Reportajes

Beefeater In-Edit 2010

Consagración en pantalla grande

Beefeater In-Edit 2010 Beefeater In-Edit sigue superándose a cada año que pasa. Su octava edición ha convocado alrededor de 27.000 asistentes y agotado localidades en el 15% de su centenar de proyecciones. El festival ha alcanzado, poco a poco, ese estatus que obliga a acercase a las taquillas con días de antelación. Es un éxito de cifras, pero al tiempo hay algo tremendamente romántico en ello. Como bien señaló Joan Pons en la presentación de “Don’t Look Back” el viernes día 5, conmueve ver las salas de cine a reventar, sobre todo si entendemos que, según la opinión generalizada, los precios de las sesiones han subido demasiado. En cualquier caso, la consagración del evento ha conseguido con los años alcanzar a todo tipo de público, trascender la barrera del espectador indie y llegar a un amplio arco de espectadores. Lo más bonito de ello es que el gran éxito de Beefeater In-Edit radica, sobre todo, en su cariz didáctico, en esa sensación de aprender de música asistiendo a una mastodóntica lección musical narrada desde la pantalla grande. En Beefeater In-Edit la letra no entra con sangre, sino que el disfrute físico de la música desde la butaca acaba triunfando por encima de todo. Primero se elige qué ver. Durante las proyecciones se eriza la piel y se toman notas mentales. Después se intercambian opiniones y se retienen los nombres escogidos. Detrás de todo ello, una organización que en 2010 ha vuelto a brillar, sobre todo en lo referente a la cobertura prestada desde su web tanto hacia el público como de cara a la prensa.En lo artístico, como cada año, ha habido de todo. Aunque se ha notado cierto aumento en la calidad de los documentales proyectados, sobre todo en la Sección Oficial, también es verdad que al festival aún le faltan escollos por vencer. El evento ha llegado a un punto en el que se hace necesaria la instauración de nuevas metas. Como en los festivales de cine más clásicos, no estaría de más que el Beefeater In-Edit se planteara cada año unas líneas de programación claras que permitieran al espectador guiarse dentro del laberinto de películas. En ocasiones anteriores, ya parecieron existir líneas de exploración algo simples pero tremendamente efectivas (como, por ejemplo, la celebración “beatle” de hace un par de ediciones), que podrían verse amplificadas si a la excelente selección se le sumara un hilo conductor que enhebrara inquietudes y temáticas, convirtiendo a la experiencia lúdica del festival en algo no limitado a una película sino extendido a un corpus. El grado de eclecticismo del que hace gala el material proyectado lo pide a gritos, porque hay documentales de todo pelaje, vertebrados alrededor de infinitas vías posibles de filmación, ya sea desde una entrevista de encargo (como en el inteligente, limpio y elegante retrato de Brian Eno) hasta el aprovechamiento de material de archivo (bombástica “Soul Train”), pasando por la prolongación estética de varios conciertos filmados (como ocurría en la cinta sobre The White Stripes, cuya escena final al piano fue uno de los grandes momentos de esta edición), la cámara amateur de una amiga del grupo (con la que construir una irregular cinta sobre The Magnetic Fields) o el empeño por desvelar el corazón de una de las figuras más aparentemente ariscas de la escena musical (ese “Lemmy” que arrebata sin remisión).A lo largo y ancho de sesenta documentales es fácil desorientarse y desentrañar cuáles son los que van más allá a la hora de retratar a los artistas. El punto de vista adoptado por los directores al filmar es clave, sin embargo seguimos sin retener los nombres de los realizadores y solemos quedarnos simplemente con el nombre del grupo que protagoniza las historias. Exceptuando, claro está, a los grandes del género. Este año, la retrospectiva dedicada a D.A. Pennebaker y Chris Hegedus ha sido uno de los platos fuertes del certamen. Por ello, no estaría de más que la mencionada posibilidad de líneas de exploración se viera engalanada con esa capacidad que tienen otros festivales de encumbrar a directores que se acaban convirtiendo en clásicos del certamen.

