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Diez motivos por los que seguir yendo al FIB

Acabada su 18ª edición, hacemos un repaso a lo mejor del festival levantino

Al margen de las razones musicales, que las hay, el FIB tiene un montón de propuestas que hacen de él un evento especial. Aquí enumeramos algunas de las más destacables: desde la buena conexión a internet hasta el puesto de comida asturiana pasando por el amplio muestrario cárnico.

El FIB es como la bolsa a nivel de cartel, hay años francamente estimulantes y otros que no lo son tanto. Pero lo que no cambia son esas variables extramusicales que lo hacen un festival único. Ya puede ser cabeza de cartel The Streets o Arcade Fire que la diversión está asegurada. Repasamos aquí algunos de los motivos por los que los que muchos fibers no se quieran perder esta cita anual.

1. Su recinto es pequeño

Acostumbrados a la gincanas en según qué festivales con dimensiones descomunales, el FIB es un regalo para tus piernas. Puedes cerrar los escenarios, pero por lo menos al día siguiente no tienes unas agujetas que hacen que lo primero que quieras hacer al despertarte es tragarte una farmacia entera. Además existe la posibilidad de ver prácticamente dos conciertos a la vez, de irte moviendo según si una canción te gusta o no, porque entre escenario y escenario no hay más de dos minutos andando a paso tranquilo.

2. Regreso al pasado

Los que llevamos ya unos cuantos años yendo a Benicàssim sentimos una cierta morriña por esas primeras ediciones en las que ibas a, seamos claros, pillar cacho. Ahora ya no estamos para esos trotes y lo que nos importa es la música en lugar de la fiesta y el sexo con elfas británicas. Pero los ojos no se nos han caído y aprovechamos cualquier oportunidad para pegar unos buenos barridos ópticos y alimentar nuestras fantasías a base de muestrario cárnico. Y recordamos nuestros primeros amores idiotas o esa noche en la que todos lo flipamos con “The Man Machine” de Kraftwerk hace ocho años y nos tiramos meses catando como gilipollas con nuestros amigos eso de “¡Man Machine Machine Machine Machiiiiineeee!”.

3. La conexión 3G y Wi-Fi

Con la actual tiranía de los smartphones vivimos pegados al Whatsapp, mirando furtivamente cada cinco minutos qué ha dicho fulanito en Twitter o Facebook, por eso internet ha pasado a ser en los últimos años de lujo a necesidad en un festival. Desgraciadamente llevamos algunos en los que el colapso de red ha sido tal que hemos tenido que volver a la Edad de Piedra y mandar SMS, esa cosa tan 2008. La conexión en el FIB iba a pedos, pero iba. Y eso facilitó mucho las cosas. Bien por ellos.

4. Looks de lo más variopinto

Estar en el FIB debe ser lo más parecido a estar en Glastonbury o Coachella. Te encuentras multitud de corderos con florecitas en la cabeza, caras pintadas, muchas Lana Del Rey con unas ojeras de cuidado y el rimel corrido. Y entre los tíos o bien se impone el polo Fred Perry –los que tienen un poco de dignidad–, los torsos desnudos o las camisetas de fútbol, que esto merece un capítulo aparte. Mucha camiseta del City (cómo se nota que ahora lo parten y que actuaba Noel Gallagher) y diversidad en cuanto a equipos de la Comunitat Valenciana: Levante, Elche y Valencia (pero la chunga, la de franjas amarillas y rojas). Extraño que no hubiese ninguna del Villarreal, que está a 20 kilómetros. Será que no quieren salir del armario ahora que han bajado a Segunda. Y entre el capítulo de colgados, un tipo con el inefable short de Borat u otro con los labios pintados con la Union Jack. Tela.

5. El celestial puesto de comida asturiano

De acuerdo, este puesto sólo se encuentra en la zona para prensa y VIP, pero aprovechamos este espacio para que se decidan a montar una franquicia para los mortales. Su menú incluye, entre otras cosas: pinchos de tortilla, lacón o chorizo a euro y medio, sidra por un tubo, orujo del que te deja del revés, tocinillos de cielo para tocar el cielo (valga la redundancia) o fabada asturiana si ya asumes que esa noche no vas a pillar caso. Gloria bendita.

6. Objetos extraños no identificados

Bueno, esto no es característico del FIB, sino de cualquier festival o concierto. Los artistas suelen tener cosas raras en el escenario, pero lo de At The Drive-In fue de traca. Tenían preparado lo que imaginábamos que era una cafetera que echaba humo y de la que Cedric Bixler-Zavala se servía café o té que bebía de una taza con un Cristo hortera de cojones. Momento TOP.

7. El festival de las cachorras inglesas

Dicen que hubo un 70% de ingleses en esta edición, pero de lo que no hay cifras exactas es de la proporción chico-chica. Mi apuesta es que las tías ganaban por goleada o por lo menos se hacían ver más y volviendo al punto 2, todo esto ayudó a que el festival fuese más disfrutable. No es una pasarela de moda como puede ser el Primavera, pero las cachorras británicas van bien frescas y los tíos babosos estamos ahí para disfrutarlo, aunque luego lo más seguro es que nos vayamos a casa de vacío.

8. El sonido rozó la perfección

Un buen festival no sólo tiene que tener buenos grupos, necesita por fuerza tener un sound system a la altura de las circunstancias, para que todo vaya como la seda y la experiencia musical sea lo más completa posible. El FIB en este aspecto este año estuvo de nueve, porque prácticamente todos los conciertos de todos los escenarios sonaron de muerte con la excepción de ese fatídico tramo entre las 00.30 y las 2 de la madrugada del domingo, cuando New Order y Little Boots sonaron un poco a cascajo. El resto, fenomenal.

9. Es una buena oportunidad para practicar el inglés

Ya te puedes sacar el Proficiency en el colegio, que si luego no practicas en la vida real el inglés se te oxida. Pero con un 70% de británicos, lo normal es que te hartes de hablarlo porque el FIB es como Gibraltar, un pequeño pegote en medio de España en el que el idioma oficial es el inglés. Por ejemplo, tuve la oportunidad de charlar con un británico muy agradable de 42 años que es profesor de karate (fue campeón del mundo), estuvo en coma durante diez días, en una obra se destrozó la rodilla, vio a los Stone Roses en su época dorada y me preguntó la hora en la que tocaba Jessie J.

10. Como en todo gran festival, regalan un montón de cosas

Si eres rata de cojones o los recortes del PP te están jodiendo la vida como al 99% de los mortales, tienes un plan B en Benicàssim. Cuando necesitas refrescarte la boca, puedes buscar a las preciosas chicas que regalan chicles Trident sabor hierbabuena o sandía. Si aprieta el hambre, hay un estupendo stand Pringles en el que hay barra libre de latas de patatas de dos variedades. Y si tienes sed, sólo tienes que acercarte a las primeras filas de los escenarios y pedir un vaso de agua (embotellada) al personal de seguridad. Y eso, tú, es un lujo. Aunque nada como hace años, cuando regalaban fruta.

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