Lynch. Fernando Navarro

12. Marco Polo & Torae: “Double Barrel” (Duck Down) Sin skits, sin interludios absurdos, sin cameos por decreto, sin los tres singles evidentes de turno, sin coros femeninos, sin temas de relleno, sin licencias humorísticas o desenfadadas: serio y cabreado hasta el mareo, “Double Barrel” quita el aliento, vapulea y conmociona. Más que boom bap, es hardcore boom bap, todo frontal y a cuchillo, la peor pesadilla de un fan convencido de T-Pain. El disco que muchos hemos estado esperando, pacientemente, desde hace unos cuantos años. David Broc

11. Dirty Projectors: “Bitte Orca” (Domino) “Bitte Orca” es uno de esos discos arrolladores y referenciales que, cuando surgen, eclipsan a casi todo el resto de lo que se mueve a su alrededor. Nadie más hoy en día, a excepción de bestias de la talla de Grizzly Bear o Animal Collective, puede concebir un trabajo tan único y valiente. Con estas canciones, Longstreth deja bien claro que su manera de entender el pop es otra cosa: un discurso superdotado, esdrújulo, autista y avanzado. Los muy avispados ya intuían que podía pasar algo así, pero es que aquí el ideario de Dirty Projectors se sublima de la mano de una banda física y primaria que pule las aristas de su sonido al máximo. Cristian Rodríguez

10. Prefab Sprout: “Let’s Change The World With Music” (Kitchenware) La reaparición de Paddy McAloon en el panorama actual hay que celebrarla de la única manera que se merece: como el regreso por la puerta grande de un genio que nunca se fue del todo. Casi veinte años después de haber rozado las mieles del mainstream, el bardo de Durham escala de nuevo puestos en los charts de Noruega y Reino Unido. Roba corazones allá por donde pasa y, empeñado en escribir la canción más bonita de Europa, firma un guilty pleasure arrebatadoramente rosa, pero anclado en las antípodas de la frivolidad. “Let’s Change The World With Music” es una ceremonia de pop maduro, lustroso y sensual, un regalazo de valor incalculable para aquellos que siempre confiamos en que algún día McAloon volvería a escribir algo tan bonito como “Steve McQueen”. Mágico. Magnético. Magnífico. Cristian Rodríguez 9. Jóhann Jóhannsson: “And In The Endless Pause There Comes The Sound Of Bees” (Type) "And In The Endless Pause There Comes The Sound Of Bees” busca un discurso más introspectivo, austero y espaciado en que la emoción no sea tan evolutiva ni cadenciosa, sino más estable y fragmentada. Es menos Górecki y más Thomas Newman. Un viaje más melancólico y fantasmagórico que sin igualar el mazazo emocional de su predecesor consigue atestar un golpe contundente, y también inolvidable, a quien se deje seducir por su estética de entreguerras y su latido centroeuropeo. Que nadie se deje engañar por su condición de banda sonora de filme desconocido ni se deje condicionar por el hecho de que llega después de una referencia de la magnitud de “Fordlândia”: pese a todas esas contrariedades, “And In The Endless Pause There Comes The Sound Of Bees” es el último gran hito musical de esta década. Julio Pardo

8. Grizzly Bear: “Veckatimest” (Warp) El gran hallazgo de este disco es que han puesto toda su sabiduría y experiencia en unos arreglos que siempre priorizan el desarrollo amable de la canción. Rebajando la épica de las bandas surgidas de la espiral Arcade Fire, coqueteando con la tecnología como si fueran unos Animal Collective tímidos, saboreando la posición de los instrumentos, volviendo al retrofuturismo de Broadcast, jugando a ser rock o trasteando con los juegos de voces de Panda Bear o Fleet Foxes, los de Brooklyn firman un tercer disco de definitiva madurez que les plantea un reto imposible de resolver: ¿se puede llegar más alto? Es posible si logran mantener la inspiración que hace que unas canciones llenas de ángulos suenen abiertamente pop; adhesivas y tarareables sin caer en la estupidez. Half Nelson

7. Ben Frost: “By The Throat” (Bedroom Community) “By The Throat” es, sobre todo, un disco muy visual y emocional. Y también una de las experiencias musicales más conmovedoras, intensas y especiales que podremos vivir este año. El impacto es más sensorial que físico y su poder evocador es infinitamente superior al de su predecesor. Es la definición de un momento, de una situación y de un estado de ánimo y es el perfeccionamiento de una idea vieja pero exigente, la de encontrar sensibilidad y belleza en el caos y el horror. Y además, quizá más importante, supone la maduración plena y total de un autor en absoluto estado de gracia que ha encontrado su propio camino. No vale mirar para otro lado o hacerse el sueco: aunque te joda el día y la existencia, “By The Throat” debe ser escuchado como mínimo una vez en la vida. Julio Pardo

