Listas

Los mejores momentos de Primavera Sound 2013

Hemos repasado música y tendencias; falta por echar un vistazo a las anécdotas del festival, las que han marcado el humor de una edición difícil de olvidar

El frío, la noria, la comodidad, los incestos, la feria discográfica, los que hablan todo el rato: son algunos de los momentos míticos de este Primavera Sound que ya ha acabado. Una vez hecho el repaso de todo lo musical, hablamos de lo anímico.

Cualquier persona que pase por un festival –y que lo viva de verdad, no sirve estar allí de paseo a desgana– se vuelve a casa con una carretilla de experiencias que acaban de formar parte del gran libro de las anécdotas. Resumir un evento como Primavera Sound en diez momentos es, por tanto, no hacerle justicia por completo: siempre suceden cosas curiosas, extraordinarias o emotivas en otro lugar en el que tú no estás –con tantos escenarios, y tan separados entre sí, cualquier intento de jugar a ser dios se queda en un rotundo fracaso–. Por tanto, tómese este texto como una sucesión de impresiones muy particulares en la que se suman los distintos puntos de vista de quienes fuimos allí a cubrir el evento para PlayGround. Si tú tienes algo que añadir, hay una sección de comentarios aquí abajo a tu disposición. Nosotros lo vimos así.

1. El frío

Las bromas a propósito del cambio de nombre del festival a Invierno Sound empezaron a menudear entre la gente, sobre todo cuando a partir del viernes antes de caer el sol empezó a soplar un frío viento de levante –conocido por los marineros y los hombres del tiempo como ‘solano’, un nombre que entra en franca oposición con la temperatura real del momento; ojalá hubiera sido de poniente para escribir ‘céfiro infecto’, que es como Quevedo se refería a las ventosidades del culo en “La Culta Latiniparla”–; viento que hizo incómodo el deambular por los lugares si no te habías proveído de manga larga (y gruesa). Las soluciones eran pocas: o refugiarte entre la gente en un concierto, confiando en que se congelaran otros por ti para así parar el golpe del aire, o irse al Auditori o buscar un resguardo en los WCs (este año más numerosos y más limpios que nunca, eso se agradece). Por unas horas sentimos lo mismo que un cosaco siberiano, y los más puñeteros incluso aprovecharon para hacer mofa de todos estos incautos (turistas, sobre todo) que iban de un lado para otro en camiseta o enseñando carne tiritante. Los haters del vestir obtuvieron su pequeña venganza.

2. Y sin embargo, buen tiempo

Esta temperatura refrescante de viernes y sábado, que ya indicó Alberto Guijarro en rueda de prensa que era estadísticamente más probable en la tercera semana de mayo que no en la última, la que debería ser la semana ‘natural’ del festival, sin embargo fue tenida por buena por buena parte del público, sobre todo desde que semanas antes, con amenazas más de futurólogo que de experto en meteorología, se decía que en Barcelona caerían chuzos de punta estos días. A la hora de la verdad, ni una gota de lluvia, lo que hizo posible seguir el festival sin tener que preocuparse con inclemencias del tiempo y que espantaron el gafe que suelen arrastrar Blur cuando tocan en España, que es atraer la lluvia en un mecanismo inverso al de las Vírgenes de las procesiones, que normalmente salen para espantarla. Hablando de gafes, mientras veníamos a Wu-Tang Clan nos informaban de que Arjen Robben también había espantado su mala suerte en las finales colocándole un gol al equipo del entrenador del momento que más se parece a Ricardo Villalobos, Jürgen Klopp. Como no jugaba en Champions ningún equipo español, al final, a nadie le importó el fútbol. Bueno para la música.