También ha habido una primera maratón subidita de tono que aguantó toda una madrugada junto a The Who, The Rolling Stones y Led Zeppelin, y varias actividades paralelas como la colaboración con la emergente web de cine online Filmin.es. Por cierto, los Premios del Jurado fueron para “High On Hope”, de Piers Sanderson, y “Venid A Las Cloacas: La Historia De La Banda Trapera Del Río”, de Daniel Arasanz, la cual también cosechó el Premio del Público. Asimismo, se destacó con una mención especial a “Memory & Desire: Thirty Years In The Wilderness with Stephen Duffy And The Lilac Time”, de Douglas Arrowsmith . A la hora de elegir las favoritas, resultará imposible no dejar caer la balanza del lado subjetivo que le toque la fibra a cada uno. A continuación podría haber otras diez pero estas fueron las películas que, a nosotros y para bien, más nos llamaron la atención:

“Barcelona Era Una fiesta (Underground 1970-1983)”, de Morrosko Vila-San-Juan (2010)Inmejorable aperitivo para inaugurar la programación de este año, “Barcelona Era Una Fiesta” lo tenía todo para triunfar: el morbo de saberse viéndola en la ciudad adecuada y en el momento pertinente, las risas servidas (y completadas este año con “Soul Train” y “Lemmy”), y las ganas de un público entregado y ansioso por saber qué paso aquí antes de que la Movida, “cuando ya se sabía que el cambio social era imposible”, estallara en Madrid. La época que se retrata en la película sólo fue, como bien apunta Pau Riba, “una visión plasmada a través de una utopía”. Aquel era un tiempo que hoy vemos muy lejano y desenfocado, pero quizá el último en el que aún podía confiarse en que todo iba a cambiar. Por entonces, Las Ramblas eran otra cosa, DiscoExprés, Star y Ajoblanco llegaban a los quioscos, y para disfrutar de cualquier pijada no se necesitaba ni la mitad de dinero que gastamos hoy en día. Montado y realizado con estética de cómic aunque aquello no fuera ningún chiste, el mediometraje de Morrosko Vila-San-Juan toca todos los palos que definieron la contracultura underground de aquella Barcelona, y lo hace de la mano de entrevistas ágiles y descacharrantes (festival de carcajadas con Mariscal), sirviéndose de recuerdos picantes y haciendo valer la nostalgia de aquella lisergia gracias a una sugerente música compuesta por Raül “Refree” Fernàndez para el proyecto. Lógico, pues, que inoculara en el público una liberadora sensación de frescura y ganas de pasárselo bien haciendo locuras. CR

“Depeche Mode 101”, de Chris Hegedus, D.A. Pennebaker y David Dawkins (1989)En colaboración con la Filmoteca de Catalunya, la retrospectiva dedicada este año a D.A. Pennebaker y Chris Hegedus ha venido a llenar el hueco abierto hace un par de ediciones con la de otros grandes maestros del género, los hermanos Maysles. En 2010 se han proyectado los documentales más míticos del otro gran tándem americano, entre ellos este impresionante largometraje que retrata con pulso firme la mejor gira del grupo de Basildon por tierras norteamericanas. Depeche Mode vivían allá por 1988 su gran momento de esplendor y así lo registran Pennebaker y cía, filmando a Dave Gahan como un dios todopoderoso sobre los escenarios (atención a la sublime secuencia final en el Rose Bowl de Pasadena). Para el reportaje se seleccionó a un grupo de fans que vivieron la gira del grupo en paralelo a lomos de un autobús que devoraba la Ruta 66. Un grupo de fans que nunca llegó a conocer al grupo en persona pero que son quienes dan cuerpo a la película. La dimensión que aportan a la filmación hace que ésta parezca por momentos una ficción, más que la realista disección de los entresijos de aquella gira mastodóntica (del manejo de luces hasta el reparto del dinero al final de los conciertos o las instrucciones dictadas a los guardias de seguridad). De por medio, todas esas canciones oscurecidas por algo más que la sombra de ojos de Gahan. Tocándolas con su cámara, Pennebaker consigue demostrar sin revelar casi nada que con todas ellas el grupo ya nos estaba hablando de las drogas antes de que le carcomieran por dentro. Adictivo y ejemplar. CR

