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The Year In Review

#top 75 discos internacionales 2010, parte I: del 75 al 51

The Year In Review #top 75 discos internacionales 2010, parte I: del 75 al 512010 ha sido un gran año, y la lista que a continuación empieza quiere dejar constancia del momento agitado y creativo en el que anda inmersala música popular que aquí nos importa. La cosecha ha sido excelente y variada, y estos 75 discos que vienen ahora –repartidos en tres entregas: mañana seguimos con los puestos 50 a 26 y el viernes con el tramo final del 25 al 1– son un reflejo de lo que más nos ha llamado la atención y tocado la fibra sensible. Con estas tres últimas entregas de listas culminaremos el extenso repaso a la temporada que durante las últimas tres semanas hemos venido desarrollando diariamente en PlayGround. ¿Quién se subirá a los peldaños más altos del pódium? Empieza la cuenta atrás.

75. Mount Kimbie: “Crooks & Lovers” (Hotflush Recordings)

Dubstep y post-dubstep. No todo podían ser bajos, asfixia, oscuridad, subgraves, violencia y wobble. El universo necesitaba equilibrarse con su dosis de luz, amabilidad, melodía, quietud, dulzura y detallismo, y por eso puso a Dominic Maker y Kai Campos (y a otros tantos que siguen la estela) en la faz de la Tierra. “Crooks & Lovers” tiene, además, una función especial. Con el género todavía en fase de formación, este podría ser el primer LP importante, el que pasará a la historia (si esto del post-dubstep trasciende con los años) no por ser mejor o peor, sino por ser simplemente uno de los pioneros. Mónica Franco

74. Delphic: “Acolyte” (Polydor)

Cabe advertir que la formula de Delphic no resulta novedosa ni hará que nos caigamos de culo al suelo. Hot Chip, Klaxons y Cut Copy han sentado previamente cátedra. Pero gracias a la ayuda de Ewan Pearson como productor desde su base de operaciones en Berlín –un intocable cuyo currículum abarca desde la producción del último álbum de Tracey Thorn hasta un listado de remezclas que ríete tu de Carl Craig-, “Acolyte” nos proporciona un buen puñado de temas que rompen de cuajo los cánones de la perfecta melodía pop de poco más de tres minutos, deformando hasta el infinito a base de efectos sobreexpuestos y loops reiterativos buena parte de sus temas. Sergio del Amo

73. Guido: “Anidea” (Punch Drunk Records)

“Anidea” es un disco de producción meticulosa, que va dejando recuerdos fragmentados en la memoria: hay que volver a reescucharlo para comprobar si el cierre, “Tantalized”, está más cerca del grime áspero o del garage lujoso –las cuerdas y algo así como un solo de guitarra noise se confunden mutuamente creando un efecto de empuje y rabia de los que no abundan–, o para deleitarse con el arrebato del inicio, la sinfonía dub en dos partes que empieza con “Anidea” y culmina con “Orchestral Lab”. Es éste el disco de un músico –le pasa como a Joy Orbison: si dices que sólo es productor es como si estuvieras diciendo muy poco de sus capacidades– al que le sobra talento y nos acaba de mostrar los primeros resultados de su enorme potencial. Javier Blánquez

72. Francesco Tristano: “Idiosynkrasia” (Infiné) “Idiosynkrasia” “Idiosynkrasia” es la suma de los dos primeros álbumes de Tristano. Ni suena tan grácil como el primero ni tan técnicamente complejo como el segundo; se queda con lo mejor de cada uno para avanzar por una tercera vía en la que piano y techno se conectan sin que exista ninguna fricción perjudicial. Es la confirmación de que Francesco es uno de los verdaderos creadores idiosincrásicos del momento, un hombre con un lenguaje único –fruto de la mezcla de genio innato y gustos divergentes; su visión del techno es la que se hubiera dado si, en el siglo XIX, la cámara de eco hubiera convivido con el piano de cola– y con la habilidad suficiente como para extraer arte y emoción de extrema delicadeza. JB

