Reportajes

Destripando “La Voz”, el nuevo estreno de Telecinco

El nuevo programa de talentos musicales alcanza cifras de share escandalosas, pero su formato presenta serios problemas de credibilidad y errores de bulto. Entramos a saco en el tema.

Aplicamos el bisturí al último fenómeno televisivo de Telecinco, “La Voz”, una mezcla entre talent show y programa musical con mucho cartón piedra, un equipo más falso que un duro de madera y un tétrico desarrollo por delante.

30.6 % de share. Cuatro millones y medio de espectadores. ‘Trend topic’ en España durante toda su emisión. Y quién sabe si inminente fenómeno de fans. Con estos datos, parece difícil discutir el estreno de “La Voz” y toda una osadía intentar diseccionar todos aquellos problemas que se detectan en su engranaje, ya sean de orden televisivo o de orden conceptual. Pero en las más de tres horas que el primer programa de esta adaptación española del formato estadounidense necesitó para presentarse en sociedad fueron muchos los puntos de conflicto que llamaron la atención y que, creemos, merecen consideración y análisis.

1.

Con las cifras de audiencia cosechadas, nos hartaremos de leer estos días en webs dedicadas al mundo de la televisión sobre el supuesto “boom de los programas musicales que está viviendo la pequeña pantalla en la actualidad”. Y para convencernos de ello nos recordarán la buena acogida de “El Número Uno” y los excelentes resultados de “Tu Cara Me Suena”. Que no nos embauquen: en todo caso se trata de una resurrección del talent show, en ningún caso de la música y mucho menos en un contexto televisivo, y el matiz es importante porque esta es una de las trampas más notorias de “La Voz”. En su primera noche de vida quedó claro que las voces de los concursantes son aspectos secundarios en un entramado que concentra y deposita todo su interés en la relación que mantienen entre sí los miembros del jurado, aquí llamados coaches (entrenadores), y las reacciones que suscita entre ellos cada aspirante. Buscamos nuevos talentos, pero no cantéis más de la cuenta, que nos interesa más ver cómo Melendi y David Bisbal ficcionan una competición para ver quién tiene más argumentos de convicción para conquistar al candidato, da igual si es una paella casera o una tirada de trastos. Entiendo que Melendi, Bisbal, Rosario Flores y Malú, los cuatro jueces y entrenadores, deben manifestar entusiasmo, por fingido o exagerado que sea, y mostrar una gran implicación en el programa, a fin de cuentas se les paga por ello, aunque a Rosario no le iría mal un buen chute de Redbull, pero viendo su primera noche se echaba en falta a un cuarteto de actores que hiciera de coaches de los propios coaches: al lado de Bisbal jugadores como Di María o Alves parecen surgidos de una compañía de teatro ruso. No cuela, señores. Claro que peor escenario aún es el de ver a una artista como Malú –con sus cifras de ventas y sus exitosas actuaciones por toda España– suplicando a una cantante anónima que la elija como coach. Visto así, “La Voz” parece más un programa de teatro que de música. Teatro del malo, en este caso.

2.

La imagen de Malú desesperada por conseguir alumnos puede tener gracia desde un punto de vista televisivo y evidentemente tiene mucho de escenificación y contribución al show, pero es un auténtico drama desde un punto de vista artístico y una contundente metáfora de la situación por la que atraviesa la industria musical, los músicos y la manera de integrarlos en la pequeña pantalla. Las canciones de Malú no podrían importarme menos, pero es sintomático que sus dos últimas apariciones en la tele se hayan producido en “Hay Una Cosa Que Te Quiero Decir”, de J.J. Vázquez, y en “La Voz”, y en ambos casos he tenido la sensación de que su música era lo menos importante, que ésta se convertía en una moneda de cambio sin interés, totalmente devaluada en el fragor promocional de los tiempos que corren. Quede claro, pues, que “La Voz” no solucionará los graves problemas que atraviesa el medio en su relación, ya a distancia y desapasionada, con el pop y el rock, pero también parece evidente que de sus entrañas no saldrán las nuevas estrellas del firmamento mainstream patrio. ¿Alguien sería capaz de decir cuántos bolos han firmado los participantes de “El Número Uno”, el último referente que tenemos en la materia? Bueno, de hecho, ¿alguien sería capaz de recordar los nombres de los finalistas o de los primeros expulsados? Nos cuentan que el premio por ganar “La Voz” es un contrato con Universal Music, pero en 2012 un contrato discográfico multinacional puede ser más una condena que un premio. Veremos en un año dónde está el ganador del concurso.

