Reportajes

Ayahuasca: así fue mi primera vez

"Estoy en una turbina acelerada y elevada del suelo. Esto es como tomar MDMA bajo el edredón"
Fotografías de Guillem Sartorio
1.

“Lloret de Mar es lo peor”, dice Guillem, el fotógrafo, mientras bordea una rotonda y nos adentramos en la soleada localidad gerundense. Hoy es sábado y probablemente el verdadero último día del verano: todo brilla demasiado y el calor es excesivo. “Es como pretender tener una experiencia mística en Magaluf”, dice.

Es verdad que da un poco de risa. Nos dirigimos hacia una casa desconocida en lo alto de la montaña, en una de esas urbanizaciones antiguas y desordenadas de la costa catalana. Allí me someteré, por primera vez, a un retiro de ayahuasca. Después de entrevistarle la semana pasada, Alberto Varela me invitó a una de las sesiones de Ayahuasca Internacional.

Llamamos al timbre de un chalé blanco. En su jardín, más bien salvaje, hay grandes zanjas excavadas en la tierra. Aparece un hombre en pijama, tiene unos ojos azules bondadosos y pelo cano. Es Jaume, el propietario, y aún tiene legañas. Dana, su caniche blanco, celebra nuestra presencia con un aleteo de orejas.

Accedemos a un garaje violáceo decorado con pósters de dioses hindúes y una figura de unas manos sosteniendo una paloma.

—Creo que llegamos demasiado pronto —le digo a Jaume.

—La mayoría de la gente hizo sesión anoche y repetirán hoy. Pasad, ahora están arriba comentando.

Litografías egipcias, estrellas de David, móviles de viento y arlequines cuelgan a lo largo de una escalera pintada de colores. La sala principal es de estilo ibicenco, con esos muebles de yeso que surgen de las paredes. Al fondo, en la terraza, hay un grupo de gente charlando bajo el sol: una chica dice algo sobre su aura y sus canales a Óscar, el facilitador o chamán, cuya imagen veo reflejada en un cristal.

Es él. Lo sé porque lleva la cabeza rapada y viste totalmente de blanco, escucha con los párpados extendidos, con unas grandes pestañas apuntando hacia la mesa y una media sonrisa de sabio poderoso. Con extrema delicadeza, Jaume se disculpa por la interrupción e informa de que hemos llegado: “Ahora no, que esperen”. Óscar hace un gesto de sultán con la mano.

Por delante quedan dos horas de terapia de grupo y no estamos invitados. Cohibidos, tomamos asiento junto a la mesa del salón. Jaume trae vasos de agua y nos da un poco de charla, pero pronto ha de ponerse a preparar la comida.

Observamos las fotografías de él y su mujer, Conxita, que trabaja en el mercado municipal y llegará más tarde. Oímos a Óscar: “Ustedes saben, hoy habrá unos periodistas”. Guillem y yo nos miramos: no queremos esperar allí. “Esto da un poco de grima, vámonos a la playa”, propone él.

En el paseo marítimo nos liberamos, reímos: mira los menús del día, mira los rusos con peinados de Sagat, mira esa mujer obesa tumbada en el banco, mira esos operarios limpiando los restos de un balconing.

Empezamos el camí de ronda hacia el castillo para burlarnos de los turistas que sacan fotos para descansar de la caminata. Hasta que avistamos el agua cristalina chocando contra las rocas y pinos que perfuman la costa. Ahora resultará que Lloret es una maravilla.

2.

Llegamos a la casa empapados en sudor. Yo llevo una cagada de gaviota en el hombro. Pactamos que hay que salir de aquí lo más pronto posible.

La reunión ha terminado y la gente lía cigarrillos en la terraza. La mayoría son jóvenes en pijama o chándal, excepto Guy, un belga de pelo largo y cano que toca un tambor indio. Nos saludan pero desvían la mirada, como si estuviéramos apestados.

Óscar me llama a un rincón para comentar las condiciones del reportaje: especifica qué podemos mostrar y qué no, independientemente de a lo que la gente y los dueños de la casa accedan. Como periodista a menudo se me presupone insensible y morbosa, así que llegamos a un acuerdo un poquito hostil: “Si hay algo de mi experiencia que no encaja con lo que la mayoría de la gente siente, lo contaré”, le digo.