"From Texas To Arbúcies”, de Raúl Cuevas (2010) Curiosamente, en este año en el que Beefeater In-Edit ha articulado su programación en torno a la propuesta de Pennebaker y Hegedus, la cinta nacional que mejor se ha circunscrito a la herencia de los míticos documentalistas ha sido “From Texas To Arbúcies” (2010): una propuesta humilde pero sólida capaz de levantar en el espectador la misma pasión sosegada con la que vive el grupo-comuna Anímic y con la que acogen a Will Johnson (frontman de Centro-Matic y South San Gabriel) en los días previos a su gira conjunta. Raúl Cuevas se marca un documental de una transparencia cristalina que prescinde de las cabezas parlantes (sólo presentes de forma lateral en los video-diarios de Louise Samson y Johnson) y se empeña en que lo que ocurra delante de la cámara sea lo que explique la historia, sin necesidad de aditivos adulterados que adocenen al espectador. Con una extensión óptima que supera por poco la hora, Cuevas no fuerza para nada la fascinación natural que suscita Anímic, una banda formada por seis miembros que viven juntos en una casa al pie de la montaña de Montserrat, configurando así el mapa de un lugar mágico en el que la vida personal y la musical de todos se entrelaza con una armonía y una belleza inusuales. El aterrizaje de Will Johnson en esta comunidad de estructura férrea pero flexible empieza como un “Lost In Translation” a la catalana y acaba por desvelar de forma natural los entresijos de dos procesos creativos diferentes que, poco a poco, se acompasan a un mismo ritmo. Dos vidas que acaban por funcionar impelidas por el mismo ritmo de latido. RdT

“High On Hope”, de Piers Sanderson (2009)No se puede ser más oportuno: parte de la rendición infecciosa que contagia “High On Hope” se debe a los visibles ecos entre la situación socio-económica que retrata y nuestro día a día. Es inevitable pensar en la recesión actual como un pálido reflejo de la maratón de ravessemanales que se marcaron en 1991 en Blackburn, en el norte de Inglaterra, como reacción ante la crisis que devastó la geografía (humana) británica. Los implicados en aquellas celebraciones deliciosa y falsamente caóticas creían tener en sus manos la llave (inglesa) para cambiar un mundo en el que la fiesta se encontraba secuestrada por el poder imperante. Ellos, sin embargo, querían cerdismo, jetlag psicotrópico, musicón electrificado y poder entrar en el lugar sin que un gorila les mirase mal por llevar un septum encadenado al pezón. Si para ello tenían que asaltar los ahora abandonados almacenes de la otrora floreciente economía industrial y serpentear para esquivar a las fuerzas del orden público, lo harían. Y si, cuando todo se fuese a la mierda, se veían obligados a que la multitudinaria serpiente ravera se alzase y enseñara el veneno de sus colmillos en posición de ataque, también lo harían. Como bien sabe subrayar Piers Sanderson, quien dirige el film con brío y claridad expeditiva, lo importante era el cambio, no las drogas y el despiporre. Por eso el gurú de estas warehouses raves no dudó en espetar en la televisión que él no necesitaba ayudas químicas porque ya estaba “colocado de fe”. Triste comparación con la actualidad. RdT

“LENNONYC”, de Michael Epstein (2010)Como tiene que ser, The Beatles son el grupo más nombrado en los documentales de Beefeater In-Edit. Aparecen por todas partes y en casi todas las cintas proyectadas se les nombra al menos una vez. Buenísimas noticias, pues, para los fanáticos de Lennon como un servidor. El nuevo documental sobre su persona que vino a sustituir a última hora al esperado “I’m Still Here” de Joaquin Phoenix, se antojaba de visión obligada y no defraudó. Mucho menos obsesa y más incisiva que “The U.S. Vs John Lennon” (2006), la cinta de Michael Epstein se erige, por ahora, como la definitiva sobre la etapa post-Beatle de Lennon. Su proyección coincidía con la remasterización de toda la discografía del artista en el cofre “Signature”, y qué mejor manera que celebrar así el arte inmarchitable del de Liverpool. Retrato de la etapa neoyorquina que le hizo libre, “LENNONYC” es, sobre todo, la incomparable historia de amor de dos personas que no pudieron dejar de ser una sola desde que se conocieron, y a cuyas llamativas voces uno nunca se cansa de oír pedir un mundo mejor. El contexto es de sobra conocido (yippies, administración Nixon, Phil Spector, nacimiento de Sean), pero el corazón del documental se viste con espectaculares fotografías del álbum privado de Yoko (se nota), audios alucinantes registrados en estudio y emotivas grabaciones en Súper 8 que muestran a un Lennon tiernísimo amasando pan junto a su bebé. Michael Epstein lo retrata lidiando con los problemas derivados de la lucha consigo mismo, y se encarga de exaltar en todo momento su expresividad y su vivacidad mental. Cuando el trágico final se materializó con un fundido a negro y la sirena de una ambulancia sonando en la sala, fue inevitable que no se me encogiera el corazón. CR