71. Wild Nothing: “Gemini” (Captured Tracks)

“Gemini” es un álbum de doble cara, que ejemplifica buena parte de los valores, buenos y malos, del underground pop de ahora: es un disco que se las apaña para sonar suficientemente contemporáneo a pesar de su clara fijación por el pasado; que hace de su imperfección y sus aires espontáneos un grifo de supuesta frescura que sirve para ocultar de la vista las páginas de un obvio y patente libro de estilo. En última instancia, es el talento melódico de Jack Tatum el que hace de estas canciones algo realmente verosímil, con vida y calado propio al margen de unas influencias más que notorias. Luis M. Rguez

70. Luke Abbott: “Holkham Drones” (Border Community)

La de Abbott en “Holkham Drones” es electrónica primitiva, ingenua y deliciosa. Como su ex compañero de sello Four Tet, y también como su jefe James Holden, está interesado en las posibilidades del sintetizador analógico, de las técnicas de grabación de los alemanes kosmische de los años 70, de la hipnosis que era capaz de generar un buen disco del sello Brain. Y quizá sí que sea, finalmente, este primer álbum de Luke Abbott una pieza importante del actual mapa hipnagógico –pues no difiere mucho de Oneohtrix Point Never, en el fondo–, pero con la distinción de que, si el primero está sustancialmente cerca de Klaus Schulze, el segundo lo está más de Michael Rother y Harmonia. JB

69. ceo: “White Magic” (Sincerely Yours)

Eric Berglund (mitad humana de The Tough Alliance) y co-creador del sello Sincerely Yours, con “White Magic” salta tres o cuatro peldaños en esta escalera hacia el cielo y se coloca en una dimensión totalmente respetuosa con el pop moderno, lo tribal y la estética balear, en un discurso de diván, de terapia, cuyo lema es Querer Ser Feliz. Algo parecido escuchamos en “Love And Do What You Will”, grititos de lo que parecen mujeres en bañador salpicándose entre ellas y una producción agradable y casi mainstream; teclado y guitarras comparten protagonismo sobre una base rítmica de medio tiempo bailable. ¿Decepcionado por lo último de jj? El destino siempre depara soluciones, aquí hay una. Jordi Guinart

68. Pan Sonic: “Gravitoni” (Blast First Petite)

“Gravitoni” es el último disco de Pan Sonic. Literalmente. Visto con perspectiva, no se les puede negar a los finlandeses que legan un hermoso cadáver. Han sabido exprimir con imaginación una fórmula que en principio parecía limitada y que supieron volver a enunciar cuando fue necesario. “Gravitoni” es, ante todo, una obra viva. Nerviosa y fiera. Como todas las suyas. “Voltos Bolt”, abriendo, ya pone al oyente en su lugar: un aplastante martillo pilón de ritmo y ruido. Mucho ruido. Y de ese grado de paroxismo no bajan hasta el séptimo corte, la ambiental –todo lo ambientales que Pan Sonic pueden ser– “Vainamoisen Uni”, que actúa de bisagra entre dos partes bien distintas. Oriol Rosell

67. Clubroot: “II : MMX” (Lo Dubs)

“II : MMX” implica otro cambio con respecto al álbum precedente: aquí se acentúa un factor que distingue a Burial de Clubroot, que es el de la psicodelia rave. Si en Burial hay citas sutiles a músicos como Todd Edwards u Omni Trio, en Clubroot las hay a aquel house envolvente y de costa oceánica que a mediados de los 90 definió la versión radiante de la música de baile, aquella que parecía brillar con una intensidad pálida, la que parecía reproducir la punta de percepción extra que implicaba el consumo de éxtasis. Si a alguien no le suenan nombres como Rabbit In The Moon o Scott Hardkiss, que empiece a buscar: la manera en que los sintetizadores se desprenden en cascada en la apertura de “Orbiting” o en “Toe To Toe” describe la experiencia de estar fuera de la propia piel. JB