La mirada de Óscar, que es psicólogo, es indescifrable: no sé si es muy reflexivo, irónico o simplemente desconfiado. Da la impresión de que si no sintonizo con su verdad desde el principio, si no me comprometo a algo que no sé qué es, no podré entender la ayahuasca.

De pronto aparece Conxita, una mujer oronda y cariñosa, y nos manda a todos sentarnos alrededor de una mesa que hay en otra zona del patio: nos ha preparado una gran fuente de ensaladilla ecológica, seitán, lechugas lavadas, tomates insuperables y vino turbio. “Todo de mi tienda”, dice con orgullo.

Aunque Óscar, que está en el extremo contrario de la mesa, come en silencio y en una actitud contemplativa, el resto de comensales se desmadra y disfruta del banquete. Guy quiere descorchar todas las botellas y ríe con estruendo. Animados, los más jóvenes empiezan a hablar de drogas. Josep es especialista en sintéticos y muestra una bolsita de canabinoide con aspecto de polvo blanco.

­—Pero, ¿esto es cannabis? ¿Y no huele? ¿Puedes fumarlo en la puerta de un bar? —pregunta Mireia.

—Claro.

—¡Puedes echarle el humo a un policía! —todos reímos.

—¿Y por qué es mejor que la yerba? Yo trabajo en la industria química y te aseguro que eso es peor que la yerba que me fumo yo —dice Carlos.

Entonces empiezan a hablar de Silk Road y de la oferta disponible en la Deep Web. A simple vista, no parece que para ellos la ayahuasca sea una medicina sagrada, sino una forma más de experimentar con los distintos estados de conciencia que permiten las drogas. Aunque se insiste siempre en que la ayahuasca no es una droga, sino una medicina.

Les cuento que esta noche probaré la ayahuasca junto a ellos, que es mi primera vez, y me dicen que está asquerosa, que sabe como vómito de cabra o de dragón.  “No, en serio, sabe como a regaliz fuerte con tierra. Yo pensaba que iba a fliparla en plan viaje astral, pero te lleva por donde quiere”, cuenta Rafa, que es fan de Carl Sagan y dos días antes estuvo mirando un documental sobre galaxias en Discovery Max y llegó a trazarse una ruta. “Por cierto, come todo lo que puedas ahora porque no vas a cenar”, advierte Rafa. Conxita nos oye y bromea: “¡Qué desperdicio! ¡Tanta comida rica que luego acaba vomitada por ahí!”. Alzamos los vasos y brindamos por ella.

3.

Guillem y yo nos quedamos otra vez solos, todos se han ido a hacer la siesta. “Ellos no durmieron la noche pasada”, detalla Conxita. Ataviada con una pamela, unas gafas de sol enormes y una copa de vino, parece dispuesta a ofrecernos una nutritiva sobremesa.

A esta mujer la conoce todo el mundo en Lloret como Conxita d’Aloe, porque regentó una floristería durante 21 años. Es voluntaria social, ahora ayuda a personas drogadictas y aloja a una mujer que se ha divorciado y podría tener problemas con su ex.

Hace cinco meses que Conxita y Jaume prestan su casa para rituales de ayahuasca, pero hace mucho más que organizan talleres y cursos en su sótano, desde danza del vientre hasta reiki. “¡Buf! Habré hecho mil cursos. Todo empezó cuando a los veinte me recetaron pastillas para la migraña y me negué a tomarlas”.

Cuando hace poco murieron tres de sus gatos persas, Conxita se deprimió mucho porque el suceso le recordó a una época en la que mucha gente en su familia falleció, incluida su hermana. “Quise encontrar respuestas, probé la ayahuasca y me gustó. Así que les invité a casa. El día después de la toma estaba sentada donde estás tú y Alberto Varela, el facilitador, vino y me dijo que mi hermana no sufría. ¿Cómo podía saberlo?”.

Conxita se reconoce adicta a las experiencias que la ayudan a vivir en paz, a ser feliz: “No os penséis que conocemos esto de las drogas mucho, eh. Con el grupo de mujeres hemos probado el ‘emes’ y me gustó, pero no sé como es en las fiestas. Aparte de eso, nada más. Me dicen que tengo alma de sanadora, tengo amigos de todos lados”.

