Reportajes

Más allá de Björk y Sigur Rós: cómo es la música en Islandia en 2013

Analizamos el por qué del insólito boom de la música islandesa, hoy más activa que nunca, a partir de 18 nuevos artistas y bandas en pleno proceso de crecimiento

En Islandia sigue habiendo vida musical más allá de Björk y Sigur Rós. De hecho, estos dos nombres se mantienen como reclamos populares y avanzadilla comercial de una realidad musical generosa y en continua expansión. Aquí damos cuenta de 18 nuevos nombres que dan la medida de lo que la música islandesa en 2013.

Islandia ocupa una superficie de algo más de 100.000 metros cuadrados de tierra casi yerma, sin apenas árboles ni vegetación, formada por la acumulación rugosa de capas de materia expulsada durante milenios desde las entrañas del planeta –no en vano, Jules Verne situó la entrada al centro de la tierra en su novela en un glaciar próximo a la capital, Reykjavík–. En el interior del país abundan los glaciares y también los géiseres, esas recias erupciones de agua hirviente que dan cuenta de la, todavía, muy frecuente actividad volcánica de la isla. Puede parecer un lugar inhóspito, pero Islandia está, en cierto modo, bendecida por la naturaleza: pese a su latitud casi fronteriza con el Círculo Polar Ártico, disfruta de un clima benigno y estable durante todo el año gracias a las corrientes cálidas del Atlántico, y es rica en recursos energéticos –aunque caros de extraer–, así como en alimentos gracias a la abundancia de pesca. Esa es la razón que explica que, a diferencia de Groenlandia, haya sido habitada desde tiempos lejanos: las sagas –es decir, las crónicas históricas del pueblo islandés transmitidas de forma oral desde la Edad Media–, dan cuenta de la colonización de ambas islas en el siglo IX ( “Saga de los Groenlandeses”) y de la expansión hacia América en la fugaz colonia de Vineland hacia el año 1000 ( “Saga de Erik el Rojo”)–, y así hasta hoy. En Islandia viven 331.000 personas, que corresponde a poco menos de la población total de una capital de provincia en España de buena densidad, por ejemplo Bilbao.

Objetivamente, es una población escasa, sobre todo para tanto territorio y tanta historia. Y, sin embargo, Islandia, que por localización geográfica tendría que ser como una Madagascar de hielo o una Nueva Zelanda del norte, lleva años sorprendiendo con su vibrante escena cultural. En la composición de su PIB hay dos actividades económicas de máxima importancia, la pesca y el turismo –Islandia es un exportador mayor de pescado y a la vez, gracias a su naturaleza salvaje, un imán de atracción de visitantes extranjeros; tampoco habría que olvidar recursos minerales como el aluminio–, pero no hay que descuidar en ningún caso la exportación de cultura y, en particular, de música. Un cálculo de marzo de 2012, justo en el momento en que Islandia empezaba a salir de la recesión económica causada por la caída del sistema financiero y bancario, estimaba que los ingresos del país en concepto de exportación de bandas ascendían a un total de 67.5 millones de dólares –o sea, un 0.5% de los casi 12.000 millones totales del Producto Interior Bruto, un porcentaje que puede parecer poco si se compara con lo que aportan el atún o el bacalao (con ce), pero muchísimo en relación con el rendimiento económico que de su cultura obtienen otros países–.

No es sólo la música, por supuesto. Como explica un nativo, “Islandia tiene, o ha tenido casi siempre, a alguien entre los mejores del mundo en cada área de actividad”. No es exactamente así –no conocemos actores islandeses de trayectoria ascendente en Hollywood ni un jugador islandés de baloncesto en la NBA–, pero para un país tan pequeño y tan poco poblado hay muchos islandeses acumulando prestigio y proyección internacional en áreas como la literatura –Arnaldur Indridason, cuyas novelas publica en castellano RBA, es uno de los maestros actuales de la novela negra, líder del boom escandinavo– o el fútbol, al menos mientras Eidur Gudjohnsen, actualmente apurando sus últimos días como profesional en el Brujas, vivió sus mejores años en Chelsea y F.C. Barcelona. Pero de toda la cultura, la música islandesa es sin duda el fenómeno más exportable, y no hablamos únicamente de fenómenos comerciales evidentes como Björk o Sigur Rós, sino de un largo reguero de artistas, absolutamente ilógico para –insistimos– una población total que podría caber completa en cualquier ciudad europea de dimensión media.

