Listas

Resumen 2012: las mejores películas internacionales

30 títulos que destacan entre todos los estrenados en la cartelera

Aquí va nuestra lista de las 30 películas internacionales (estrenadas comercialmente en España, ya sea en cines o en VOP), seleccionadas por la redacción de PlayGround. Una mezcla heterodoxa de películas de género, de autor y comerciales con un patrón común: la máxima calidad.

Poder sacar una lista de treinta películas buenas sin tener que bajar el listón, meter algún gol o colar la típica boutade es un notición. Pasa pocas veces, y cuando pasa está muy bien. Elaborada entre redactores y colaboradores de PlayGround, aquí está nuestra variadísima colección de favoritas. Nos gusta porque no responde a un patrón claro, porque reúne propuestas de toda naturaleza y porque demuestra que algunas de las películas de autor más increíbles de 2012 entran en los parámetros del cine de entretenimiento (ya está bien de separar ambas cosas).

Complementaria a nuestra lista de 10 mejores películas españolas del año, nuestro Top 30 tiene otra cosa que nos encanta: la presencia de muchísimo cine de género. Sólo nos da pena no haber podido incluir una de las mejores películas del año… O de los diez últimos años: “The Cabin in the Woods”. Al acotar la lista (simplemente para que no se nos fuera de las manos, para delimitar las entradas) a películas estrenadas comercialmente, ya sea en salas comerciales o VOD (Video On Demand), ha quedado fuera una de nuestras favoritas. La alucinante película de Drew Goddard (escrita entre él y Joss Whedon, lo más parecido a un genio), un divertimento de género que derrocha ingenio e inventiva a la vez que repasa la historia del fantástico y del terror y desglosa sus los mecanismos, merecía estar en esta lista. En ésta y en todas las listas del mundo. Hasta en la de la compra. Pasen y vean.

30. “Infierno Blanco”, de Joe Carnahan

Cineasta interesantísimo y con sobradas tablas en el thriller (suyas son las muy dignas “Narc”, “Ases Calientes” y “El Equipo A”), Joe Carnahan está detrás de esta magnífica película sobre un grupo de trabajadores de una compañía petrolífera que, tras sobrevivir a un accidente de aviación, se quedan aislados en una fría y remota zona de Alaska. Esta sencilla premisa es el punto de partida de un thriller rural, extraordinariamente bien rodado, que habla al mismo tiempo y con idéntica contundencia de dos cosas. Por un lado, de la naturaleza como una fuerza arrolladora e incontrolable que tiene el mismo poder para generar vida y acabar con ella. Por otro, del comportamiento del ser humano en situaciones extremas. Con el gran Liam Neeson como cabeza de reparto, actor sin el que el cine de acción reciente no tendría ningún sentido, “Infierno Blanco” se codea tranquilamente con “Defensa (Deliverance)” (1972), de John Boorman, en su áspera, contundente y agresiva exposición de temas como el instinto de supervivencia, la paulatina degradación física y moral del hombre, la sensación insoportable de pérdida, la desaparición de la fe y, sobre todo, el miedo a lo desconocido. Desirée de Fez

29. “Project X”, de Nima Nourizadeh

La apoteósica “Project X” viene a ser algo así como la evolución de las chaladísimas fotos que cierran “Resacón en Las Vegas” (2009) y “Resacón 2, ¡Ahora en Tailandia!” (2011), ambas de Todd Phillips, que aquí ejerce de productor. Si en aquellas dos películas las instantáneas eran la crónica de un blackout, el recuerdo a traición de la borrachera monumental que Phillips había mantenido hábilmente en elipsis toda la película, en ésta el objetivo indiscreto no es el prestigio final, no es la respuesta al “¿pero qué hicimos?”. Aquí en forma de cámara doméstica, ese objetivo despiadado no se utiliza de manera inconsciente: se usa con la intención de inmortalizarlo todo, absolutamente todo.

Phillips y el director Nima Nourizadeh organizan en “Project X” la fiesta definitiva y la reproducen con el estilo visual de moda: el falso realismo, simulando la narrativa y el look de los vídeos domésticos, por ejemplo de las piezas grabadas con dispositivos móviles o consultadas en YouTube. Y consiguen resultados extraordinarios. La película empieza anclada a lo real, y las primeras fases de la fiesta –antes de ver a un perro saltar en un colchón inflable y cómo meten a un enano en un horno– tienen incluso un aire documental, pero deriva, sin exagerar, en una insólita película de catástrofes, en una propuesta de género puro. Terreno este último en el que “Project X” brilla y crece: Nourizadeh rueda con garbo el caos, el ruido, el descontrol, el delirio más absoluto e incontrolable. Su propuesta es nerviosa, extraña y espectacular de una manera rara, y tiene algo que la hace única: es decididamente amoral. No hay ni castigo ni aprendizaje constructivo después de la batalla. Y esto, tras años de comedias adolescentes con moraleja final, es como mínimo nuevo y atrevido. En la banda sonora suenan, entre otros, Four Tet, The xx y Snoop Dogg y Dr. Dre. DdF