6. The xx: “xx” (Young Turks) Cabalgando en dirección contraria a la épica y huyendo de una voluptuosidad sonora que les hubiera convertido en demasiado complacientes, “XX” parece un canto de cisne más que un disco de presentación. Suena a demo medio cocida, a desilusión, a arrepentimiento y madrugada. No contiene magníficas ideas, ni detalles extremadamente virtuosos; no se intuyen en él ni sudor ni grandes maniobras forzadas a epatar. Pero es ahí, en esa extrema sencillez de premisas, en la falta de ambiciones y en su carácter autista y retraído, donde radica su triunfo. Con tanta equis alrededor parece algo oscuro, prohibido o peligroso, pero nada más lejos de la realidad. Es un disco amigo, accesible y bello de escuchar, un título marchito en cuyo interior todo resulta un síntoma de algo que podría haber sido muchísimo peor. Cristian Rodríguez

5. Mordant Music: “SyMptoMs” (Mordant Music) “SyMptoMs” tiene algo de disco folk, pero con ese aplomo cenizo que recuerda al “Blemish” de David Sylvian, pero también al disco ambient de Aphex Twin en Warp. “SyMptoMs” es desasosegante y moderno a la vez que revisionista y arcaico, y ese es el gran milagro de Mordant Music: cómo conjuran con una ouija los difuntos del pasado, no para hacerles mover vasitos de agua, sino para que se reencarnen y trabajen las ideas de hoy con las herramientas de ayer. El resultado es el más completo hasta el momento. Este disco es el que debería colocar al sello de Londres, y a los dos cadáveres exquisitos que lo pueblan, como uno de los grandes de la electrónica de ayer, hoy y quien sabe si de siempre. Javier Blánquez

4. Raekwon: “Only Built 4 Cuban Linx… Pt. II” (Ice H2O) “Only Built 4 Cuban Linx… Pt. II” es un sueño hecho realidad. Un disco capaz de juntar a Pete Rock, Marley Marl, Dr. Dre, RZA, The Alchemist, Erick Sermon, Necro o J Dilla en el mismo tracklist no es moco de pavo. Un baile mareante de estrellas con pedigrí en el firmamento rap de los últimos veinte años, todas ellas al servicio del retorno más impactante de la temporada, una obra de esencia y aspiraciones retro que viene acompañada de un sonido fresco, vigoroso, motivado y actualizado que cumple con creces el papel asignado de continuación de un clásico casi quince años después. Inspirado, azotado por una chispa de rabia, emoción y motivación que no veíamos desde hacía mucho tiempo, muy concentrado, entregado por completo a los fans, Raekwon ha conseguido apuntillar un proyecto por el que muchos no daban ni una puta peseta. Evidentemente, no iguala la perfección de su predecesor, pero a día de hoy, tantos años después, en pleno 2009, esta es la mejor segunda parte posible e imaginable. David Broc

3. Leyland Kirby: “Sadly, The Future Is No Longer What It Was” (History Always Favours The Winners) Hay instantes en los que se refuerza el aislacionismo, el ruido intrusivo, como si hubiera renacido el legado de de :zoviet*france:, Thomas Köner y otros post-industriales con gusto por el drone no insistente, o directamente los Coil que jugaban con malentendidos de significado entre lo mágico y lo folk. Pero por cada página de esta guisa en este personal audiolibro del desasosiego, se abren otras de intención neoclásica –piénsese en los últimos Stars Of The Lid– o inspiración cósmica que acaban por decantar el fiel de la balanza hacia el lado de la grandeza, que no de la grandilocuencia. Un 80% del disco es frágil como un cristal y bello como un amanecer, preñado de un desconsuelo imposible de enjugar, y se deshace en pianos neoclásicos o se destila un ambient que, en lugar de buscar la nota grave, granulada y algo penetrante del drone, se escapa hacia espacios más amplios, libres de opresión o fuerza gravitatoria intensa, con un trasfondo industrial –eso siempre– que nos recuerda a Mordant Music si Mordant Music no tuvieran frío. Javier Blánquez

2. Animal Collective: “Merriweather Post Pavillion” (Domino) Animal Collective dominan el código. Saben en qué momento viven, y por eso este “Merryweather Post Pavillion”, que llega sin que aún nos hayamos repuesto del todo del impacto que ha dejado “Strawberry Jam” (Domino, 2007), se constata como un escalón más que el cuarteto sube en su paciente carrera de los márgenes de la psicodelia folk impenetrable al pop experimental de alcance global. Es una obra maestra este nuevo disco de Animal Collective, y nos llega a traición, por sorpresa, con el año recién abierto, sin poder haberlo previsto. Estamos ante un trabajo ambicioso y meticuloso, que está definiendo una nueva manera de hacer canciones, con un sonido atrevido y una producción que no es ni dance, ni R&B, ni experimental, ni exclusivamente psicodélica, pero que tiene un poco de todo eso: fulgor de éxtasis, swing y carácter urbano, rareza en las texturas y ambición de viaje al fondo de la mente y al otro extremo del universo. Con el inicio de “In The Flowers”, y con la continuación de “My Girls” –una canción que tiene pompa y riesgo, emoción descarnada y un trabajo clínico en la búsqueda de sonidos inéditos en el indie-rock contemporáneo, como maquinaria analógica y pedales de efectos en ebullición–, “Merryweather Post Pavillion” es la otra cara del sonido neón: sin impostura, sin vacuidad, es un disco que suena joven, optimista y profundo, que no se basa en el hedonismo de una noche sino en el amor y los lazos de una vida. “Merryweather” extiende otra posibilidad para que, en 2019, alguien vuelva a demostrarnos que la música original no tiene fin, que las ideas no se agotan, que siempre hay alguien que le sabe tomar la temperatura a su tiempo para transformarlo. Cualquier comparación con vestigios del pasado, como Mercury Rev, como con las del presente –todo el downtown neoyorquino aficionado a salpicar su indie-pop de sonidos insólitos y estructuras rítmicas y armónicas maleables–, palidece ante un disco que a los pocos días de pisar la calle ya está decidiendo el destino. Juan Pablo Forner

1. Fuck Buttons: “Tarot Sport” (ATP)

Durante el primer minuto y medio, “Tarot Sport” podría indicar una línea continuista con respecto a “Street Horrrsing” (ATP Recordings, 2008): un espacialismo tibio que poco a poco se va contaminando de travesuras analógicas hasta eructar ruido blanco con intención decorativa; es decir, la versión light de la escena noise que la escena pop ha apadrinado como suya. Aquel disco, que armó un revuelo considerable hace doce meses y pico, ahora da la sensación de haber envejecido mal, y puede ser porque este space-rock freeform que practicaban fuera cosa de la coyuntura, o quizá es porque “Tarot Sport” lo supera de tal manera que palidece cualquier cosa ante el carisma que irradia. Supongamos que es lo segundo antes que lo primero: en caso contrario sería una apreciación cruel que restaría méritos a Benjamin John Power y Andrew Hung, que lo hicieron bien en el primer disco, pero que en el nuevo hay que reconocer que le han cedido la vara de mando a Andrew Weatherall. Y de ahí la transformación del patito feo espacial en cisne blanco progresivo. Lo que ocurre a partir del minuto y treinta y pocos segundos de “Tarot Sport” es que entra el bombo en “Surf Solar” y la música del dúo inglés entra en otra dimensión: en un diálogo alucinante entre la cyberdelia house de los años noventa y las últimas corrientes del revivalismo cósmico. Era como un cruce soñado, presto para arrasar en dormitorios y clubes con criterio. La mezcla es exacta: ruido a presión por parte de Fuck Buttons, profundizando en su lado más Flying Saucer Attack –ruido bello, pálido de luna–, y Weatherall conjurando los espectros del pasado –Caspar Pound y su sello Rising High, lo que hizo Cosmic Baby en la casa del trance alemán, MFS– en la definitiva, o casi, experiencia enteógena. A partir de aquí, cualquier disco debería caer en picado, pero “Tarot Sport” es un milagro, y se sostiene en las alturas. “Rough Steez” tiene una percusión troncal –o sea, vertebral y a la vez de madera– que podría recordar al primitivismo de unos Gang Gang Dance o unos Black Dice. Se mantiene la tensión en “The Lisbon Maru”, con una introducción cósmica sepultada por el traqueteo selvático del bombo y la amplitud de espectro que adquiere el ruido. Entonces es cuando el álbum, en su justo epicentro, en la mitad misma de la experiencia sensorial, regala “Olympians”. Si “Surf Solar” es el arranque perfecto y “Flight Of The Feathered Serpent” el final soñado, “Olympians” es el cosquilleo que precede a la explosión de placer.. La grandiosidad del disco se debe, sobre todo, a este vuelo de Ícaro, despreocupado y victorioso a las alturas, sin miedo a caer, que finalmente debe caer –en los cinco minutos de “Phantom Limb”, un interludio en el que el algodón de nube se torna vapor de máquina–, y que se aproxima a lo terrenal en esos casi veinte minutos de colofón de “Space Mountain”. A bote pronto, el segundo disco de Fuck Buttons parece una obra maestra surgida del espacio, como el color de Lovecraft, pero quizá “Tarot Sport” sea algo más, quizá sean las nuevas Escrituras del trance. Javier Blánquez

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