66. Gold Panda: “Lucky Shiner” (Notown-Ghostly International)

La música de Gold Panda suena encantadora y familiar porque lo que él hace no deja de ser una evolución peculiar y muy propia de lo que antes se editaba en sellos como Morr Music –o sea, es indietrónica de la escuela de Manual o Styrofoam–, pero a la vez manifiesta una preocupación mucho más profunda por el ritmo que por la melodía –evita ser pop abiertamente y prefiere mantenerse atento en los laterales de la pista de baile, como hacen los artistas del sello Border Community–, y sobre todo suena familiar porque, paradójicamente, suena exótico. Él es uno más en una saga invisible de productores de la ciberdelia inglesa que han llegado hasta la otra punta de Asia y han vuelto con material emocionante con el que enriquecer su propia música. JB

65. Baths: “Cerulean” (Anticon)

Construido sobre un armazón electrónico de polirritmias ensoñadoras, IDM de fogata y porro y hip hop dillaísta, “Cerulean” exhala una brisa melódica que acaricia la epidermis del oyente cual pluma de urogallo. Sin ánimos de caer en mariposadas sensibleras, el álbum destila ternura, magia y un delicioso jolgorio infantil. Te reblandece. Es especial por su particular acercamiento a la indietrónica y el pop, géneros que planean en su vertiente más evasiva por casi todos los cortes del LP. Los sonidos son marcianos, pero están tratados con guante de seda; el latido es futurista e introvertido, pero tiene una chispa emocional que atrapa. Óscar Broc

64. Twin Shadow: “Forget” (Terrible Records-4AD)

Extrayendo lo mejor del soft-rock –aquí mandan, por encima de los aditivos sintéticos, aspectos vocales y riffs ardientes–, sacándole a bailar a la pista de baile, en “Forget” se intuye una ambición diferente a la de otros herederos chill-wave, un destino distinto a la hora de vislumbrar el lugar a dónde se quiere llegar. Al contrario que el talante bohemio del que gustan de presumir tantos productores hipnagógicos, Twin Shadow asegura haber fundado este proyecto para vivir de él, entenderlo como una maquinaria de remembranzas bien engrasada que le dé dinero. Pretende que “Forget” plante cara a tanta música mediocre que circula por las radios de todo el mundo. Y puede conseguirlo, porque ha escrito un disco maravilloso. Cristian Rodríguez

63. Akira Rabelais: “Caduceus” (Samadhisound)

Hay una polución de estática por debajo, débil o fuerte según el momento, e improvisaciones a la guitarra que pueden aumentar la sensación de ruido o calmar las aguas. Con esta paleta de sensaciones –escueta, pero muy maleable si las manos son experimentadas–, Akira Rabelais entrega otro disco que se escucha como si se tuviera sueño y no se pudiera dormir, o como si hubiéramos dormido pero andáramos sonámbulos por pasillos llenos de objetos con los que tropezarse, dolerse y caer. Altera y calma, enerva y pacifica el alma, más atrapado entre la realidad y el limbo que nunca. JB

62. Perfume Genius: “Learning” (Matador)

En el disco encontraremos canciones que parece que siempre han estado ahí, esperando a que alguien las encuentre, que suenan como clásicos del barbudismo (género musical donde englobamos a otros hombres tristes como Damien Jurado o J.Tillman). Es el caso de la homónima “Learning” y su tristísimo piano, “You Won’t B Here” (construida sobre arpegios en escalas básicas y un coro que secunda una melodía ensoñadora), la canción de madrugada catártica que es “No Problem” o la tristeza de gospel de “When”. Por supuesto, no solamente es piano y voz y tampoco estamos hablando de Rufus Wainwright, aunque los arreglos semielectrónicos tienen un cometido más atmosférico que estridente. JG

