Reportajes

Dead Can Dance: la noche en que entramos en trance

El dúo australiano ofrece en Barcelona el único concierto en España de su actual gira, en el que interpretaron “Anastasis” y un puñado de viejos clásicos de su etapa dorada

El único concierto por España de la gira “Anastasis” de Dead Can Dance pasó anoche por Barcelona. La banda resumió sus múltiples lenguajes con el común denominador de la espiritualidad y la pasión, conduciendo a una noche inolvidable coronada por tres bises.

Con las entradas agotadas casi desde el mismo momento en que se anunció la gira, el paso de Dead Can Dance por Barcelona de anoche, el único concierto en España tras la salida de Anastasis, estaba llamado a ser un éxito. La platea estaba a rebosar de cuerpos nerviosos que se retorcían en sus sillas esperando la salida de Lisa Gerrard para que les bendijera con su chorro de voz espiritual, y como suele ocurrir en este tipo de espectáculos con todo el pescado vendido de antemano, la comunión entre público y artista fue indiscutible, culminada con pataleos y gritos para exigir, una y otra vez, la salida de la banda para llevarse una canción extra de recuerdo. Lisa Gerrard incluso recibió, como una folklórica, hasta tres ramos de flores al finalizar el segundo bis, y en el tercero, tras regalar una estremecedora “Rising of the Moon”, se despidió con un lapidario “bona nit, you’re beautiful, I love you” que sellaba de nuevo la alianza entre artista y audiencia. Lleva siendo así desde hace más de 20 años, desde el momento en que Dead Can Dance se convirtió en uno de los grupos de culto más imponentes de la historia reciente: quien entra en su religión, como si fuera la fe verdadera, ya no sale.

Estos Dead Can Dance de 2012 son más o menos los mismos Dead Can Dance de “Into The Labyrinth” (1993) y “Spiritchaser” (1996), como antes los de “Aion” (1990) y “The Serpent’s Egg” (1988): coloristas en la instrumentación –percusión y sintes, más el psalterio de Lisa y el oud (o laúd árabe) de Brendan Perry, más sus apabullantes voces–, más místicos que siniestros. De hecho, poco rastro queda ya en la banda de sus inicios como icono gótico en Australia y, más tarde, en el núcleo duro del sello 4AD. De su repertorio clásico asomaron canciones de inclinación más espiritual que terrenal, como “Sanvean”, “Dreams Made Flesh” y “Rakim” –nos escatimaron “The Host Of Seraphim”, “Xavier”, “Saltarello” y otras favoritas de los fans; no se pudo tener todo–, y de las nuevas sonaron prácticamente todas, dando la importancia necesaria a un “Anastasis” que no es simplemente un disco más, una maniobra para volver, girar y ganar dinero, sino una reconexión de Dead Can Dance con su lenguaje y su proyecto estético. Que hayan tardado 16 años en editarlo es una anomalía circunstancial, y ellos le dieron una importancia capital en el directo, comenzando por “Children Of The Sun” y acabando el penúltimo bis con “Return Of The She-Queen”, la embriagadora fantasía medieval que marcó el punto de temperatura más alto de todo el show.

Lisa Gerrard estuvo espléndida, envuelta en una túnica, cómoda en su papel de sacerdotisa, solventando con oficio y técnica depurada sus números, con “New We Are Free” (una de sus aportaciones a título personal a la banda sonora de “Gladiator”) a modo de bonus para fans. No se quedó atrás Brendan Perry, con su voz más ronca y una vestimenta más de ir por la calle: además de sus estudios sobre canción tradicional árabe y rescates de composiciones populares con un milenio de antigüedad también tuvo el detalle de versionar “Song To The Siren” –original de Tim Buckley y popularizada por sus compañeros de sello This Mortal Coil en los años 80– con gran eficacia y ternura.

Dead Can Dance es una banda que admite muchas bifurcaciones de estilo y hay un tipo de sonido ideal para cada fan: hay quien prefiere las fricciones de Gerrard con el canto gregoriano y quien admira su vena oscura; hay quien está más del lado de Brendan en su inquietud por fusionar tradiciones cristianas, judías e islámicas y quien entra en trance con las canciones abiertamente persas y sufíes. En directo ellos ponen todo eso en equilibrio haciendo que el espectáculo sea para todos, sin cargar las tintas en ningún ramaje concreto, sabedores de que Dead Can Dance son muchos lenguajes unidos y que su poder está en la suma, nunca en la división. Tras dos horas de éxtasis, llegó el momento de bajar a la tierra. Había sido una experiencia inolvidable.

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