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2011 en trending topics

Las 10 corrientes dominantes del año

Trending Topics

Hay dos tipos de años, por lo general, y siempre y cuando tengamos en cuenta que la música, como todo el arte, es un flujo continuo al que es inútil ponerle delimitaciones de tiempo –sólo imagínense a unos periodistas del Renacimiento, que por entonces de eso no había, haciendo listas de las mejores pinturas y esculturas de 1521; sería de risa–: lo dicho, están los años de transición y los de aceleración. Los últimos son los realmente importantes, esos años en los que ha incubado lo que determinará de manera decisiva el futuro inmediato; los primeros, por el contrario, son los años en los que se desarrollan y mejoran esas ideas de ruptura trazadas algún tiempo antes. Los años de aceleración traen planes novedosos; los de transición maduran y perfeccionan; eso sí, como el flujo es constante, no hay un año de aceleración puro como tampoco lo hay uno de transición sin amagos de revolución, aunque el día a día permite observar más o menos por dónde van los tiros. Estamos a las puertas de 2012, este 2011 se está consumiendo más rápido que una cerilla, y echando atrás la vista veremos que no ha sido un periodo fértil, de grandes pirotecnias, sino un racimo de meses para asentar ideas en marcha y afilarles la punta. He aquí, resumidas en diez tendencias –o trending topics, que ya todo el mundo tiene Twitter–, algunas de las claves que explican qué ha sido 2011 y a dónde nos lleva.

1. La música y su implicación política

En los últimos años, el rock –o lo que se entiende por rock, así a bulto– ha demostrado una preocupante apatía política y social, excepto cuando le veía de cerca las orejas al lobo (recordemos, por ejemplo, la movilización anti-Bush de ciertas bandas en periodo electoral, las mismas bandas que meses antes no parecían estar tan preocupadas por el curso ideológico de la política americana, salvando excepciones). Pero 2011 ha sido un año eminentemente político, combativo, preocupado, porque finalmente la crisis nos ha acabado dando de lleno tanto en el alma como en el bolsillo. En España, el movimiento 15-M, profundamente transversal y desideologizado –al menos en su origen–, alimentó nuevos temas para MCs y cantautores hasta cuajar todo el sentir indignado en “Cómo Hacer Crack”, el nuevo disco gratuito de Nacho Vegas. En Estados Unidos el proceso de implicación ha sido parecido a raíz del movimiento Occupy Wall Street, altamente reforzado por gente del indie y del hip hop consciouss –todavía hay que saber si el apoyo de Kanye West a los manifestantes, luciendo reloj de oro y ropas por valor de varios miles de dólares, era sincero o una hábil maniobra de promoción, como cuando Scarlett Johansson va a África; lo de Jay-Z estampando camisetas que usurpaban el eslogan del movimiento para hacer caja en beneficio propio entiéndese que sí que queda claro por dónde va–. Ha sido un año convulso en el que la música se ha enfrentado al reto de estar a la altura de los tiempos; si 2010 fue un año sombrío con el witch house como género bandera, 2011 ha sido un año indignado y catastrofista del que, al menos, se puede extraer una obra maestra a la altura de su espíritu: “Let England Shake”, la pesadilla de una Gran Bretaña en guerra firmada por la PJ Harvey más doliente, un disco que, sin quererlo, estaba anunciando los riots de Tottenham del mes de agosto.

