Reportajes

Autopsia del alma de Nick Drake

Prepublicación exclusiva de “Pink Moon”, de Gorm Henrik Rasmussen, primer volumen de la colección Songbook de Contra Ediciones

El escritor danés Gorm Henri Rasmussen reconstruye la vida de Nick Drake a partir de charlas con familiares y amigos en este “Pink Moon” que prologa Nacho Vegas y edita Contra Ediciones. Adelantamos un fragmento.

Nick Drake nunca obtuvo la fama –ni siquiera el reconocimiento del mundillo musical– en sus pocos años de vida. Poco después de morir en 1974, sin embargo, se empezó a forjar el mito que hoy conocemos: el de uno de los cantautores con mayor sensibilidad de su generación, el paradigma del trovador inglés de los años 70 y también el arquetipo del músico triste y depresivo, una idea que una profundización en su vida, y sobre todo en su obra, ayudan a matizar. Drake fue un solitario, sin duda, y un hombre que padeció de insomnio y depresión durante mucho tiempo; fue una sobredosis accidental de pastillas antidepresivas lo que le segó la vida en aquel fatídico 25 de noviembre.

Desde entonces, Nick Drake ha seguido viviendo en sus discos – “Five Leaves Left” (1969), “Bryter Layter” (1972) y “Pink Moon” (1972)– y en el recuerdo de sus fans, una base que se ha ido ampliando con el paso de las décadas y que ha ayudado a construir un culto póstumo del que participó, en un momento muy temprano del fenómeno, el danés Gorm Henrik Rasmussen (1955, poeta y escritor), que al poco de conocer el fallecimiento de Drake decidió reconstruir su historia en un libro que ahora se edita en castellano en la nueva editorial Contra Ediciones, dedicada –como ya te informamos en su día– a los libros de deporte de calidad, la cultura popular y, en particular, la música. La colección Songbook, en un atractivo formato 7”, comienza con este volumen titulado “Pink Moon. Un Relato Sobre Nick Drake”, basado en las conversaciones que el autor mantuvo con familiares y amigos con el fin de reconstruir la vida del artista.

Ahora, PlayGround, y por cortesía de Contra, te adelanta en exclusiva un fragmento del libro, que se completa con una selección traducida de letras de Nick Drake. En el texto que podrás leer ahora descubrimos qué le gustaba hacer a Drake en el internado en el que pasó los años más importantes de su vida, los de la pre-adolescencia, en donde su interés por la música pasó de mero gusto a necesidad existencial. “Pink Moon” está a la venta desde esta semana y cuenta –por si lo demás ya no fuera suficiente– con un emocionado prólogo de Nacho Vegas.

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La guitarra

Si tuviera que hacer una película sobre Nick Drake, la llenaría de imágenes de extensiones de césped y cielos azules. Se disputarían partidos de críquet durante buena parte de la película y la cámara captaría un puñado de jóvenes amigos yendo al pub, fumando cigarrillos, hablando a gritos, emborrachándose y con la actitud de haber descubierto la piedra filosofal. Todos lo pasarían bien. Mucho sol. Días largos y perezosos junto al río. Jeremy Mason

Nicholas Rodney Drake se matriculó en el Marlborough College en enero de 1962 siguiendo una tradición familiar de la que se cumplían cuatro generaciones. Su padre, abuelo y bisabuelo habían ido a este famoso colegio masculino que ha preparado a chicos de hogares acomodados para las mejores universidades del país desde que se fundó a mediados del siglo diecinueve. Políticos, clérigos, militares, funcionarios y poetas; mentes privilegiadas, y otras que no, han vivido parte de su juventud en la pequeña ciudad de Marlborough, en pleno condado de Wiltshire.

