Listas

Resumen 2013: los 25 mejores libros de ficción del año

Para acabar el repaso cultural de estos doce meses, aquí va un recorrido por las novelas que nos han alegrado nuestras mejores horas de lectura en el tiempo de ocio

Repasar los libros (narrativa de ficción) del año, concretamente 25 títulos editados por sellos nacionales que han ocupado nuestras mejores horas de lectura. Aquí van, debidamente comentados.

Son 25 libros, pero podrían ser muchos más. De todos los géneros de ficción y no ficción: las joyas editadas este año son innumerables, el panorama editorial español, a pesar de las dificultades a las que le somete la crisis, sigue ojo avizor a todo lo bueno que flota por ahí fuera y, como buen pescador, arroja su red allí donde se adivina que hay una buena pieza. De este modo, las editoriales independientes, las de la franja intermedia y también las divisiones literarias de los grandes grupos –siempre hay mucha buena aportación de Mondadori o Seix Barral– han ocupado nuestras horas libres con una buena remesa de libros. Pero tenemos que acotar, y aquí van nuestros criterios: sólo ficción, proveniente de cualquier país, aunque contando con el predominio lógico de la cultura anglosajona dominante, y con unas cualidades que podrían resumirse en audacia, conexión con el presente, calidad de escritura, emoción y conexión con un público cultivado y, a poder ser, también joven (no sólo de edad, sino de espíritu). Dicho esto, ahí van nuestros 25 libros predilectos del año, con alguna concesión caprichosa, pero con grandes y sólidos hitos en los primeros puestos con un número 1 más que evidente. El hit del año no merece menos.

25. Jesús Cañadas: “Los Nombres Muertos” (Fantascy)

Si el género fantástico tiene alguna posibilidad de convertirse en el nuevo fenómeno de consumo al estilo del boom de la novela negra, será gracias a novelas como esta, un artefacto construido desde el fandom y elevado a la categoría de buena narrativa popular gracias a las buenas artes del gaditano Jesús Cañadas, el nuevo héroe español del pulp. “Los Nombres Muertos” tiene un punto de partida ideal para elevar la emisión de endorfinas de los nerds del terror –el “Necronomicón” existe, es un libro real, y H.P. Lovecraft, ayudado por sus amigos, entre ellos Arthur Machen, Robert E. Howard y Frank Belknap Long, van a la caza del susodicho–. Y a la vez un desarrollo exacto, bien escrito y con momentos para la erudición, la acción, el suspense y el sabio uso de todos los ingredientes de la literatura relacionada con los Mitos de Cthulhu. Una sorpresa más agradable que un tentáculo de Nyarlathotep deslizándose por tu espalda. Javier Blánquez

24. Alice Munro: “Mi Vida Querida” (Lumen)

Cuando apareció a principios de 2013 –y un año antes en el mundo anglosajón– esta nueva colección de cuentos de Alice Munro, se sospechaba que la canadiense podía ganar el Nobel; siempre ha estado en la shortlist de manejo habitual, con Murakami, Pynchon o Gimferrer. Al acabar 2013 el supuesto se ha convertido en una merecida realidad que le encaja el laurel en la cabeza a la maestra de lo cotidiano. Una vez más, Munro convierte la palabra en vida y la vida en palabras en pequeñas historias que contienen, en cápsulas de una depuración máxima, una emoción palpitante. Sus personajes y sus situaciones no son ni heroicos ni fracasados, sino de un realismo tan íntimo que por momentos nos puede parece inconcebible. Cosas que pasan –una huida, un encontronazo, una fiesta, un beso– y que asientan la vida, o la cambian de rumbo. JB

23. Don DeLillo: “La Calle Great Jones” (Seix Barral)

En la intensiva recuperación que está haciendo Seix Barral de la obra de Don DeLillo, si no el más grande al menos el más prolífico de los postmodernos norteamericanos –y precisamente por ese vigor, mucho más que un simple experimentador o tejedor de argumentos enrevesados–, faltaba un título crucial como “La Calle Great Jones”. Fue la tercera novela de aquel joven DeLillo que aún no había imaginado ni “Subsuelo” ni “Cosmopolis”, pero que sabía ir al hueso de la cultura contemporánea, sus neurosis, y contarla con una admirable mezcla de lucidez y complejidad. Esta es la historia de un rockero, Bucky Wunderlick, que a la vez podría ser un equivalente musical de Salinger: lo deja todo, se recluye en un piso de Nueva York, pero es incapaz de escapar del mundanal ruido, perseguido por su propia fama. Una reflexión sobre el éxito y su lado negativo, sobre cómo estar expuesto bajo los focos anula una parte esencial de las personas, y la vez uno de los mejores libros sobre y a partir del rock que se han escrito nunca. JB