La mestressa me pregunta qué quiero sanar, y le contesto que sufro de estrés, ansiedad, que tengo bruxismo y a veces siento que me falta el aire. Nada fuera de lo común. Ella me recomienda que en vez de intentar coger aire, lo expulse. “Yo no entiendo a esta gente que tiene miedo de la ayahuasca y luego se van a un after, se meten de todo y no saben ni dónde están. Ya verás que bien te sienta, nena”.

Los demás van despertando. Compartimos cigarros sentados en el suelo y nos preparamos para el inicio de la ceremonia como si fuéramos pacientes de un mismo hospital. Están más introspectivos que antes, no parecen tener ganas de divertirse, o quizá sepan que no van a hacerlo. La ayahuasca no es precisamente lúdica, sino un método de conciencia ampliada.

Creo que me ha dado una insolación. La mañana en la playa me ha tostado el cerebro y ahora tengo dolor de cabeza. Empiezo a temer que mi viaje pueda convertirse en una pesadilla.

Mireia, que ha tomado seis veces ayahuasca, habla de reencarnación: “Al nacer, nada es más seguro que el hecho de que vas a morir. Lo puse el otro día en Facebook”. Hojea un libro sobre chacras: “ Ya verás la que se lía cuando se muera alguien en mi familia y vean que no lloro. Yo lo veo distinto”.

Carla dispone un montón de dibujos en el suelo en forma de rayuela. Dice que está intentando ordenarlos, son visiones que tuvo la noche anterior. En la toma de hoy va a intentar salir de la habitación en la que permaneció cuando era una niña. Josep, que ha estudiado inteligencia artificial, quiere experimentar con sus saberes alquímicos y ha convencido a Óscar para que le deje combinar la ayahuasca con otras sustancias.

Todos parecen tener un motivo, una pregunta. Yo no tengo nada que decirle a la ayahuasca. Temo no estar poniéndome lo suficientemente mística o reflexiva para absorber el DMT. Ni siquiera he hecho dieta esta semana, he comido carne y he bebido cerveza. Se supone que eso dificulta la limpieza.

Guy se levanta del suelo y se retuerce: “¿Quién tiene dolor?”. Levanto la mano. “Es que yo recibo señales del universo. ¿Sabes? El dolor sólo es un bloqueo de la energía”. El belga se ofrece a quitármelo. Se sienta detrás de mí y pone sus manos recias en mi nuca y en las sienes, después empieza a soplar: “Yo curo a otras personas, así que tomo ayahuasca para estar limpio”.

Cuando abro los ojos ha oscurecido y veo los crocks blancos de Óscar. Lleva también una bata blanca. Vamos a empezar.

4.

La única esterilla libre que hay en el sótano es la más cercana a la mesa de Óscar, al punto de luz y una montaña de instrumentos chamánicos y botellas de agua. Esto me pasa por llegar tarde.

Me tumbo junto a Conxita, que me da una bolsa de basura y me dice que deje abierta a mi lado. También me extiende una manta: “Yo es que paso del calor a los sudores fríos en nada”. La sala, que es de color lila y muy pequeña para mi gusto, está equipada con luces ultravioletas y un gran espejo lateral.

Creo que Conxi me ve nerviosa, así que me habla del póster que eligió para la pared que tenemos en frente y que ella llama “Misterio profundo”, en el que un rostro de mujer maquillada flota sobre un lago nocturno. Dana, la perrita, estará presente y ha elegido mis pies para tumbarse.

Todos parecen saber cuál es su sitio. Algunos meditan y hacen respiraciones, preparan sus objetos personales junto a la esterilla. Óscar manda silencio y explica que vamos a empezar masticando un cuarto de puro: todos protestan como si se tratara de un examen sorpresa. “Pero, ¿un puro de fumar?”, pregunto. Sí, sonríe él: “Se trata de masticarlo y cuando salivemos mucho darle vueltas con la lengua. Durará unos minutos. Luego escupís en las bolsas. Quien quiera podría ir a enjuagarse”.

