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Colonos de extrarradio: así es la vida en una ciudad fantasma

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¿Cómo es el día a día en una ciudad que se quedó a medio construir?

Sergio C. Fanjul

08 Octubre 2014 06:00

Fotos de Liliana López

“¡Trostky!, ¡¡¡Trooooostky!!!”. Los gritos se pierden contra un diáfano y amenazador cielo madrileño azul herido: no pulula una sola nube y el sol cae a plomo como un yunque. Estamos en un enorme socavón rodeado de carreteras vacías y de farolas que nunca alumbran a nadie. Hay malas hierbas, algo de basura (botellas de detergente vacías, periódicos viejos, latas de atún) y, según dicen los lugareños, a veces se pueden ver liebres o perdices. No esta mañana. A lo lejos, muy lejos, a través de terrenos y terrenos baldíos, eso que llaman el skyline de Madrid hace acto de presencia en estricto silencio, como un Dios a punto de enfurecerse. Allí está el ajetreo de la vida; aquí la vida al ralentí.

Hay dos figuras en el socavón. “¡Trostky!, ¡¡¡Trooooostky!!!”, grita una de ellas. Y Trostky aparece corriendo con la lengua fuera: es grande, muy peludo, con un pelo negrísimo salpicado de canas (una vez, unas chonis le dijeron que se parecía a… ¿George Clooney?). Trosky no es el revolucionario ruso resucitado sino el perro de Isaac del Valle y Cristina Fernández. Esta mañana ha salido a pasear por esta selva suburbana.

Isaac y Cristina viven aquí, en el barrio de Los Molinos, a las afueras de Getafe, que está a su vez a las afueras de Madrid. Son como habitantes de los confines cósmicos de la civilización, y tienen aspecto de colonos de extrarradio. Ella tiene la mirada verde, el pelo azabache, tez pálida y complexión menuda (uno de sus profesores de Literatura dijo que era como una mujer expresionista, de ahí que en Facebook se apode Suspirito Alemán); él luce una barba enmarañada, pelo alborotado y una incipiente barriga.

Los Molinos, su barrio, es una de tantas zonas dispersas por la geografía española que la crisis económica dejó a medio urbanizar, encalladas en un extraño limbo. Los socavones por los que nos adentramos son los huecos en los que se iban a construir bloques de edificios que aún no se han levantado, aunque la cuadrícula de calles esté perfectamente trazada. Los edificios que sí están permanecen semivacíos, como grandes barcos a la deriva, todos iguales y todos diferentes, monótonos y cuadriculados. A lo lejos un anciano camina solo, quién sabe hacia dónde: aquí hay muchas obras que contemplar pero la mayoría están paralizadas.

Todo esto antes era campo. Los Molinos está situado entre el barrio de Getafe Norte, el polígono de Los Ángeles y las carreteras A4 y M-45. El proyecto de urbanización comenzó en 2007, a iniciativa del Ayuntamiento de Getafe y la Comunidad de Madrid, aunque las primeras viviendas se entregaron en el año 2011, según explica Gustavo de Vega, presidente de la asociación de vecinos. El 80% de las 5.021  viviendas construidas tienen algún tipo de protección oficial. “En principio había una lista de espera de unas 30.000 personas”, cuenta, “si no hubiera sido por la crisis esto estaría lleno. Ahora viven solo unas 3.000 personas”. ¿De qué servicios públicos se disponen? “De ninguno: falta un colegio, una escuela infantil pública (hay guardería privada), una salida directa a la M-45, un centro de salud, mejores conexiones…”, continúa el presidente. “Escribimos al Ayuntamiento constantemente pero no nos hace caso”. Lo que hay son algunas tiendas de alimentación regentadas por chinos (que parece que llegan a todas partes) y un par de bares que, ante la falta de más oferta, están siempre llenos. Claro.

