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The Year In Review

#top 75 discos internacionales 2010, parte III: del 25 al 1

Efdemin: “Chicago” (Dial Records)

Lo que escuchamos en “Efdemin” (Dial, 2007) fue una lección maestra de house sin una raíz clara. ¿Era más americano o europeo? Esa pátina de frío germánico, ¿resistía el calor de las melodías o se fundiría como un bloque de hielo en el trópico? ¿Era minimalista o progresivo, contenido en la pasión o torrencial como un amor ardiente? Lo cierto es que era todo eso y más, un poliedro de metahouse que se mereció justos halagos. Ahora llega “Chicago” y Efdemin parece haber dado un giro sin moverse del mismo lugar en el que estaba, una maniobra admirable que le muestra igual y distinto a la vez, más americano que antes pero también europeo sin remedio, más experimental sin renunciar a hablar con un lenguaje sencillo e inteligible. JB

24. How To Dress Well: “Love Remains” (Lefse Records)

Obsesionado con ser un cantante de pop al mejor estilo Justin Timberlake, el debutante Tom Krell ya puede vanagloriarse de haber logrado mucho. Por lo menos, convertirse en uno de los eslabones inevitables a la hora de analizar el entramado de la moda hipnagógica. Lo mejor de su proyecto How To Dress Well, además de alucinantes canciones, es que aporta muchas pistas al respecto de qué es, de dónde viene y a dónde va el género, cuestiones cada vez menos delicadas de responder. Krell, harto de militar en grupos de hardcore y black metal cuando iba al instituto, cuenta que un día empezó a “ odiar el rock” y se lanzó de lleno a lo que siempre había querido: escribir su particular visión del pop declinando el R&B según las gramáticas del drone y ambient. CR

23. Darkstar: “North” (Hyperdub)

Hay en Darkstar un poso idealista importante. En el fondo, es un disco más –y un disco clave– de la tradición retrofuturista, la que se sitúa en un tiempo anterior para especular cómo podría ser el futuro a partir de ese punto anterior. Si Kraftwerk y los primeros The Human League experimentaron la “nostalgia del futuro” –el anhelo de un futuro romántico, humanista y cálido en su apariencia fría, pero siempre desde el pasado–, Darkstar hacen el esfuerzo de trasladarse a la época del albor del pop con máquinas para soñar con otras perspectivas a partir de allí. Por eso el disco suena tan crudo, tan brumoso, aparentemente tan lo-fi, hasta el punto de que tiene más de The Normal que de Skream y más de Thomas Leer o Gary Numan que de Ikonika. JB

22. Forest Swords: “Dagger Paths” (No Pain In Pop)

Muchos comentarios que se han vertido sobre Forest Swords identifican su sonido con el de Ennio Morricone. Cómo no, aunque también resulta familiar en relación a lo que hace Richard Skelton, sobre todo cuando manipula instrumentos acústicos, como la guitarra e-bow, para conseguir sonidos prolongados que pasan ante tus oídos como cortinas. Forest Swords, en cambio, es mucho más rico que Skelton en complejidad de construcción y fuentes acústicas. También es mucho menos truculento. No le guía el dolor interior, sino más bien una antena muy desarrollada que le acerca a todo aquello que transmita densidad y algo de misterio. No es un artista dubstep, ni de lejos, pero de vez en cuando la espesura del bajo domina el humor de la pieza. RE

21. The Roots: “How I Got Over” (Def Jam)

De esencia dramática, confesional y melancólica, “How I Got Over” pasa por convertirse en el gran disco de hip hop de la era de la recesión. Ningún artista ni ninguna banda adscrita al género había manifestado con tanta precisión y humanidad la incertidumbre, las dudas, el pesimismo desconsolado y el optimismo contenido que genera por sí misma una época en la que cada desgracia, cada contratiempo, supone una carga más en las espaldas de la fe. La fe en Dios, en el hombre o en al arte, que son los tres ejes temáticos y argumentales que condimentan la propuesta lírica de un álbum que duele en el alma. Hacía demasiado tiempo que de un disco de hip hop no emanaba tanta emoción y sentido común. DB

