Reportajes

Beach House: 80 minutos de hiperemotividad y pelazos al viento

Así fue la primera parada de la banda en la barcelonesa sala Apolo. Hoy repiten en la Ciudad Condal y mañana estarán en Madrid

Apabullante directo de Beach House en el estreno de su mini-gira por España, que hoy sigue con un nuevo concierto en Barcelona y mañana culmina en Madrid. Estuvimos ahí, se nos pusieron los pelos como escarpias y aquí te lo explicamos.

Tras su paso por dos festivales (aquel Fly Me To The Moon que se celebró a finales de julio del 2011 en el barcelonés Poble Espanyol y la última edición de Primavera Sound), ya iba siendo hora de que los de Baltimore volvieran a cautivarnos en las distancias cortas. Porque no nos engañemos, aunque en un festival puedan acercarse a un mayor público, su propuesta musical pide a gritos ser degustada en un espacio como la sala Apolo, donde la acústica suena atronadora y los matices no se pierden en medio de la nada entre un público más pendiente de acabarse la litrona de turno que de atender a lo que sucede sobre el escenario.

Centrando el setlist en sus dos últimas obras magnas, “Teen Dream” y “Bloom” (únicamente hubo reivindicaciones de sus inicios cuando sonaron “Gila” y la difícil de escuchar en vivo “Apple Orchard”), el trío entiende perfectamente que ya son una de esas bandas generacionales que han marcado el rumbo del dream pop más ensoñador de nuevo cuño y que el público reclama ese arsenal de himnos que han facturado durante los últimos tres años. Poco que echarles en cara en cuanto a la selección, aunque si nos ponemos más quisquillosos de la cuenta podría apuntarse que se echó en falta “Walk In The Park” o “Troublemaker” para rematar un setlist exquisito y sobrado de hiperemotividad. Cerrar los ojos de vez en cuando era más que obligado para entrar en comunión total con lo que allí estaba ocurriendo.

"Una noche con numerosos momentos de pelos como escarpias donde los himnos se sucedían sin descanso atravesando corazones de punta a punta de la sala"

Colocada en medio del foco, aunque detrás de sus compañeros como manda la costumbre, Victoria Legrand cumplió con creces con su papel de hechicera de voz angelical y algo cazallera. Poco dada a la interacción con el público (un escueto “esta canción es para los enamorados. Ya podéis mover la cabeza”, antes de arrancarse con la siempre desgarradora “Silver Soul”), ella es quien realmente tiene todo el control de la situación. Esa gesticulación de manos con ramalazos de folclórica, su papel de soberbia líder y, sobre todo, esa mata de pelo con vida propia con la que juega a su antojo cuando le apetece, tienen un poder de atracción visual difícil de explicar. Porque eso es así: más allá de su voz (impecable en esta ocasión, suponemos que el técnico de sonido contribuyó a que en ningún momento se ahogara entre la instrumentación), el pelazo de Victoria es igual o más protagonista que la música en piezas como “The Hours” o la celebradísima “Zebra”.

Esas miradas cómplices que Victoria y Alex Scally se lanzan constantemente (el guitarrista sólo le quita el ojo a su guitarra para mirarle a ella) dieron de qué hablar cuando la sentida interpretación de “Irene” puso punto y final a la velada. Pero aparcando este dato de malsano gossip, lo que prima es que fue una noche con numerosos momentos de pelos como escarpias donde los himnos se sucedían sin descanso atravesando corazones de punta a punta de la sala. No defraudaron, más bien todo lo contrario. Pocas bandas en la actualidad pueden presumir de tener un directo que apela directamente a las entrañas.

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