2. El rastro new age en el H-Pop

La otra opción en un momento de transformaciones profundas y crisis a todos los niveles es el aislamiento y la no participación, el escapismo total, en contraposición al activismo concienciado –y a veces violento–. El pop hipnagógico, que en 2010 fue una refrescante manera de activar los resortes de la nostalgia por un pasado idílico y feliz, se ha reforzado este año con nuevos recursos que han pasado, sobre todo, por reforzar la burbuja de seguridad. Aunque la mayoría de los artistas quieren alejarse de la etiqueta ‘new age’, siempre asociada a música para yuppies estresados que practican yoga, nuevos ricos, enfermos terminales y gente carne de secta, lo cierto es que en 2011 se han revalorizado algunos nombres que habían quedado enquistados en la esfera de lo uncool. No se trata sólo de que Dntel publicara un EP con remezclas de Enya y de que, de la nada, ahora mucha gente reconozca que Iasos ha sido una influencia dormida en su discurso, sino de que algunos de los discos más solemnes – “Replica” de Oneohtrix Point Never, “Tragedy & Geometry” de Steve Hauschildt o las voces etéreas de Julianna Barwick– van más allá en su reivindicación del ambient fluvial o la música cósmica alemana y entran en terrenos de calma total, una zona de vacío o un agujero en el suelo en el que hundir la cabeza, como las avestruces, y renunciar a los problemas. Lo siguiente, y esto es algo que se huele en el mundillo, es seguir girándole la espalda a la realidad y abandonarse al hedonismo, añadiendo beats que reivindicarán el ambient-house británico de los años 90s (The Orb, Global Communication y tal) como nueva fase de desarrollo del cuelgue y el cocooning. El álbum de debut de Ital en Planet Mu, programado para febrero, hay que entenderlo como el primer síntoma de este giro hipotético.

3. Chillwave, universo en retroceso

El H-Pop ha conseguido evolucionar de una manera que al chillwave se le ha resistido. Esta forma de revival 80s, preñado de inocencia y optimismo, se enfrentaba a su gran año tras un 2010 de asentamiento en territorio indie, pero estamos abandonamos el año con una sensación de oportunidad fracasada. No porque no haya grandes discos –los nuevos de Toro Y Moi y Neon Indian, así como el debut de Washed Out, lo son–, sino porque han sido álbumes incapaces de llegar más lejos de su restringido círculo de influencia. Nos da la idea de un universo en expansión que, en cierto momento –que puede ser, pongamos, “New Beat”, el segundo corte de Chaz Bundick en “Underneath The Pine”–, alcanza su tope de máximo crecimiento y comienza a retroceder de a pocos en pos de su contracción absoluta. Quizá el chillwave se integre en la perenne corriente del dream-pop –con ecos de shoegaze, C-86 y otros lenguajes flotantes, entre drones intensos (ya sean de guitarra o sintetizador), que este año han hecho bien, como dios manda, desde Veronica Falls a Korallreven–, pero entonces ya no será una revolución ni un acicate, sino una parte más de un bonito paisaje ahí al fondo, que no molesta.

4. La inclinación AOR

Los años 80s duraron diez años, exactamente, ni un día más ni un día menos, del 1 de enero de 1980 al 31 de diciembre de 1989. El revival de los años 80s, por tanto, ha durado más que la década original, y ya vamos por la temporada 13, por lo menos, de la época más insistentemente reivindicada y saqueada del pop reciente. Lo último en esta concienzuda extracción minera de oro ochentero es la reivindicación del AOR y su transformación sutil en materia cool, que es lo mismo que ya se hizo con Steely Dan y Fleetwood Mac no hace mucho y que ahora apunta a Phil Collins. No han sido pocos los fans de Bon Iver que han sido incapaces de entender “Beth/Rest”, su saxo, sus teclados melodramáticos y ese solo de guitarra que habrían firmado tranquilamente Meat Loaf, Chicago o Boston, aunque han sido algunos menos los que se han rebelado contra la marcada dirección pro-Peter Gabriel que transmite el grueso de “Bon Iver, Bon Iver”. Ocurre lo mismo con otro disco importante, “Hurry Up, We’re Dreaming”, un doble álbum grabado cuando nadie hace dobles álbumes, un tributo, en palabras de Anthony “M83” Gonzalez, a la manera de hacer y escuchar música en sus años de infancia, cuando los artistas tenían un ego desmesurado y querían afectar a lo grande las emociones de la gente. No incluiremos en este párrafo a Coldplay, pero sí hay que hacer constar que este año ha vuelto victorioso uno de los gimmiks más populacheros del pop para adultos: el solo de saxo. Lo encontramos (no por casualidad) en “Beth/Rest” y “Midnight City”, pero también en “Chinatown” (Destroyer), “The Shrine / An Argument” (Fleet Foxes) y hasta en “The Edge Of Glory” (la de Lady Gaga, con Clarence Clemons) y “Last Friday Night” (de Katy Perry, que para más inri rescataba a Kenny G para el vídeo).