Un vistazo rápido en las dos tiendas de discos de Reykjavík –sin contar la sección de CDs en las cadenas de libros y papelería varia, ni tampoco la división de 12 Tónar dentro de Harpa, el centro de convenciones y arte contemporáneo de la capital– muestra que Islandia es un país peculiar en cuanto a consumo musical. No parece haber un gran interés por los productos populares, mientras que la oferta de jazz, música clásica y producción local es abundante en Smekkleysa –la tienda nacida del fanzine y sello formado por los antiguos miembros de The Sugarcubes– y la citada 12 Tónar, situada a muy escasos metros en el centro de la ciudad. Las cubetas de material autóctono son casi tan extensas y variadas como las de pop, y es más fácil localizar el último disco de la participante anual en Eurovisión por Islandia (o una ópera de Mozart) que un CD cualquiera de Kanye West. El apoyo gubernamental a la música es decisivo para esta aceptación del producto propio: se le da cobertura en los medios nacionales (televisión, radio, prensa) y hay un apoyo real de la escena de puertas para adentro. Cualquier proyecto nuevo es rápidamente canalizado y difundido para consumo interno.

Pero las cifras de venta de música en Islandia son necesariamente bajas, y ni siquiera el disco islandés más vendido dentro del propio país – “Ágaetis Byrjun” (1999), de Sigur Rós– puede presumir de un número total de copias despachadas que cause impresión en mercados con más movimiento. De ahí que instituciones como la oficina de turismo de Islandia, Visit Reykjavík, e Iceland Music Export –dedicada a la promoción, cultivo y exportación de la música local– dediquen esfuerzos a facilitar a los músicos islandeses su única garantía de crecimiento y supervivencia, que es alcanzar un público más allá del país. Como explica Sigtryggur Baldursson, director de Iceland Music Export, “muchísima música islandesa no cruza el mar y se queda para consumo estrictamente doméstico, pero quien aspire a vivir de ello necesariamente debe encontrar un mercado distinto para seguir adelante”.

“Somos tan pocos aquí, que si haces algo tienes que marcar alguna diferencia”, prosigue Sigtryggur. “La explicación de por qué salen tantos grupos de Islandia, y tan buenos, es esa: es una expresión artística que se puede exportar, y para exportarla tiene que ser de alto nivel. Los artistas se esfuerzan porque si no dejan su huella fuera de Islandia, entonces no tienen ningún futuro”. Sitryggur sabe bien de lo que habla: en los ochenta, junto con Björk Gudsmundóttir (la Björk de toda la vida), Einar Örn Benediktsoon –hoy líder de Ghostigital, banda que ocupa su tiempo junto con su cargo político de director del área de música del ministerio de cultura islandés–, Por Eldon, Bragi Ólafsson y Margrét Örnolfsdóttir, formó parte del grupo The Sugarcubes (él tocaba la batería). The Sugarcubes se formaron en 1986 tras años de desarrollo de una escena doméstica post-punk, el primer síntoma de que Islandia había entrado en el circuito internacional del rock. Tras The Sugarcubes el siguiente hito de la exportación islandesa fue Björk tras instalarse en Londres –etapa “Debut”, 1993-1994–, más tarde llegaron Gus Gus y, tras la irrupción de Sigur Rós con “Ágaetis Byrjun”, rápidamente se abrieron las compuertas para la difusión de artistas como Emiliana Torrini, múm y Mugison. Por el camino se quedaron bandas sin fortuna como LHOOQ –pop electrónico con influencia techno del que surgiría el impresionante compositor neoclásico Jóhann Jóhannsson–, pero de sus esfuerzos germinó una semilla que hoy ha dado un tupido bosque de discos y nombres a tener en cuenta.