20. Roska: “Rinse Presents Roska” (Rinse Recordings)

“Rinse Presents Roska” va más allá del funky. ¿Para qué conformarse con una descripción a medias cuando Roska está usando el lenguaje de los mayores? El álbum quizá no es la reinvención de la rueda, pero sí es house en estado de ebullición, o efervescente, porque las ideas surgen del fondo –de Chicago– y se espolvorean en orientaciones asimétricas para acabar mezclándose con las aguas de la historia, aportando su propio sabor y nutrientes. Este álbum tiene las condiciones de un futuro clásico. Aquí tenemos a un productor de corte old school, alguien que parece tener bien interiorizado –ya sea por conocimiento exhaustivo o por simple intuición– el léxico del house inmortal. JB

19. Four Tet: “There Is Love In You” (Domino)

“Ringer” fue un maxi trampa por sugerir que Four Tet podría tirarse de cabeza a la música de baile –sólo dos o tres temas del disco son abiertamente pinchables–, pero no al indicar que lo cósmico, lo setentas y lo extasiantemente noventas iban a funcionar de una manera tan exacta en su engranaje sonoro. Lo que anticipó “Love Cry”, por tanto, se ha cumplido: intensidad rítmica, hipnosis efectiva, textura acústica y una felicidad incontenible, sin matiz agrio –ni tampoco ácido–, que se contagia. Cuando se acaba el disco no sólo te sientes suspendido, sino que además te sientes bien. Evadido, satisfecho y pleno. JB

18. Beach House: “Teen Dream” (Sub Pop-Bella Union)

Más que flotar, todo repta en “Teen Dream” en un flujo amniótico suave y viscoso. Asimilando enseñanzas de forma consciente, sin limitarse a repetirlas como hacen tantos otros, aquí se digieren con mucha madurez las texturas de "Loveless" (referenciado ya desde la portada), se localiza el atractivo germen narcótico de Slowdive y se recupera de Cocteau Twins el aura de unos temas como catedrales submarinas en los que, a pesar del vasto andamiaje, no se pudiera levantar mucho la voz. De comentario aparte es la interpretación de Victoria Legrand, que imprime a su cantar de altísimos registros una profundidad casi masculina a la que, majestuosas pero íntimas, se rinden todas las canciones entre armonías que se doblan, arpegios de teclados y coros superpuestos. Todo menos sepulcral pero con el mismo tacto aterciopelado que nos hizo amarles. CR

17. DJ Nate: “Da Trak Genious” (Planet Mu)

Con estos materiales igual se edifica una nueva manera de hacer música de baile en las grandes ciudades americanas, quién sabe, y podría ser el aviso de que regresa Chicago con un nuevo house –atropellado, con continuadas caídas de ritmo y frenéticas remontadas, con voces de mujer aceleradas y voces de hombre afectado de halitosis– que abrirá una nueva edad de actividad en el norte tras varios años de sequía moderada. Sus conexiones con el hip hop –la producción le debe mucho al rap sureño por la cascada de breaks de la TB-808 y los instantes de deceleración comatosa en picado, al estilo del screwed & chopped jarabero– pueden ser una buena manera de expandir el mensaje. JB

16. Janelle Monáe: “The ArchAndroid” (Bad Boy Records-Atlantic)

“The ArchAndroid” engloba la segunda y tercera parte de un álbum conceptual. En total, setenta minutos pensados concienzudamente con el objetivo de situar al oyente en una superproducción cinematográfica. Monáe se refiere a este álbum como una aventura espacial del primer James Bond, una definición que, a grandes rasgos, es acertada. Sin embargo, en el viaje te encuentras un sinfín de referencias más. Desde "The Cotton Club" pasando por “Grease”, algo de “Dreamgirls”, incluso algún guiño a la factoría Disney. ¿Cómo se consigue eso? Con una producción excepcional y faraónica, un buen puñado de músicos con los que ha compartido mucho tiempo y con una voz preparadísima y camaleónica. MF

