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Los mejores momentos de Sónar 2013

Hemos repasado música y tendencias; falta por echar un vistazo a las anécdotas del festival, las que han marcado el humor de una edición difícil de olvidar

Después de tres días (y cuarto) de festival, Sónar 2013 ya ha ingresado en su propia historia como la edición del máximo récord de público. Pero más allá de los datos, quedan los hechos y las anécdotas, que vamos a intentar resumir aquí.

Se ha acabado Sónar. No siento las piernas, que diría John Rambo, y eso que, comparativamente, este ha sido un festival más descansado que los anteriores: se anda menos (todo está más junto, más compacto, muy bien comunicado) y las distancias entre el día y la noche se han acortado. Pero este no es el único hecho novedoso que cabe resaltar de esta edición 2013: hay otros, algunos canis y otros memorables.

1. La holgura

Sólo quien tenga complejo de berberecho y prefiera estar todas las horas de su vida apretado contra el torso sudado y poco aromático (‘eau de alerón’) de la persona de al lado –una actitud que sólo puede tener atenuantes si se disfruta con esa práctica sexual que conocemos como ‘frotismo’ y que se realiza sobre todo en el transporte público a hora punta, que no es nuestro caso–; sólo quien prefiera la incomodidad manifiesta a la holgura razonable, podrá estar en desacuerdo con el cambio de recinto de Sónar de Día. Ya lo dijimos aquí en su día sin haber visto las nuevas instalaciones, y a toro pasado no queda otra que reconocer que el cambio ha sido para bien, porque lo que se pierde –si es que alguien en verdad puede echar de menos aquellos suelos insalubres manchados de cerveza y flyers, o aquellos dos árboles escuchimizados del patio del CCCB– es mucho menos de lo que se gana. Se ha ganado poder ir de una punta a la otra del recinto como si circularas por una autopista, se ha optimizado el aire acondicionado, se ha incluido césped artificial hasta en los guáteres (otrora conocidos como 'tigres' o 'meódromos') y poder estar en los conciertos bien, pudiéndolo ver todo sin notar una estrechez permanente y molesta. Se ha ganado sentirnos personas otra vez, y no sardinas en una lata.

2. Los escenarios

Ejemplo práctico: ¿cuántos conciertos no llegaste a ver (o a ver mal, que a la vez es como escuchar peor) en la antigua carpa de SonarDôme? El atenuante de que estaba en la plaza del Macba no sirve, porque las dimensiones del recinto eran más de establo de ponis que de plaza urbana. En cambio, en el nuevo Dôme de la feria podías llegar hasta primera fila si querías, sentarte contra la pared, moverte sin necesidad de tener que sacar un machete para cortar brazos como si fueran lianas. El techo alto eliminaba la sensación de claustrofobia y, por supuesto, el sonido era infinitamente más gordo. Esta mejora era aplicable al Complex –ahora en un auditorio comodísimo, mientras que antes era un cubículo con escenario bajo y demasiado humo; el único problema es que se formaron, y se formarán, colas a la entrada; para esto no habrá solución mientras seamos 15.000 personas las que vayamos a Sónar de Día– y, sobre todo, al Hall: enorme, con el mejor sonido de todo el festival (muchos salimos de ahí con lesión de píloro), con esas cortinas rojas lynchianas tan bien escogidas.

3. La mamarrachez de CHRISTEENE

En el Hall actuó la mamarracha oficial de Sónar 2013. Vaya por delante que musicalmente CHRISTEENE se aproxima a ese concepto que conocemos como ‘mierda’. No tanto como Kimberly i Clark, patéticos oficiantes del warm up para Jurassic 5 –nenes: lo de ir al Sónar a pinchar en broma, aunque sean versiones skweee de Guilermina Motta, es muy de 1999–, pero casi: si no fuera por las pintas que arrastra, a su rap cazallero con flow de graznidos no le prestarían atención ni los perros. Pero el tipo (yo vi un paquete nada despreciable en su entrepierna, ‘no homo’, atributo propio del varón) juega la carta del travestismo, con la que algunos todavía se solazan sobremanera, y con esas armas maniobró lo justo para llamar la atención y convertirse en uno de los protagonistas del festival. Si bien Mykki Blanco se dejó la peluca, CHRISTEENE, que no es nada divina y menos Divine de lo que se cree, trajo todo el equipo: el lipstick corrido, las bragas de esparto, el cuerpo customizado a cardenales, las coreografías más vulgares vistas en años –con un booty shake harto desagradable y dos boys que no querría en sus espectáculos ni una Kylie adicta al crack–, pero aún así una carta ganadora por lo de epatar a la modernez. No fueron los escupitajos, ni los trapos desgarrados, ni los tacos: fue el dilatador anal que se sacó de salva sea la parte en la que la espalda pierde su nombre y que acabó a los pies del respetable, como si se hubiera estado preparando para rodar una escena porno. Son las cosas que dan asco las que nunca olvidaremos. Cuando vuelva, un reto para CHRISTEENE: que le ponga un perro en el escenario, que el chucho se cague y se coma las heces. Esa será su verdadera prueba de fuego.