3. El regreso de las tribus

Al salir el nombre de Klopp ustedes habrán pensado en un hipster. Vale. Pero les advierto (y confieso) que estoy hasta los cojones del concepto y, sobre todo, de su abuso para todo, que ya es hipster hasta el que reparte el butano. También de quien lo utiliza como apelativo denigrante para con el público (nota: lo de hablar de ‘postureo’ es más antiguo que el Acueducto de Segovia; no habéis inventado nada), como si fuera cosa de los últimos tiempos lo de seguir una moda. Hace unas décadas, existían las tribus urbanas: la gente se vestía y se comportaba de cierta manera en función de su gusto musical –eras punk, heavy, gótico o pijo, entre muchas otras variedades–, y era una forma de soportar la marginación de una sociedad que lo que premiaba era la uniformidad, el no diferenciarse. Sin embargo, ahora estamos en un momento contrario: ya nadie quiere pertenecer, todo el mundo quiere excluirse (para no acabar siendo nada, sólo masa uniforme). Sólo alguien muy inconsciente se definiría como hipster, porque lo que se lleva es atizar al que, por decirlo de una manera sencilla, se cuida y se expresa. No acabamos de comprender qué tiene de malo llevar una barba, o unos shorts con medias y zapatillas Vans, o una corona de flores o una camiseta de cuadros por encima de una camiseta con el logo de Vampire Weekend, en vez de ir con una camiseta negra y unos tejanos. Es paradójico que se tilde de hipster –que implica un estudio de la apariencia y el gusto mucho más exagerado y artificial– a quien va a un festival como se viste cuando va a trabajar, o sea, de Zara y H&M, sólo que con un poco más de toque personal. Hacéoslo mirar. Sois todos lo mismo y no lo sabéis.

4. La feria discográfica

Si hablabas con la gente de la feria –los que tenían stand y ofrecían sus productos–, había dos puntos de vista distintos: el que decía que no había mucho movimiento y el que se llevaba una sorpresa porque creía que iba a haber menos. Después de todas las hostias que se ha llevado el sector discográfico, el alarmante descenso de las ventas y el desinterés por el gran público por los formatos físicos (y que encima estamos más pobres que nunca), la verdad es que era para darse con un canto en los dientes. No sólo porque siempre había aquí y allá gente mirando discos (y comprándolos), sino porque la feria no parece ir a menos, sino todo lo contrario. Que se lo digan, si no, a los de Rough Trade, que hicieron su agosto antes de tiempo. Es tan sencillo como que si tu mercancía es buena, finalmente alguien viene a llevársela –y que nadie lo saque de contexto; lo que sucediera a partir de las 2 de la madrugada no es asunto mío–.

5. Anunciado el primer artista de 2014

Cuando se avisó de que Primavera Sound anunciaría por las pantallas gigantes el primer nombre de 2014, ya salieron los de siempre pidiendo los mismos sueños (casi) irrealizables de otras veces: que ojalá sea Daft Punk (por favor, BASTA), o Boards of Canada (un grupo que ha tocado cinco veces en su vida; ja ja), o David Bowie, que se va a jubilar pronto. Al final, todo fueron chascos para los turistas de la música y una alegría para los verdaderos militantes en la exquisitez de lo que, así a bulto, conocemos como pop-rock independiente. Neutral Milk Hotel, mito underground como pocos, estarán en el festival el año que viene, y decirlo tan pronto y de manera tan sonada es la manera que tiene Primavera Sound de decir: “sí, nos hemos hecho grandes, pero no nos olvidamos de la música que realmente importa”.

6. Una Boiler Room para los chavales

Lo de Boiler Room es un Expediente X difícil de comprender a menos que se asuma –paradojas de los tiempos– que hay gente que prefiere sentir la experiencia del clubbing como si fuera una proyección de cine: como Mahoma (y por Mahoma léase cualquier DJ que haya tenido un pequeño pelotazo underground) no va a la montaña, o sea, tu ciudad, la montaña va a Mahoma, que es poner una webcam y seguirlo desde la comodidad de tu iMac. Y la ubicación de una Boiler Room con talento local (BeGun, Headbirds) e internacional (Actress) en Primavera Sound demostró que, por mucho streaming que se haga, no hay nada como estar en la pista, con el DJ delante (o detrás) y el sonido a través de un buen equipo. Cierto es que había alguno que se lo tomaba con demasiado énfasis –está en la naturaleza humana la vanidad de que se te vea a través de una cámara de mierda en Hong Kong, supongo– y con demasiado ímpetu químico cuando aún no había caído el sol, pero como hemos dicho más arriba, y a diferencia de los tertulianos de Intereconomía, son temas que no nos incumben.