Hablar de Björk y Sigur Rós en 2013 es quedarse en la punta del iceberg. Incluso los artículos periodísticos publicados a principios de la década pasada han quedado del todo desactualizados por el flujo constante de talento islandés que, a oleadas cada vez más firmes, va dejando su marca en la escena internacional del pop (y también de la vanguardia, aunque rara vez se mezclen ambos conceptos en un mismo artista). No todo lo que viene de Islandia es genial, como es de suponer, pero ésta es una proposición a la que hay que darle la vuelta: lo que resulta admirable es que de un rincón de mundo tan alejado, tan poco poblado, incluso con sus propios problemas internos –la crisis se ha remontado sólo en parte, todavía hay muchos ciudadanos islandeses que acumulan deudas o que han perdido (y difícilmente recuperarán) los ahorros de toda una vida–, sea hoy, y más que nunca, una fuerza creativa tan indomable. La Islandia de 2013, en lo musical, tiene a estos nombres –y no están todos– como protagonistas.

Retro Stefson

Hay similitudes con otra institución de la música popular islandesa, Gus Gus: son ciento y la madre –siete componentes, tres de raza negra, algo insólito en un país tan vikingo y rubio como Islandia– y trabajan con un lenguaje híbrido entre el pop de fácil consumo y los ritmos de baile. Por momentos parecen la típica banda que podría aspirar a entrar en el catálogo de DFA, como una versión light de The Rapture –incluso han fichado por la misma división de Universal, Vertigo, aunque en su caso por la filial alemana–, aunque lo que distingue más a Retro Stefson es una pasión por el pop multicolor y funk de los ochenta y su nada oculta devoción por un look new romantic. A Europa acaba de llegar su tercer álbum, “Retro Stefson”, editado en su país originariamente en 2012.

Ásgeir Trausti

Actualmente, este cantautor expansivo es el gran superventas dentro de Islandia; la, por ahora, última figura importante del rock. Su gran reto es salir de sus fronteras, algo a lo que podría contribuir su depurada semejanza con el último Bon Iver: Ásgeir Trausti lidera una banda capaz de adornar con hábiles recursos un tipo de canción de trazos que tienden a lo grandioso, de lamentos dulces, que tanto le debe a la música adulta de los ochenta como a la descripción de la bella desolación paisajística del país que, con otras armas, también acometen Sigur Rós. El idioma puede ser una barrera para su disco de debut, “Dýrd Í Daudapögn” (Sena, 2012), pero nunca hay que menospreciar el poder de la marca Islandia.

Moses Hightower

Era el nombre que, en la franquicia “Loca Academia de Policia” –ya saben, La Ostra Azul y todo aquello–, gastaba el personaje encarnado por Bubba Smith, zaíno de percha ancha y bigotazo. Por tanto, a Moses Hightower hay que presuponerles sano sentido del humor: no son cuatro negros con mostacho, sino cuatro chicos con aspecto nerdy que se desempeñan bastante bien con su indie-rock de desarrollos lentos, voces en falsete y ligeras pero decisivas inclinaciones hacia el soul. Su último disco tiene una portada que despista: en “Önnur Mósebók” (Record Records, 2012) aparece un pianista vestido de chaqué, pero ellos lo que tienen es rasgos en común –salvando las distancias– con nuevas bandas como Rhye.

Pétur Ben

Había sido músico en la banda de Mugison, el geniecillo del pop orquestal que recaló años ha en el sello de Matthew Herbert, Accidental. Pero en los últimos tiempos ha tirado adelante su carrera en solitario con otras armas y otra inclinación, de la que ya se desprende un álbum de debut, ejecutado con solidez aunque tirando de lugares comunes, titulado “God’s Lonely Man”. Un disco que, por simplificar las cosas, le convierte en algo parecido al Nick Cave –voz grave, sobriedad rock con algún arrebato de furia– del Atlántico Norte. Lo normal sería que fuera a más.

Amiina

El cuarteto de cuerda que acompañaba a Sigur Rós en sus primeras giras finalmente se independizó, y así han firmado una corta ristra de álbumes –en los que, además de violines, viola y violonchelo también se atrevían con sonidos extraños provenientes de la hoja de un serrucho y diferentes objetos localizados al azar por casa– que da una buena idea de su estilo a caballo entre el pop y la composición contemporánea con tributos tanto al romanticismo como al minimalismo. Llevan dos álbumes ( “Kurr” en 2007 y “Puzzle” en 2010) y esperamos algo nuevo pronto.

