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Trend topics 2010

3: #new kosmische

Trend topics 2010 3: #new kosmischeEl regreso de muchos músicos electrónicos al sintetizador como herramienta principal en sus estudios de grabación se explica, básicamente, por una sola razón: la necesidad urgente de tocar, de poner la mano sobre algo que no sea únicamente la superficie curva de un ratón. La década anterior, que ha sido la edad dorada de los procesos de edición y producción digitales, acabó con una borrachera colosal de software, miradas fijas en la pantalla de un ordenador y sensación de irrealidad –por lo intangible y líquido de la música– que ha acabado llevando a muchos músicos al terreno de juego de lo analógico (cuando no al de la música con instrumentos convencionales, acústicos). Donde antes se tenía fe ciega en la producción con Logic o Ableton Live, los retoques con plug-ins y la masterización final con ProTools, ahora es preferible afinar los instrumentos de oído e improvisar sobre teclados y paneles con ruedas y botones.

El sintetizador tiene un aura romántica que ningún software podrá recrear nunca. En su gira por teatros presentando una ejecución en vivo de su disco “Oxygène”, Jean Michel Jarre presentaba la experiencia como un regreso a la pureza del sintetizador y a la electrónica “que se palpa con la yema de los dedos”. Comparaba los viejos ARPs, Moogs y Korgs que aparecían en el escenario como el equivalente electrónico a los Stradivarius que tantos violinistas y museos tienen como tesoros de valor incalculable. Jarre los acariciaba como mascotas o joyas preciadas, los cuidaba porque insistía en que eran “aparatos frágiles que necesitan su tiempo para empezar a funcionar”. En algunos momentos del directo, algún sintetizador desafinaba y había que recuperar la tonalidad correcta con un margen de reacción escaso, por puro instinto, sin detener la música. En comparación con un software, donde se compone como quien monta un puzle, sin límite de tiempo y con la opción de hacer, rehacer, añadir y corregir lo que se desee, el sintetizador clásico ofrece la opción de regresar a tiempos pasados, a texturas olvidadas y a emplearse en un nivel mayor de dificultad. En una época en la que el objeto se diluye y desaparece –la tecnología se miniaturiza, los libros, las películas y los discos empiezan a ser ficheros en la red en los que no hay papel, sala de proyección o plástico, sólo un código binaria–, el revival cósmico ha sido la más contundente protesta contra un mundo en transformación y un intento desesperado por detener el tiempo.Pariente cercano del pop hipnagótigo del que aquí se hablaba hace un par de días, el nuevo sonido kosmische tiene algo de proustiano, de ir en busca del pasado –del tiempo perdido– y recobrarlo en un estado de duermevela en el que no se distingue entre realidad e ilusión. No es exactamente un revival de la música planeadora alemana de los 70 ni del viejo rock progresivo, ni tampoco una defensa de la música new age de principios de los 80, sino una recreación parcial del sonido, o la mística, de aquellas escenas que muchos de los neo-cósmicos conocieron de manera tangencial cuando eran niños. Del mismo modo como ocurre en el hypnagogic pop de Rangers, James Ferraro o Julian Lynch, la juventud corre por las venas de una escena que ha recuperado el sintetizador, el secuenciador y demás máquinas vetustas –una vez más en el mercado de segunda mano tras el boom del garage-rock de guitarras de 2001 y el imperio de las herramientas digitales, que tantos estudios profesionales desmanteló– y ha empezado a utilizarlos de una manera, por ahora, más instintiva que virtuosa.A finales del año pasado se empezaba a intuir un regreso del sintetizador modular al centro del underground electrónico (sección experimental, sin visos de querer entrar en contacto con el circuito de baile). Lo que entonces se llamó hauntology –y que tenía dos corrientes mayores; una cerca de la library music y los efectos de estudio radiofónico de los años 60 como en The Focus Group o Moon Wiring Club; la otra más ambiental, oscura y en parte procedente de la escena drone, con Emeralds, Mordant Music o The Caretaker / Leyland Kirby– es el germen del actual circuito de synth-improv como la chill-wave de Memory Tapes y Neon Indian lo ha sido del hypnagogic pop de How To Dress Well. En realidad todas éstas son microescenas vecinas, puntualmente conectadas sin fricciones (también hay espacio para el witch house) y reunidas en un underground que ha encontrado para sí nuevos usos de la tecnología con un evidente trasfondo escapista. No sería aventurado asegurar que todas éstas son músicas producto del actual estado de confusión –en valores morales e incerteza económica– de la sociedad occidental: en ellas se adivina un descontento con el pasado reciente, un regreso a tiempos de mayor certeza moral, a días en los que la tecnología tenía mística y la velocidad de los cambios no era, ni de lejos, tan angustiosa como ahora.Si ése es el deseo, la década que se extiende entre 1974 y 1984 es el momento ideal para un regreso al pasado en el que el mundo empezaba a creer en el futuro como posibilidad cierta y no como esperanza romántica de la edad de oro de la ciencia-ficción. En aquellos años, el futuro tal como se soñó se estaba materializando ante los ojos de la gente: la televisión en color entraba en los hogares, nacía el ordenador personal, el vídeo se convertía en un electrodoméstico imprescindible junto a la cámara de fotos, mejoras en los coches, los trenes iban más rápido, llegaban imágenes del espacio gracias a los satélites artificiales, las naves espaciales salían de nuestra atmósfera, el Concorde cruzaba el Atlántico en tiempo récord. Del mismo modo en que algún día la generación nacida en estos años envidiará con los ojos húmedos la “lentitud” y el “aura romántica” de la actual etapa de internet, el iPod, la biogenética y la conquista de Marte, el batallón cósmico de hoy anda obsesionado con aquellos 80s ingenuos filtrados por difuminados recuerdos de infancia.