15. Arcade Fire: “The Suburbs” (Merge-Universal)

“The Suburbs” es un disco que atesora una complejidad matrioshkiana en sus intenciones y que, sin embargo, resulta más que accesible para todo aquel que se acerque, independientemente de las ganas que aporte para “rebuscar” entre sus múltiples capas. Cuando todo el mundo espera que Arcade Fire sigan siendo orfebres obsesionados con la miniatura perfecta, ellos optan por cazar su particular Moby Dick de cristal. “The Suburbs” no es un disco impecable. Pero, en una muestra más de que Butler y compañía le han tomado el pulso a la situación actual, esta obra abierta trasciende lo musical y aterriza, directamente, en el territorio del arte contemporáneo que araña lo social para arrancarle fascinantes jirones de poética belleza. RDT

14. Black Milk: “Album Of The Year” (Fat Beats)

Mi elegido como sucesor de Dilla siempre fue Black Milk, también de Detroit y alumno aventajado del maestro. El perfil estaba claro y meridiano, solo faltaba la última prueba de confirmación, el estallido definitivo. “Album Of The Year”, título sin intención onanista o presuntuosa (alude a una idea de resumen o compendio de todo lo que ha acontecido en un año, en ningún caso se autoproclama vencedor o rey de nada), llega como complemento ideal, ajustado y preciso de sus predecesores y, sobre todo, como nueva declaración de intenciones aperturistas y expansivas, salto de calidad y de madurez en todos los aspectos creativos que afectan y repercuten en el discurso de Black Milk. A día de hoy, la cúspide del boom bap experimental. DB

13. Sufjan Stevens: “The Age Of Adz” (Asthmatic Kitty)

¿Sinfotrónica? ¿Turbo-folk? ¿Glitch-gospel? ¿Música concreta o música con crestas? Lo nuevo de Sufjan no tiene nombre. A muchos les va a tirar para atrás cual aberración sin medida, pero quienes le aprecian por su desbordante talento como compositor, productor y cantante, deberían derretirse al instante. Del triple salto mortal que es “The Age Of Adz” no se puede esperar otra diversidad de reacciones. De hecho, ya han surgido comparaciones con otro disco de carácter impactante e inesperado, tan incomprendido en su momento como alabado después. Se ha hablado de “Kid A” y aunque parezca exagerado, tirando de ese hilo encontramos en “Adz” las mismas sensaciones que provocó aquel álbum antológico: una excitante confusión, el descoloque absoluto, la catarsis definitiva. “Adz” exige al oyente apartar a un lado los escrúpulos, escuchar de otra forma –prepárense para un largo recorrido de hora y veinte minutos; se requiere atención y paciencia–, y eso es lo más potente que cualquier obra de arte se puede plantear como premisa. CR

12. Daft Punk: “Tron Legacy” (Walt Disney Records)

Daft Punk consiguen darle en “Tron Legacy” otro empaque a la moderna banda sonora mainstream. Las cuerdas, los sintes y los himnos se infiltran en la piel y te dicen que la película no sólo será buena, sino grandiosa y trepidante, con sólo escuchar los zig-zags analógicos de “The Son Of Flynn” y “Arena”, la cabalgada de timbales de “The Games Has Changed” o las cuerdas mortuorias (puro Barber) de “Adagio For TRON”. Es música majestuosa, inolvidable, y además téngase en cuenta un par de detalles: pertenece al ámbito de la música neoclásica de Max Richter y Jóhann Jóhannsson y, en un año en el que lo analógico y el sintetizador retro han estado en el centro de la actualidad gracias a los neo-cachorros kosmische, han venido Daft Punk para aportar un grano de arena que en realidad es un diamante. JB

11. Actress: “Splazsh” (Honest Jon’s)

Actress da una lección de amplio conocimiento de la sintaxis del techno americano desde la óptica inglesa, situándose en las mismas coordenadas sonoras pero trasladando el eje hacia una textura de fin de madrugada, deshecha, como con fracturas en los huesos clave. Un disco como los de antes que suena a disco de ahora. Hace tiempo, se identificaba el sonido duro y fragmentado de Cristian Vogel como wonky techno. A “Splazsh” habría que aplicarle la misma descripción: es como si vinieran los marcianos, abdujeran el sonido Detroit y lo rehicieran partiendo de una geometría irregular, no euclidiana, desconocida para nuestros ojos. Cada minuto es un desconcierto, cada pieza una lección de clase e inteligencia. JB

