Reportajes

Cartas a Emma Bowlcut

Avanzamos una parte de la primera obra literaria de Bill Callahan

El de Bill Callahan no es el primer caso de cantautor convertido, ocasionalmente, en escritor de libros. De hecho, la ambición literaria de sus letras –tanto en la época en la que usaba el alias Smog como en los últimos años, cuando ha firmado sus canciones con su verdadero nombre, hasta llegar al flamante “Apocalypse” (Drag City, 2011)– tarde o temprano tenía que llevar a Callahan a su primera experiencia editorial, la misma por la que han pasado tantos y tantos nombres de la música popular con raíces en la poesía –Bob Dylan, Leonard Cohen, Patti Smith, etc.–. Hace un año, a través de la división editorial de Drag City, veía la luz “Letters To Emma Bowlcut”, un libro epistolar que refleja desde el lado masculino de la relación –un alter ego de Callahan, un científico de sentimientos confundidos– un intercambio de cartas con una misteriosa Emma Bowlcut de la que jamás leemos una sola palabra y que se va materializando poco a poco a medida que van enviándose las cartas.

La editorial barcelonesa Alpha Decay hará llegar a las librerías la próxima semana la edición en castellano de “Cartas A Emma Bowlcut”, en traducción de Héctor Castells y dentro de la colección Héroes Modernos. Una manera idónea de adentrarse en el mundo lírico de Bill Callahan, que toma la voz del enamorado protagonista y relata sus vivencias y emociones con una prosa fugaz, que avanza a chispazos, plagada de metáforas y descripciones al vuelo, casi como si fueran las letras de un ambicioso álbum cuyo librero ocupara las 125 páginas por las que se extiende este intrigante debut literario. Para que te hagas una idea de lo que puedes encontrar en el libro, Alpha Decay nos ha cedido el contenido de tres fragmentos del libro para que puedas leerlos y juzgar por tu cuenta.

* * * Carta 2

Tu respuesta llegó como un molusco que una gaviota hambrienta hubiera dejado caer. Acaso la gente todavía cocina berberechos. Dejé la carta sobre la mesa de la cocina y luego me preparé un baño. La higiene, como siempre, es lo de menos. Me baño para hacer tiempo.