“Lil Wayne. The Carter”, de Adam Bhala (2009) “The Carter” se estrenaba en Beefeater In-Edit la misma semana que Lil Wayne salía de la cárcel. En él se retrata al rapero de Nueva Orleans desde la retaguardia, de refilón, casi con miedo. Imposible acercarse más de lo que Adam Bhala consigue a una estrella estrellada contra sí misma. La figura de Wayne, en verdad, da bastante pena. Consintió ser filmado en su más clandestina privacidad pero sin conceder entrevistas a cámara. Durante el metraje lo vemos grabando sin parar, eternamente encerrado en habitaciones de hotel o en su camión-pecera, siempre con su cohorte de súbditos riéndole las gracias o guardando silencio cuando Wayne relata, descojonándose, las desgracias. Su existencia flota en el fondo de un vaso de esa adictiva codeína antitusiva y él se asemeja a un esperpento relleno de gomaespuma por dentro. Bhala lo filma con muchísimo respeto, al tiempo como alguien patético e indestructible (la película se filmó en un momento de éxito inigualable que documenta las semanas anteriores y posteriores al arrollador “Tha Carter III”, así como las sesiones del horrendo “Rebirth” que, más que un renacimiento, sería algo así como su enterramiento artístico). Todo tiene dos caras, la del padre siempre ausente (escalofriante el momento en que se entrevista a su hija) y la del poeta radical; y Bhala hace bascular a su cámara entre ambas con destreza de trilero. En resumen, una demoledora pieza de cinema verité cuya textura granulosa no hace más que acentuar la sensación de desamparo que transmite este hombre medio podrido. CR

“Soul Train. The Hippest Trip in America”, de J. Kevin Swain y Amy Goldberg (2009)En un festival de cine documental musical con superávit de soul y black power, es de agradecer una aproximación novedosa. Este año podía parecer que los laureles en este campo serían recolectados por The Last Poets. Made In Amerikkka (Claude Santiago, 2008), aunque al final ha sido “Soul Train. The Hippest Trip In America” el que ha impuesto su particular pandemia rítmica sobre un público al que le resultaba difícil mantenerse quieto. Pero los logros de la cinta de J. Kevin Swain y Amy Goldberg no se quedan en el arrebato musical y visual (con una deslumbrante colección de modelazos de refinación niggah seventies), sino que por debajo de la historia del programa Soul Train corren silenciosamente las aguas removidas por uno de los primeros hombres de color en colar su nombre en los créditos de un programa televisivo: un magnético Don Cornelius que consigue articular a su alrededor una expansiva red de negritud recalcitrante que se extenderá gracias a las ansias de la black people de verse reflejada en la pantalla del televisor pero que no tardará en hacer que la white thrash se rinda ante la autenticidad vibrante de la propuesta. Para muchos, “Soul Train” es sólo el programa de baile y actuaciones en el que David Bowie se olvidó de la la letra de “ Fame” y en el que Michael Jackson sobresalió por encima de los Jackson 5para aprender el baile del robot y el moonwalk. Pero ahí radica la magia de “Soul Train. The Hippest Trip In America”: en hacer suyo el refrán que dice que “la letra, con baile entra”. RdT