5. Retromanía

El concepto clave del año, por supuesto, ha sido “retromanía”, acuñado por Simon Reynolds en su libro –próxima traducción al castellano en marzo de 2012, si nada se retrasa– editado en Faber & Faber. La tesis principal de Reynolds, su clave de bóveda, es la pavorosa toma de conciencia del exceso de energía y preocupación que la muestra la cultura pop por su propio pasado, hasta el punto de que el revival se ha convertido en un motor de transformación –y no necesariamente evolución– más poderoso que la creatividad innovadora. Esta dinámica, traducida en reuniones de bandas que llevaban tiempo separadas, reediciones en formatos deluxe, revisión de viejos géneros y exhumación de discos ocultos –y no únicamente en el rock, sino también en estilos en apariencia futuristas como el techno– está llevando al pop a una contradicción sistémica que afecta a su misma línea de flotación: la música de la rebeldía contra la generación anterior, de la juventud radiante y rabiosa, de la excitación y el momento, parece no poder ofrecer una lectura viva del presente y su única manera de progresar consiste, paradójicamente, en mirar atrás. De vez en cuando el orden natural del pop parece funcionar según su lógica evolutiva –este año se han separado R.E.M., ya hechos todo unos dinosaurios, y es de esperar que ya no vuelvan–, pero por cada desmembramiento, como le sucedía a la hidra, aparecen dos cabezas –o sea, dos reuniones– más: Stone Roses acapararán 2012, regresan Codeine, también volvieron Pulp y por suerte lo de Mecano se quedó en globo sonda–. Hay más: en esta afición retromaníaca, que a veces se torna en necromanía, 2011 se ha visto marcado por las celebraciones monumentales de los 20 años de “Achtung Baby” (U2) y “Nevermind” (Nirvana; con amago de revival grunge incluido), sin contar con la infinidad de cajas retrospectivas –de Pink Floyd a Popol Vuh– que se editan en ediciones de lujo con las que la industria del disco busca tentar a los pocos clientes dispuestos a pagar por soportes físicos.

6. Internet, hervidero de nuevos gatos

En un panorama así, ¿de dónde sale la innovación? ¿Hay espacio para ella? A juzgar por álbumes colosales, imaginativos e imposibles pocos años atrás como “Glass Swords” (Rustie) o “House Of Balloons” (The Weeknd), efectivamente hay siempre algo nuevo que admirar y con lo que refrescarse. En un panorama tan influenciado por la sombra del pasado, el único lugar del que puede salir algo sorprendente es allí donde no exista la memoria: en la juventud más tierna, y a poder ser en los lugares más apartados del centro de poder, tanto en lo económico como en lo geográfico. No debe sorprender que buena parte del mejor material que copa (o copará, se supone) las listas de lo mejor del año ni siquiera exista como disco físico: artistas revelación como A$AP Rocky, The Weeknd, Frank Ocean o Clams Casino se nos han presentado con un simple enlace de descarga y una carpeta zip, como el año pasado el grueso de Odd Future, regalando su música como si fuera una tarjeta de visita con ribetes de oro. Hoy, la mixtape tiene tanto valor como un álbum –quizá no tanto prestigio, pero tarde o temprano nos olvidaremos de eso–, y el A&R más listo es el que se pasa horas delante de YouTube, no el que va a visitar bares con música en directo. De acuerdo, a veces de internet emanan cosas como Justin Bieber, pero también está flotando ahí, como un microbio en el agua, el próximo productor que revolucionará el techno, el próximo rapper que hará ruido en las calles o la nueva estrella global del pop. Porque se supone que ya damos por hecho que la gran atracción pop de 2012 es Lana del Rey aupada por su canción “Videogames”, un proyecto 100% viral, surgido de la red y directamente fichado por Universal con la vitola de “the next big thing”.