28. “War Horse (Caballo de Batalla)”, de Steven Spielberg

Un cuento infantil rodado con maestría, una película de aventuras de una pureza arrolladora que confirma lo que ya sabemos: el extraordinario dominio de Steven Spielberg del lenguaje cinematográfico, su habilidad, prácticamente sobrenatural, para contar las historias con imágenes. Inspirada en una novela del inglés Michael Morpurgo, “War Horse (Caballo de Batalla)” parte de la amistad incondicional entre un niño y su caballo para erigirse en una espectacular y emocionante película que revive con pasión, sin miedo y en una apuesta decidida por la inocencia, el espíritu del cine clásico de aventuras. Tiene detrás al Spielberg más amable y bondadoso (aunque sea una película tristona y de reverso trágico), eso es evidente. Pero los que no comulguen con la vertiente más cálida de la filmografía del cineasta deberían hacer un pequeño esfuerzo para, como mínimo, no perderse una película de un virtuosismo técnico incontestable y con una escena (la desesperada carrera del caballo titular) directamente magistral. “War Horse (Caballo de Batalla)” pide a gritos ser vista en pantalla grande. DdF

27. “Casa de Tolerancia (L’Apollonide)”, de Bertrand Bonello

El cineasta francés Bertrand Bonello, autor imprescindible del que aún no se había estrenado nada en España, está detrás de esta película de etiquetaje imposible. Ambientada en París a principios del siglo XX, describe con atención los interiores (en todos los sentidos) de un prostíbulo para erigirse en dos cosas a la vez que no son excluyentes: la crítica punzante –y a la vez exquisita– de un país y de una época, y un estudio silencioso pero contundente de temas como la represión, la sumisión y la distancia entre libertad y libertinaje. Rodada con una sensualidad asombrosa (espléndida coreografía de movimientos), fotografiada con maestría por Josée Deshaies y con una utilización fascinante de la música (maravillosos anacronismos), “Casa de Tolerancia (L’Apollonide)” sorprende con su inusitada mezcla de lujuria, sexualidad y sátira acerada y destaca por la extraña manera que tiene Bonello de filmar los rostros y los cuerpos. DdF

26. “Mátalos Suavemente”, de Andrew Dominik

El neozelandés Andrew Dominik reincide en este peculiar thriller en los temas de su extraordinaria “El Asesinato de Jesse James por el Cobarde Robert Ford” (2007), atípico wéstern en el que reformulaba la historia de los legendarios forajidos. Cambia la época (del Lejano Oeste al presente), pero ambos hablan del egoísmo y la codicia –mutados en complot, negocio y crimen– como el mayor de los males, como las variables que hacen del mundo un lugar horrible.

Adaptación de una novela de George V. Higgins que cruza las vidas de delincuentes de medio pelo, capos mafiosos venidos a menos y sicarios con historia, la película de Dominik está cosida a conversaciones brillantes, tristes y amorales (cuarteadas por ocasionales explosiones de violencia) en las que varias piezas de un inabarcable engranaje mafioso relatan la crónica desencantada de un mundo, el criminal, que, funciona como metáfora de un sistema más amplio y supuestamente legal. Rodada y musicada con estilazo y con uno de los repartos más cool que se recuerdan, con un magnífico Brad Pitt a la cabeza, “Mátalos Suavemente” se sirve, además, de un afilado humor negro para reafirmar su confesa condición de símil turbio y perverso del engranaje político estadounidense, filtrado en las grietas del relato a modo de referencias directas al momento en el que está ambientado el filme: la campaña presidencial estadounidense de 2008 que enfrentó a Obama y a McCain. DdF

25. “Los Descendientes”, de Alexander Payne

En “Entre Copas" (2004), Alexander Payne demostró sus tablas para dosificar gotas de patetismo y drama en lo que, en conjunto, era una comedia de tono agridulce. Pasados los años, invierte la fórmula en “Los Descendientes”, inyectando un humor generoso a una historia trágica –tragicomedia, o sea, casi de registros griegos– en la que Matt King (George Clooney y su habitual gestualidad con las cejas, empresario y terrateniente en Hawai) debe afrontar la muerte de su esposa, aceptar la verdad de su doble vida (la de ella; él no tiene), lidiar contra una horda bobalicona de primos codiciosos y enderezar el camino de sus dos hijas, una aquejada del angst pre-adolescente y la mayor demasiado enredada con chicos inconvenientes y alguna que otra copa de alcohol. Payne, una vez más, vuelve a dar con un elenco prodigioso que sabe aportar todos los matices a unos personajes poliédricos que van más allá del arquetipo, tan penosos como enternecedores, y encuentra de paso un equilibrio entre la ternura, el chiste y el abismo como últimamente sólo logra Judd Apatow cuando decide empuñar la cámara. Fluye todo tan bien que incluso consigue que toleremos la monstruosa sobredosis de música tradicional hawaiana. Javier Blánquez

