Reportajes

Beefeater In-Edit 2012: de política, mitos y fans

El festival barcelonés de cine documental alcanza su décima edición con un incremento de asistencia y una magnífica selección de películas

El Beefeater In-Edit celebra su décimo aniversario en una edición que confirma el fanatismo alrededor del festival y que se desmarca con dos líneas programáticas de latente actualidad.

El sentido común sugiere aferrarse a la idea de que esta edición de Beefeater In-Edit (celebrada en Barcelona entre los días 25 de octubre y 4 de noviembre en Barcelona) será recordada por celebrar los primeros diez años de existencia del evento, claro, pero también por ser aquella en la que el ambiente proto-fanático que muchos habíamos intuido en años pasados le propinó un elegante sucker punch a la partícula “proto” y se convirtió en “fanático” directamente, sin prefijos que valgan. Tampoco pillaba de nuevas: desde la organización misma ya se habían encargado de ponernos sobre la pista de semejante fenómeno con la creación de un abono para fans y con el establecimiento de la Sección Fan, en la que se recogían algunas cintas ya exhibidas en años anteriores pero que el mismo público había votado para que volvieran a tener presencia en Beefeater In-Edit.

Las decisiones organizativas, sin embargo, nunca han sido suficientes para forzar la creación de algo tan sensible y voluble como el fanatismo. Así que tampoco habrá que apuntar a estas novedades como el motor exclusivo que ha propulsado, finalmente, el buen ambiente generalizado que sobrevolaba al Beefeater In-Edit: durante diez días, el entramado de calles cercanas a Plaça Universitat se convertían en un hervidero de gente que corría de un cine a otro, que roneaba a la salida de cada sesión comentando la jugada y que se encontraba en las colas para competir a ver quién había visto más documentales. Esos son los verdaderos galones que se ganan al fragor de la batalla de este certamen. Podías ser un cadete limpia-letrinas (¿viste sólo dos pelis?) o un general que vuelve a casa sin el brazo izquierdo (rango reservado para aquellos que asistieron a más de 25 sesiones)… Pero el amor era algo comunal y estaba en el aire. Everywhere you look around.

Otro de los motivos para confiar en la sintonía entre público (fanático) y organización (más fanática todavía) es el hecho de que el premio del jurado y el premio del público al mejor film internacional de la Sección Oficial hayan recaído finalmente sobre el mismo film: “Searching for Sugar Man”. El palmarés se completa con la distinción de “A Film About Kids and Music. Sant Andreu Jazz Band” como mejor cinta de la Sección Oficial Nacional. Nunca son pocos premios cuando la dicha es tan buena.

Sin embargo, y aunque lo anteriormente comentado es lo que más brilla en la superficie, también hay que señalar que la edición de este año de Beefeater In-Edit también debería pasar a la historia por algo más que los 31.000 espectadores y por el rollito fan. Es inevitable sentir que, aunque ya parecía latir en el corazón de otros años, en esta ocasión el comité artístico ha presentado dos clarísimas e interesantes líneas programáticas que se suben la apuesta de lo habitual. Claro que la funcionalidad didáctica inevitable en todo documental ha vuelto a estar presente con ilustres invitados como el muy entrañable “Grandma Lo-Fi: The Basement Tapes of Sigrídur Níelsdóttir" (dirigida por Kristin Björk Kristjánsdóttir, Orri Jónsson e Ingibjörg Birgisdóttir); la voluntad de fijar un evento en el imaginario colectivo, por su parte, también ha hecho acto de presencia en films tan esperados como “The Rolling Stones. Charlie is my Darling – Ireland 1965” (realizada por Peter Whitehead a partir de las imágenes grabadas originalmente por Mick Gochanour); el siempre peligroso rollito artie volvió a asomar la patita por debajo de la puerta con casos como “Je Suis Venu Vous Dire… Gainsbourg par Ginzburg” (Pierre-Henry Salfati) u “Ornette: Made in America” (Shirley Clarke); e incluso las propuestas más vocacionalmente promocionales tenían donde rascar, como el fragmento de Amy Winehouse en “The Zen of Bennett” (Unjoo Moon)… Pero si han brillado dos líneas de exploración básicas en Beefeater In-Edit 2012 han sido por un lado la música como espoleta del cambio social y, por el otro, la construcción de nuevos mitos en una época falta de los mismos.

