Reportajes

DJ Shadow: demolición de Nitsa Club a ritmo de dubstep

Nos infiltramos en el club barcelonés para saber de primera mano cómo se las gasta el mago californiano cuando pincha ante un público joven y entusiasta

Una cola eterna, el club lleno como en las mejores ocasiones, y un DJ dispuesto a hacer algo distinto. DJ Shadow se olvidó de su hip hop rompecuellos de siempre y, a cambio, obsequió al público de Nitsa con una selección letal de bajos monstruosos.

Fotografías de Bea Torres.

Escribo estas líneas con mi chica durmiendo plácidamente, mi perro ocupando el sofá y yo preguntándome si son las 5 o las 6 de la mañana, por aquello del cambio de hora. Las cosas han cambiado desde la última vez que vi pinchar a DJ Shadow. Juraría que fue en un Benicàssim del pleistoceno, cuando el festival no estaba a la venta. Por aquel entonces, Josh Davis trabajaba con plástico, calzaba gorra New Era y metía “Nas Is Like” con un scratch no apto para pussies. El actual Shadow lleva gorra estilo Jonathan Ames, pincha dubstep en CD y, que alguien me pellizque, coge el micro y lanza arengas al personal como en su momento hacían lo DJs de la Ruta del Bakalao.

Con el aforo completo y una cola en la calle que daba hasta repelús, admito que un escalofrío me recorrió la médula: por unos segundos me transporté a aquellas memorables sesiones de Nitsa de finales de los 90. Había excitación. Se llenaba el local con un tipo en cartel que no pincharía música de baile. Eso sí, Shadow no quiso echar la vista atrás. En lugar de servir un set de hip hop, con idas y venidas en el crossfader, descerrajó en sus minutos más inspirados un cargador de Napalm digital en formato dubstep que a mí me puso bastante cachondo.

Y a fe de Dios que la ducha de graves en permanente bounce y los puñetazos de hip hop electrónico cundieron entre el personal. Shadow se decantó por ritmos gordos, pero se aferró a clavos ardientes en formato dubstep y derivados para mantener en tensión a la pista de baile. Los amantes del tembleque perineal seguramente sacrificaron un cordero para agradecer a los dioses aquel tsunami de bajos hiperbólicos que hacían temblar las escaleras del local como si fueran gelatina. Intercaló breakbeats, porciones de rap, scratches vertiginosos, pero en todo momento primaron los graves rebozados digitalmente.

Y aquí es donde empiezan el clásico debate entre nostálgicos y… el resto. Los gruñones sencillamente lanzaremos un órdago, carajillo mediante, contra este Shadow adocenado y superado por los tiempos. Mucho grave con anabolizantes, pero poca sustancia, poco hip hop al uso. De todos modos, siempre he odiado a los listillos que proclaman su antigüedad para justificar su enojo con los nuevos tiempos: “yo le vi hace diez años y lo que hace ahora es una mierda”. Yo soy de esos, aunque cada vez menos.

"Un Shadow comedido en los trucos, sin ganas de complicarse la vida, pero sacudiendo a la masa sin pisar el acelerador en los bpms, que su mérito tiene"

Quizás por eso, disfruté con la sesión de DJ Shadow, porque me bastó con los temblores de esternón y la muñeca del otrora genio del hip hop instrumental al 60% para irme a casa feliz y contento. ¿Podríamos haberle pedido una sesión más crepuscular? Sin duda, pero diablos, los tiempos han cambiado, los chavales de hoy necesitan otro tipo de estímulos. Y las nuevas generaciones respondieron, vaya si lo hicieron. Las primeras filas del dancefloor eran un laberinto impenetrable de rastas, gorras y tías buenas. La gente estaba metida en el papel, costaba Dios y ayuda hacerse con un ángulo desde el que observar a Davis metido en harina. Pocos puretas, la verdad. Por momentos me sentí como Bill Cosby en un episodio de Los Teletubbies.

Las mejores jugadas, sin duda, estuvieron marcadas por los segmentos con apliques electrónicos de última generación y esas tormentas de graves y subgraves que mutaban en hip hop crudo, en intervalos de tiempo muy bien medidos. Los bajos sacudían los cimientos del local. Shadow se crecía en esos lances. El club respondía con espasmos, entregado al tam-tam apocalíptico que explotaba en los altavoces. Un Shadow comedido en los trucos, sin ganas de complicarse la vida, pero sacudiendo a la masa sin pisar el acelerador en los bpms, que su mérito tiene. Una sesión más que solvente de un tipo que siempre cumple cuando le ponen dos platos delante, aunque sean CDs.

Sólo un reproche para la sesión que Davis ofició en el mejor club de España: no entiendo la extraña tendencia del tipo a coger el micro y lanzar speeches al público. Arengas a medio gas. Sin gracia. Quizás me he quedado anticuado, pero diría que la gente, a les 3:45 de la madrugada, no está para chascarrillos en la lengua de Shakespeare. Buenos días.

*Puedes ver las fotos del evento aquí

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