10. Big Boi: “Sir Lucious Left Foot… The Son Of Chico Dusty” (Def Jam)

La vitalidad, el impulso, la originalidad, el punch y la frescura que echamos de menos en los últimos cuatro o cinco años de crónica rap sureña se concentran aquí sin titubeos ni momentos de impasse o relleno. El material es excelente, con muchos aspectos a explorar y glosar. De inicio, el concepto y la idea general del disco, que muestra un equilibrio y una lógica interna admirable. No pretende ser un alegato revolucionario, ni tan siquiera en el propio entorno de Outkast, pues la fórmula es reconocible en todo momento y se muestra respetuosa y fiel a los parámetros del grupo, sobre todo los de su primer álbum. Pero no se conforma con la recreación o el continuismo conservador de logros pretéritos, sino que se empeña en sonar flamante, reluciente y nuevo, con un laborioso y concienzudo proceso de chapa y pintura que maquilla, en el mejor sentido del término, el punto de partida. DB

9. The National: “High Violet” (4AD)

Sin escudarse en el impresionante cuerpo de su sonido ni en la brutalidad de las letras, el peldaño que les hace escalar hacia lo sublime se lo reservan para detalles como los fantasmagóricos coros o las solitarias trompetas. Prestando tanta atención a los pronunciados como a los diminutos trazos de su mullida orografía, perfilando metales, vientos y cuerdas como si los tallara en relieve, “High Violet” prioriza más que nunca la estilización de unos arreglos que siguen sepultados en el fondo de las canciones pero que son profusos como nunca. Por eso, frente al relamido “Boxer”, esto suena como un destructor alud de nuevas texturas. Su imborrable y preciosa caligrafía atrapa con el hechizo reservado únicamente a la alta literatura. Y eso no tiene otro nombre que el de triunfo absoluto. CR

8. Crystal Castles: “Crystal Castles II” (Fiction)

Ante la llegada de “Crystal Castles (II)” había dos posiciones claras –los fans y los enemigos con el cuchillo preparado entre los dientes– y dos maneras de entender a priori su música: los que consideran que son punks en la forma y los que tienen el pálpito, el feeling de que Crystal Castles son unos punks en el fondo, alborotadores mutantes que disfrutan con el caos espiritual más que con el material. En otras palabras: parecía que el primer disco era un desafío ruidista, una secuencia de melodías de arcade, máquinas con las tripas fueras y una niña borracha que gritaba mientras se le caían trozos de hígado por la faringe, pero en realidad era sólo una provocación sin mayores ambiciones. Entended el matiz: Crystal Castles no te quieren molestar con la violencia, sino con lo inesperado. Su ataque no es frontal y por la fuerza, sino por detrás y con inteligencia propia de Maquiavelo. Contra “Crystal Castles (II)” han ido asomado comentarios negativos porque, al parecer, no es el mismo disco que antes. Esas voces protestonas lo ven más edulcorado, menos rabioso. Y la culpa es vuestra –si te das por aludido– por pensar así. Los canadienses han conseguido sacarle filo a otra de sus muchas facetas creativas –aquí nos muestran la sensible, la eufórica, la que demuestra que no tienen sólo bilis, sino también emociones profundas y apasionadas– a la vez que continuaban arrastrando la estela de confusión, caos y minas antipersona del primer LP. RE