24. “Magic Mike”, de Steven Soderbergh

Antes de “Magic Mike” conocíamos el submundo del slapdance, el burlesque y el simple desnudo recreativo femenino por películas abominables ( “Striptease”), adorablemente kitsch ( “Showgirls”) o directamente enigmáticas en su genialidad ( “Exotica”). El del desnudo masculino, en cambio, permanecía vedado –lo de “The Full Monty” no cuenta, oigan–, como una zona ignota de pantorrillas prietas y tabletas de chocolate en la que nadie se había atrevido a entrar de lleno hasta que Steven Soderbergh descubrió, durante el rodaje de “Haywire”, el pasado de Channing Tatum como bailarín de striptease en despedidas de soltera y demás fiestas para post-adolescentes inseguras y asaltacunas desesperadas. Por supuesto, lo mejor del filme son los números de baile, coreografiados de manera más atlética que sexual por Allison Faulk –mucha nalga, ningún pene; perdón por el spoiler–, partícipes de ese encanto hortera y casposo que tenían las escenas porno en “Boogie Nights”. Pero no sólo de eso vive la película (¿final?) de Soderbergh, hay mucho más en “Magic Mike”: el retrato psicológico de los personajes es complejo –todos ellos exultantes en su pequeña burbuja de sexo y deseo dentro del club de desnudos, con un Matthew McConaughey estelar en su rol 'redneck' del dueño del cotarro, pero desorientados, al borde del fracaso, necesitados de amor fuera de él–, a lo que habría que añadir esas sutiles referencias a la catastrófica situación económica del mundo que nos ha tocado vivir que tan habituales son en el trabajo de Soderbergh. JB

23. “Martha Marcy May Marlene”, de Sean Durkin

Las relaciones de dependencia, la manipulación psicológica, el miedo, la enajenación y la imposibilidad del autocontrol son algunos de los temas que aborda con contundencia esta película sobre la reinserción familiar de una chica (una magnífica Elizabeth Olsen) tras pasar por una secta. Premio al mejor director en el festival de Sundance, el debutante en el largometraje Sean Durkin, “Martha Marcy May Marlene” se mueve sigilosamente entre el drama familiar, el thriller psicológico y un terror que remite por igual a Michael Haneke (por su brutal perversión de lo cotidiano) y al Roman Polanski de “El Cuchillo en el Agua” (1962) y “Repulsión” (1965). Comparte con la primera una manera parecida de generar malestar mediante la atmósfera, sobre todo en espacios exteriores. A la otra se parece en la forma de reproducir la sensación permanente de amenaza de la protagonista. Desgarradora y silenciosamente brutal, contagia sin reservas la angustia de los personajes sin sacrificar la belleza, una variable que no suele avenirse con el malestar. DdF

22. “De Óxido y Hueso”, de Jacques Audiard

Magnífica película en la que el francés Jacques Audiard, director de “Un Profeta” (2009), convierte en un melodrama tan lúcido como profundamente bello y doloroso una historia que, en otras manos, podría haber derivado en un folletín lacrimógeno, en un telefilme dramático de tercera. Dificilísima, por lo atroz de sus temas y situaciones, de ejecutar sin caer en el efectismo y castigar indiscriminadamente a sus personajes, “De Óxido y Hueso” está a años luz de todo eso. Este relato de la relación entre un portero de discoteca mortificado por la vida (Matthias Schoenaerts) y una entrenadora de ballenas (Marion Cotillard) que pierde las piernas en un accidente laboral podría venir perfectamente firmado por Lee Chang-Dong. Como el director de “Secret Sunshine” (2007), Audiard cruza las vidas de personajes al límite del dolor para hablar con contundencia y emoción y sin ahogarse en la compasión de la posibilidad de un sufrimiento tan grande que impida por igual querer y ser querido. También de la posibilidad, por minúscula que sea, de aliviarlo. DdF

21. “Los Muppets”, de James Bobin

Muy a la manera de Pixar, Disney consiguió con “Los Muppets” reunir a un público muy heterogéneo. Éste está principalmente formado por los treintañeros que crecieron con la serie de televisión de Jim Henson, pero también por niños –que se convierten en nuevos adeptos en esta revitalización de la franquicia– y por otros adultos que se acercan a ella por sus protagonistas (Jason Segel, de “Cómo Conocí A Vuestra Madre”), su sinfín de cameos (de Jim Parsons, de “The Big Bang Theory”, a Jack Black pasando por Leslie Feist) y sus mágicas canciones, algunas escritas por Bret McKenzie del dúo cómico Flight Of The Conchords. La película es poderosa por su vocación nostálgica y por su humor, mucho más ingenioso de lo que el aspecto inocente de la propuesta pueda hacer presagiar. Imposible no verla con una sonrisa de oreja a oreja como si volvieses a ser un niño. Álvaro García Montoliu

20. “En La Casa”, de François Ozon

Adaptación de la obra de teatro “El Chico de la Última Fila”, escrita por el madrileño Juan Mayorga, “En la Casa” es un juguete lleno de trampas mortales, un caramelo envenenado. Tiene las formas de una comedia costumbrista y, en el fondo, un estudio aterrador de la vulnerabilidad del ser humano y su capacidad para manipular y ser manipulado. La historia es sencilla: un veterano profesor (Fabrice Luchini) desarrolla una fascinación y una curiosidad cada vez más irracionales por las redacciones de un alumno (Ernst Umhauer), un chaval demasiado brillante para su edad, astuto y lucidísimo. A partir de ahí, el francés François Ozon, autor de una filmografía tan variada como potente, con entradas como las extraordinarias “Amantes Criminales” (1999), “Bajo la Arena” (2000) y “Mi Refugio” (2009), levanta una afiladísima reflexión sobre el arte de contar historias y las razones por las que las compramos. ¿Qué mecanismos verbales activamos para seducir, convencer o engatusar? ¿Manipulamos consciente o inconscientemente? ¿Cómo estructuramos, retorcemos y adornamos las historias para tocar –y a veces hundir– a nuestro interlocutor? O, del otro lado, ¿nos dejamos liar? ¿Por qué nos fiamos tanto de las palabras? ¿Nos manipulan o queremos que nos manipulen? ¿De verdad importa lo que dicen los demás? Muy bien interpretada y resuelta con habilidad por Ozon para rebajar la teatralidad del texto de base, “En la Casa” se mueve en el terreno de la comedia dramática para articular su cavilación sobre la estrategia del contador de cuentos y las armas de las que dispone el receptor para comprarlos o tumbarlos. Pero poco a poco se adentra en un terreno fascinante, escurridizo e hipnótico, y flirtea con tanto disimulo como atractivo con el fantástico. DdF