61. John Roberts: “Glass Eights” (Dial)

En los primeros segundos de “Dedicated” oímos la lluvia cayendo en la calle, las gotas crujiendo contra el cristal. El recurso es fundamental para determinar el calado de un disco que no entiende de mañanas luminosas o euforia. Los claps y los bombos huelen a mustio, es deep house otoñal cuyo zénit llega entre sintetizadores que suenan como un órgano fantasmagórico. Cuando el beat cae y termina la canción, vuelve la lluvia. Se trata de una de las piezas más emocionantes del disco: te abrasa el espíritu, te hace bailar con la mirada vidriosa pegada a la ventana. Es música electrónica mayúscula, porque John Roberts pellizca la fibra sin olvidarse de navegar con viento a favor en el dancefloor. “Glass Eights” es uno de los mejores discos de música de baile de 2010. OB

60. Hype Williams: “Untitled” (Carnivals)

Es fácil fracasar cuando se intenta explicar con palabras y prosa transparente lo que es Hype Williams. De entrada, la bruma del recuerdo desfigurado y la obsesión por los ochenta en blanco y negro –hipnagogia con algo de 4AD, quizá un punto de los temas instrumentales de The Cure, el obligatorio saludo al pop AOR–, pero más allá de ahí Hype Williams son un laberinto y una trampa. Peor que descifrar jeroglíficos sin una piedra de Rosetta: hay un trasfondo hip hop desintegrado entre loops drónicos y voces trituradas, a veces con el pellizco de helio de una diva del R&B y otras veces arrastrados en una tonalidad gutural varias octavas por debajo. Pero no sólo eso: una fina producción de pop sintético y punk proto-gótico (¡las cajas de ritmos!) cae como un chaparrón de primavera, sonando como un disco de Cocteau Twins producido por Swizz Beats y remezclado por algún estilista del witch house tipo Balam Acab. JB

59. Vampire Weekend: “Contra” (XL Recordings)

Vampire Weekend van siempre un paso por delante. Y nunca se derrumba su repertorio. Es más, viniéndose arriba en todo momento, consagra sólo virtudes: entrega, estilo y una singularidad a prueba de bombas no muy habitual en estos días. Asimismo, queda la sensación de que todo funciona tan bien por fuera como por dentro. No es difícil adivinar a nuestros chicos trabajando como un equipo perfecto en el que todos se entregan por igual, como una roca, con las ideas fluyendo en todas direcciones, naturales, compartidas y correspondidas. Una máquina engrasadísima, sin síndromes (o con casi ninguno molesto) que hace música brillante. CR

58. Nottz: “You Need This Music” (Raw Concept)

En dura competencia con Ski Beatz por hacerse con el título de productor más inspirado y prolífico del año, Nottz llevaba meses anticipando vía Twitter su debut largo, aquí en funciones de beatmaker pero también de MC. “You Need This Music” no tiene aspiraciones comerciales ni populares, más bien parece uno de esos tantos álbumes facturados en los últimos años que anhelan con más ahínco el respeto en las calles que en el triunfo politonero y el apoyo incondicional de XXL, MTV y BET. Con una salvedad: este pepino no es uno de tantos discos, sino uno de los más compactos, intensos y acertados ejercicios de neo boom bap que servidor ha podido escuchar últimamente. David Broc

57. Zola Jesus: “Stridulum II” (Souterrain Transmissions)

Lo que había ofrecido hasta ahora Zola Jesus, especialmente en su primer álbum –“The Spoils” (2009)– era la parte más dark-wave, experimental, lo-fi y gótico-fílica. Especialmente por su voz, que suena ultra cavernosa y ululante, como si la hubieran encerrado en una cripta semivacía y se escapara por las aberturas entre los nichos. “Stridulum II” –que es la versión europea del ya editado “Stridulum EP”, al que se han añadido tres temas más– es la parte pop. La voz suena más nítida, es más luminosa. Los versos, aún de una densidad y complejidad notable, son más directos. Es hipnótico, triste y conmovedor. Marta Hurtado de Mendoza