Música y cambio

Puede que nos parezca que estamos viviendo un momento único en la historia, con las hordas de indignados calentitos como un polvorín entre las piernas de una actriz porno, con la crisis económica como arenas movedizas de una peli nihilista en la que todo va a acabar mal y con el sistema socio-político democrático y capitalista llegando a un callejón sin salida momentos antes de que los ya mencionados indignados le metan una paliza del copón… Pero todavía nos falta una banda sonora que dé voz (y ritmo) a esta época. Así que no vendría mal tomar ejemplo de muchos de los documentales que durante este Beefeater In-Edit 2012 han demostrado que también han existido otros momentos de revolución social y que han señalado el importante papel de la música en este tipo de procesos.

“Uprising: Hip Hop and the LA Riots” vs “Gozaran. Time Passing”. “Uprising: Hip Hop and the LA Riots”, el impactante documental de Mark Ford, expone a sangre fría lo ocurrido en los disturbios iniciados justo en el momento en el que se declaró la inocencia de todo un grupo de policías a los que se les había grabado golpeando injustificadamente a un afroamericano durante más de cinco minutos. La comunidad negra de LA ya llevaba años en un estado de tensión continua ante un sistema policial racista y opresor, así que este acto de injusticia final fue la chispa que encendió una de las revueltas más virulentas que se recuerdan en la historia reciente. Puede que a Ford se le vaya un poco la mano con el efectismo folletinesco en su diseño de sonido, pero lo que es innegable es que expone a la perfección aquella revuelta y, sobre todo, su correspondencia musical con un hip hop que no sólo preconizó lo ocurrido (con el icónico “ Fuck The Police” de N.W.A.), sino que fue su mejor cronista. Pero la violencia no es (o no debería ser) la única salida, y eso es precisamente lo que propone “ Gozaran. Time Passing”. La cinta de Frank Scheffer retrata la sosegada odisea de Nader Mashayekhi, director de orquesta que regresa a su Teherán natal para hacer realidad su sueño: montar una orquesta de música clásica occidental en Irán. Este poético documental es un canto de amor al arte como motor de cambio: la narración de cómo ciertos compositores occidentales podrían ayudar al pueblo iraní a abrir su mente a nuevos mundos obliga a reflexionar sobre conceptos preestablecidos… Y aunque, finalmente, la cinta deje el regusto agridulce de la derrota en la boca, es inevitable sentir una poderosa esperanza ante el poder redentor de la música.

“Searching for Sugar Man” vs “Under African Skies”. Cierto es que estas dos películas tratan de forma más o menos tangencial la situación política y social de Sudáfrica… “Searching for Sugar Man” aplica una impecable estructura de thriller a la historia del misterioso Rodríguez, pero uno de los puntos donde brilla especialmente el film de Malik Bendjelloul es en el contraste entre el anonimato de este cantautor en el mundo entero y su éxito sin precedentes en Sudáfrica, país en el que sus canciones y sus letras se convirtieron en un símbolo de la libertad reprimida por un gobierno conservador e incluso castrador. Por su parte, y más allá de ser un retrato del proceso de creación del histórico “Graceland” (Warner, 1986) de Paul Simon, “Under African Skies” (de Joe Berlinger) acaba siendo también un inspirador poner los huevos sobre la mesa en el que el arte, la música, acaba demostrando que no ha de verse encorsetado por parámetros políticos a la hora de reivindicar un cambio social como el que reclamaba este cantautor con toda la polémica que desató aquel álbum y que terminó por ser arma blanca contra el apartheid. Dos muestras perfectas de que la música sirve tanto para identificar la voluntad de cambio de una sociedad como para luchar a su favor.

“Turning” vs “Glastopia”. No todo iba a ser política y sociedad, mal rollo y chorreo de mamporrazos. La palanca para forzar el cambio ya vista en otras películas del certamen no se limitó a lo dicho, sino que abrió ese concepto de “cambio” como un abanico en el que también cabían otros matices y colores. Algunos verán “Turning”, la bellísima película de Charles Atlas y Antony, como la ultimísima oda a la belleza transexuala que tanto ha fascinado siempre al de los Johnsons. Pero quedarse con esa idea es obviar el hecho de que esto es un documento sobre cómo un conjunto de almas atrapadas en el cuerpo equivocado encuentran en el arte la forma de hacer las paces con ellas mismas. También de cómo ese proceso es capaz de cambiar la mirada de todo aquel que quiera mirar… Una oda a la libertad de espíritu que se sintoniza a la perfección con “Glastopia”, el retrato que Julian Temple realiza de una parte del recinto de Glastonbury en el que no tienen cabida los sponsors o los grandes grupos: en este reducto de antiguos hippies y punkies, de trashumantes sin patria, tiene lugar una de esas fiestas que demuestran a sus asistentes que otros mundos son posibles. Y, sobre todo, que esos otros mundos son mucho mejores que la mierda de cajón de dos metros en los que cada vez vivimos más à la Matrix.

