Reportajes

Avanzamos un fragmento de “Rat Girl”, la novela autobiográfica de Kristin Hersh

La ex líder de Throwing Muses recuerda su fatídico año 1985, en el que descubrió que era bipolar y estaba embarazada, justo al comenzar la universidad. Edita Alpha Decay

Te ofrecemos un adelanto exclusivo de “Rat Girl”, el libro en el que Kristin Hersh (Throwing Muses) recrea sus diarios de juventud en un año clave en su vida, cuando tenía 19 años y descubrió que era bipolar… y además estaba embarazada.

El final de Throwing Muses, una de las bandas capitales de lo que se conoce como la escena indie-rock de Boston de finales de los 80 –en la que estaban también incluidos nombres ilustres como Pixies o The Lemonheads–, llegó en 2003. Han pasado nueve años, y aún más desde “University” (4AD, 1995), el último álbum realmente importante de la banda. Kristin Hersh, en cambio, ha proseguido con su carrera en solitario, desde los tempranos días de “Hips And Makers” (4AD, 1994) hasta su último disco por ahora, “Cats And Mice” (2010). Pero si a algo se ha dedicado con especial esmero Hersh en los últimos años, más que a escribir letras, es a escribir libros, libros infantiles como el breve e ilustrado “Toby Snax” (Delicate Press, 2007), un cuento infantil con un conejo como protagonista, o “Crooked” (The Friday Project, 2008), que en realidad era un libro con un disco dentro. Y así hasta llegar a agosto de 2010, cuando en Estados Unidos vieron la luz sus memorias bajo el título de “Rat Girl” (Penguin Books).

¿Unas memorias? ¿Qué tiene de interesante la vida de Kristin Hersh para que nos animemos a leerla? Ciertamente, Throwing Muses no fueron Nirvana, ni ella ha tenido una vida tan caótica como Courtney Love. Sin embargo, en 1985, cuando sólo tenía 19 años, Kristin Hersh descubrió simultáneamente que era bipolar y que estaba embarazada justo cuando iba a empezar la universidad. Cuatro años antes, hija de un matrimonio hippy, había abandonado el hogar familiar y había comenzado a formar Throwing Muses. Todo aquello lo recogió en sus diarios de la época, y ahora, con la mirada adulta, lo ha reconvertido en una novela autobiográfica –una memoir, como se dice en inglés– que dos años después nos llega en castellano en la edición de Alpha Decay, que se pone a la venta este lunes. Antes de que la puedas comprar, queremos que puedas leerla –al menos un fragmento, que es el que os ofrecemos aquí, a modo de pre-publicación exclusiva–.

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Así que mientras el profesor habla de árboles que se mecen y de suaves brisas, no permanezco despierta. Me quedo roque. Porque ya no soy yo misma, soy yo embarazada.

Me despierto cuando los demás estudiantes trastean por la clase, agrupando pupitres y eligiendo materiales de arte. Mierda, estaba durmiendo mientras decían lo que había que hacer. Sigo a una mujer rubia con trenzas al armario de los materiales e imito todo lo que hace: cojo del armario una hoja de papel enorme, lápices de colores, carboncillo, un lápiz de dibujar y acerco un pupitre a su grupo. Disimuladamente miro por encima de algunos hombros para ver qué tipo de «arte» está haciendo la gente, y me doy cuenta de que todo el mundo está dibujando animales. Vale... puedo dibujar un animal. El papel es enorme y muy difícil de manejar. Cuando intento apoyarlo en el pupitre compruebo que se sale por todas partes, así que lo pongo en el suelo enmoquetado. Luego el lápiz que estoy usando va y le hace un agujero en medio. «Joder.» Cojo un libro pequeño de una estantería cercana, lo pongo debajo del papel y, estirando los brazos más allá de mi enorme barriga, dibujo un pez globo diminuto justo en el centro. Mientras lo coloreo de azul, el profesor nos interrumpe y nos pide que hablemos de nuestros animales imaginarios con el resto de nuestro grupo. «¿Imaginarios?» A toda prisa le dibujo un cuerno en la frente al pez y me siento en mi pupitre dejando el papel en el suelo. Frente a mí, un tío, con una pinta de nerd que duele verlo, se levanta y se ofrece a hablar el primero.

—Me he dibujado a mí mismo como el Águila Dorada de la Fantasía —dice, nervioso, levantando un dibujo increíble de un águila brillante en la cima de una montaña, rodeada de un intenso cielo azul. Parece un póster gubernamental. «¿De dónde ha sacado el tiempo para hacer eso? Se lo debe de haber traído ya hecho de casa.» Cada milímetro de la espectacular águila está coloreado con distintos tonos de dorado, y sombreado en plateado. El ave nos mira desde el papel, con las alas abiertas.