56. Deepchord presents Echospace: “Liumin” (Modern Love)

Lo único que se percibe diferente con respecto a “The Coldest Season” es la intensidad: “Liumin” late a más bpms, no se conforma con quedarse suspendido en un ejercicio de levitación turbulenta, y convierte un bombo insistente y soterrado en el timón de mando del recorrido. Como el primer disco de Kaito sin arpegios, como el disco homónimo e instrumental de Rhythm & Sound (2001), “Liumin” es primero densidad hipnótica y luego pequeños detalles. Aquí, esos detalles apuntan hacia un romanticismo cyberpunk de megalópolis indecisas entre la tradición y el futurismo impasible, al Detroit de los ochenta con el aura severa y plácida –al mismo tiempo– del Tokio actual. JB

55. Lone: “Emerald Fantasy Tracks” (Magic Wire Recordings)

“Emerald Fantasy Tracks” es una masa informe y semi-vaporosa de house, techno y euforia rave que el productor de Nottingham moldea en su torno digital como si fuera lodo alucinógeno. El toque mágico sigue siendo el mismo de sus construcciones más hip hop –vaharadas ambient, oleajes IDM, psicodelia marciana, pinchazos melancólicos, purpurina de videoconsola noventera–, pero esta vez los BPMs apuntan a los pies, no a la gorra. Lone es uno de los nombres que hay que seguir con lupa de mayor aumento: con este apasionante disco ha conseguido forjar un sonido aparentemente revival, pero muy fresco, en el que se conjugan de forma imposible líneas temporales que beben del pasado para reinventar el futuro. OB

54. Oval: “o” (Thrill Jockey)

Markus Popp se rige por sus propias reglas, y éstas siguen estando muy, pero que muy lejos de la ortodoxia popular. No conviven en “o” esbozos y temas “acabados”, como tampoco cabe hablar de trazos de ruido y remansos melódicos, de improvisación –que no la hay– y canciones. Todo tiene su propia significación, su sentido. Y sí, donde sonaban glitches y ruido electrónico suenan ahora guitarras y baterías. Pero eso es lo menos importante en “o”. Lo verdaderamente relevante, al margen de su insigne pasado, es que Oval lo ha hecho. Otra vez. Ha parido un disco de esos que podrían, deberían cambiar el rumbo de la música moderna. OR

53. The Books: “The Way Out” (Temporary Residence Ltd.)

Es éste su disco más duradero e insaciable, el más largo y profuso en elementos y movimientos, el que más hace que se despliegue todo el caudal creativo de la banda. Como en sus otros títulos, el guión juega con diferentes niveles de lectura configurando una semántica propia. El sonido importa tanto como la palabra y la palabra se hace melodía hasta que, desprevenidamente, todo se vuelve del revés y la melodía se hace palabra. A nivel de ritmos y estructuras ocurre lo mismo. La soltura con que se desenvuelven las estructuras a partir de retales sónicos supura delicadeza. CR

52. Shit Robot: “From The Grave To The Rave” (DFA)

Éste es un disco celebratorio que comunica pasión por una época que ya sólo se recupera con ejercicios tan meditados como estos, y por eso ahí están “Simple Things (Album Edit)” y su brote ácido, entre Lil’ Louis y Tyree, el boogie-disco de “Answering Machine” y el híbrido mutante entre punk y disco, muy LCD Soundsystem, de “Grim Receiver”. Un álbum que no pierde la sonrisa, que anima a mirar atrás y que demuestra que, aunque la base sea nostálgica, siempre hay motivos para mirar adelante. Y así, situados en un hipotético 1990, habiendo revisado y desenterrado todo lo que se podía, quizá ya esté dando comienzo el verdadero revival de los noventa. Richard Ellmann

51. Owen Pallett: “Heartland” (Domino)

Empapándose hasta el fondo de un lenguaje cinematográfico que le permita moverse con una soltura mayor que en los videojuegos, la música del canadiense Owen Pallett parece abrazar ahora una panorámica en cinemascope que le llene de oxígeno y le haga desplegar todo su plumaje. Sin querer poner freno a la aventura imparable en que se ha convertido su vida artística, “Heartland” brilla como una obra cumbre, tan accesible como “Has A Good Home” (2005) pero menos ensortijada que el cerebral “He Poos Clouds” (2006). Es su trabajo más completo y el mejor escrito. CR

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