7. Magnetic Man: “Magnetic Man” (Columbia UK) + Skream: “Outside The Box” (Tempa)

En la progresiva escalada del dubstep hacia un espacio en los charts, Skream y Magnetic Man son, con sus respectivos discos, la punta de lanza: de “Perfect Stranger” –himno breakbeat-pop con la voz bien modulada de Katy B– a “Fire” (con Ms. Dynamite volviendo a lo grande) y el smash hit “I Need Air”, lo que se transparenta es el deseo de llegar a más gente y más arriba en el top de ventas sin por ello comprometer la calidad del conjunto. Magnetic Man en especial aspiran a que su música no sea exclusivamente funcional en los clubes más rígidos ni se corte por un patrón preestablecido. Hay unas cuantas piezas que siguen la estética wobblestep –líneas de bajo que se arquean como un animal a punto de embestir, breaks duros como el granito–, pero hay otras que buscan sonar en la radio generalista –a partir de registros pop, dance y R&B, nada menos–, otras que persiguen una riqueza musical en la frontera con las bandas sonoras de películas y otras más que ahondan en la historia de la cultura rave, una tradición de la que Magnetic Man quieren escribir un nuevo párrafo o, si los vientos les fueran favorables, incluso un nuevo capítulo. JB

6. Robyn: “Body Talk” (Konichiwa-Universal)

En casi todas las canciones de Robyn parece que la tipa te está dando un caramelo picante camuflado bajo un envoltorio de Werthers Original: cuando habla de amor va dejando caer que no es tan buena como parece, y cuando habla de la pista de baile lo hace como si la escrutara desde unas alturas que quedan (muy) por encima de la cabina del DJ e incluso de la zona VIP. ¿Una loba con piel de cordera? Algo así. Ya ha quedado dicho: “Body Talk” es como un cubo de Rubik. Como tal, los colores que deberían estar ordenados uno por cada cara se van entremezclando para conformar combinaciones sorprendentes y estimulantes. Nada es lo que parece en el álbum de Robyn. Bueno, sólo una cosa es lo que parece: que esto es un greatest hits tremendo. Y, por ello, la repetición compulsiva no puede acabar en “but no”. No. Esto termina aquí y ahora en un “yeah” gigantesco como una casa. O, más bien, gigantesco como la catedral del sonido. RDT

5. The-Dream: “Love King” (Def Jam)

Con “Love King”, The-Dream te vende el amor real, el de todos los días, el de “joder, te quiero mucho, pero si mi ex la que me hizo mucho daño me manda un sms se me pone el culo pequeñito” (“ Nikki Pt. 2”). O el de “sí, he salido de fiesta, me he magreado un poco con una lumi, pero he vuelto a casa contigo y es algo que puedo solucionar pasando por Sephora” (“ Make Up Bag”). Así de crudo y acabas comprando porque llega un momento en el que te das cuenta de que la idea de amor romántico es una mentira que nos vendió Disney cuando éramos pequeños. ¿Dónde está el truco? Pues en el envoltorio, como todo producto con hype. Las producciones de Mr. Nash tienen denominación de origen: sintes del amor, melodías de algodón de azúcar, efluvios de autotune, bombos y cajas clasiquísimas, verso-puente-estribillo. Simple, llano y efectivo. Sabes que no tiene nada especial pero va directo a tu estómago (pasando por la vagina, claro). A veces, rozando lo pueril, como con esa obsesión por el deletreo. Cantar “ L to the O / V to the E / K to the I / N to the G” te hace sentir igual de tonta que una animadora; hasta que llega la melodía, los coros y el punto southern guarrete, el cielo se vuelve rosa y lila, el horizonte se llena de siluetas de palmeras y todo el mundo parece estar enamorándose como si tuviera 15 años. Ídem de lo mismo con “ F.I.L.A.”. ¿Y qué es el amor sin la lujuria? MF