Benni Hemm Hemm

Les fichó Morr Music en sus inicios, cuando el sello berlinés buscaba materia prima entre el pop islandés para nutrir las cubetas de novedades de la Europa filo-indie con material fresco y poco explorado. Y ahí siguen, animando las mañanas tristes con luminosos arranques de twee-pop que tienen más de sueco que de islandés (no en vano, comenzaron aportando cosas en Seabear y múm), y aún incluso más de alumnos de Belle & Sebastian que de héroes vikingos. Para muestra, su último disco, “Skot”.

Daníel Bjarnason

Sólo tiene dos discos – “Processions” (2009) y su colaboración con Ben Frost en la banda sonora alternativa para “Soláris” de Tarkovski–. Bjarnason no es un compositor de ritmo rápido, pertenece a la elite neoclásica, escribe en partitura y ocupa también su tiempo dirigiendo orquestas. Y precisamente por eso su obra merece la pena de manera extraordinaria: Daníel es la perla del sello Bedroom Community y, quizá por ello, el artista menos conocido del roster de la casa. La justicia divina le debe estar guardando algo bueno, porque maneja con buen pulso los recursos de la descripción expresionista y la atonalidad moderada, situándose meritoriamente más cerca de Stravinski que de su paisano Jóhann Jóhannsson.

FM Belfast

Hace dos años que no se sabe nada de FM Belfast, después de haber hecho bastante ruido entre 2008 y 2011 –años de publicación de sus dos únicos discos, aprovechando un hiato en múm–. Iban a ser la nueva propuesta cool llegada desde Islandia, pero al final las expectativas fueron más elevadas que los resultados. Pero eso no significa que su pop bailable y algo caprichoso no diera para algún que otro momento de despendole en algún festival de verano. “Don’t Want To Sleep” (Morr Music, 2011) rebajó un poco el hype, pero se les sigue esperando.

Hildur Gudnadóttir

La primera vez que se le escuchó en un rol destacado, más allá de sus primeros discos en colaboración con BJ Nilsen, Ilpo Vaisanen y Stilluppsteypa, fue aportando las líneas de violonchelo –profundas e incluso tétricas– en “Katodivaihe” (2007), el penúltimo álbum de Pan Sonic. Ahí Hildur Gudnadóttir serpenteaba entre texturas heladas y beats escarpados y demostraba que no le tenía miedo al discurso experimental a cara de perro. Luego llegó su fichaje por Touch, donde ha editado tres álbumes –el tristísimo “Without Sinking” (2009), el algo más pop “Mount A” (2010) y el discreto “Leydu Ljósinu” (2012)– que sonarían como los hijos que pudieran salir de una turbia relación sexual entre Fennesz y Julia Kent.

Ólafur Arnalds

Acaba de fichar por Decca, completando así la transición lógica que demandaba una carrera como compositor en franco ascenso. Los primeros discos de Arnalds, todavía bajo la sombra de Michael Nyman, le ayudaron a posicionarse como el artista con más categoría del sello Erased Tapes y uno de los niños bonitos de la escena neoclásica mundial, algo así como el Nico Muhly islandés. Luego llegó su primera incursión en la creación de bandas sonoras para películas ( “Another Happy Day”) hasta llegar a “For Now I Am Winter”, un lienzo diáfano a base de pop de cámara y partituras de textura impresionista.

Ölof Arnalds

Comparte el apellido con Ólafur, pero nada más: Ölof Arnalds es, hoy, la compositora folk más reputada de Islandia, una mujer que ya disfruta de una amplia y solvente trayectoria internacional con cuatro álbumes repartidos entre 12 Tónar ( “Vid Og Vid”, de 2007) y los tres siguientes en One Little Indian, incluido el reciente “Sudden Elevation” (2013). Sin contar a Björk, es la mujer con más éxito acumulado de la música popular islandesa, siempre y cuando no contemos a la medio italiana Emiliana Torrini –que incluso cantó el tema principal de “El Señor de los Anillos: Las Dos Torres”– como una rival en esa categoría.