—¿Eso eres tú? —pregunto sin pensar.

—¿Por qué «de la fantasía»? —pregunta una mujer de mediana edad, sin rodeos. «¿En serio tienes que preguntar?» El nerd carraspea.

—En el reino de la fantasía me siento como en casa, y me gustaría darle un toque más onírico a mi día a día. —No cabe duda: esta respuesta la tenía memorizada. La mujer sonríe con aire de complicidad.

—Creo que tienes mucho que ofrecer al mundo, pero que te lo guardas todo en tu interior.

Tiene el pelo tieso, encrespado y negro, lleva pintalabios rojo oscuro, y muchas, muchas pulseras de plata. Su traje hace ruido cada vez que se mueve. Cuando dice «te lo guardas todo en tu interior», hace un gesto de pliegue como si, efectivamente, se estuviese guardando todo lo que podría ofrecer al mundo.

Águila Dorada asiente sin entusiasmo y se vuelve a sentar. Entonces la mujer muestra su dibujo. Parece un poni con alas de mariposa. Su hoja está llena de color, cómo la de Águila Dorada, pero no dibuja ni la mitad de bien que él. La mariposa poni está torcida y distorsionada.

Podría tratarse de una mariposa... ¿camello? Sea lo que fuere, está en una pradera comiéndose una manzana casi cuadrada, con las orejas y el horizonte tapados por un gigantesco arcoíris. Se levanta.

—Soy Metamorfosis —dice—, siempre cambiante, siempre fluyendo, pero constante como un río. Vale. Miramos de nuevo al poni. No parece constante como un río.

Parece abollado.

—¿De dónde ha sacado la manzana? —pregunta un hombre gordo con una camiseta de Budweiser—. No veo ningún manzano. Metamorfosis le da la vuelta a su dibujo y lo mira.

—De un huerto cercano —contesta rápidamente.

—Ah. —No parece convencido.

La mujer rubia a la que seguí hasta aquí señala las alas de mariposa del poni.

—Cuando vuelas —pregunta—, ¿adónde vas?

«Madre mía.»

Metamorfosis sonríe.

—Soy curandera. Rompo las barreras imaginarias del tiempo y el espacio para ayudar a mis clientes a encontrar equilibrio a nivel cuántico. «Dios mío, Betty, no sabes lo que te estás perdiendo.» La señora de las trenzas le sonríe.

—Yo también vivo en el nivel cuántico —declara al tiempo que se levanta para mostrar su dibujo. Parece vómito: un buen montón de vómito. Su dibujo también ocupa todo el papel, pero ¿qué es?

—Soy una Ameba —declara con orgullo. Un poni y una ameba que viven en el mismo nivel cuántico. ¿Creerán que el nivel cuántico es un edificio de apartamentos? Metamorfosis acerca la cara al dibujo de Ameba, entrecerrando los ojos. Lentamente vuelve a sentarse en su silla, herida en su cuántico amor propio.

—Está bien —le dice Águila Dorada. Ameba se sube las gafas y contempla al resto del grupo esperando preguntas o comentarios, pero estamos todos demasiado ocupados observando con asco el dibujo de vómito. Al cabo de un rato se vuelve a sentar. Acto seguido se pone en pie el de Budweiser y coloca su dibujo en el centro de los pupitres. Ha dibujado a Batman. Nadie comenta nada.

—Soy Batman —aclara él. Águila Dorada está aterrorizado. Metamorfosis mira el dibujo y luego a la cara del tío.

—¿Cómo has dicho que te llamas?

—Batman.

—No, tu nombre de verdad.

—Ah. Bob.

—Bob, creo que la tarea era identificar nuestra personalidad con la ayuda de una criatura mítica…

—Batman no es real —la interrumpe, a la defensiva—, es mítico.

—…de nuestra invención —concluye Metamorfosis, inventora del poni mariposa. Ameba se mete en la conversación, con aire triste, un destello en las gafas y las trenzas balanceándose.

—Así que no puede ser humano.

Bob se lo piensa un momento.

—Ah, sí. Batman es humano. Sólo lleva un traje de murciélago.

—Sí —contesta Ameba con aire apesadumbrado.

—Ya entiendo —asiente Bob, doblando su dibujo. Metamorfosis lo detiene con una mano repleta de pulseras.

—No, Bob —le dice—, cuéntanos por qué eres Batman. Si es importante para ti, es importante para nosotros.