22. Stanislaw Lem: “Máscara” (Impedimenta)

El mejor escritor de ciencia-ficción, con permiso de Philip K. Dick –siempre y cuando Ballard juegue en otra liga, y sin duda, el mejor de todos los no-anglosajones–, ha gozado siempre de una buena difusión en castellano. La obra de Lem suele aparecer en las librerías de segunda mano, tuvo muchas ediciones en bolsillo. Pero la misión de Impedimenta es mucho más noble y ambiciosa: rescatar lo mejor de su extensa obra y presentarla en nuevas traducciones directas del polaco. “Máscara” es un caso particular, sin embargo: esta selección de cuentos era inédita, y no precisamente por ser material de menor enjundia, sino por descuido. Los grandes temas de Stanislaw Lem están aquí: el humor, el surrealismo, el miedo cósmico, la inteligencia artificial y, por supuesto, la gran mitología espacial y la amenaza/ilusión del futuro. JB

21. John Jeremiah Sullivan: “Pulphead” (Mondadori)

Mientras algunas voces claman desde hace años por la muerte del ‘nuevo periodismo’ como formato interesante tanto para contar historias como para explicar realidades, autores jóvenes como John Jeremiah Sullivan se empeñan en desmentirlo. Su especialidad es el periodismo literario, o lo que es lo mismo: acercarse a lo cotidiano o lo casual, como un festival de rock cristiano, una visita a Disneyworld, los estragos del huracán Katrina o una investigación de los años de colegio de personajes tan intrigantes como Axl Rose, y contarlo con frase clarividentes, un estilo que engancha y una penetración en la esencia de los acontecimientos de una profundidad envidiable que haría levantarse a Truman Capote de su tumba para saludar. Desde David Foster Wallace, nadie explicaba las costumbres de esta manera. JB

20. Lawrence Norfolk: “El Festín de John Saturnall” (Galaxia Guttenberg)

Norfolk había estado apartado de la novela largo tiempo: sus trabajos son densos, eruditos, implican un esfuerzo de documentación histórica de alto calado. Entre “En Figura de Jabalí”, ficción inspirada en la mitología griega, y “El Festín de John Saturnall” han pasado once años –nos referimos al lapso entre las ediciones españolas de Anagrama (2002) y la última en Galaxia Guttenberg–, y es que esta cuarta obra no ha sido particularmente fácil. Narra la historia de un niño embrujado –o hijo de una mujer acusada de brujería en un pueblo inglés en el siglo XVII– y cómo su don para la cocina le ayuda a cocer lentamente, nunca mejor dicho, una venganza contra su entorno, al estilo de novelas como “El Perfume”. De hecho, “El Festín” y su exageración de las festividades paganas de las saturnales, aquellos ágapes monstruosos de la época clásica, es el equivalente estomacal a aquel clásico odorífero de Patick Süskind. Que aproveche. JB

19. Dennis Lehane: “Vivir de Noche” (RBA)

Libro a libro, y ya van unos cuantos de un peso admirable – “Shutter Island”, “Cualquier Otro Día”, “Despareció una Noche”, “Mystic River”, casi todos adaptados en clásicos recientes del cine–, Dennis Lehane se va consolidando como un nuevo Raymond Chandler, como el gran maestro de la novela negra de este siglo. Su pulso es firme, su escritura es tensa como una cuerda de violín (algo desafinada), su radiografía del mal y las profundidades abismales del alma completamente certera. “Vivir de Noche” no es una excepción: entre tanto libro mayor suyo quedará un poco por detrás, pero esta historia de un hijo de policía que escoge el camino del crimen en vez del de la virtud, y comienza a construir un imperio en los años de la Prohibición y la era del jazz en Estados Unidos, no sólo es una lectura que atrapa y no suelta, sino también carne de guión de blockbuster de calidad. La típica historia que la pilla por banda Martin Scorsese y la transforma en oro de aún más quilates. JB