La mayoría de los habitantes de Los Molinos son parejas jóvenes que vieron en este barrio una buena opción para iniciar una nueva vida en familia: el futuro estaba aquí. Cristina e Isaac ya están dejando de ser jóvenes en sentido estricto (tienen 32 y 33 años respectivamente) y, a pesar de sus problemas para encontrar trabajo (y eso que están sobradamente preparados), acaban de casarse y esperan un niño, contra viento y marea, contra toda adversidad. Porque Cristina e Isaac, además de ser colonos de extrarradio son un buen ejemplo de la juventud golpeada por la crisis.

Cristina estudió Periodismo y es licenciada en Literatura Comparada (unos estudios en el transcurso de los cuales conoció a Isaac). Isaac es casi catedrático: licenciado en Física Fundamental, posee en su haber otros títulos como, también, Literatura Comparada, máster en Cultura Contemporánea y otro en Estudios Avanzados en Filosofía. Él es un hombre renacentista que salta graciosamente de las ciencias a las humanidades sin problema: hacen falta más como él. Sin embargo, los dos permanecen desempleados. Incluso vivieron una experiencia de dos años formando parte de la famosa inmigración juvenil española contemporánea: trataron de asentarse en Marsella, Francia, pero las cosas tampoco acabaron por funcionar. Ahora están de vuelta, en este lugar semiabandonado, paseando a Trostky por los socavones.

Una de las ventajas de vivir aquí es que pueden disfrutar de un piso propiedad de la familia de Cristina, al que nos invitan a subir. El sitio es amplio y barato como no podrían disfrutar en el centro: cada uno dispone de un estudio particular lleno de libros y tienen un extraño teclado vintage que hace ritmos electrónicos que parecen sacados de Crystal Castles. Mejor dicho, todo esto puede que sea la única ventaja.

Aunque sea más barato, tu vida social se va al traste”, dice Isaac, “te conviertes, de pronto, es un señor de 50 años”. Cristina confiesa que de siempre es un poco “rancia” y que sus amigas tienen que tirar de ella para sacarla de casa, “pero prácticamente cualquier cosa que quieras hacer es una aventura, desde irte a tomar una caña con tus amigas hasta ir a hacer la compra. Ya te tienes que desplazar durante 15 o 20 minutos”. Afortunadamente, tienen coche. Pero como dice Isaac, esto tampoco es tan raro: “la mayor parte de la población de las ciudades vive así. Lo excepcional es vivir en el centro. Los demás no salen en El País Semanal”. Bueno, ellos están saliendo en Playground, que no es poco. “Es como vivir en el campo, pero sin ninguna de la ventajas (ni de los inconvenientes) del campo”.

Hay un pollo en el horno. Mientras se asa, admiramos los socavones y los repetitivos bloques por el ventanal. Un gran cartel de una promotora inmobiliaria dice: “Bienvenidos al espacio”. Espacio, desde luego, sobra.

—Estáis muy bien formados pero no encontráis trabajo. ¿Os sentís víctimas de la sobrecualificación que hizo que tengamos excedentes de licenciados y requetelicenciados, que tienen que emigrar, y muy pocos oficios?

Isaac: La sobrecualificación tiene que ver con el tipo de ideología infernal que nos metieron en la cabeza: hay que hacer lo que a ti te gusta, hay que ser feliz en la vida, hay que disfrutar… Yo doy clases particulares a chavales de 18 años y no están tan empapados en eso. Ellos son más pragmáticos y saben que tendrán que ganarse la vida como puedan. Nosotros estudiamos lo que nos dio la gana, y aquí estoy como en la canción de Los Planetas, esperando que Kang venga a salvarme, pero no viene.

Cristina: yo estudié Periodismo y Literatura y ahora no encuentro trabajo por ningún lado. Si te han permitido formarte de una manera, deberían hacer algo porque pudieras colocarte…

Isaac: Nosotros ni siquiera entramos ya en las estadísticas de paro juvenil… 

Hace un tiempo, pasaron un par de años en Marsella, en un piso que visité entonces  y que era como el de los inmigrantes literarios latinoamericanos en París durante los años del boom. Cristina aprendía francés e Isaac trabajaba en un supermercado Leclerc como reponedor de lácteos, puesto en el que fue ascendido en varias ocasiones: era un hacha, sobre todo comparado con la mano obra argelina poco cualificada con la que compartía curro. Entraba a las cinco de la mañana y salía a mediodía: el drama de la inmigración.