4. Verano súbito

No quiero sonar pesado ni repetirme más que el ajo, pero una vez más hemos tenido la prueba de que los ciclos de calor en Barcelona y las aperturas de Sónar están más relacionados (y perfectamente sincronizados) que los ciclos arquetípicos de Urano en el despertar de las grandes revoluciones y guerras de la historia. La cosa va así (verán que cada año es igual): el día de Sant Jordi, 23 de abril, uno se deja la segunda manga en casa y sale a la calle con un correcto jersey o una camisa larga, y el día que Sónar empieza, sea el que sea, el calor repunta y se acerca a los 30 grados, con lo que queda oficialmente inaugurado el estío. Parecía que este año no iba a ser así, porque el día antes hizo algo de fresco, pero la alianza cósmica entre Advanced Music y los astros es infalible y el jueves por la mañana la ciudad ya parecía una olla hirviendo. Por lo tanto teníamos lo típico: la peña que se tumba a tomar el sol y hasta se da cremita, el guiri con afán exhibicionista de un six-pack imperfecto, pechos palomos con el pelo de la tetillas asquerosamente rizado por el sudor y mujeres que el primer día nos enseñaban menos de lo que querían – outfit preparado el día antes arruinado por el calorazo inesperado–, pero que al segundo ya parecía que hubieran salido de la ducha. Por supuesto, mucha gente vestida decentemente y con estilo, aunque llamaban menos la atención.

5. Sónar+D, el refugio ‘normal’

Sónar+D es un festival dentro del festival, con sus ‘actuaciones’ estelares –la mesa de debate con Skrillex y Richie Hawtin, hablando de apps para hacer música y gadgets de todo tipo como si fueran José Luis Garci y Eduardo Torres Dulce discutiendo sobre una película de John Ford–, con su zona de paso, etc. Pero es un festival muy distinto: mientras fuera está el hedonismo, aquí está el negocio; mientras fuera hay exhibicionismo sexual y otro tipo de disfunciones hormonales, dentro hay geeks concentrados en su última heroicidad de hacker. Son contrapuntos que se necesitan y que le dan (otra vez) una forma redonda a Sónar como evento que se cuida de la fiesta tanto como de la prospección de futuro. En próximas ediciones habrá que incentivar que los públicos se mezclen y compartan, y que las zonas de proyección de vídeo (el renacido SonarCinema) esté mejor señalizado, y que se pueda relanzar la vieja oferta de conferencias y debates. Porque vale la pena disponer de algunas horas para Sónar+D, aunque sólo sea porque dentro hay sombra y se está fresco.

6. El choque entre generaciones

Si hay un contraste entre el público fiestero y el público geek, más fuerte es aún el del público fiestero joven y el público festivalero de una cierta edad. Esto no se notó tanto el sábado por la noche, donde la gente (sobre todo la que entraba a primera hora; la otra es la que se queda haciendo botellón por los alrededores demostrando bastante racanería, mal gusto, incivismo y tics crustáceos) era de una edad casi homogénea, con alta proporción de turistas en pequeños grupos muy bien vestidos, ordenados y discretos –todos vimos cómo los dedos iban de la bolsa a la dentadura, pero lo vimos sin ningún despliegue exhibicionista–, preparando el terreno para cerrar con Garnier e irse a casa rendido, derrumbado, pero feliz. Pero el viernes se vio algo nuevo en Sónar, vino gente que no frecuenta el festival y que se comporta como la langosta: dejando los maizales destruidos al paso de la plaga. Y se vio desde primera hora, alcanzándose un contraste de edades y de públicos muy extraño, porque el fan de Kraftwerk necesita ser puntual para ver a su grupo favorito, y al fan de Skrillex le dio por venir también antes porque igual le picaba la curiosidad y después pinchaba Baauer. Y cuando se fueron los que venían sólo por Kraftwerk, se quedaron los cachorros de la EDM: un público que existe, que es enorme, y con el que nos reencontraremos dentro de unos días en las playas celebrando San Juan: en él se da una mezcla entre el viejo crustie –con sus dreadlocks, sus shorts tejanos con parches, sus brazos sucios– y el moderno, entre el aficionado a tener perro y beber calimocho y el niñato comebolsas. El ‘efecto Skrillex’ es un hecho, pues el viernes lo acaparaban todo y el sábado no se les vio.