Ameba asiente enérgicamente, para no ser menos.

—Pues... —dice Bob—, soy un rebelde —Nos mira a todos—. De la sociedad —articula. Nos mira de nuevo, desesperado, y señala el dibujo con impaciencia—. ¡Como Batman!

Águila Dorada y yo asentimos con una sonrisa congelada en el rostro.

—Céntrate un poco, Bob. Dinos dónde vives —pregunta Metamorfosis con delicadeza—. ¿Cuáles son tus metas inmediatas?

—En la Batcueva, ¿ves? —Bob, exasperado señala un semicírculo sobre la cabeza de Batman. Su dibujo parece obra de un niño de seis años—. Supongo que mis metas inmediatas —añade miserablemente— serían... luchar contra el crimen.

—Eso es importante —interviene Águila Dorada. «No es posible que se aprenda algo con esto. Me muero de ganas de volver al estudio. Betty, cuánta razón tenías.»

—Me parece que no entendí bien lo que había que hacer —murmura Bob, mirando el reloj. «Te quedan cuatro horas, Bob.» Pero Metamorfosis no le deja en paz.

—Dime —le urge—, ¿cómo empezaste a interesarte por la terapia artística?

Bob parece creer que lo están atacando. Empieza a hablar muy rápido.

—Soy un profesional de mantenimiento contratado por la universidad —dice—, estoy acabando la carrera por las noches y los fines de semana.

—Ya veo —dice Metamorfosis, satisfecha consigo misma—. ¿Y qué carrera

estás haciendo?

Bob se está desmoronando. Y parece que Águila Dorada se va a desvanecer de un momento a otro.

—Todavía... esto, no estoy seguro —dice Bob en voz baja. Águila Dorada sale en su ayuda.

—A veces, para los que tenemos intereses muy variados, lo mejor es una doble licenciatura —dice, con esperanza. Bob lo mira, agradecido.

—Sí, es posible.

La terapia artística crea amistades inesperadas. Se produce un tenso silencio y todos me miran a mí. Mierda. Esperaba que se acabara el tiempo antes de que llegara mi turno. Con Batman parecía que lo iba a conseguir. Muy a mi pesar miro de nuevo al reloj. «Te quedan cuatro horas, Kris.» Recojo mi dibujo del suelo y lo extiendo sobre los pupitres. Cuesta ver al pececito diminuto con tanto espacio blanco a su alrededor. Águila Dorada, Metamorfosis, Ameba y Bob se quedan mirando mi memo pececillo. «Ayuda, necesito ayuda.»

—¿Y tú quién eres? —me pregunta Ameba.

—Supongo que... un pez globo —contesto sin apartar la vista del patético punto azul—. Con un cuerno. Metamorfosis mueve la cabeza hacia un lado, intentando comprender.

—¿Dónde vives? —pregunta—. ¿Cuáles son tus metas inmediatas?

Reflexiono durante un segundo.

—Vivo en el agua.

Y no se me ocurre ninguna misión urgente que llevar a cabo en forma de pez globo con un cuerno en la cabeza. Todos llevan la mirada del dibujo a mí.

—¿Esos bichos no son venenosos? —pregunta Bob a Águila Dorada.

—Creo que sí. Si te los comes —asiente Águila Dorada

—¿Muerden? —pregunta Bob—. ¿Son de ese tipo de bichos venenosos?

—No, no creo que sean agresivos.

—No son como las pirañas.

—No.

—Esos bichos sí que son peligrosos.

—Ya —asiente Águila Dorada.

Me pregunto si nos podemos sentar ya. Me dispongo a hacerlo cuando Metamorfosis saca una mano y se pone a golpear al pez globo violenta y repetidamente. Me vuelvo a poner de pie de un brinco. Sus brillantes uñas rojas golpean airadamente al pececito.

—¡Me! ¡Pone! ¡Muy! ¡Triste! —dice estridente, puntuando cada sílaba con un golpe al papel—, ¡que vivas en un mar vacío, sin metas inmediatas y sin nada de comer!

—¿Vivo así? —pregunto, mirando mi dibujo. «Igual hay un huerto cerca.» Ameba se muestra completamente conforme.

—A mí también me pone triste —dice, sacudiendo sus trenzas de lado a lado. Bob y Águila Dorada parecen más comprensivos.

—Hay gente solitaria por naturaleza —dice Águila Dorada. Bob asiente.

—El veneno es como un superpoder...

Ficha técnica:

Título: “Rat Girl”

Editoral: Alpha Decay

Traducción: Sofía González

Páginas: 416

Precio: 27 €

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