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Cosas inspiradoras que he aprendido en un curso de prostitución

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"En esta profesión, el que paga no manda"

Alba Muñoz

10 Diciembre 2015 06:00

Imágenes de David LaChapelle ('Artists and Prostitutes').

Aquí puedes leer la segunda parte de esta crónica.

“Soy Eva, nunca he ejercido y tampoco tengo claro que quiera hacerlo. Últimamente sigo a prostitutas en internet, chicas jóvenes que dan la cara. Trabajan de forma independiente, ganan pasta, parecen felices y tienen más tiempo libre que nadie. Supongo que ellas han despertado mi curiosidad. Tengo un trabajo que me ocupa muchas horas y la verdad es que apenas tengo vida personal… No sé, he venido a aprender”.

Esto es lo que dije cuando llegó mi turno y me tocó presentarme ante la clase. Me pidieron un nombre artístico.

Días atrás fui alumna de un curso que enseña a las prostitutas a profesionalizarse. Lo organizaba Aprosex, una asociación de profesionales del sexo de Barcelona, y aunque finalmente conseguí pronunciar estas frases, mi mente era un hormiguero furioso empeñado en decirme que todo iba a salir mal.

Podían echarme a patadas. Al fin y al cabo, yo ni siquiera era una puta novata. También temí haberme encerrado en una especie de Diario de Patricia de testimonios dramáticos ante los que no iba a saber improvisar. Antes de llegar al sitio donde se impartía el curso, llegué a imaginar un polideportivo abarrotado de jóvenes precarias y abuelas preferentistas hipnotizadas ante una predicadora que les hablaba de las maravillas del oficio más antiguo del mundo, esta vez convertido en una gran oportunidad para emprender.



Tenía pánico. Por suerte, mis compañeras de clase fueron poniéndome en mi lugar, en mi silla: yo era una más y nadie iba a echarme de clase, aunque de las cuatro alumnas era la más desaliñada de todas. A mi lado había una chica guapísima de 21 años (que llamaremos Adriana) y dos mujeres en la treintena, bien distintas; una menuda de piel blanca (Lucía), y otra voluminosa y risueña (Elsa).

Todas vestían de negro en un arco de estilos que iban desde el vestido informal al chándal. Todas éramos españolas y habíamos pagado 90 euros por una formación de 4 horas, lo que a priori suponía filtro inevitable: allí no podía haber mujeres pobres. Más tarde descubriría que la realidad distinta: la asociación no deja a ninguna alumna fuera del curso por cuestiones económicas, y Elsa había sido becada por otra prostituta.

Entonces llegó la profesora, Conxa Borrell, escort y terapeuta sexual que lleva una década trabajando bajo el nombre de Paula Vip. A pesar de su elegante atuendo y sus tacones, quiso sentarse en el suelo, sobre una esterilla.

“Nunca te planteas ser puta si no es porque necesitas dinero o te ves muy pillada. A mí no me emocionaba, pero cuando pagué mis deudas me di cuenta de que lo llevaba en la sangre, me hace sentir muy bien. Estéis el tiempo que estéis, si es que decidís estar, que sea para que lo paséis bien y para que ganéis mucha pasta”.

A partir de ese momento, las cinco mujeres nos sumergimos sin miedo hacia las profundidades del sexo de pago, un océano oscuro plagado de misterios incomprensibles visto desde fuera; un mundo extraordinariamente humano y normal visto desde dentro. O al menos desde esta aula.

1. Sobre los motivos de hacerse puta

Así como los gitanos llaman payos a todo aquél que no pertenece a su pueblo, las prostitutas llaman “santas” a las mujeres que no nos dedicamos al sexo de pago. En clase hay dos santas: Adriana, la más joven, y yo.

Después de que Conxa, la profesora, explicase sus inicios, todas confirman que el dinero es su principal objetivo. Sin embargo, las alumnas nombran otros factores importantes, como la vocación y el placer.

Adriana: “Yo tengo algo innato, disfruto mucho con el sexo. No sé por qué pero siempre lo doy todo, intento que la otra persona se sienta bien y hacerle lo que le gusta. Ahora necesito el dinero y no me quiero acostar con cualquiera si no es a cambio de un beneficio”.

Conxa: “Te has hartado de dar gratis lo que se puede cobrar”.

Lucía: “Hacía tríos con mi pareja, a veces pagábamos a otras personas, y me picó el gusanillo: ¿Por qué no podía hacerlo yo? Es muy importante que lo hagas porque te gusta, no por obligación, entonces serías una esclava. Yo disfruto, y tengo la suerte de que mi pareja lo respeta”.

Elsa: “A mí me inspiró la serie Diary of a Call Girl. Llevo solo dos servicios y en cuatro horas he ganado lo mismo que en tres semanas con un trabajo normal. Me encanta el sexo, lo practico de forma liberal, no me asusta nada. Lo malo es que, de momento, estoy acostumbrada a tíos mucho más cañeros y dominantes que mis clientes. A uno con el que estuve le hice así y se corrió, ¡pero criatura!”.

2. La prostitución como trabajo emocional

Muchas veces, cuando alguien pretende defender la prostitución, argumenta que las meretrices también son psicólogas, que tienen una función social invisible. Esto no solo se confirma entre las mujeres que me rodean: más allá de las artes amatorias, Conxa defiende que la vertiente emocional es, precisamente, lo que distingue a una profesional del sexo de pago. Es decir, follar es lo de menos.

Los clientes pagan por bienestar: buscan afecto y mejorar su autoestima. Como quien va a yoga, al gimnasio o queda con las amigas “para volver como nueva”. Solo que ellos, “que suelen trabajar menos sus emociones”, eligen ponerse en manos de una mujer que, aparentemente, sólo va a proporcionarles placer sexual.

Conxa: “Las putas no vendemos sexo, vendemos tiempo. Muchas veces quedaréis y no follaréis. Escucharéis, tocaréis, acariciaréis… el tipo de hombre que viene es un hombre achantado, respetuoso y muy falto de cariño”.

Lucía: “Les gusta hablar de su vida, de sus problemas, hay que saber darles eso, entretenerlos. Se llena una bañera, sexo oral, unas caricias y ya está”.

Conxa: “Lo que menos tenemos que utilizar es el coño y el culo. Hay que utilizar la cabeza, las manos, la boca, y escuchar. Así hacemos nuestro trabajo más llevadero, que el coño hay que cuidarlo, y así les damos lo que ellos en el fondo quieren”.

Elsa: “Pues anda que ser puta y quedarse con ganas de follar…”.

Lucía: “¡A veces es necesario un follamigo que termine la faena!”.

Conxa: “Cuando yo empecé me iba a casa con calentones, pensaba que me pasaba algo, y un día se lo pregunté a uno de mis clientes habituales: ‘Follar no me interesa’, dijo. ‘Es lo único que puedo hacer en mi casa: mi mujer se estira como una estrella de mar y ya está. Aquí vengo a otra cosa’”.



Cuando Elsa y Lucía relatan cómo estudian a los clientes durante los primeros instantes de interacción me recuerdan a dos profesoras tratando de conectar con niños tímidos. Utilizan la misma intuición, los mismos trucos, la misma dulzura.

En realidad estas escorts son como madres sexuales: por un lado son expertas en ofrecer cariño y comprensión, en dar caricias. Por otro, son mujeres que saben crear atmósferas de fantasía sexual en el perímetro de un dormitorio. Saben contar cuentos.

Conxa: “Habréis oído que las mujeres son mucho más mentales para el sexo. Pues bien, en la década que llevo en este trabajo os aseguro que ellos son mucho más sentimentales de lo que podemos llegar a ser nosotras, y que nosotras también somos más visuales de lo que parece”.

Lucía: “Buscan relax, algo distinto, cariño…”.

Conxa: “No es ponerse a hacer sexo y ya está, hay mucha psicología, hay que estar dispuesta a atender fantasías que para ellos son la hostia y que quizá vosotras hicisteis con 14 años, y mostrar sorpresa: ‘¿En serio? ¡No lo he hecho nunca!’”.

Conxa: “Vendemos tiempo, y en ese tiempo está la fantasía. Tenemos que llevar un registro de lo que les hacemos para que nunca sea repetitivo, hay que intentar no ser sus parejas”.

Conxa: “Dar sexo te puede cansar físicamente, dar cariño y afecto es psicológicamente agotador. Pensad que a veces se emocionan, se les llenan los ojos de lágrimas. A la que les das algo que identifican como un acto de amor automáticamente se entregan. Por eso tenemos que estar fuertes”.

Adriana: “Se trata de hacerles sentir que ellos valen, más que sexo solo. Tienen que sentir que son válidos”.

3. Psicología, teatro y técnicas de negociación

Conxa recomienda estudiar teatro. También en este trabajo hay que ser buenas actrices, porque si en un momento de intimidad el cliente detecta la mentira, la falta de confianza, se rompe la magia. La confianza es un concepto básico en cualquier escuela empresarial: “Y hoy en día de lo que vais a vivir es de vuestra cartera de clientes, es decir, de los que vuelven”.

Saber convencer y guiar al otro a través de la astucia y el lenguaje no verbal es la estrategia que siguen la mayoría de las prostitutas.

Conxa: “Nuestra obligación es que se sientan bien, pero haciéndoles saber quién manda, esto es muy importante. Nosotras somos las arquitectas, trabajamos con nuestras normativas, y tenemos que saber cómo imponerlas sin que se rompa el vínculo con el cliente”.

Conxa: “Como en muchos trabajos en los que se negocia hay que saber interpretar, poner caritas, hacernos las inocentes. Esto nos va a servir para no contestar cosas que no queremos contestar, y para mandar sin romper la atmósfera. Por ejemplo: un cliente empieza a haceros algo que no os gusta. En vez de decirle: ‘Eso no’, le decís ‘Así mejor, cariño, así me gusta más’. Tú consigues lo que quieres y él se vuelve loco”.

Conxa: “Hay que evitar la palabra ‘NO’. Esta palabra la vienen oyendo desde que tienen novia y hace que todo se rompa entre la puta y el cliente. A no ser, claro, que nos tengamos que poner serias. Entonces, ni disculpas ni nada, ahí está la puerta”.

Conxa: “Hay dos cosas que no se le admiten al putero: la agresividad y la suciedad. Solo con que levante la voz se va a la calle. Y si os tenéis que ir porque el tipo no entra en razón, iros, da igual que os tengáis que vestir en el rellano”.

Elsa: “¿Y si te ofrecen más dinero por algo que no está en tus servicios?”.

Conxa: “Ellos no te pueden obligar a nada, tú pones los límites. Lo que es muy importante es no dudar. O es sí o es no. Si te ven dudar no te verán como una profesional, sino o como a una santa, y creerán que pueden hacer contigo lo que quieran. ¿Tú contratarías a una abogado que duda?”.




4. Sobre la autoestima y el "estigma puta"

¿Pero cómo sabes si puedes ser puta, si quieres serlo? Conxa nos hace dos preguntas que derivan en un debate interesante.

Conxa: “La tarde que decidí ser puta me hice dos preguntas: ¿Me gusta el sexo?, ¿puedo hacer sexo con desconocidos?”.

A la primera pregunta todas respondemos que sí. A la segunda levanto la mano:

Yo: “He tenido relaciones con desconocidos, pero siempre eran chicos que me atraían en algún sentido”.

Elsa: “Yo estoy con ella. Jamás me hubiera acostado con un tío como mi segundo cliente, no me atraía nada. Eso es una barrera, porque el cuerpo es como una fortaleza, sientes que es lo más íntimo que tienes”.

Conxa: “Lo más íntimo que tienes es tu mente, que es la que rige tu cuerpo”.

Elsa: “Sí y no”.

Conxa: “Nuestro cuerpo no es un templo sagrado. Si te sale un callo de pelar patatas durante ocho horas no pasa nada, pero si te han dejado un mordisquito marcado… empieza la culpa: ‘Es que esto ha sido follando’, ‘Es que no lo tendría que haber permitido’. Yo vengo de una educación religiosa y os puedo decir que mi cuerpo es mío y hago con él lo que yo decido, con lo que me siento a gusto. Saber estar con hombres que no nos atraen también es lo que nos convierte en profesionales”.

Yo: “A mí lo que me preocupa no es la moral, sino sufrir yo”.

Conxa: “El discurso mediático y abolicionista juega siempre con el miedo: te van a hacer daño, los clientes son violentos y violadores, que si van a querer ser tus chulos….ya vienes condicionada con el estigma puta, ves la prostitución como algo muy sucio”.

Yo: “Me refiero a algo más interno, sentirme bien conmigo misma, más allá de lo que pueda suceder”.

Conxa: “La realidad que vivimos en Aprosex es que los clientes obedecen siempre, no hay agresiones, es muy raro que insistan en saltarse las normas. Al contrario, son muy respetuosos. Saben que ya han pagado y que están en inferioridad de condiciones. Y os diré algo muy duro que me dijo una compañera que lleva décadas en este mundo: ‘Los hombres violentos no vienen con las putas, ya pegan a sus mujeres gratis. Los violadores son cazadores, buscan sorprender a sus víctimas. Es durísimo, pero cierto. Lo que intentamos es romper el miedo y daros todo el poder, porque en esta profesión, el que paga no manda”.

5. El eterno debate es una pérdida de tiempo

Conxa mira el reloj y anuncia la hora del descanso. Nos ponemos los abrigos y cruzamos la calle en busca de un bar, pedimos cruasanes y cortados, Conxa invita. Lucía pide una infusión de frutas del bosque y nos la deja oler a todas. Hablamos de desayunos, del barrio, del frío. Nadie hace preguntas personales.

Es en ese momento cuando el eterno debate sobre prostitución parece derretirse como el trozo de cruasán en mi café. De pronto se convierte en una pérdida de tiempo.

¿Son libres estas mujeres? ¿Puede ser la prostitución una forma de empoderamiento femenino, de trabajo independiente y riqueza? ¿Dónde está la frontera entre necesidad y voluntad?

Ellas sonríen dando sorbitos y calentándose las manos con los vasos. Ellas existen: son libres, ricas, tienen poder sobre los hombres y sobre sí mismas.

Es tan absurdo decir que todas las prostitutas que trabajan voluntariamente se sienten tan bien consigo mismas como estas escorts, y que pueden llegar a ser empresarias independientes, como afirmar todo lo contrario. Ni todas las mujeres quieren ser putas ni disfrutarían con este trabajo. Lo mismo ocurre, me temo, con el trabajo de policía.

El debate está en cada uno de nuestros vasos de cartón. Está en cada mujer, en cada puta. No es la necesidad ni la voluntad lo que cuenta. Es la comodidad, el equilibrio íntimo, lo que al final acaba por imponerse.

"Venga, apurad los cafés que hay que volver a clase", dice Conxa. Antes de dar el último trago, propone brindar por nosotras.

Aquí puedes leer la segunda parte de esta crónica.

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