4. Oneohtrix Point Never: “Returnal” (Editions Mego)

Los ingredientes principales de la receta OPN siguen ahí: ambientes pastorales que remiten a infancias esfumadas al modo del “In A Beautiful Place Out In The Country” de Boards Of Canada, sintetizadores de pequeño formato con la textura primitiva de los setenta, fomento de la sensación de espacio infinito y tiempo inmóvil –o sea, un limbo–, sugestión e hipnosis lúcida a partir de ingeniosos ciclos arpegiados. Lo que ha cambiado es su capacidad de concentración, muy posiblemente, y la confianza en sus capacidades de creación. No basta con ser especial, sino creérselo y ejercer como tal. Y “Returnal”, cuyo título puede hacer referencia a un regreso consciente a las fuentes de su sonido, suena a pieza trabajada a conciencia, planificada en su desarrollo narrativo y limada de cualquier aspereza sobrante. El álbum es una experiencia total: se puede escuchar de fondo, como una abstracción decorativa o una ilusión sensorial –perfecto disco ambient, en ese sentido–, o se puede escuchar activamente, pasando de manera intensa por todo tipo de estados de ánimo. En las primeras escuchas lo único que uno encontraba impreciso era el final, sobre todo después de dos homenajes a Boards Of Canada tan claros como “Pelham Island Road” –un chute de memoria, de infancia recobrada, de verano olvidado– y la etérea “Ouroboros”: ese final, “Preyouandia”, es anticlimático y no tiene la contundencia de un verdadero tour de force –ya sea en forma de vacío o épica–, pero hasta que no se percibe lo diferente que es al resto del disco –levemente desasosegante, ambient borroso como el agua sucia– no se encuentra su intención: cerrar en falso y con ambigüedad una etapa para, posiblemente, empezar a trabajar en una línea más turbia en la que se confundan el sueño dulce y la pesadilla. Si lo intenta y lo logra, Lopatin certificará todo lo que aquí se ha dicho: que en la actual electrónica horizontal, él está por delante del resto. JB

3. These New Puritans: “Hidden” (Angular Records-Domino)

Liderados por un Jack Barnett que parece guiado por el espíritu santo, estos nuevos Puritans se resguardan bajo el signo de un mal rollo a caballo entre varias dimensiones. Hay trazos de astrología y místicas varias, y la obsesión con el antiguo Egipto que ya aparecía en “Beat Pyramid” sigue encendida. Entre los alaridos de “Orion”, por ejemplo, se esconde un Osiris presidente del juicio de los difuntos que intentará convencernos de que “los árboles empezaron a caminar y los ríos a hablar, aunque sólo fuera gracias a la manipulación digital”. Por su parte, en “Hologram” se invoca a Memnón, mítico guerrero hijo de la Aurora muerto en un enfrentamiento con Aquiles, y se “imagina que los termómetros se derrumban y el mundo desaparece bajo millones de toneladas de nieve”. La inmensa “We Want War” resucita a Galahad, uno de los tres caballeros de la Mesa Redonda que alcanzaron el Santo Grial. Está claro que la cosa podría dar un poco de grima ya que el tema de la espiritualidad es delicado y no apto para todos los públicos. Sin embargo, y aunque para algunos se sobrepase la coartada arty, las cartas se juegan de una forma maestra y todo se ejecuta con tal potencia que la atracción es absoluta. “Hidden” es un exorcismo tribal en mitad de la noche, algo así como un “post-apocalipsis”. Por sus corrientes subterráneas da la impresión de que se quisieran retomar presupuestos similares a los que empujaron en su día a las luminarias del after-punk más abierto de miras. Se intuyen sombras de Tuxedomoon, Art Of Noise, los Faust más ingrávidos o los Psychic TV de la belleza de doble cara y, partiendo de algo tan esponjoso como una serie de canciones escritas para fagot, se construye una torre de Babel de cimientos indestructibles: turbadoras espirales de dancehall, cantos corales como psicofonías, una rítmica aplastante y una selección de found sounds entre los que encontrar el sonido de unas espadas al desenfundar, el de gatillos listos para disparar e incluso el de un melón al ser partido por un hacha simulando cómo sonaría una cabeza aplastada. “We Want War”, “Three Thousand” o “Attack Music” (por citar tres de las once perlas) son una burrada, pero asimismo son canciones singularmente bellas, atrapadas en un laberinto de música mineral con la que comulgar a base de golpes. “Hidden” tiene muchas espinas, es indescifrable como un agujero negro y peligroso cual tormenta de arena. Una obra excelente que se resiste a ser encasillada en una categoría que no sea otra que la de los “expedientes x”. Impresionante. CR