Mitos post-modernos

Ojo, que aquí no hay que confundir la hagiografía pura y dura (es decir: esos documentales en los que se nota la voluntad de canonizar a ciertos ídolos e ídolas musicales) con el análisis metodológico del proceso a través del cual se construyen los mitos post-modernos. Hagiografias, evidentemente, siempre existirán en Beefeater In-Edit (el caso de “The Zen of Bennett” clamaba un poco al cielo); pero lo cierto es que esta edición de 2012 se ha visto marcada por un acercamiento a la figura del mito mucho más profunda, con muchos más matices de lo habitual. No ha habido una intención de retratar al mito, sino más bien de deconstruirlo. Y es que, desde la inyección de esperanza (revelada como vacuna inocua) del caso Obama, bien parece que nuestra sociedad busca mitos con más pliegues que los que se forman sobre el papel amarillo…

“Let’s Get Lost” vs “Shut Up and Play The Hits”. No parece gratuita la recuperación del clasicazo “Let’s Get Lost” en la programación del Beefeater In-Edit de este año: el documental de Bruce Weber sobre Chet Baker es el incontestable canon ante el que debería compararse cualquier acercamiento a toda figura musical mitológica. Y es que, más allá de su hipnótica apariencia (tan deudora del imaginario de Weber), “Let’s Get Lost” destaca porque sabe que para retratar bien a un artista no sólo hay que poner el foco sobre su persona, sino que también hay que rebuscar en las sombras que proyecta. Algo que, por su parte, no consigue “Shut Up and Play The Hits”, la crónica del último concierto de LCD Soundsystem dirigida por Will Lovelace y Dylan Southern. El hecho de que el mismo James Murphy ejerza de productor ya debería levantar la sospecha ante el hecho de que este es el último paso en la construcción de ese personaje mitológico que el mismo artista ha intentado crear desde los albores de DFA. Y aunque es apasionante (y perturbadoramente bello) observar el concierto en paralelo a esas conversaciones en las que Murphy diserta sobre la creación de su personaje, también es cierto que aquí no hay sombra alguna: ni la asunción del cese de LCD Soundsystem como el mayor error en su carrera aleja la espectral sensación de que la voluntad última de James es mostrar bien de cerca ese punto final imprescindible en todo proceso de mitificación… La caída. Una caída, eso sí, sobre el colchón salvavidas que supone la certeza de estar en lo más alto.

“Lawrence of Belgravia” vs “Art Will Save The World. A Film About Luke Haines”. Hay algo que une magnéticamente las carreras de Lawrence (líder de Felt y de Go-Kart Mozart) y de Luke Haines (frontmant de The Auteurs, artífice de Black Box Recorder y con una amplia carrera en solitario): la derrota. Ninguno de los dos alcanzaron el éxito que o ellos o la industria musical les presupuso en el inicio de sus carreras. Pero eso no quita que ambos sean personajes con una consciencia superlativa de su propia figura y vivan con el anhelo del mito en el horizonte… Mientras que en “Lawrence of Belgravia” Paul Kelly juega a la desnudez absoluta (provocando la inmediata ternura en el espectador), Niall McCann opta más bien por un escapismo formal y una pretensión artie muy en la onda con el objeto de estudio de “Art Will Save The World. A Film About Luke Haines”. Los dos documentales, sin embargo, son imprescindibles muestras de dos artistas que demuestran que conocer los resortes del proceso de mitificación no significa que puedas acceder a ella con facilidad. Ya se sabe: la fama cuesta.

“Lang Lang. The Art of Being a Virtuoso” vs “I’m Not a Rock Star”. Ambos pianistas tienen un mismo objetivo: llevar la música clásica hasta los oídos de una audiencia no habituada a ella. Pero la metodología a la que se aferran es espantosamente diferente. Por una parte, Lang Lang queda retratado (involuntariamente) por la cámara de Thomas Grube como un artista megalómano que confunde su mayor logro (aplicar la mercadotecnia de la industria del pop a su propia carrera) con el que él quiere que sea su mayor logro (ser el titán falsamente humilde que lleva hasta los humanos el canto de los Dioses). En la esquina contraria, Marika Bournaki, la protagonista de “I’m Not a Rock Star” (dirigida por Bobbi Jo Hart), prescinde de los grandes gestos e incluso de los caminos trillados de toda carrera en la música clásica para buscar nuevos horizontes expresivos a la vez que hace llegar su piano a nuevas generaciones que aprenden a convivir con el piano de forma natural y creativa. Cuál de los dos accederá a la mitología, el que la busca desesperadamente o la que huye de ella, todavía está por ver.

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