El rescate ya no consiste únicamente en tomar el krautrock como punto de partida, sino en dar por superados los primeros años y los grupos más prestigiados, los que el rock ya ha aceptado en su canon –Can, Neu!, Kraftwerk– y en fijar la mirada en los virtuosos del sintetizador y en los pioneros del ambient. En una entrevista, Daniel Lopatin (alias Oneohtrix Point Never) explicaba que atravesó una etapa en su adolescencia en la que, al volver a casa tras una noche fuera, intoxicado por las cervezas y algo más, a él y a sus amigos no se les ocurría mejor manera de cerrar la velada que escuchando discos de Klaus Schulze. Ahí, en piezas como “Floating” –los treinta minutos que ocupan la cara A de “Moondawn”–, andan resumidos muchos rasgos de la escena cósmica: hay la adoración hacia el sintetizador, el objeto majestuoso, el tótem, pero también la estética de la música a la deriva, conducida rítmicamente por su propio oleaje de texturas, ensortijada en eternos bucles de notas. También se puede encontrar la misma sensación de flotación en viejos discos de Harmonia o Tangerine Dream –y no sólo los TD de “Risky Business”, citado siempre como el disco fetiche para los productores modernos de cosmic disco, sino los ciclópeos de mediados de los 70, los que van de “Phaedra” a “Tangram”–, y es en ese éxtasis inmóvil en el que lo neo-kosmische se recrea. Por momentos se adquiere una intención más pop, veraniega, como en Solar Bears, S U R V I V E, Com Truise o Tropics, pero el núcleo duro de la escena en este 2010 ha tomado como rehenes a los actores olvidados de la segunda ola cósmica alemana, empezando por Ash Ra Tempel y llegando a Robert Schröder y Software.La mayor crítica contra todos estos cachorros del sintetizador analógico va siempre en la misma dirección: muchos de ellos son meros revivalistas de un pasado que estaba dormido y casi olvidado. No hay que desestimar este reproche: escuchando al trío de Ohio Emeralds –y, en especial, los proyectos en solitario del teclista, John Elliott–, se entiende el escepticismo, y más aún cuando se observa que, al rebufo de todos ellos y el ruido mediático que han generado en el underground, sellos como Important deciden practicar arqueología y reeditar “clásicos olvidados” como ese “Wizards” del músico francés J.D. Emmanuel, que resume todas las características que han hecho de la palabra “new age” un cliché ridiculizable –las referencias a la magia, al esoterismo, a los ovnis y a la filosofía oriental–.