3.

La otra gran trampa del programa es su formato. Innovador, dicen. Y limpio y honesto. Esto último va por la particular mecánica del mismo: los cuatro coaches escuchan y valoran de espaldas a cada vocalista. Una manera, afirman, de evitar prejuicios y valoraciones condicionadas por aspectos físicos, sociales, raciales o estéticos. Viva el buenismo y la corrección política. Claro que ese es el cásting final, la última criba surgida de otro largo y selectivo proceso de selección realizado por el programa en el que sus responsables ya se han encargado de tener muy claro a quién debían elegir en función de las necesidades del programa. O sea, como los sorteos de la Champions: cuando el futbolista de turno introduce la mano en el bombo no ve qué hay dentro de la pelotita, pero el sorteo ya viene condicionado y preparado de antemano y es imposible que salten grandes sorpresas. Con esto quiero decir que la audición de los coaches no es tan a ciegas como quieren hacernos creer: todos los que pasan por detrás suyo ya han superado previamente unas cuantas fases de selección, con lo que ya se da por hecho que tendrán aptitudes y que los condicionantes físicos o personales de muchos de ellos no solo no serán inconveniente sino que incluso serán un acicate: la señora mayor, el chico pasado de kilos, etc. El trabajo sucio ya está hecho, así también elijo yo de espaldas: muy pocas posibilidades de cometer errores de bulto.

4.

Pero más discutible aún es el papel de estos coaches. En la primera gala, por ejemplo, me pareció escuchar a varios concursantes que tenían mejor voz que Melendi o David Bisbal. Sin exagerar. La imagen de Melendi como profesor provoca absoluta hilaridad, no solo por tratarse de uno de los letristas más limitados que servidor ha podido escuchar nunca –¿recuerdan aquello de “Tengo una vena averiada en el corazón, que está muy mala y se carga cuando te veo mi amor, tengo una vena averiada y está canción de amor que está caducada”?–, sino porque en muchas facetas artísticas quizás necesitaría recibir las clases antes que impartirlas. Ya no se trata de valorar su contribución musical, sino más bien de intentar entender qué conocimientos técnicos y creativos pueden aportar Melendi o Bisbal a unos aspirantes que, para rematar el desaguisado, elegían a su profesor más en función de la simpatía o del interés mostrado por éste que en función de afinidades estilísticas, bagaje o talento. Cuesta imaginar un futuro brillante bajo la tutela de estos entrenadores. Pero al margen de las dudas que plantea su aportación, su protagonismo absoluto en el show es la nueva demostración de que el jurado mató a la estrella de la radio. Los programas no buscan cantantes, buscan jurados que ejerzan de estrellas, da igual si su misión es encontrar nuevas perlas de la canción, del equilibrismo, del monólogo o de la pesca de la trucha. Esto es: si eres cantante en España te sale más rentable dedicarte a ser jurado de un programa de televisión que irte de gira. ¿Y la música? ‘¿Música? ¿Qué música?’, se preguntarán los directivos de Telecinco entre risas y gestos de sorpresa.

5.

Y por último, su propuesta estrictamente televisiva. Entiendo que una vez haya acabado el proceso de selección de los coaches el formato dará un giro y se adentrará en la fase de aprendizaje y batalla. Y a estas horas no tengo claro qué es peor, porque si se trata del enésimo concurso de karaoke de hits apolillados casi mejor nos quedamos con el histrionismo de Bisbal o la cara de besugo hervido de Rosario. En su estreno “La Voz” se hizo largo, tedioso y predecible, consumido por una fórmula de escuadra y cartabón que prescindió de conceptos básicos de ritmo, tensión y progresión, y el supuesto derroche de medios y puesta en escena dejó claro que a veces el entretenimiento no requiere de grandes ecuaciones –en la comparativa, “Tu Cara Me Suena”, que está hecho con cuatro euros, maquillaje de pote y pelucas recicladas, parece “Crank” o “Transporter”– para distraer al personal. No solo no brilla ni convence como programa musical –de hecho, la selección de canciones es lo de menos–; además, como programa de televisión de prime time es una lata de digestión tendida y pesada.

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