La línea del horizonte de Marlborough la forman copas de árboles y tejados de pizarra. Los monumentos más famosos son los campanarios grises de las iglesias de Santa María y de San Pedro, que se alzan como castillos en un decorado de la época del rey Arturo, uno a cada extremo de la calle principal. Si sigues hacia el oeste, más allá de de la iglesia de San Pedro, llegas a las puertas del colegio. Aquí es donde acaba la ciudad y empieza la campiña. El colegio forma parte del núcleo urbano, pero al mismo tiempo está separado. Un recinto de edificios largos y de ladrillo rojo alrededor de un patio interior de césped hace que el Marlborough College parezca una vieja y bonita instalación militar con una plaza de armas en el centro. Sin duda las estrictas normas han estado a la orden del día durante la mayor parte de la existencia del colegio, y a los chicos se les impone la disciplina de los soldados más jóvenes. El ejército esperaba a estos muchachos cuando acabaran. Y dos guerras que reducirían Europa a escombros.

En los colegios privados británicos hay muchísimas normas: normas de convivencia, rangos y jerarquías. Una de las más impresionantes consiste en que los nuevos están al servicio de los alumnos mayores. Niños de doce o trece años les limpian los zapatos, les planchan la ropa, les preparan el té... En resumen, los atienden en todo lo que deseen. De todas formas, según dos ex alumnos, en el Marlborough College no se llevaba a cabo esta práctica.

El Imperio se desmorona. En los sesenta ya no hay Imperio en el sentido estricto. Lo que queda es una sociedad de clases bajo el peso de una enorme generación de jóvenes consumidores, la primera de la historia de la humanidad. Los chavales de los colegios privados ingleses han empezado a dejarse crecer el pelo. Cada vez tienen más confianza en sí mismos. En Marlborough, los tiempos cambian con los estudiantes.

–Un colegio fantástico –dice el mánager Simon Crocker–. Solo tenía un problema. No había chicas. Las chicas eran como un planeta al que intentábamos llegar con nuestras naves espaciales. Solo las veíamos en vacaciones y en las fiestas.

Crocker, que estudió allí de 1962 a 1966, conoció a Nick Drake el primer día de colegio, cuando los dos se instalaron en la misma casa, Barton Hill, a diez minutos a pie del edificio principal.

–Nuestro director, John Dancy, luego se convirtió en una figura importante del sistema educativo británico. Era un hombre progresista, liberal y muy visionario que nos animaba a ser creativos y a creer en nosotros mismos. Estábamos internados y teníamos un montón de tiempo libre. Organizábamos obras de teatro, íbamos a clases de dibujo, veíamos películas, cantábamos en coros, y muchos de nosotros tocábamos en varios grupos. Si alguna actividad te interesaba mucho, el colegio te ofrecía un amplio abanico de posibilidades.

En cuanto a Nick, que tiene trece años, cada día se siente mejor en el enclave rural de Marlborough, que tanto se parece a su hogar. Se encuentra a sí mismo entre las colinas llenas de maleza, como le pasaba en Tanworth. Cuando va de Barton Hill hasta los edificios principales, ve bosques y valles lejanos, se cruza con ganado que rumia plácidamente en las laderas cubiertas de hierba y, si dirige la mirada al oeste, ve caminos que serpentean hasta el horizonte entre campos de color arcilla y verde. Para un chico al que le gusta deambular solo, es el paraíso.

Cultiva nuevos intereses y descubre a románticos como Wordsworth, Byron, Keats y Shelley, y quizá al más importante para él, William Blake, cuya poesía rebelde y visionaria Molly señalará más adelante como una de las primeras fuentes de inspiración de su hijo. Nick es educado, cortés y amable como una brisa veraniega. Su asignatura favorita es Inglés. En el aula, el hijo del ingeniero destaca por el uso del lenguaje y su pronunciación bella y perfecta. A Nick le gustan especialmente las pausas en el horario semanal del colegio. Como es un chaval de carácter meditabundo, no le supone ningún problema que los martes, jueves y sábados solo tenga obligaciones medio día, y que los domingos sean libres, a excepción de la asistencia a misa. Hay mucho tiempo para los juegos, y el joven Drake destaca en la pista de atletismo, donde, con sus largas piernas, gana a todos los compañeros en las carreras cortas.

Probablemente sea uno de los mejores velocistas que hemos tenido desde la guerra”, escribe algunos años después su profesor y director de la residencia Dennis Silk en una carta de recomendación de Nick para la Universidad de Cambridge. “ Y aun así, era mucho más habitual verlo leyendo que entrenando”.