Me senté aseado a la mesa. Mi vecino se asomó a su ventana, husmeó y me gritó: Tienes un pastel de chocolate en el horno. A tu carta se le enrolló el pelo. La primera que jamás me hayas escrito. Le contesté: No. No nos conocíamos de nada y allí estaba mi vecino, mirándome fijamente, moviendo las aletas de la nariz. No podía creer lo cerca que estaba. Como no se movía de la ventana, le dije: Me preparé una tostada hace un rato. El hombre tenía moldes para hornear y una bolsa de harina en la encimera. Creo que era él quien estaba haciendo el pastel de chocolate. Se quedó plantado y, lentamente, se secó las manos en el delantal sin dejar de mirarme. Parecía que fuera a echarse a llorar. Era su Día del Pastel y no me apetecía estropeárselo. Había unos trocitos de techo o algo parecido hundidos en las profundidades de tu sobre. El mío desapareció el invierno pasado. Se volvió húmedo y plateado y, finalmente, cobrizo: cayó en pedazos suaves y pastosos. Todavía no he hecho nada al respecto. Las goteras empezaron a las cuatro de la mañana: las oí desde mi cama. Llevaba viviendo bajo cuarenta centímetros de nieve derritiéndose desde quién sabe cuándo. Uno de mis objetivos es no hacer preguntas, ya que eso implica la suposición de que todo esto ha sucedido antes, y yo solamente te estoy pidiendo que me cuentes qué tal te fueron las cosas. Lo que no significa que no crea en el destino. Tienes todo el derecho a preguntarme por lo que hago, pero no creo que mi trabajo tenga un nombre. Estudio el Vórtice, utilizo micrómetros fundamentalmente. Semejante dedicación ya me ha divorciado de muchas cosas; aunque yo lo viva, exactamente, como todo lo contrario. Estoy deseando que seas mi eslabón perdido. Tu carta encajó en la cerradura de mi día como una llave. Gírala. Carta 5 Salí disparado a por bourbon pensando en lo que escribiste. La ciudad era un invernadero. El pasado floreció como una orquídea grotesca. Estuve paseando por mi vida de hace doce años. Vi un sosias de mi mejor amigo de la época. Dónde estará ahora. Nuestra amistad se desvaneció en la espesura del bosque. Le he buscado. Contraté a alguien. Una persona. Un alcohólico. De mi cabeza nevaron recuerdos manoseados mientras caminaba meciendo la botella de bourbon en mis brazos. En el neón del restaurante chino podía leerse Arroz fritos chinos. Había una taza de váter de cristal transparente en el escaparate. Me vi metido en la taza. Deseé no recordar la escena después de otros doce años. Un niño sin pantalones me adelantó corriendo. Su madre le perseguía con la prenda de la que se había desembarazado. Quizá el niño fuera mi viejo amigo y la madre fuera yo. Respecto a nuestro encuentro: no soy melifluo, pero quizá quieras traerte un libro. Hablé por teléfono con mi abuela. Ya se le acaba la cuerda. No estoy seguro de que oyera una sola palabra de lo que le dije. La han trasladado a una residencia. Por lo de sus lapsus. He caído en que todas mis cartas hablan de mí y no de ti. Me gustaría que me mostraras el mismo respeto. Carta 12 Últimamente había dormido a gusto en la fábrica abandonada de la noche. Pero anoche di vueltas y más vueltas. Lo he abreviado. Doy tres vueltas en el aire y aterrizo. Me levanté de la cama y me llegué a tientas a la cocina y me metí dos cucharadas de mantequilla de cacahuete en la boca. Una vez vi a un presentador de un programa de madrugada diciendo que eso ayuda a conciliar el sueño. Fue hace veinte años y me acuerdo de la frase cada puta vez que veo un tarro. Entiendo lo de tu novio/no novio. Me imagino una sombra que retrocede para revelar más oscuridad. Tal y como lo recuerdo, Robin me preguntó si podía besarme y yo dije que no. Luego se disculpó diciendo que sólo quería besarme del mismo modo en que uno besaría a un amigo. No me lo creí… hasta hace poco. He pasado las dos últimas noches con la misma panda de cachondos riéndose de todo. Películas y restaurantes y que te entretengan. Fue divertido pero ya se acabó. Todavía tengo a Robin metida en la cabeza, pero si no quiere quedarse ahí, en mi cabeza, pues será mejor que se largue. Espero que estés encontrando tiempo para escribirme. Quítate los mitones y escríbeme. O acaso ver tus mitones dimitidos niega el mito de su mitologismo. Hablé con mi abuela. Su olvido va en aumento. Me dijo que cuando era niño mi juego favorito consistía en darle la vuelta a mi vieja cuna y fingir que estaba en la cárcel. Dice que me pasaba el día sentado allí simulando tocar la harmónica y que si alguien pasaba por delante gritaba: ¡Estoy listo para ver al juez! Y: ¡No me obliguéis a que me meta solo en ese oscuro agujero! Por qué no te vienes. Ojalá tuviera un lugar mejor que ofrecerte, pero por qué no te vienes. Me mudaré pronto, de todos modos. Antes de que lleguen esos vientos que lo cubren todo de porquería. Bill Callahan - Babys Breath by ilostmyself

Bill Callahan: “Cartas A Emma Bowlcut” Datos editoriales Bill Callahan: “Cartas A Emma Bowlcut” Edita: Alpha Decay Traducción: Héctor Castells Precio: 15 € Páginas: 125 Fecha de publicación: 5 de septiembre 2011

Crítica: " Apocalypse"

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