Pascal Pinon

Tres chicas con aspecto adorable, rubicundas, ternescas, que practican ese pop de acabados tan dulces y melodías tan gráciles que encandila a Thomas Morr, el dueño de Morr Music. Tanto es así que ya llevan dos discos entre 2009 y 2012: “Pascal Pinon” –primero autoeditado, luego rescatado por Morr– y el continuista “Twosomeness”, que tanto sirve para una tarde nublada en la ciudad como una mañana de sol en el campo.

Seabear

Otro fichaje de Morr Music, ya con dos discos en cartera y la condición de supergrupo de la escena islandesa: lo dejaron en el pasado Örvar Póreyjarson Smárason (co-líder de múm, también figura central en FM Belfast y Benni Hemm Hemm) y Eiríkur Orri Ólafsson, pero ahí siguen liderando el proyecto, bajo la influencia de un folk de brisa marina, tanto Sindri Már Sigfússon (alias Sin Fang) y Sóley Stefánsdóttir (alias Sóley). Véase más abajo.

Sin Fang

El cantante masculino de Seabear utiliza el alias Sin Fang para adentrarse por terrenos con más color y alegría: nada de caras contritas ni gesto de estreñido, y sí ventanas abiertas para que circule un aire fresco que recuerda a Animal Collective o a The Postal Service: o sea, un pop tecnológico, como una olla bullente de ideas, matices, armonías y juegos vocales. Su último disco, “Flowers” (Morr Music, 2013), es la mar de apañado.

Samaris

Suenan como una versión contenida e interior de Sigur Rós, también porque sus recursos son más limitados: en vez de una orquesta a su disposición, el trío Samaris debe tirar a base de plug-ins y programación de beats con la ayuda nada despreciable de un batallón de ordenadores portátiles, con los que construyen beats discretos y crujientes adornados con lo que parecen samples de clarinetes y cuerdas. O, también podría ser, la versión más épica (y masculina, sin voces de chicas tímidas) de los primeros múm. Tienen por ahora dos EPs autoeditados, pero después de su paso por el Sónar de este año van a recibir más ofertas de trabajo que Urdangarín en sus mejores días.

Valgeir Sigurdsson

La larga trayectoria de Valgeir Sigurdsson le avala como, quizá, el creador islandés más importante del momento: dueño de Greenhouse Studios –una casa a las afueras de Reykjavík acondicionada como confortabilísimo espacio para grabación, usado por Will Oldham y Björk, y abusado por Ben Frost–, director del sello a caballo entre el folk y lo modern classical Bedroom Community y, por tanto, el A&R que ha fichado a talentos tan indómitos como el citado Frost, Daníel Bjarnason, el americano Paul Corley o el cantautor country Sam Amidon –sin olvidarnos de Nico Muhly, que inauguró el catálogo en 2006–. El último trabajo de Valgeir en solitario se compone de piezas para escena ( “Architecture of Loss”, 2012) y es su entrada definitiva, y sin miedo, en las procelosas aguas de la composición contemporánea.

Sóley

Fuera de Seabear todavía no ha hecho mucha cosa –un álbum en 2011 al amparo de Morr Music, “We Sink”, y un EP anterior–, pero eso no significa que su material en solitario no esté bien: el álbum es una pequeña joyita de pop “björkoide”, y a medida que vaya acumulando tiempo libre podrá ir puliendo más de esas canciones que se guarda para ocasiones especiales. Debería haber nuevo disco pronto.

Of Monsters and Men

Todavía no les ha llegado el momento de la explosión, pero se está cociendo poco a poco. En los últimos meses, Of Monsters And Men han circulado más por Estados Unidos que por Islandia, promocionando un disco – “My Head Is An Animal”, editado por Universal– que comparte muchos rasgos con el grupo de masas de moda, Mumford & Sons, o incluso con Arcade Fire (esos acordeones, ese empuje épico, es decir). Se trata de ese folk-rock euforizante, de muchos colores y que conecta la ciudad y el campo, ese que tantos fans ha venido conquistando en los últimos años. Así que tomen nota. Habrá que seguirles las huellas con tenacidad de explorador montaraz.

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