19. “El Alucinante Mundo de Norman”, de Chris Butler y Sam Fell

No es la única película de animación extraordinaria de este año: “Frankenweenie” de Tim Burton, esperada puesta de largo de su corto homónimo y un emocionante homenaje –en clave perruna, infantil y en stop motion– al cine clásico de terror, y “¡Rompe Ralph!”, la nueva propuesta de Disney, una inmersión en el mundo y la historia de los videojuegos que derrocha originalidad, gracia y carisma, son también magníficas. Pero hay algo en “El Alucinante Mundo de Norman” (como “Frankenweenie”, en stop-motion y 3D) que la convierte en nuestra película de animación favorita del año. Segundo largometraje de los estudios Laika tras “Los Mundos de Coraline” (2009), no sólo es una maravilla a nivel visual. Repleta de referencias al cine de terror –alusiones que funcionan a la vez como guiños al espectador adulto avezado con el género y destellos para introducir en él al público infantil– y de preciosas ideas narrativas y formales, esta película sobre un crío que ve el espíritu de los muertos es un dibujo lúdico y emocionante de la infancia, sobre todo la de los críos hipersensibles y con una sensación precoz de no entender demasiado bien el mundo que se despliega ante sus ojos. DdF

18. “Argo”, de Ben Affleck

Tras las notables “Adiós, Pequeña, Adiós” (2007) y “The Town. Ciudad de Ladrones” (2010), Ben Affleck confirma su control de los códigos del thriller con esta traslación al cine de un hecho real: la toma de la embajada estadounidense en Teherán en 1979 y el disparatado rescate, llevado a cabo por la CIA, de cinco rehenes haciéndoles pasar por el equipo de una película. De aires setenteros y rodado con pulso y elegancia (dos horas exactas sin bajones de ritmo y con un fin de fiesta sencillamente hipertenso), “Argo” funciona en las dos direcciones que toma. Es tremendamente eficaz como thriller: la acción avanza con ligereza y los giros de la historia y las trabas a la aventura de los personajes están puestos con gracia y oportunidad. Y también funciona como festivo ejercicio de cine dentro del cine: la subtrama en torno al productor (Alan Arkin) y al jefe de maquillaje (John Goodman) que ayudan a Tony Mendez (Ben Affleck), el agente de la CIA protagonista, en su rocambolesco plan es una divertida y entrañable caricatura de las bambalinas del cine en Estados Unidos, en concreto de las películas de bajo presupuesto. Para disfrutar de “Argo”, eso sí, hay que rendirse a alguna trampa cómplice y aceptar que deja a ratos la credibilidad en suspensión. DdF

17. “La Cueva de los Sueños Olvidados”, de Werner Herzog

Tras su libre revisión de “Teniente Corrupto” (1992) de Abel Ferrara y de “My Son, My Son What Have Ye Done”, sin estreno comercial en España, Werner Herzog volvió con “La Cueva De Los Sueños Olvidados” al género que mejor resultados le ha dado en los últimos años, el documental. En este caso, el alemán se adentra literalmente en una cueva del sur de Francia donde se encuentran las pinturas rupestres más viejas del mundo, de unos 32.000 años aproximadamente. La película es un fascinante viaje en el tiempo con el director de “Grizzly Man” (2005) como guía, quien con su parsimoniosa y solemne narración hace del camino una ruta aún más estimulante. De la mano de toda clase de científicos y expertos en la materia, de paleontólogos a perfumeros, somos partícipes durante 90 minutos de una clase de historia y una reflexión sobre el paso del tiempo (mención especial a ese clarividente epílogo) no exentas del peculiar sentido del humor del cineasta. Todo ello, además, con una magistral utilización de la banda sonora obra de Ernst Reijseger que añade majestuosidad al relato. AGM

16. “Skyfall”, de Sam Mendes

Cineasta que se distingue por la fragilidad de su autoría, director de películas espléndidas pero con una voz tan variable que es casi imposible rastrear en ellas su huella, Sam Mendes despejaba las dudas sobre la 23ª entrega de la saga de James Bond con un thriller espléndido. Película que celebra el 50 aniversario de la serie sobre el mítico agente, “Skyfall” es una película hija de su tiempo, tiene el estigma del mejor thriller de acción contemporáneo: aludir a la saga sobre Jason Bourne y a las películas de Michael Mann, James Gray o, especialmente, Christopher Nolan es una obviedad difícil de esquivar. Diferencias a un lado, todos estos cineastas imprimen a sus películas un estado de ánimo compartido, estrechamente vinculado al latir de los tiempos, y determinadas constantes temáticas y estéticas que también se leen en la película del director de “American Beauty” (1999) y “Revolutionary Road” (2008). Pero hay en ella un brote de imprevisibilidad y locura transitoria irresistible que le da un inesperado plus de unicidad: su estructura es convencional y su look, medianamente uniforme, pero “Skyfall” desconcierta con sus insólitos cambios de tono, incluso de espíritu.