La madre que me parió. En mi cabeza suenan los exabruptos mientras mastico un asqueroso trozo de cigarro de mala calidad. Óscar ni siquiera nos ha explicado su significado. En seguida se forma una cola en el baño: a Carlos se han quedado incrustados trozos de puro entre los brackets; mi dolor de cabeza persiste.

Óscar trae una bandeja con vasitos de plástico y una especie de nocilla solidificada en el fondo. Cada uno tiene un nombre escrito a rotulador; cada vaso es una dosis personalizada: “Empezamos por las dosis plus: Guy”. Hay ajetreo por el puro y el facilitador alza la voz: “¡Estamos en una toma de ayahuasca, esto no es un after!”. Algunos sonríen traviesos.

Soy la última. Óscar me entrega, usando las dos manos, mi ayahuasca. Ha vertido agua y debo remover. Bebo. Sabe como dijeron, a regaliz con tierra. No está tan mala. Todos dicen que la de ayer estaba más mala. Lo peor son los grumos. Qué asco.

Hay que estar sentado para que baje. A partir de ahora no puedo abrir los ojos. Hay gente que se ha traído un antifaz. Suena una música ambiental de pájaros. Luego suenan flautas y rumor de olas. Imagino a mi padre musculoso y con barba blanca, convertido en un Neptuno poderoso, sonriente y protector.

Oigo los primeros vómitos, pero no me dan ganas a mí. Ya es casualidad que en lo primero en lo que he pensado haya sido mi padre: una postal Disney para nuestra tormentosa relación. ¿Ha sido la ayahuasca? ¿He sido yo? 

Abro un ojo y veo a Óscar buscando temas en el Ipod. Su mezcla es corrosiva: Santana, Pavarotti, Ketama, la banda sonora de "Gladiator". Si pone "Titanic", me voy fuera y me provoco el vómito. La gente parece experimentar efectos y yo sigo igual. Me tumbo y pienso que la ayahuasca es pura sugestión, que la gente quiere volar y por eso vuela, que intentan dotarlo todo, compulsivamente, de significado.

Creo que pasan dos horas. He sentido un movimiento en el estómago, sin consecuencias. Soy como Dana: no entiendo nada. De pronto suena una voz femenina: “Buda y Jesucristo desaparecieron, pero su energía permanece/ La meditación es la flor, la compasión es la fragancia / Cuanto más conocimiento acumulas, menos consciente eres”. Filosofía barata, quiero que se calle. Me revuelvo en la esterilla, me enfado. Sólo quiero un paracetamol.

5.

Oigo indios que cantan, hojas agitándose, pisadas en la selva. Óscar empieza a tocar un tambor; lo hace bien. Guy grita y baila en el centro de la sala, oigo sonidos guturales y eructos. La percusión de los nativos americanos despierta mi sangre.

TUM-tumtumtum

TUM-tumtumtum

“Este es tu refuerzo”. Óscar me extiende una segunda toma. Al poco noto un gran movimiento intestinal, calor, me quito el jersey, el dolor de cabeza se derrama hasta mi nariz, y de ahí pasa a los dientes. Siempre los dientes.

La vibración de la sala aumenta, todo es un remolino. ¡Retortijón! Corro hacia el baño, defeco y vomito a la vez. Vuelvo a la esterilla y me tapo la cabeza con el jersey. Entonces veo un mercadillo de dientes, donde puedo elegir las mejores piezas y cambiarlas por las que tengo rotas.

Estoy en una turbina acelerada y elevada del suelo. Gustera. Esto es como tomar MDMA bajo el edredón. Sólo me doy cuenta de donde estaba cuando caigo un momento, para luego volverme a ir.

Cuatro abuelas japonesas cantan una canción átona, desafinada, con voces afiladas que salen de sus bocas como espadas. Me cortan en rombos de carne con ellas.

Guy grita: “Espíritu de la ayahuasca; ven a mí”. Otro dice: “¡Voy!”.

Ya no hay demás, sólo estoy yo y ese olor a alcohol de romero, esa palpitación en mi vientre. Mi abuela no me mira porque está muerta, cocino en un bol de algas con ojos, un rascacielos surge de una taza de café y un dinosaurio me devuelve el abrazo.

Reviento un grano que contiene una pasta de colores, es una pasta de ideas. Abro un ojo: las chicas están quietas y hablan al oráculo, los chicos bailan en el abismo de un volcán.