De todas formas, no es solo la poesía lo que aleja a Nick de una brillante carrera como velocista. Se ha traído el clarinete de casa, y al principio del trimestre se ha inscrito a unas clases con un profesor de música especializado en ese instrumento, un tipo de lo más curioso llamado Eddie Douse. Él es también el que enseña a Nick a tocar el saxofón y, al cabo de un tiempo, se apunta a la banda de marchas del colegio.

–Las Fuerzas de Cadetes del colegio eran un poco desastre –dice Simon Crocker, y se ríe. Se toca el bigote, pequeño y arreglado, y ladea la cabeza. Es un hombre alto, muy accesible y enérgico, de sonrisa fácil. Está sentado en las oficinas de los estudios Mount Pleasant de Londres y, mientras habla de sus recuerdos del colegio, las secretarias entran y salen corriendo del despacho. Fuera, los teléfonos suenan como si de una sinfonía electrónica menor se tratase. De todos modos, Simon Crocker no tiene prisa. Se toma su tiempo para contar estas historias de los sesenta, cuando un grupo de jóvenes intentaba hacerse un hueco en un planeta inquieto.

–A Nick y a mí lo militar nos daba igual. Básicamente éramos pacifistas. La idea de que, si estallaba una guerra, nos convertiríamos automáticamente en oficiales del ejército nos parecía bastante absurda. No podíamos tomárnoslo en serio. Por eso introdujimos canciones de Motown en el repertorio de la banda de marchas y, francamente, ver a cuarenta chavales en uniforme marchar al son de “Where Did Our Love Go”, de The Supremes, era de lo más desternillante. Además, cuando las Fuerzas de Cadetes al completo tenían que formar filas para la inspección anual que realizaba algún general o mariscal famoso, debíamos estar firmes durante mucho rato y, como se hacía en pleno verano, era inevitable que algunos chicos se desmayaran. Así pues, que sonaran temas pop con el ruido de fondo de gente soltando el rifle y desplomándose en el suelo también era muy divertido.

En la primavera de 1964, Nick y Simon crean, junto con tres amigos más, The Gardeners (Los Jardineros). Nick toca el piano y el saxofón, Simon la batería y la armónica; además hay un bajo, una guitarra solista y una guitarra rítmica. Ocasionalmente, añaden una trompa. La banda toca en bailes y pronto se convierten en habituales de las proyecciones mensuales de películas del colegio. The Gardeners consiguen que toda la gente que cabe en el Memorial Hall disfrute con los ritmos del clásico del jazz “ St. James’ Infirmary”. La joya del espectáculo es una versión intensamente rítmica de “ Parchman Farm”, una canción que John Mayal y The Blues Breakers grabarán años después con un joven y brillante talento de la guitarra llamado Eric Clapton.

–Nick escogió el material e hizo los arreglos –explica Crocker–. Era muchísimo mejor músico que el resto de la banda. Él lo sabía, desde luego, pero nunca alardeó de ello. Era el líder nato del grupo. Además, era el único que sabía cantar. La voz de Nick nunca sonaba pop o afectada... Simplemente era guay.

Algunos fines de semana los chicos bajan a Londres a pasar la noche en clubs abarrotados del Soho, donde coinciden con uno de los nombres nuevos más de moda de la época, The Graham Bond Organization. A Nick le encanta el sonido del órgano Hammond de Bond. Le gusta que la banda toque rhythm and blues con ritmo de jazz, las improvisaciones de Jack Bruce con el bajo eléctrico y el torrente de percusión y contrarritmos de Ginger Baker. De hecho, la pareja Bruce-Baker pronto será la protagonista del grupo de rock Cream. Estamos en 1965 y, para estos muchachos, LSD son solo tres letras al azar.

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Ficha técnicaTítulo: “Pink Moon. Un Relato Sobre Nick Drake”Autor: Gorm Henrik Rasmussen / Nick DrakePrólogo: Nacho Vegas Editorial: Contra EdicionesTraductores: Begoña Martínez, Gabriel Cereceda y Dídac AparicioPáginas: 320Precio: 19,50 euros

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