7. Hipster rap, indie R&B

2011 no pasará a la historia como un año fecundo, no han sucedido grandes cosas que hayan cambiado la cara de la música; como mucho, algún rasguño por aquí y alguna marca de maquillaje por allá. Pero aquello que anunció el “808s & Heartbreak” –un disco que algunos miopes se empeñan en no entender, y así les va, que andan como un pulpo en un garaje o como puta por rastrojo, perdidos– ha cristalizado este año en el verdadero movimiento inesperado de la temporada. Es, básicamente, allí donde el R&B se empapa de una sensibilidad normalmente asociada al indie-pop, se mira hacia dentro, reflexiona y se confiesa como un San Agustín de Hipona en versión entre urban y emo. The Weeknd y su “House Of Balloons” es la perfección de aquello que ya anunció Drake en “Thank Me Later” –cantante de voz flexible patinando sobre beats de hip hop lentos, ensimismado y sensible–, y que a la vez el propio Drake, en “Take Care”, casi eleva a las cumbres del Olimpo de la temporada. No se trata de que en la esfera urban se actúe con independencia –eso es más antiguo que Fraga–, sino de que el lenguaje se vuelva introspectivo sin miedo a destapar lo más íntimo y que el sonido se haga poroso, influenciado por el dubstep de Burial o James Blake, por el electro a bajas revoluciones, y suene a distinto a lo que hay, con olor a nuevo y fresco. Ocurre igual en ese segmento del hip hop que consume el público enterado e inconformista –algunos lo llaman hipster, por ofender– y que parte todo del “I’m God” de Lil B: beats duros sobre lechos shoegaze, samples de voz vaporosa, rimas fumadas o criminales, o sencillamente delirantes, atroces, con la rúbrica de Tyler, The Creator, A$AP Rocky, Main Attakionz, o AraabMuzik, firmante de beats a partir de samples cheesy de eurotrance. Pronto habrá inundación, porque la pared de la presa se ve resquebrajada ya.

8. Hipster house

El concepto “hipster” aparece por todas partes, últimamente. En música se está usando, sobre todo, para re-etiquetar géneros conocidos que encuentran un público más allá de su vivero natural. Hipster rap, por ejemplo, se le cuelga a todos aquellos productores y MCs que parecen gustar más entre los bohemios de clase media-alta de grandes ciudades antes que a los negros del barrio –aunque luego los artistas sean más del gueto que Eazy-E en sus años mozos–. Con cierta música de baile ha sucedido lo mismo: el house, que siempre ha sido la resistencia en este rinconcillo, el último refugio de pureza, se ha consolidado por fin como el ritmo dominante en clubland tras años amenazando con hacerse con la corona. El post-dubstep que cristalizó el año pasado y que reunía ciertas características del garage de los 90 es ahora house per se, sin fisuras, con breaks algo más dinámicos que el tradicional 4x4, pero decididamente lejos ya del origen. Esto ha ocurrido entre infinidad de productores ingleses que se iniciaron en el dubstep y que han acabado reconociendo que Joy Orbison tenía razón –nombres: George Fitzgerald, xxxy, Julio Bashmore, Sepalcure, aunque sean yanquis, y no seguimos porque no acabaríamos–, y que ya retuercen la fórmula hacia espacios inéditos. Tomemos como ejemplo el “Adrenalin” de Scuba: su viaje le ha llevado del dubstep al techno, del techno al deep house, y ahora al house progresivo, con samples de piano en cascada ascendente propulsados por melodías eufóricas. Pero esto es sólo la punta del iceberg, porque el gremio entero respira house: vuelven algunos pioneros de Chicago –Boo Williams y Virgo–, triunfan Azari & III con su tributo indiscriminado al acid y no hay DJ molón que no lleve su maxi o su remezcla de KiNK o Axel Boman en la maleta.