“When You’re Strange. A Film about The Doors”, de Tom DiCillio (2008)De The Doors teníamos aquel biopic un tanto ridículo que hizo Oliver Stone en 1991. Ahora contamos con algo más: “When You’re Strange”, la visión del grupo a través de los ojos del único director de cine de la galaxia indie que estrenaba documental en este Beefeater In-Edit. Tirando de extractos de “An American Pastoral” (la cinta que co-dirigió Jim Morrison en 1969 junto a Paul Ferrara) y de material videográfico de gran calidad inédito hasta ahora, Tom DiCillio ensambla un documental clásico de factura exquisita y montaje contenido. Uno de los grandes aciertos de la cinta es la elección de Johnny Deep como lacónico narrador, quien permite a DiCillio mantenerse en un discreto plano. Con su voz sedante y lacónica, Deep nos narra cronológicamente y al milímetro la historia de una banda que “para consumirse tuvo que arder primero”. Destaca la concisión del análisis de un grupo tan grasiento y escurridizo, aún hoy difícil de entender del todo y que sigue fascinando por la velocidad a la que ejecutó su viaje y por lo fugaz de su recorrido. Además, DiCillio se esfuerza por hacer justicia a Ray Manzarek señalando sus créditos, aunque resulte inevitable capear el protagonismo absoluto de Morrison. Las dos caras del “rey lagarto” se perfilan subliminalmente, alternando la genial y la patética, la del Morrison de cara al público que daba espectáculos ridículos a conciencia y la del Morrison poeta y desconectado. Hay una brecha preciosa ahí y en esta película sangra a borbotones. ¿La gran lección de la película? Pues que hace tiempo que ninguna rock’n’roll star resulta igual de subversiva. CR

Who Is Harry Nilsson (And Why Is Everybody Talkin’ About Him?)”, de John Scheinfeld (2010) “Who Is Harry Nilsson” es el claro ejemplo de que no es necesaria una factura deslumbrante con animaciones chanantes ni motion graphics arties para que un documental brille. De hecho, el encadenado de fotos de la cinta de John Scheinfeld por momentos parece facturado con un programa freeware chusco. Esto, sin embargo, no atenúa para nada el alto voltaje emocional con el que va cargado este biopic que tiene sus mejores armas en su depuradísima claridad de líneas expositivas y en una acertadísima selección de declaraciones que huye de la habitual tendencia a saturar los documentales con parlamentos innecesarios de testigos irrelevantes. Nada de eso hay en esta carrera a contrarreloj contra la “nada” de la muerte abrazando el “todo” autodestructivo de la fiesta, el desfase, el alcohol y las noches en blanco que, con los años, acabará transformándose en un “todo” más reparador (pero tardío) como fue la relación con su familia. Puede que este no sea uno de esos documentales que te pegan una sonora colleja en la frente gracias a su espectacular puesta en escena, pero está claro que la cinta acaba buscando un hueco entre tus pulmones y tu corazón gracias a la claridad cariñosa con la que Scheinfeld expone la hipnótica figura del autor de “Without You” y cantante de “Everybody’s Talkin”, su relación con Ringo y Lennon, sus sesiones de grabación concebidas como maratones en honor a Thanatos y el equilibrio de la balanza que su mujer e hijos impusieron como tributo a Eros. RdT

“William S. Burroughs. A Man Within”, de Yony Leyser (2010)Lo fácil, como siempre, es quedarse en la superficie: Burroughs fue un yonqui ilustre, un monstruo hierático pero apacible con la capacidad de empatía humana cercenada en pos de un infinito amor gatuno, un marica con su propia concepción de lo que significa ser marica, un padre desastroso, un adicto a las armas de fuego, el asesino accidental (o no) de su mujer en pleno juego de Guillermo Tell con un revólver en lugar de ballesta. Y, claro, es el Espíritu Santo de la Santísima Trinidad Beat con la que levitó por encima de las letras modernas junto a Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Esta visión es el cliché del que huye Yony Leyser en “William S. Burroughs. A Man Within”, un documental de factura impecable que no duda ni un segundo en lanzarse a la aventura y a la exploración de los pliegues entre las arrugas del escritor. Lo que la cámara encuentra allá es mucha oscuridad, claro, pero la principal virtud de Leyser es que sabe prender las mechas adecuadas para que una pálida luz de vela ilumine ciertas regiones inexploradas de Burroughs, especialmente los páramos emocionales. De esto, por ejemplo, hay mucho en la relación entre el autor y Gingsberg, perfectamente ejemplificada en una desarmante conversación en la que Allen le pregunta si echará de menos a alguien o algo cuando muera y William responde que sólo le preocupa qué pasará con sus gatos, lanzando a su compañero una furtiva mirada de reojo. Evidenciando, como muestra el documental, que Burroughs siempre pensó mucho más de lo que se permitía verbalizar. RdT

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