Voy al baño, cago dos veces más, me mareo. Me pongo de pie y me miro en el espejo, me toco los pechos. Pienso que en realidad todos los gordos del mundo son bebés. Intento arrancarme los dientes. Vuelvo a la esterilla y me hago un ovillo.

Soy una crisálida, soy el principio. No me muevo y todo está oscuro, pero alguien me mira y vela por mí.

6.

Al parecer, todo terminó alrededor de las 3 de la madrugada. Me siento muy cómoda en mi cuerpo, muy a gusto. Desayunamos pero estalla una tormenta y lo trasladamos todo rápidamente adentro. Ahora yo también estoy en la reunión seria de tres horas. En la terapia post-ayahuasca.

En la selva, los chamanes no hablan y cada uno se las apaña con lo mucho o poco que le ocurre. El método de Ayahuasca Internacional es hablarlo. Óscar advierte: “Nada de anécdotas ni de visitas al lavabo, contad lo que os pasó o no os pasó y queríais que sucediera. No venimos a flipar, sino a tomar conciencia de nuestras reacciones ante lo que provoca o no la medicina. La gente dice: no tuve visiones, sólo vi a mi familia. ¿Perdón? No somos más conscientes si vemos Ganímedes”.

Por turnos, descubro quiénes son mis compañeros. Clara tiene un padre maltratador que sólo la protege fuera de casa, que la cogió de la camiseta cuando intentó tirarse. No ha conseguido abrir la puerta de su cuarto para ver qué había. No ha conseguido superar su miedo.

Rafa no ha visto las galaxias que quería visitar, pero está pletórico y ha confirmado sus sospechas. Su vida no era como ha sido hasta ahora y mañana le dirá a su jefe que lo deja.

Otros disfrutaron de su cuerpo cuando hacía tiempo que no podían. Josep ha tenido un viaje brutal con sus cóctel, pero Óscar advierte: “La mente no está en la cabeza, está en todas y cada una de las células del cuerpo”.

Guy no tuvo ninguna revelación, lo interpreta como que ya está limpio. Es su tercera vez en poco tiempo. Mireia escribió tres preguntas y por fin ha conseguido contestarlas. Escribió tres folios bajo las estrellas.

¿Y yo? Lo de los dientes está, según Óscar, muy claro. Tengo el quinto chacra hecho polvo, el que hay entre las clavículas. Y eso es porque tengo mucha rabia y no digo lo que pienso. Los dientes y las uñas revelan rabia reprimida.

—Tendrías que haberte enfadado durante la toma —me dice.

—Lo hice, odié ese esa voz femenina.

—¿Por qué?

—Por decirlo finamente, sus palabras no me interesaban. No quería oírla.

—Son textos de Osho, sabio entre los sabios.

—Ah.

—Debes pensar si tu actitud te ayudó a avanzar o te bloqueó. Tu cara es de buena, funcionas día a día como un reloj, pero eres una killer. Y no quieres dulcificarte porque esa rabia es la que te hace funcionar, estás enchufada a esa energía y te da miedo desconectarla.

El resto me lo reservo, pero Óscar no erró.

Subimos al coche y abandonamos un Lloret de Mar gris y tormentoso. Yo sonrío, y Guillem me pide que le diga la verdad ahora que no nos oye nadie.

No se trataba de entrar en un mundo místico, en la cultura indígena, ni siquiera de creer en los chacras. La ayahuasca me ha obligado a estar conmigo un rato, aunque me jodiera.

No he descubierto nada que no supiera. Es como los polvos del CSI: revela manchas de sangre en la pared que los demás no ven pero que existen. Con ellos se pueden medir las dimensiones de cada mancha, la dirección en la que salpicaron.

Te parecerá loco, pero es tranquilizante confirmar mi rabia. Da paz dejar de fingir por un rato. Es un descanso ver tu propia mierda.

No se trata de estar centrado, sino de ser consciente. Uy, eso lo dijo Óscar.

No estoy curada de nada, la cura era saber quién soy y darme los buenos días.

No estoy limpia, soy transparente y veo las piedras del fondo.

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[En la siguiente galería, retratamos a algunos participantes antes y después de la toma].

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