9. Una muletilla llamada ‘bass’

La desintegración de los principios del dubstep –que ya sólo existe puro en pocos sitios, principalmente en las sesiones de Mala en los mejores garitos underground, o en el tremendo álbum firmado a medias por Pinch y Shackleton– ha llevado a una confusión terminológica que el año pasado resolvíamos hablando de post-dubstep (que no era una etiqueta, sino el reflejo de una sensación de cambio) y que este hemos substituido por ‘escena bass’, que es como decir todo y no decir nada. Porque el bajo recio y zumbante es patrimonio de todo el underground electrónico, tanto en el mal llamado ‘hipster house’ –que es una etiqueta que serviría para identificar lo que hace Pearson Sound, aunque le quede mal– como en lo que antes llamábamos wonky, que es el extremo inestable y raro de la música de baile de ritmos rotos. Bass es una muletilla que sirve para todo: para referirse a la colmena californiana de post-hip hop electrónico con Thundercat, Miike Snow, matthewdavid y todos los nuevos cachorros de Alpha Pup, Brainfeeder y Leaving Records, así como para identificar a los productores europeos y americanos que, definitivamente convertidos al culto de Numbers y Night Slugs, abusan de cajas de ritmo vintage como la 808 y la 909, repartiendo líneas de bajo tumultuosas y de sabor añejo, algunas próximas al UK Garage, otras al juke de Chicago –un género que estaba condenado a extinguirse, y que ha reflotado en 2011 con nueva vida y perspectivas de evolución–, muchas al electro –con la clarísima influencia de Drexciya, de quienes se está reeditando su material más inextricable– e incluso al moombahton.

10. La lentitud

Finalmente, un concepto que ha cobrado nuevos bríos –perdón por la contradicción– es el de la lentitud. La lentitud, o la ralentización de ritmos conocidos, se reactivó en 2010 con el witch house, su afición por la técnica ‘screwed & chopped’ y la reivindicación de la figura de DJ Screw como un pionero no suficientemente reconocido. La cuestión es que este año el witch house no ha brillado con la misma luz, y salvando poderosas aportaciones como las de Salem –que han firmado versiones a cámara lenta de Britney Spears y Alice Deejay– o Mater Suspiria Vision, se trata ya de un género en retirada y que si sobrevive será como algo distinto, una tarea en la que se ha aplicado a conciencia el sello Tri Angle, editando el material más inclasificable del año. ¿Qué etiqueta le ponemos a Balam Acab? ¿Y a Holy Other? ¿Alguna manera lógica de describir lo de Ayshay? ¿Qué hace exactamente Clams Casino? Balam Acab viene del witch house, o de algo que se le parece, pero acaba instalado entre Burial, múm y un paraíso cubierto de fuentes, cuevas y ríos, y todo muy lento, muy suave, manso y sin prisas. La lentitud también se aplica al post-dubstep más abierto hacia el lenguaje del pop y del soul –James Blake ha anulado casi los beats y se concentra en que sucedan cosas durante los muchos segundos de silencio y espacio que circulan por sus temas, y lo mismo ocurre con Jamie xx–. Y, por supuesto, también se aplica al techno, que en su extremo más arriesgado mezcla industrial con beats tallados en diamante –Regis, Surgeon, Pete Swanson– o se arrastra como una baba viscosa e irregular sobre los dancefloors: ahí está Actress, que sigue tallando su lenguaje único a partir de la geometría wonky, y las nuevas entregas del sello Modern Love, con Miles y Andy Stott al frente, reanimadores del techno por la vía opuesta: en vez de pisar el acelerador, se trata de frenar a fondo, estirarlo como una goma, tensarlo hasta que parezca que se vaya a romper o suene a alucinación o pesadilla.

Postdata: Britney

Que no es boutade, cojones. Ya quisieran muchos títulos indies –y mainstream, por supuesto; todavía no hemos encontrado a nadie que tenga estómago para tragarse entero lo último de Ladyd Gaga– acumular despreocupación hedonista, hits perdurables e ideas osadas –algunas sorprendentes, otras pintorescas, siempre con un sentido hi-tech– como hay en el imperfecto pero memorable “Femme Fatale”. El problema son los prejuicios, que, como los árboles, no dejan ver el bosque.

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