7. Skrillex: lacra balsámica

Aunque no lo crean, hay gente respetable que afirma que fue lo mejor de Sónar. Esta gente respetable, que tiene una cultura musical envidiable y además serían candidatos a yerno perfecto o ganadores por goleada del programa de “Un Príncipe para Corina”, se basa en la idea, nada discutible, de que fue un oasis de diversión despreocupada en medio de un Sónar que, casi siempre, se tomaba muy en serio. Es algo lícito: hay dos maneras de defender a Skrillex, una desde la óptica del piyuli y otra desde el amplio conocimiento de los fenómenos del clubbing en una fase de hastío, descreencia o crisis de fe –en plan ‘estoy saturado de ciertas cosas y temporalmente me acerco al lado oscuro para oxigenarme’–; la opción irónica de ‘voy de que me gusta para provocar’ no sirve, está muy vista y es muy predecible. Pero eso no justifica que musicalmente fuera el suyo un discurso vacío, de impacto visceral y muy cortoplacista: hoy quizá se disfrute, se jalee y sirva para rematar una noche frívola, pero todavía está por ver si el legado que va a dejar Sonny Moore –y con él otros adictos al drop, el serrucheo y la jarana de teen de vacaciones en Lloret– sobrevivirá mucho tiempo y logrará alcanzar prestigio. Sí, muy guay la nave espacial, las luces y el impacto súbito comparado con el minimal house al amanecer de Richie Hawtin, pero hay cosas que perdurarán y otras que no. Skrillex, de momento, está en el bando del no.

8. El Sónar de los récords

Sónar ha metido este año, entre los dos recintos de día y de noche (más la noche de clausura en el CCCB del domingo) a 121.000 personas, según la organización. Esto significa un aumento del 24% con respecto a 2012, que ya fue año de récords, con 98.000 asistentes, y que ya daba sensación de agobio. Este incremento tan fuerte hay que atribuírselo a varios factores –el festival se ha convertido y consolidado en un ‘must’ del calendario, una cita preferible a otras y por tanto es la que vende la entrada, etcétera–, pero también gracias a Skrillex y su cuadrilla, Diplo incluido, un Diplo que cada vez interesa menos como artista y más como fenómeno comercial (algo así como el Gay de Liébana de los ‘global beats’, siempre facturando). El festival hizo bien en no posicionarse ni a favor ni en contra del furor EDM –se refugió detrás de la equidistancia, dejando que fuera el público el que dictara sentencia–, y la respuesta del público ya la vimos: fue entregada, entusiasta, masiva (un mínimo de 10.000 personas en ese aumento le corresponden), pero también era el público (o una parte de él) que estaba haciendo bulto en Kraftwerk y preguntándose quiénes eran esos viejos. Estamos muy a favor de que Sónar crezca, porque el crecimiento le da fuerzas para seguir con su misión, pero no hay que olvidar a costa de qué se ha conseguido este año y vale la pena preguntarse si la EDM a cholón es el camino, o si es mejor darla con cuentagotas a última hora, como el año de deadmau5.

9. Max Richter plays delicatessen

Lo que se hizo el domingo estuvo muy bien: un concierto final que no se podía programar en ningún otro espacio de Sónar –porque requiere silencio, un silencio sepulcral que el público respetó como era menester– y que compensaba esa fuerza de equilibrios entre el jolgorio y la seriedad, entre lo lúdico y lo vanguardista. Hubo una época en la que Sónar quiso investigar las conexiones entre los lenguajes de la música clásica y la electrónica, que son mundos cercanos pero separados por un accidente geográfico que requiere puentes que los pongan en contacto. Aquellos conciertos se hicieron en el Auditori de Barcelona y fueron experimentos imperfectos pero muy interesantes. Lo de Max Richter, sin embargo, no es imperfecto: está basado en un trabajo previo de composición –la reescritura completa de “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi, llevadas a su estilo neo-impresionista con trazos de barroco italiano del XVII, que como en el disco editado por Deutsche Grammophon suenan familiares pero distintas–, y con una meditación muy profunda sobre la forma y la substancia de la música. Richter guardó el halo clásico –el grupo elegido, Bcn216, no es especialista en música barroca, pero sí estaba capacitada para tocar la parte concertante en un lenguaje minimalista, con la parte del violín principal conservada en un estilo genuinamente veneciano–, pero modificó la esencia de la pieza con un lenguaje reconocible como actual, muy siglo XXI, sin que se apreciara ninguna falta de respeto al Prete Rosso. Faltó clavicordio (el bajo continuo lo llevó Richter con piano eléctrico), pero sobró calidad.

10. Experiencia memorable

Por lo demás, nos llevaremos al recuerdo varios conciertos y DJs que hicieron muy bien su trabajo. Aunque Sónar funcione mejor como experiencia colectiva y zona de convulsiones por la que se transita sin rumbo, buscando cosas distintas –durante el día, actuaciones diferentes; durante la noche, un buen groove para alargar la fiesta–, el cartel sigue cuidado y atento a lo que se cuece; el público es protagonista, pero el guión lo escriben los artistas, y no parece que eso vaya a cambiar. Tener a Kraftwerk es un lujo (y conservar después las gafas 3D como fetiche resulta un regalo muy valioso), por no hablar del gustazo de escuchar a Chromatics en una hermosa tarde de sol a la hora de la siesta, o asistir a un Francesco Tristano desbocado reinventando el techno con piano de cola, o de sufrir fracturas de fémur causadas por los graves hiperviolentos de Raime. Por cosas así, Sónar seguirá siendo el rey de los festivales. Cada vez más grande, cada vez más inabarcable, pero con la posibilidad de encontrar pequeños momentos mágicos en los que aislarse de tres días de pitote, mogollón y barullo.

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