Rodada con pulso asombroso y con el valor añadido de uno de los villanos más potentes que ha dado el cine de género reciente (tiene un look alucinante, un carisma arrollador y un delicioso as en la manga, y Bardem no puede está mejor en su piel), “Skyfall” remite a Nolan en su enfoque serio del cine de entretenimiento, su tendencia a la épica y su necesidad de establecer una analogía entre ficción y realidad. Pero, aun flirteando como él con lo operístico, antepone la acción, el espectáculo multiforme, a la metáfora trascendente del mundo hoy. DdF

15. “Kiseki”, de Hirokazu Koreeda

Director de películas de la belleza y la importancia de “Nadie Sabe” (2004) y “Still Walking” (2008), el japonés Hirokazu Koreeda corroboraba con esta película que es uno de los cineastas contemporáneos que mejor hablan del concepto de familia, que describen con mayor precisión, emoción y picardía las relaciones afectivas vinculadas a la consanguinidad. Si en otras ocasiones lo hace aferrándose al melodrama, sea éste más doloroso o más amable, aquí opta por la comedia de trazo jovial y fondo nostálgico. En “Kiseki (Milagro)”, preciosa celebración pop sobre los planes, entre adorables y chiflados, de dos hermanos pequeños (interpretados por un dúo cómico infantil) para volver a reunir a sus padres separados, Koreeda aborda esos lazos desde la mirada cándida pero precozmente lúcida de un niño. Emocionante, increíblemente divertida y rodada con un pulso y un control asombroso del lenguaje cinematográfico, “Kiseki (Milagro)” nos invita a redescubrir el mundo de la mano de la mente pura y aún sin malear de un crío. Maravilloso uso del detalle e inolvidable interpretación de la pareja protagonista. DdF

14. “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace”, de Christopher Nolan

Evolución coherente, en todos los sentidos, de la saga que completan “Batman Begins” (2005) y “El Caballero Oscuro” (2008) –es incontestable que la serie del cineasta sobre el personaje de DC Comics es tan personal como sólida y equilibrada–, “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” tiene la misma solemnidad y el mismo gesto de película importante que los filmes más imponentes y épicos de Nolan. Esa afectación puede irritar a los detractores del cineasta (es difícil encontrar posturas intermedias ante sus películas), pero no basta para tumbar sus muchos aciertos, no es suficiente para negar que “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” es poderosa en muchas direcciones. El director de “Origen” (2010) se mantiene aquí fiel en su empeño de demostrar que no hay personaje de una pieza, que variables como la crisis de identidad, el tormento y el vacío existencial son compatibles con el cine de entretenimiento; también que el género, incluso cuando enloquece y se adentra en lo increíble, puede esbozar la realidad con suma precisión. En ese sentido, “El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace” destila desde el primer hasta el último minuto un malestar social general, la sensación colectiva de que todo está perdido. Es también una película con una puesta en escena arrolladora (Nolan tiene un potente sentido del espectáculo, y la indiscutible capacidad de hacer cine de autor a lo grande), varias escenas de acción alucinantes (las mejor rodadas y coreografiadas de toda su filmografía) y un villano potentísimo encarnado por Tom Hardy, que cada vez es mejor actor. DdF

13. “Shame”, de Steve McQueen

El mundo del sexo y sus perturbaciones ya ha sido explorado un sinfín de veces en el cine, pero quizá nunca en un relato tan devastador y con una puesta en escena tan estilizada como los que propone Steve McQueen en “Shame”. Amarga, cruda y claustrofóbica, su historia, que muestra lo mismo que esconde, te arrastra hacia los abismos de la obsesión con un ritmo solemne que sólo se acelera en un clímax quizá algo precipitado. Con todo, es difícil no salir revuelto y agitado después de 100 minutos de exposición a las miserias humanas. La película, además, no sería lo mismo sin las interpretaciones de Michael Fassbender y Carey Mulligan, cuyos personajes quedan completamente desnudos –literal y figuradamente– ante el espectador. Un clásico rabiosamente contemporáneo. AGM

12. “Looper”, de Rian Johnson

El tercer largo del estadounidense Rian Johnson ( “Brick”) es una de las películas de ciencia-ficción más sólidas e interesantes de las últimas décadas, un thriller criminal futurista con un mecanismo fascinante y un agudo sentido del espectáculo. Se parece a otras películas del género (sobre todo a “ Terminator”), pero hay algo en su atípica estructura narrativa y su resorte emocional que la hacen insólita e inesperada. En 2072, la violencia ha desaparecido de forma peculiar. No se puede matar, pero los viajes en el tiempo han permitido poner en marcha un sofisticado y siniestro plan para eliminar a determinados individuos sin dejar huella. Se trata de enviarles al pasado, concretamente al 2042, donde una élite de asesinos a sueldo se encarga de acabar con ellos. Ésa es la base argumental de una película que arranca como un rompecabezas narrativo y emocional y se ordena, poco a poco, con las emociones del relato como guía, hasta desembocar en uno de los mejores desenlaces que ha dado el cine fantástico reciente: el tercer acto es alucinante. “Looper” es un festín sensorial, una action movie futurista rodada con pulso y una película extrañamente bella y fascinante en la que el espectáculo muta de las formas más imprevisibles. DdF

11. “Declaración de Guerra”, de Valérie Donzelli

Un amigo me habló de esta película como “una historia de amor puesta a prueba”. Y no se me ocurre una definición más bonita y más precisa. Valérie Donzelli, directora, guionista y actriz principal de la película, y Jérémie Elkaïm, que firma el guión con ella y encarna al protagonista masculino, reconstruyen en ella, con las licencias de la ficción, una dolorosa experiencia personal: su lucha incansable para no venirse abajo ante la terrible noticia de la enfermedad de su hijo pequeño. Contada con admirable sensibilidad, en una búsqueda decidida de la naturalidad (no reñida con bellas digresiones ilusorias, incluso musicales) y huyendo de subrayados y efectismos, “Declaración de Guerra” sintetiza en la dolorosa historia de Juliette (Donzelli) y Roméo (Elkaïm) cómo a veces las relaciones sentimentales se desmoronan o se rompen simplemente porque la vida no es fácil, porque pone trabas que arrasan con todo y contra las que es imposible lidiar. Pero no es una película pesimista, y esa es otra de las razones por las que es valiosa e inolvidable. Magníficamente interpretada, “Declaración de Guerra” apuesta en firme por la vida, invita a huir de la compasión malentendida –aún más, de la autocompasión– y se convierte sin forzar las emociones en una de las historias de amor más increíbles y conmovedoras que ha dado el cine reciente. DdF

10. “Los Vengadores”, de Joss Whedon

Dirigida por el grandísimo Joss Wedhon, entre otras cosas creador de las series “Buffy, Cazavampiros” y “Firefly”, director de “Serenity” (2005) y productor y guionista de “The Cabin in the Woods” (2011), una de las mejores películas de género de las últimas décadas, esta adaptación de Marvel responde a la fórmula del mejor cine de entretenimiento de los últimos años, la misma que utilizan (en propuestas de tono distinto) señores del calibre de JJ Abrams, Christopher Nolan y Jon Favreau. Se trata del cruce deliberado de espectáculo y emoción, de la firme voluntad de respetar la naturaleza lúdica y sensacional del cine de entretenimiento y, a la vez, cuidar a los personajes y las emociones en busca de una identificación más fuerte del público. Actores carismáticos, una dirección prodigiosa y una estampida de diálogos ingeniosos, escritos con un magnífico sentido del humor y llenos de guiños cómplices, en una película con uno de los planos secuencia más alucinantes que se recuerdan. Sin duda, una de las mejores películas de superhéroes de la historia. DdF

9. “The Deep Blue Sea”, de Terence Davies

Palabras mayores. Probablemente una de las películas más bellas que haya dado el cine reciente. Inspirada en un texto del dramaturgo inglés Terence Rattingan, esta obra maestra del director de “Voces Distantes” (1988) y “La Biblia de Neón” (1995) es un melodrama de época, ambientado en Londres en los años 50, de sublime belleza formal y arrolladora intensidad emocional. En una excelente interpretación, Rachel Weisz da vida a una mujer casada que se enamora de otro. Los movimientos del triángulo que forman esposa, marido y amante, así como las tremendas pulsiones de su entorno, sirven al director de “La Casa de la Alegría” (2000) para hablar de la ceguera amorosa, la degradación personal en nombre del amor y la adicción a la intensidad, sea buena o nociva. “The Deep Blue Sea” tiene una escena final para el recuerdo. DdF

8. “Prometheus”, de Ridley Scott

Una de las películas más importantes de 2012, el filme en el que Ridley Scott se adelanta –más o menos– a los acontecimientos de “Alien, El Octavo Pasajero” (1979), una de sus dos obras maestras y el arranque de una de las sagas fantásticas más importantes de todos los tiempos. Escrita al alimón entre Jon Spaihts, guionista de la espantosa “La Hora Más Oscura” (2011), y el muchísimo más interesante Damon Lindelof, uno de los creadores de la serie “Perdidos”, esta aventura espacial tiene un poso reflexivo (intrínseco a la ciencia-ficción): tanto el director como los guionistas filosofan a placer y buscan conexiones mitológicas. Pero su fuerza motora no es la mente, sino el impulso, incluso lo irracional. “Prometheus” es, en ese sentido, una película tremendamente fiel al espíritu de la serie a la que sucede-precede y la obra de un cineasta (de unos cineastas, si lo hacemos extensible a los autores del guión) que conoce y ama el género hasta el punto de confiar ciegamente en las premisas, los mundos y las situaciones fantásticas más increíbles y chifladas sin sentir la obligación de la trascendencia, la solemnidad o la interpretación encriptada de la realidad. No es una película perfecta, pero sí una fantasía rotunda, poderosa y visualmente apabullante. Y su verdadera fuerza, lo que la convierte en una gran película, es precisamente ese brote visceral y esa locura (algunas de las decisiones, tanto narrativas como visuales, son deliciosamente insensatas). “Prometheus” encierra, además, la escena quirúrgica más alucinante que ha dado el cine de terror últimamente. DdF

7. “Take Shelter”, de Jeff Nichols

Encarnado por un monumental Michael Shannon, el protagonista de “Take Shelter” es un hombre joven, casado y padre de una niña, que sabe que las pesadillas y visiones que le machacan pueden bloquear su cabeza y herir a su familia, que son presagio de tragedia y malos tiempos. A partir de ahí, la película de Jeff Nichols entra un extraño limbo, reproduce con una ambigüedad fascinante y moviéndose con ligereza entre géneros (el melodrama familiar, el terror e incluso la fantasía) los movimientos de esa mente rota. “Take Shelter” puede ir sobre un esquizofrénico, pero también podría contar la historia de un visionario, hasta de un profeta. ¿Son adivinatorios los malos sueños del protagonista? ¿Avanzan algo sus delirios o alertan sobre tragedias futuras? Las dos interpretaciones resultarían igual de válidas y, en cualquier caso, serían dos de las muchas lecturas posibles de una obra que –sin ser críptica– le exige al espectador el truco final, el prestigio final. Pero todas las interpretaciones posibles comparten algo: tanto si es vista desde un a perspectiva realista como si es interpretada en clave alegórica o fantástica, “Take Shelter” comparte con películas recientes como “Melancolía” (2011), de Lars Von Trier, y la monumental “El Árbol de la Vida (2011) de Terrence Malick, autor con el que Nichols ha sido comparado en varias ocasiones, su recreación de la desesperación del hombre ante un mundo que se quiebra ante sus ojos y parece abocado a un Apocalipsis inmediato. DdF

6. “La Invención de Hugo”, de Martin Scorsese

Llegó tarde para las navidades de 2011, que era su momento de estreno adecuado –nieve, niños, fantasía–, pero a cambio nos embrujó la Pascua con una de esas historias de realismo mágico que perviven durante largo tiempo sin tener que cargar con esa naïveté tan “Amélie” (2001), película con la que comparte algo más que la localización en París y la estación de tren. “La Invención de Hugo”, sin embargo, es otra cosa, sobre todo un homenaje a los orígenes de las películas y al ilusionismo que producen desde hace más de un siglo. Es un título insólito en la filmografía de Martin Scorsese, así hasta el punto de no parecer suya, pero sólo él podía llevar con pulso tan firme y alegría tan contagiosa este viaje a los años 20, a la belle époque, para rastrear una supuesta etapa en la vida de Georges Méliès, el introductor de lo maravilloso en el cine, en la que, olvidado por todos, encontró refugio en una discreta tienda de juguetes en Montparnasse. Pero “La Invención de Hugo” no es sólo eso: las generosas dosis de humor –Sacha Baron Cohen reivindicándose como un maestro del slapstick–, de aventura e incluso de ciencia-ficción –el autómata que intenta ‘revivir’ Hugo es prácticamente un recurso cyberpunk– hacen aún mucho más vibrante este candoroso homenaje a una de las épocas más fructíferas para la imaginación. JB

5. “Millennium: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres”, de David Fincher

Los que tenían prejuicios hacia las novelas de Stieg Larsson pudieron disfrutar de una oportunidad única de dejarse convencer y adentrarse en el universo del autor con esta adaptación a cargo de un director tan reputado como David Fincher. Su decisión de llevar al cine el primer volumen de la famosa trilogía del autor sueco no es caprichosa, pues ya ha demostrado en el pasado que tiene buen pulso para rodar thrillers de asesinos en serie. “Los Hombres Que No Amaban A Las Mujeres” es tan turbia como “Seven” (1995), y su narración es aparentemente calmada pero avanza con mucho nervio. Su director saca lo mejor de Rooney Mara, que construye una Lisbeth Salander universal e icónica y demuestra una gran química con su partenaire, el siempre reivindicable Daniel Craig. Una reseña de esta película no podría terminar sin una mención a la acongojante banda sonora creada por Trent Reznor y Atticus Ross, que sostiene el relato dibujando atmósferas inquietantes. AGM

4. “Cosmópolis”, de David Cronenberg

Una película que coloca al espectador en un limbo extraño y fascinante entre la hipnosis, la ansiedad y la narcosis. Adaptación del libro homónimo de Don DeLillo, sátira del capitalismo –verbosa, escurridiza, feroz y un punto abstracta– que reproduce con extrema fidelidad, “Cosmopolis” no es una película confortable, no hay forma humana de relajarse ante ella. Pero, si aceptas hacer el viaje (el espectador se mueve en el mismo espacio físico que el protagonista, una limusina que serpentea Nueva York, colapsada y sumida en el caos ante una visita presidencial), si acompañas a Eric Packer (Robert Pattinson, grandioso en su personaje), joven crack de las finanzas, en su trayecto en coche en busca de una peluquería, absorbes poco a poco tres cosas extraordinarias. Una: una radiografía mordaz de la crisis económica (DeLillo publicó su novela en 2002, con lo que advirtió hace más de diez años cómo acabaríamos). Dos: el retrato tremendamente adictivo de un personaje, Eric Packer, puramente Cronenberg, sumido en una búsqueda atroz de estímulos que le hagan sentir. Tres: un drama de cámara tocado por una sexualidad tan disfuncional como extrañamente morbosa. DdF

3. “Chronicle”, de Josh Trank

Enmarcada en dos tendencias en boga, la ciencia-ficción de baja fidelidad (películas en las que la fantasía se filtra con naturalidad por las grietas de lo cotidiano y no deja la credibilidad en suspensión) y el uso del vídeo doméstico para recoger la acción, “Chronicle” cuenta la historia de tres chavales que desarrollan poderes sobrenaturales y es un cruce asombroso de película de superhéroes y drama sobre la tristeza y los problemas de adaptación en la adolescencia. Rodada con un presupuesto bajo para una película de estudio (15 millones de dólares) y dirigida por Josh Trank, un chaval de 26 años que se había ganado el respeto de los internautas con su irresistible corto “ Stabbing at Leila’s 22nd Birthday” (2007), “Chronicle”, lleva al límite la ciencia-ficción naturalista mediante dos mecanismos. Uno, una puesta en escena habilidosa (un uso hiperrealista de la cámara y de los efectos especiales). Otro, la supeditación de la fantasía a los movimientos de los personajes.

En “Chronicle”, la fantasía está al servicio de los tres chavales, en especial del protagonista, que evoluciona en una especie de mutación contemporánea de Akira y Carrie, en un personaje triste e irreversiblemente nihilista. El director otorga al terceto protagonista un poder inabarcable, pero no les da una pauta para manejarlo. Los convierte en semidioses, dota de superpoderes a un grupo de críos que aún no han aprendido a manejarse ni en las decisiones más triviales. Y el resultado es apabullante: cada quiebro sobrenatural de Chronicle, rodada de forma hiperrealista, brota de los personajes. Y teniendo en cuenta que los procesos de esos chavales pasan por el deseo de poder, el apasionamiento extremo, el miedo y, en el caso del protagonista, un odio irracional hacia la vida que le ha tocado vivir, imaginen. Asombrosa, dolorosa y letal. DdF

2. “Moonrise Kingdom”, de Wes Anderson

Situada en Nueva Inglaterra el verano de 1965, la mejor película de Wes Anderson, deletrea la huida romántica de Sam (Jared Gilman), un scout huérfano e incomprendido, y la bella Suzy (Kara Hayward), una Margot Tenenbaum preadolescente. Es la primera vez que el director de “The Life Aquatic” (2004) concede el protagonismo a dos personajes tan jóvenes, pero no es un cambio radical en su filmografía porque “Moonrise Kingdom” bien puede ser vista como una fantasía adulta, como un cuento escapista de emociones encontradas –es alegre y triste, luminoso y oscuro– en el que localizar la sospecha de que todo nos iría mejor si hubiésemos empezado a arriesgar, a quejarnos y a vivir mucho antes. Llena de un millón ideas, emociones y detalles que sintetizan algo profundo (en esta película, un pendiente hecho con un anzuelo y un escarabajo es el impulso de un acto de rebeldía, de la decisión precoz de decidir por uno mismo), “Moonrise Kingdom” repite las constantes de la filmografía de Anderson: personajes inadaptados, la idea de la aventura, de la odisea como mecanismo de escape, la busca en los libros, en las canciones, en los objetos bonitos de alivios circunstanciales… Pero, como siempre, el autor de “Los Tenenbaums: Una Familia de Genios” (2001) avanza en su búsqueda de nuevas inspiraciones que adopta desde el respeto y adapta a su universo sin caer en el burdo homenaje.

Anderson contaba que la influencia del cine y la atmósfera europeos iba a ser evidente en su próxima película. Ese estigma ya está en “Moonrise Kingdom”, donde la iconografía scout, un universo lleno de tiendas de campaña, insignias y navajas multiusos, convive con los gestos de la nouvelle vague. El romanticismo afrancesado brilla en una escena en la que suena Françoise Hardy. Es importante citarla, un baile en la playa que Miqui Otero comparó con acierto con el que se marcan Martin Sheen y Sissy Spacek en “Malas Tierras” (1973) de Terrence Malick, porque es uno de los momentos que confirman que no hay edad para las películas de Anderson. “Moonrise Kingdom” habla del amor adolescente y las ganas de flirtear con un mundo adulto, pero también tiene el poso del recuerdo nostálgico (real o imaginario) de un adulto. Una maravilla. DdF

1. “Holy Motors”, de Leos Carax

El protagonista de esta película fascinante, escurridiza, libre, un punto indescifrable y desligada por completo de los parámetros del cine contemporáneo, es el señor Oscar, un individuo de unos 50 años que coge cada mañana la limusina que conduce su chófer, su socia o, en cierto, sentido su amiga. Parece un hombre de mediana edad que va a trabajar. Pero no es un hombre sólo. Son un millón de hombres en uno. Cada trayecto equivale a un cambio de identidad. Oscar, encarnado por Denis Lavant, actor fetiche de su director, utiliza esos traslados para disfrazarse, maquillarse, modificar su cara y su cuerpo y convertirse en otro; el coche deviene en un raro vestidor, la antesala a cada una del millón de vidas en las que, probablemente, se reencarnará hasta el fin de los días.

Cineasta en un extraño limbo entre el cine de autor y el género puro, siempre aferrado a la libertad y la audacia, el francés Leos Carax ( “Mala Sangre”, “Los Amantes de Pont-Neuf”) convierte cada una de esas encarnaciones en un fragmento fascinante de una extraña cronología del amor, el horror, la vida y la muerte. Imprevisibles, algunos indescifrables, llenos de imágenes y símbolos a prueba de interpretaciones profundas o epidérmicas, los episodios que se corresponden a las distintas identidades del protagonista se enmarcan en varios géneros, de la ensoñación abstracta al horror, el thriller psicótico o la comedia negra. Pero todos, al margen del terreno en el que se muevan e incluso cuando el brote cómico o absurdo roza lo histérico, están empapados de una tremenda tristeza que tiene que ver con la idea central del filme: la incapacidad de aferrarse a una personalidad y la caída en un doloroso juego de apariencias ante la incapacidad de definirse en un mundo poco amable. DdF

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