New age es un concepto que se tiene que manejar con cuidado cuando se habla de la escena neo-cósmica, porque no significaba a principios de los 80 lo mismo que hoy –en otras palabras: la distancia que separa la música ingenua, futurista, con referencias a la carrera espacial y la creencia firme en el progreso moral de la especie humana, de la más prescindible música para relajación, yoga y estudio del equilibrio interior–. Esa ingenuidad, ahora en un plano retrofuturista, es la que comparten Emeralds, Oneohtrix Point Never, Stellar Om Source, Dylan Ettinger y Rene Hell; también hay la pátina galáctica y el efecto de disociación mente/cuerpo como en una deriva ingrávida, pero ésta es música escéptica como corresponde a estos tiempos de transformación: no hay mensaje espiritual ni promesa de vida en el más allá. Su escapismo es hacia la infancia –el estado fetal, la seguridad de una burbuja aislada del exterior, la mirada al futuro con ojos de niño, de ahí la citación constante de Boards Of Canada como un referente sin el cual no se entiende esta música– y no hacia el yo interior y la conciencia universal.Fundamentalmente distribuido en formato cassette o en vinilo, el sonido neo-cósmico lo tiene difícil para consolidar un circuito que no sea endogámico. Para eso, debe acercarse al pop y ahí se topará con los hipnagógicos –Gary War, Ferraro, Ducktails–, que son un lenguaje aparte. Los que han logrado trascendencia han sido los que se han infiltrado en el establishment de la música experimental –ahí ha jugado un papel decisivo el fichaje de Oneohtrix Point Never y Emeralds por Editions Mego–, y quien no consiga abrirse camino tendrá que seguir en las catacumbas. En realidad, no hay otro lugar mejor para el nuevo sonido kosmische. Avanzar hacia el mainstream significaría transformarse en rock progresivo (pregunta: ¿es realmente necesario un revival de Genesis?), aunque está el caso de Games –Daniel Lopatin y Joel Ford–, en el que el culto al sintetizador les arrastra hacia el italodisco, Jan Hammer, Peter Baumann y otros ejemplos de kitsch 80s –área difusa en la que otros compañeros de sello, como D’Eon y Laurel Halo (esa intrigante Kate Bush para tiempos expansivos y ambientales), también buscan un lugar–. Por ahora, pues, los sellos que manejan el grueso de la escena son aquellos que se sienten cómodos planchando tiradas limitadas en vinilo, cassettes y puntuales CDs, como Type, Digitalis, Olde English Spelling Bee, Aguirre, Ruralfaune, Arbor o Not Not Fun, canteras en las que se han dado oportunidades (o reediciones con mayores opciones de difusión) a proyectos como Ossining, Radio People, Brother Raven, Pale Blue Sky o Stellar Om Source, los auténticos (y también entrañables) astronautas sonoros de nuestros días. La existencia de un lado oscuro en esta escena –como existe una materia oscura en el universo–, con Rene Hell y Exp 70 a la cabeza, es la garantía de que mirarse el ombligo, a partir de ahora, está absolutamente prohibido.

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Diez discos clave del boom kosmische del año 2010. Diez burbujas de aislamiento en las que se ha revalorizado el poder estético y el atractivo táctil del sintetizador. Diez barricadas para contener la inundación de datos digitales y el imparable incremento de la velocidad de los acontecimientos.

