Reportajes

Día de la Música Heineken 2011

Por fin, el festival que Madrid necesitaba

Día de la Música Heineken 2011

Lo que nació como una jornada festiva va camino de convertirse en uno de los festivales más potentes de España. Madrid parece dispuesta a levantar la cabeza al fin en este apartado. Una curiosa combinación entre el indie patrio más cercano al mainstream (Vetusta Morla y Russian Red, que fueron quienes más público congregaron) y el pop de vanguardia más respetado (Wild Beasts, Destroyer, Caribou), con muchos y variados matices de por medio, alzó la voz desde el Matadero en el Día de la Música. Dos divas peculiares que parecen destinadas a llegar al gran público fueron, sin embargo, las que realmente lo petaron en el festival: Lykke Li y Janelle Monae, cuyos nombres empezarán a extenderse todavía más por España tras sus recitales.

Después de una amplia sesión matutina que sirvió para dar voz a las nuevas apuestas españolas (Disco Las Palmeras y Odio París, entre otras) y que se repetiría el domingo (con los ruidosos, marcianos y “africanizados” Za! como plato fuerte), la jornada del sábado empezó muy enérgica con el folk amable de Sam Amidon en el escenario Rockdelux y el rock oscuro de Anna Calvi, avalado por Nick Cave, a quien hace de telonera. En uno de los mejores conciertos del día pese a la hora (las 6 de la tarde), ya se empezaba a adivinar que entre los muros del Matadero el calor iba a ser el principal enemigo de la música. Hería por culpa del sol en los escenarios exteriores, mataba por falta de ventilación en los interiores, entre cuyos muros el sudor crecía por el efecto hervidero del sol que calentaba el recinto.

En ese contexto, tampoco ayudó la acústica a los madrileños Lüger, una de las más sólidas bandas de post-rock en España. Toro y Moi, pese al variado e inclasificable repertorio que ofrece tras su aclamado segundo disco, Underneath The Pine, las siete de la tarde no era el mejor horario para su chillwave con pinceladas funk. Luego, The Pains Of Being Pure at Heart acertaron en ocasiones a transmitir el sonido de sus discos, pero en otras muchas no igualaron esa rotundidad noventera lo-fi, paradójicamente tan bien producida, que en directo siempre pierde puntos, pese a la intensidad de sus guitarras y sobre todo debido a que a Kip Berman la voz le sale de aquella manera. Tampoco el escenario acompañaba a Wild Beasts, aunque ellos consiguieron pasar por encima de la mala acústica con las voces graves e imponentes de Hayden Thorpe y Tom Fleming. La delicadeza de su último disco conectó menos con el público que las canciones, algo más pegadizas y ligeras, de “Two Dancers”. En especial, sobresalieron las afiladas guitarras de “Hooting & Howling”.

Con tres cuartos de hora de retraso por culpa de las colas que se acumularon a última hora, Vetusta Morla dio a su público lo que quería: mucho estribillo para cantar y una instrumentación más que correcta para acompañar melodías bonitas, aunque en ocasiones descubrían cierta potencia en las canciones más cañeras del primer disco. El rock ravero de Crystal Fighters fue el perfecto broche final a la jornada del sábado.

El domingo se presumía menos masivo (Russian Red y Glasvegas llegan a un amplio público, pero no tanto como Vetusta Morla) y tal vez algo más sugerente. La psicodelia sureña (no se sabe muy bien en qué porcentaje sur de España y de Estados Unidos) de los andaluces Pony Bravo (de los mejores conciertos del festival), que contaron con la colaboración de ZA!, dejó muy pequeño su escenario. Con un público entregadísimo, se atrevieron a invocar una “rave de dios”, ayudados en la ambientación de nuevo por el calor, en aquella ocasión casi insoportable. Uno de los chascos de la jornada lo protagonizó Yuck, que no quisieron, no supieron o no pudieron dar en directo a su sonido la caña noventera que tienen en su disco debut. Especial mención merece la monotonía del batería y la depresión profunda que parece sufrir el vocalista Daniel Blumberg, poco apropiada para transmitir garra con una banda que creaíamos (casi) grunge.

La emergente musa sueca Lykke Li se ganó al público con los temas de su último disco, apuesta cercana a The Knife de pop oscuro y a la vez bailable. Enamoró también el pop con trazos bowiescos de Destroyer, con su aire a cine erótico y a ochentas gracias al saxofón. Pero, sin duda, quien arrasó fue Janelle Monáe, que venía de triunfar en el Sónar y, acompañada de una espectacular banda de músicos potentísimos y bailarinas, resucitó el espíritu de James Brown y los Jackson Five (de quienes interpretó una versión y todo) agregándole su firma personal traída del espacio. Con ella, la música negra tiene el futuro garantizado. La preciosa voz de Russian Red enterneció a los más enamoradizos y nostálgicos del recinto, aunque las canciones de su último disco, “Fuerteventura”, aportaron algo de alegría a su actuación. Ni Glasvegas ni la embriaguez de su cantante, Rab Allan, ni la contundencia de su batería, Jonna Löfgren, defraudaron a sus fans. Y tampoco a gran parte de los más escépticos, ligeramente seducidos por esa potencia aunque recelosos de una posible pretensión de reencarnar a U2. Como broche final, nada mejor que la lisergia de Caribou y su irresistible percusión que dejó a todos con ganas de más fiesta mientras cerraban las puertas del recinto. Se exigen DJs para la próxima edición.

Photos de: Oscar Tejeda

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