2. Salem: “King Night” (IAMSOUND)

Salem son reales. Tienen de literario quizá el nombre que han escogido, muy obvio en su referencia a las fuerzas demoníacas –que tanto puede aludir a los juicios por la práctica de la brujería en Salem, Ipswich y otras localidades del Massachusetts colonial en 1692 como a “Salem’s Lot”, la novela sobre vampiros de Stephen King; como no podría aludir a nada de esto–, pero han estado en contacto con el lado difícil de la vida –drogas, prostitución, bohemia–, todo mezclado con un bagaje sólido en bellas artes y lo han llevado de una forma natural a una música que se desarrolla con aplomo. De hecho, algo así tarde o temprano tenía que ocurrir: si el rap del sur –Houston, Atlanta, Miami– tiene un trasfondo rural, lejos de la civilización cosmopolita, consumista y glamourosa de Manhattan o Hollywood, no era descabellado suponer que pudiera suceder un proceso similar entre la población blanca del norte a modo de reflejo deformante. Si el crunk sureño nació de la mezcla de sirope paralizante y explosivas jams de electro, el drag del Midwest es la causa de escuchar crunk y dream pop (con unas cuantas caladas al papel de aluminio con sus grumos de crack). “King Night” suena como debe ser: reptante, desesperantemente lento, acribillado por voces que parecen a punto de romperse, como una pesadilla de novela fantástica del siglo XIX: ingenua a ojos del lector moderno, inofensiva una vez se sabe que no se esconde ningún fantasma en el armario, pero de igual modo hipnótica, fascinante. Lo importante del álbum, a pesar del bombardeo de bajos ( “Asia”) y el grosor de las melodías, es la atmósfera irreal que transmite, entre grotesca y romántica. Si el “Love Remains” de How To Dress Well es vaporoso –y la fantasía tétrica de un aspirante a estrella del pop–, “King Night” es espeso como la niebla, una misma fantasía tétrica para dos tipos (Holland y Donoghue) que parece que vuelvan de cazar perdices y de una chica (Marlatt) cuyo mejor trabajo en esta vida podría ser el de camarera en una rulot, sirviendo café y huevos en el turno de madrugada. Mientras tanto, ellos sueñan con ser superventas del rap y vivir atrapados en las redes de texturas enmarañadas de “Loveless”. Hay un flow momificado en “Sick” que suena a Lil Jon comatoso, al que se le añade de fondo un coro de voces espectrales y una melodía de teclado como las de The Cure (y si no es teclado, son guitarras transparentes, punteadas y envueltas en feedback como en “Killer”, que tiene mucho de My Bloody Valentine mezclado con DJ Screw). En “Redlights” –con mucha más claridad que en “Frost”– la faringe de Marlatt imita el timbre y las caídas emotivas de Elizabeth Fraser (Cocteau Twins). Cada tema en “King Night” añade una pieza al complejo puzzle de Salem, un detalle que engrandece la paleta expresiva de un álbum que merece ser uno de los ejes en los que gira el año en curso: aunque sea objetivamente un patchwork laborioso de influencias y géneros consigue sonar nuevo y distinto al material de otros nombres de la escena witch house (Balam Acab, por ejemplo, es mucho más europeo, con bases de dubstep y pone un interés mayor en las texturas ambient; oOoOO enfatiza la ralentización enfermiza a partir de la técnica screwed & chopped y parece crear más psicofonías que ambientes). Y además de nueva, lo de Salem también es, en definitiva, una experiencia excitante y rejuvenecedora que merece la pena sentir con el volumen enfermizamente alto, a poder ser con auriculares y fuera de casa, de noche y con el primer frío del otoño. JB