1. Brother Raven: “Diving Into The Pineapple Portal” (Aguirre)Jason E. Anderson y Jamie Potter han encadenado dos discos este año, ambos en vinilo y siempre por debajo del radar de la música habitual en los medios de comunicación –incluso los más indies–. Y es que el dúo de Seattle no parece querer ir por el camino de Emeralds y domesticar sus fogonazos de electrónica analógica con melodías accesibles o fases de guitarras. En “Diving Into The Pineapple Portal” –continuación de “VSS-30” (Digitalis) que incluso va acompañada de una cassette con cerca de una hora más de material–, Brother Raven apuntalan y perfeccionan una estética cósmica que se muestra, de todos modos, menos arisca de lo habitual, saliendo del frío del cero absoluto en grados Kelvin al rescoldo de una estrella enana.

2. Dolphins Into The Future: “The Music Of Belief” (Release The Bats)A nadie le viene mejor la etiqueta “new wave of the new age” que a Lieven Martens, músico belga que lleva años empleando el tiempo en grabar sonidos de delfines y otros cetáceos y situándolos estratégicamente en el corazón de un sonido que es ambiental hasta extremos cristalinos y que en principio parece una broma a costa de mucho artista de field recordings que se toma su profesión de meter micrófonos en los sitios más en serio de lo que deberían (pero que en realidad de broma no tiene nada). Si no fuera por los extraños juegos de modulación de frecuencias que practica Dolphins Into The Future, emborronando de vez en cuando el mantra ambiental, se diría que lo suyo es música de relajación sin coartada. Por suerte, la tiene, aunque jugando con fuego: entre esto y la “música de ballenas” hay milímetros de diferencia.

3. Dylan Ettinger: “New Age Outlaws” (Not Not Fun)A la gente del rock, si se les pregunta qué opinan de Tangerine Dream, suelen responder que les gusta el primer disco, “Electronic Meditation” (que es el menos “electronic” de todos). A Dylan Ettinger, en cambio, le haces la misma pregunta e igual te responde que “Zeit”, o “Phaedra”, y si se despistas hasta igual dice “Rubycon”. Este vinilo, la versión con nuevo mastering de una cassette de circulación limitadísima, reúne todos los rasgos sonoros de la vieja música planeadora alemana, pero con fases de psicodelia tribal que disimulan la bacanal de sintes ondulantes que domina el recorrido del LP de principio a fin. Premio también a tan explícito título.

4. Emeralds: “Does It Look Like I’m Here?” (Editions Mego)El trío Emeralds ha tenido un año hiperactivo, con cada uno de sus componentes tomándose la libertad de publicar cuanto más material en solitario mejor, pero es en este álbum donde se mantienen todos bajo control y evitan los excesos que a Mark McGuire le llevan a rozar el noise-rock con su guitarra y a John Elliott a las escapadas cósmicas retro. En “Does It Look Like I’m Here?” rebajan el peso de las estructuras drone de discos anteriores y dejan paso a texturas más ligeras, melodías fugaces y fases de punteo de guitarra muy parecidos a los de Manuel Göttsching. En conjunto, es un trabajo de reactivación de la música planeadora convencido de que el pasado mola, pero que abre la puerta a interesantes dinámicas menos herméticas.

Emeralds – Does It Look Like I’m Here?

5. Expo 70: “Where Does Your Mind Go?” (Immune)El de Justin Wright y Matt Hill en “Where Does Your Mind Go?” es un tour de force de dimensiones colosales, tan vasto como la galaxia –oscura y turbulenta– que dibujan las piezas de este álbum. Y atención a los detalles: doble vinilo, cuatro temas (a corte por cara) y en total 70 minutos de improvisación analógica con preeminencia absoluta de sintes y pedales de efectos que transforman el sonido de bajos y guitarras en algo así como antimateria noise. En esencia, lo de Expo 70 suena a proto-Emeralds: comienzan en la estructura simple del drone y poco a poco lo van adornando todo de contaminación acústica y ráfagas espaciales que también le deben mucho a la improvisación turbia de bandas como Black Dice. El ala dura del sonido neo-kosmische, el Lado Oscuro de la Fuerza.