7. La comodidad

Para los que iban a otro ritmo, lo que más se ha agradecido de este Primavera Sound era la comodidad. El recinto estaba petado de gente, es cierto, pero era tan grande que la sensación de espacio se percibía por todas partes; sólo había incomodidades si uno se las buscaba. Por ejemplo, para acceder al escenario Pitchfork había la opción angustiosa (bajar las escaleritas estrechas para ahorrarte unos metros) o la más holgada, que era dedicar medio minuto más a descender la rampa entera y luego hacer una curva. Lo mismo en los grandes escenarios: era curioso que, cuanto más adelante te ibas (a menos que fuera Blur, claro), más fácil era encontrar sitio. De los retretes ya hemos hablado, y de la comida tampoco nos podemos quejar: este año incluso se repetía la oferta de comida japonesa (cortesía de Bouzu, con precios populares; echamos de menos, eso sí, a nuestro enfurecido amigo Takeshi).

8. Incestos artísticos

Betunizer tocando con Daniel Johnston. Jenny Lewis acompañando a The Postal Service. J Mascis dejándose caer un rato por Phoenix. Bilinda de My Bloody Valentine echando una mano a The Jesus & Mary Chain. Dev Haynes en la banda de Solange. Son habituales estos intercambios de cromos en Primavera Sound, se nota que hay hermandad entre los artistas, que muchos trazan alianzas improvisadas que luego acaban derivando en momentos especiales. Y no hablamos de las (supuestas) timbas de póker que, se dice, organiza Steve Albini cada año cuando viene, y que tan pingües beneficios parecen darle. Hablamos de algo tan lógico y humano entre artistas como es colaborar de manera generosa. Esta camaradería se nota luego con el público: cada vez son más los momentos de locura (no hablamos de Dan Deacon, que ya lo hace siempre, sino de Nick Cave, que se bajó al escenario), y algunos son tan esperados como el stage diving de Alice Glass (Crystal Castles), que todo el mundo espera siempre iPhone en mano. Algún día estará todo el mundo tan pendiente de la foto que la muchacha igual se estampa contra el cemento y pierde dos molares.

9. La gente que habla: asco

Luego está otro tipo de gente: la que va a los conciertos pero se la suda todo, que están ahí a cholón, sólo para hacer bulto, y que incluso tiene la desfachatez de hacer corrillos sentados, como si en medio hubiera una hoguera. Esto es un caso extremo, pero los que están todo el rato de palique molestando empiezan a ser muy cansinos: ¿de verdad no hay suficiente campo para ir a contarle a tu amiga lo que quieras contarle sobre que te ha bajado la regla en el momento más inoportuno y lo tienes que hacer en las primeras filas de James Blake, que es un artista que si algo necesita es silencio? Creo que hablo en nombre de muchos cuando decimos aquí, públicamente, que basta ya con esta actitud. Si queréis hablar, compraos un teléfono y un balcón, y dejad de dar la brasa.

10. La noria

Los que decían que Primavera Sound copia a Coachella por tener una noria, yo os digo: ya le gustaría a Coachella tener la noria de la Feria de Abril de Barcelona, que se acabó pocos días antes en el Fòrum, tras largas noches de sevillanas y manzanilla. La noria ya estaba ahí, era la noria para los hijos de Santa Coloma, L’Hospitatalet y Badalona, era una atracción de feria monstruosa que, una vez ahí, y con lo que cuesta desmontarla, se aprovechó para Primavera Sound, y a caballo regalado no se le mira el dentado ni se le hacen feos. Una noria a la que se subió la gente –con mareos y todo– y que llevaba un aroma a Cantores de Híspalis y Ecos del Rocío que tiraba de espaldas. Ni el más modernillo o wannabe podría superarlo: zasca.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar