Reportajes

Contracrónica Sónar

Días de ocio en la jungla de cristal

Contracrónica Sónar

Por Óscar Broc

Viernes, seis de la tarde en el Village. Dos chicas duermen como angelitos en el césped bajo una lluvia de rayos ultravioleta, graves saturados y wonky a todo volumen. Les da igual que haya más ruido que en un estadio griego, que la marea de gente pasee sus pezuñas a dos centímetros de sus caras, que en un futuro no muy lejano algún mascachapas pierda el equilibrio y les tire un cubata encima. Pero no hay tiempo para reflexionar sobre lo que les depara la jornada. Giras el cuello como si fueras un suricato y haces un barrido ocular de los que marcan época: el verano ha estallado de repente en Barcelona y le das gracias al Señor (o en todo caso a Palau, Robles y Caballero) por haberte puesto ahí, en primera fila, en Sodoma y Technorra: el mejor chiringuito sin playa de la historia. Y todo con el soundtrack soñado por un nerd de la electrónica como el que esto firma. ¿Cuerpos semidesnudos, jugosas jamelgas dispuestas a todo, vaharadas de cáñamo, clima estival, mojitos resultones y los mejores DJs del planeta en el centro de una ciudad acojonante? Ibiza is for pussies.

Si el Sónar de Noche es algo así como la pezuña de un corcel negro rasgando la arena, el Sónar de Día es una cerveza helada en la pechera de una universitaria británica. Si el Sónar de Noche es “Bad Lieutenant” de Abel Ferrara, el Sónar de Día es “El Guateque” de Blake Edwards (pero con algo más que un simple ponche sobre la mesa). El tipo que se lo inventó sabía lo que hacía. Tenía un plan. Había apuntado en su agenda que, a mediados de junio, las chicas de Barcelona florecen, el sol calienta (no abrasa) y las feromonas gobiernan con tranca de hierro los impulsos de la juventud. Porque, no nos engañemos, aunque el principal reclamo de este encuentro es la música –el cartelón de este año era para mojar pan–, no somos pocos los que invertimos las mismas energías en observar y catar, Dios mediante, el muestrario cárnico. Sónar de Día es sexo, amigos, negarlo sería absurdo, y allí donde se cocinen los más exquisitos filetes, estaremos los mejores gourmets, tenedor y cuchillo en mano.

DJs como Gilles Peterson entienden la gravedad del asunto y aprovechan las oleadas de estrógenos del mismo modo en que un velero se mueve al dictado de la tramontana. Sus bajos hacen temblar el césped artificial y se cuelan por debajo de los vestiditos, como hormigas invisibles. Las féminas se retuercen al son de los ritmos clitorianos del maestro (que hasta tiene tiempo de pedir ruido para Gil Scott-Heron) y ponen cara de vicio. Y si ellas bailan en éxtasis, la parroquia masculina se acumula en enjambre y alcanza a sus presas como si fueran patas de jamón en un estanque de pirañas. Entonces, todo Dios danza, todo Dios se retuerce al unísono y el Village respira, cobra vida propia. Contracrónica Sónar Es una delicadísima cadena que mantiene en perfecto equilibrio este ecosistema de variopinta fauna. Las inglesas son fácilmente reconocibles: a las siete de la tarde ya han dado cuenta de varias jarras de sangría y entran cociditas, bailando incluso antes de que les validen la entrada en la puerta. Mi opinión es que las british girls son unos encantos, siempre dispuestas al rozamiento, sumidas en una dulce embriaguez, con sus bolsitas de tabaco de liar, unos vestiditos tan minúsculos que sólo un quark las separa de la desnudez y esas cintas-cordón en la cabeza que causan furor en su tierra. Tienen la extraña capacidad de ir crujidas sin perder las formas. Me encantan. Las francesas, por otra parte, tienen un allure erótico que asusta, pero son más inaccesibles. Sigo teniendo la sensación de que contemplan a los españoles con la misma displicencia que utiliza un ganadero al seleccionar los verracos que van a ser convertidos en chorizo. Tampoco hay que hacerles ascos, son una delicia, sofisticadas, elegantes, pero están en otra onda y sus maromos parecen haberse educado en la Sorbona de La Barranquilla: si me saliera un pelo en el pecho por cada vez que un francés me apartó a codazos durante el magistral directo de Four Tet sin pedir perdón, me tendríais que llamar Chewbacca.

Lo que resulta impepinable en Sónar es que la noche es para los vampiros y el día para los tiburones. Con el paso de los años, a medida que las sesiones diurnas se han ido acumulando en nuestras aletas, los escualos hemos aprendido a movernos con tiento entre las masas, en busca del mejor escote o de la falda más lacónica. Olemos la sangre antes que nadie, sabemos dónde hay que ir para morder cacha sin miedo a recibir una patada en el hocico, podemos esconder nuestra mirada perversa bajo unas gafas de sol (lo que nos permite también drogarnos sin que nuestras pupilas ahuyenten a los malos espíritus), seleccionamos nuestra programación en función de los DJs más girl friendly y nos ubicamos con sigilo en el ángulo adecuado para encuadrar como Dios manda a los grupitos de valkirias que bailan con los tirantes bajados y los pies descalzos.

No te puedes librar de tus instintos depredadores ni siquiera cuando te pones serio y bajas al Hall a ver el show de Global Communication. Da igual que haya proyecciones cósmicas de naves espaciales, impere un silencio sepulcral entre los feligreses y no se puedan encender petardos: incluso ahí, mientras los buenos de Mark Pritchard y Tom Middleton echan una lagrimita por Carl Sagan, también hay ninfas poseídas por el tam tam, bailando sobre beats imaginarios. No me quejo, pero de vez en cuando las gónadas te piden un descanso: tantas distracciones potorriles castigan la zona testicular y la psique cual saco de boxeo.

En cuanto a los estilismos, las Amy Winehouse por fin se han esfumado, y se impone el look Formentera. ¿Hemos ido a mejor? El tiempo lo dirá, aunque no puedo evitar preguntarme quién es el desalmado que se dedica a repartir gafas de cartón entre el rebaño de fieles. Dale un objeto de atrezzo a un fiestero y, oh amigo, ten por seguro que cuanto más hortera, cuanto más llamativo, cuanto más pánico despierte a ojos de un humano sobrio, más querrá llevarlo el colega. Lo que comienza tímidamente como una microtendencia, termina convirtiéndose en trending topic del festival; el sábado por la tarde, y las dos respectivas noches, cientos de pupilas brillan al amparo de esas falsas lentes de papel maché, aberraciones circenses más propias del Salou Fest que de una congregación de modernos bigotudos. Y en ese mar de vapor, durezas plantares al aire, pechos saltarines y monturas de verbena de pueblo, uno se siente feliz y embriagado sin necesidad de rebañar un solo dedo en esas sospechosas bolsitas en las que todo el mundo hinca la falange. Con cuatro mojitos –bastante buenos, por cierto-, dos canutos de marihuana y unas buenas lupas de sol puedes tocar muy de cerca el cielo. Gracias, Sónar, gracias de verdad. Por todo. Por tres tardes de placer veraniego y hormonas, y por tener una de las castañas más atractivas del universo conocido facturando nuestras acreditaciones. Todavía sueño con ella. Eso sí, el año que viene prometo volver a mi Jungla de Cristal favorita y preguntarle si tiene novio. Yippie-kai-yay motherfucker! PlayGround es media partner de Sónar.

Sónar 2011, un repaso: Brillante entrada del festival en su mayoría de edad.

Lista: Gente Sónar 2011

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