1. Kanye West: “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (Def Jam)

Kanye West definió “Love Lockdown”, primer single de “808s & Heartbreak” y muestra muy representativa del contenido de ese disco, como “72 líneas de jodido dolor”, fiel retrato de lo que significó para el artista un ejercicio de terapia y exorcismo a todos los niveles que muchos no quisieron entender. Aunque la evolución reciente del hip hop ha acabado dando sobradamente la razón a ese álbum, fascinante salto al vacío expresivo y emocional de su autor en plena depresión –y tan sólo hace falta echar un vistazo a los discursos de Drake, Kid Cudi, Theophilus London, The-Dream, B.o.B. o incluso Jay-Z para corroborarlo y dar fe de ello–, era inviable su prolongación. Fue ése un álbum puntual, fruto de una situación personal muy concreta y a la que no hubiera tenido sentido darle continuidad. Todos lo sabíamos, el primero su propio creador. Superados los traumas, reconciliado consigo mismo y con la vida, extramotivado nuevamente en su estudio de Hawai, más activo y positivo que nunca, ‘Ye ha invertido todo este año para dar vida al disco que tenía que devolverle al territorio del hip hop en un momento en que el género ya se le había quedado demasiado pequeño y estrecho. La situación no parecía fácil: compaginar un estatus de entertainer, showman y autor total con una clara idea de reconciliación con el público, el masivo pero también el hip hop, y con una intención manifiesta y explícita de recuperar el crédito entre la comunidad suponía una pirueta creativa sólo al alcance de un loco o un genio. Cómo ordenar y acondicionar un camarote de los hermanos Marx en que se juntan Elton John, RZA, Rihanna, Fergie, Kid Cudi, Nicki Minaj, Raekwon, Bon Iver, Jay-Z, John Legend, Rick Ross o Gil Scott-Heron sin que el habitáculo se incendie o sea desalojado a las primeras de cambio parece un milagro. Director de orquesta poseído, científico loco incapaz de domar o controlar sus impulsos, West organiza en “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” su particular parque temático musical en el que se potencian nuevas vías y posibilidades para el hip hop al tiempo que se reviste de nuevos sonidos y horizontes el lenguaje pop. La idea del productor y rapper en cierto modo es nueva y poderosa: ponerle cara, por fin, al hip hop de grandes estadios, a base de canciones que él mismo define como “carne de festival”, a partir de una ecuación sonora que nace, he aquí la genialidad y la aparente contrariedad de todo esto, de preceptos muy apegados al hip hop clásico, a la estética y la manera de actuar del rap neoyorquino de los 90, pero con un diseño y una personalidad que da pleno sentido a la idea de contemporaneidad. A día de hoy, no hay música más actual, vigente y contemporánea que la de Kanye West, pero muchos de sus mecanismos beben de la ortodoxia y del clasicismo: aluvión de samples, beats con sabor analógico o sumisión absoluta a la rima, incluso si es necesario ocupar siete minutos en una canción para satisfacer esa filia. Su bagaje lírico es especialmente poderoso y convincente en este disco. Es cierto que en muchos momentos tenemos la sensación de estar ante un ejercicio vengativo y rencoroso con los haters y los críticos –fanático, eso sí, del estribillo de “Runaway”, inmejorable declaración de intenciones: “Let's have a toast for the douchebags / Let's have a toast for the assholes / Let's have a toast for the scumbags / Every one of them that I know / Let's have a toast to the jerkoffs / That'll never take work off”–, pero esos aires de revancha conviven también con sorprendentes estallidos de autocrítica, reflexión y confesión íntima que sólo están a la altura de los grandes MCs del firmamento. Es en este equilibrio, en el cúmulo de matices y arrebatos de sinceridad integrados en un mosaico de contraataque tras un disco de dolor y una concatenación de sucesos y problemas de carácter público, donde la aportación lírica de ‘Ye brilla con una luz especial, íntima, épica, rabiosa, ilusionada e inspiradora a partes iguales. “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” no viene para cambiar al hip hop, viene para modernizarlo, excitarlo, motivarlo y retarlo. En pleno debate sobre el estado de salud del género, un arrebato de furia creativa de este calibre, contenedor sin fondo de ideas y ambiciones, aparece como un punto de inflexión en la manera de integrar toda una tradición y un legado en un contexto de rabiosa contemporaneidad y de implacable voracidad pop. Inagotable, monumental, barroco, he aquí un disco que incrementa su grandeza, rotundidad y valía en cada nueva escucha, como si su plan de conquista no se conformara con dominar este mes o este año. Aquí se busca la longevidad total. Aquí se busca que cuando en el futuro alguien pregunte a qué sonaba el siglo XXI la respuesta sea unánime: el siglo XXI sonaba a Kanye West. DB

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