Expo 70 - Close Your Eyes And Effortlessly Drift Away 6. Innercity: “Visions From Dream State” (Ruralfaune Synth Series)Los discos de Hans Dens, belga con base en Amberes y próximo a Dolphins Into The Future, son de los que desaparecen a los dos minutos de entrar en el mercado. Ya sea en vinilo ( “Future Life”), en cassette o en CD-R, las tiradas de sus obras son cortas y de lo más escurridizo. De “Visions From Dream State” se plancharon 70 copias en compacto, con lo que Dens se garantizó que su aportación a la Synth Series de Ruralfaune (en la que también existen aportaciones de Oneohtrix Point Never) jamás fuera un best-seller, pero sí de que el submundo kosmische fuera creciendo en aura de culto. Aquí hallamos paisajes distópicos y futuristas muy en sintonía con lo que viene ofreciendo Dylan Ettinger. Merece una reedición.

7. Oneohtrix Point Never: “Returnal” (Editions Mego)Tras el impacto de finales de 2009 con “Rifts”, la recopilación de sus enigmáticos LPs y cassettes desperdigados aquí y allá, Daniel Lopatin quedaba ya nominado como el hombre central de toda esta escena neo-synth. Era lógico, por otra parte: opta siempre por las piezas cortas, las influencias del ambient y Boards Of Canada aportan mucha proximidad a su lenguaje y además sostiene un discurso teórico de lo más sólido. Pero más allá de eso, “Returnal” es una obra maestra que se escapa incluso a esta escena kosmische, todavía no preparada para experimentos de tanta profundidad como éste: melodías fractales, diferentes capas de profundidad, sensación de burbuja fetal, minutos noise, voces angelicales. Una explosión sensorial majestuosa.

Oneohtrix Point Never - Returnal

8. Rene Hell: “Porcelain Opera” (Type)Jeff Witscher es un agente hiperactivo del underground del que si hiciéramos recuento de todas sus cassettes sumaríamos horas de música suficientes como para acompañar varias sesiones de sueño. Tras haberse curtido en el circuito de ediciones domésticas, fichó por Type para publicar este álbum que marcaba un giro significativo en el manejo de viejos sintes modulares. Lejos del culto a Klaus Schulze de Emeralds y OPN, Rene Hell lleva las secuencias a un territorio sonoro más frío, anguloso, cercano al desarrollo cósmico que a principios de los 80 delinearon Coil desde la escena industrial (o por momentos incluso más retro, en un espacio difuso entre los primeros Tangerine Dream y Cabaret Voltaire).

9. Solar Bears: “She Was Coloured In” (Planet Mu)Solar Bears no son exploradores intergalácticos (o no lo son, mejor dicho, a tiempo completo): les interesa más la naturaleza, y este “She Was Coloured In” suena espacial, pero a espacios abiertos en el campo y en primavera. Como buenos irlandeses que son, SB tiñen sus piezas de verde y las llevan a territorio melódico, entre el sonido baleárico y la influencia decisiva de Boards Of Canada. ¿Por qué están en esta lista, pues? Porque en esta oleada de rescate de figuras progresivas de los años 70, Solar Bears significan la reactivación del continuum Canterbury, con citas simultáneas al folk astral, las sinfonías de Mike Oldfield y el ambient manso como el fluir de un arroyo por su cauce.

10. Stellar Om Source: “Trilogy Select” (Olde English Spelling Bee)Christelle Gualdi pertenece a la misma escuela que Daniel Lopatin. De hecho, se han cruzado más de una vez, han colaborado esporádicamente y comparten una filosofía de trabajo parecida. Por ejemplo, el formato CD-R les parece útil y necesario, y entre 2005 y 2009 Gualdi, bajo el alias Stellar Om Source, editó tres álbumes de los que ya no queda rastro físico. “Trilogy Select” reúne algunos de los cortes de “Ocean Woman”, “Alliance” y “Crusader” separando el grano de la paja y situando a su autora en el núcleo principal de la micro-escena synth de Nueva York. Entre la psicodelia y la onda cósmica y con un futuro prometedor por delante.

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