“Era un trabajo físico muy duro”, cuenta Isaac, “yo trataba de ser servicial, no dar problemas y quedarme horas de más, porque tenía miedo a perder el único sustento que teníamos”. Por si fuera poco, dedicaba algunas tardes a dar clases particulares de español. Cuando se fue del súper le recomendaron para sucursales de la empresa en España, pero no sirvió de nada. “Nuestra experiencia en Francia fue negativa”, dice Isaac, “aprendí una cosa que no había aprendido hasta el momento: pensaba que saliendo de España con mi cualificación me bastaría algo de francés para que las cosas fueran rodadas, pero en todos los sitios cuecen habas”.

—¿Cómo vivíais la situación española desde allí?

Isaac: Soy una persona mentalmente muy frágil y fue el momento más esplendoroso de la crisis en España. Tenía una obsesión: llegaba a casa y me ponía a mirar los periódicos y luego veía las noticias en la web del canal 24 horas y me metía en todos los blogs de economía que podía porque pensaba que mi país se iba a la mierda y que me iba tener que quedar en Francia.

—¿Cómo recibe Francia al inmigrante?

Isaac: Es un estado social a lo bestia, tienes muchas ayudas que no reciben los inmigrantes en España y hay más estabilidad. Eso sí, hay inmigrantes molones, los que viene de zonas de conflicto y son de etnias exóticas, y luego otros menos molones, como los españoles. Ahí me di cuenta de que un estado puede funcionar bien, si hay generación de riqueza y estructuras fuertes. Y hay la oportunidad de ganarte dignamente, aunque no pases del bachillerato y te pongas a currar, sin preocuparte de cuando se acaba tu contrato temporal. Y si te esfuerzas un poco más, puedes subir un poco más.

Cristina: Llegó un momento en que pensamos que teníamos que dar un giro. Nos asaltaba la angustia, queríamos volver a estar con la familia y los amigos…

Así que para seguir siendo pobre, mejor ser pobre en casa. Y se volvieron, en una furgoneta en la que viajaba la pareja, un enorme sofá, una cama y Trostky, que resulta que es francés.

A la vista de lo sucedido, han decidido emprender, lo que es una buena noticia. Ahora trabajan en el lanzamiento de la editorial de libros ilustrados e infantiles Tejón, en sociedad con el promotor musical Raúl Alonso, miembro de LaFonoteca. Para su primer número han rescatado un libro de ilustraciones de monstruos de tiempos de la Revolución Francesa y han buscado un autor que escriba un pequeño relato para cada engendro (hay niños con dos cabezas, cachorros con dos cuerpos, niñas con tres ojos, gatitos cíclopes o palomas cuadrúpedas). Participan Jesús Palacios, Luis Alberto de Cuenca, Joan Fontcuberta, Rodrigo García, Paco Clavel o Jorge Vestrynge, entre muchos otros, y prologa Servando Rocha.

“Son casos de desviaciones reales de la naturaleza”, dice Isaac, “en el XVIII no había tanta selección genética y nacían verdaderos monstruos como cerdos sin cabeza, por ejemplo. Hoy la mayoría de nosotros no tenemos mucho contacto con animales, pero ellos se reproducen con mucho más frecuencia y pueden dar más pie a una desviación. Además tenemos avances para abortar los fetos con malformaciones, lo que hace que nazcan menos humanos con este tipo de desviaciones”.

 “Tal vez la parte buena del desempleo es que tenemos tiempo libre para montar cosas que nos gustan”, dicen Cristina, “pero por el momento nos lo tomamos con calma”. La otra buena noticia es que próximamente en Los Molinos, según dice la asociación de vecinos, van a abrir un Mercadona.






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