18. Richard Ford: “Canadá” (Mondadori)

En “Canadá”, Richard Ford construye una tragedia bonnieyclydenesca, la de los Parsons, una familia autoinmolada por una deuda que enmascara el deseo juvenil de un padre, ex Fuerzas Aéreas, que siempre ha soñado con convertirse en el Clyde Chestnutt de Montana. Familia de la que salen despedidos Berner y Dell Parsons, los gemelos quinceañeros de la pareja protagonista (el sonriente e impulsivo Bev y la culta aunque sumisa Neeva), obligados a vivir por su cuenta después de que sus padres cometan el atraco que Ford anuncia (con la voz del joven Dell) en la primera frase de la novela (un arranque con pinta de clásico: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después”). Aunque no está a la altura de las historias del bueno de Frank Bascombe (el periodista deportivo que se metió a vendedor de mansiones), “Canadá” es una excelente novela iniciática del rey del detalle, el tipo que no se contenta con describir a sus personajes sino que los esculpe. Laura Fernández

17. David Foster Wallace: “La Escoba del Sistema” (Pálido Fuego)

La primera novela que publicó David Foster Wallace no es la mejor, aunque como todo lo suyo no debe dejarse pasar por alto. Formalmente está más cerca de los relatos de “La Niña del Pelo Raro” que de la amplitud casi cosmogónica de “La Broma Infinita”, ya que es una novela más lineal (dentro de su maximalismo), organizada con cuidado, con un argumento que resulta fácil de detectar, todavía no disimulado por la infinidad de recursos estilísticos que vendrían en su obra posterior. Esta es la historia de una mujer, Lenore Beadsman, que busca el camino para iniciar una nueva vida: una teleoperadora a la que le empiezan a suceder cosas extraordinarias –como la búsqueda de un contingente de ancianos de una residencia de la tercera edad– y que no deja de cruzarse con personajes estrambóticos típicos del universo freak y disfuncional de DFW. Su problema –que arrastró durante toda su carrera–estaba en no saber cerrar los finales. Pero la forma es impecable. Añádanse al lote los ensayos de “En Cuerpo y en lo Otro”, su libro de matemáticas y la biografía a cargo de D.T. Max, “Todas las Historias de Amor son Historias de Fantasmas”, para cerrar el año en el que de Wallace lo tuvimos ya todo. JB

16. J.G. Ballard: “Cuentos Completos” (RBA)

1275 páginas, pero que nadie se asuste: cuando se trata de J.G. Ballard nunca es suficiente texto, nunca aflora bastante imaginación. El autor más singular de la ciencia-ficción británica –el rey de las distopías, el de los mundos tras la catástrofe, el de los accidentes, los contagios, los experimentos con la carne y las guerrillas entre vecinos– falleció en 2009 dejando un hueco irremplazable en la literatura popular de alto nivel intelectual. Su obra estaba traducida casi por completo, con la excepción de un puñado de relatos que son los que completan este recuento, estos cuentos completos donde recuperamos todos los de “Bilenio”, “Fiebre de Guerra”, “Mitos del Futuro Próximo”, “Vermillion Sands” y “El Hombre Imposible”, entre muchos otros clásicos rastreables –si se quiere– en las viejas ediciones de Edhasa y Minotauro. Pero aquí hay más, porque aquí está TODO. JB

15. David Peace: “Tokio, Año Cero” (Mondadori)

En el Nuevo Japón, el Japón ocupado en el que habitan Vencedores (americanos), Perdedores con Privilegios (aquellos que jugaron con fuego) y el Resto de Perdedores (entre los que se cuenta el detective Minami), no queda nada. No hay edificios. No hay teléfonos. No hay bicicletas. En ese Nuevo Japón, las madres de las chicas que desaparecen se preguntan cómo demonios va la policía a encontrarlas si no queda nada. El detective Minami se encoge de hombros y se rasca. Los piojos caen a puñados de su cabeza. Tokio apesta y en lo único en lo que puede pensar el detective es en una chica (Yuki) que no es su mujer y que le espera siempre en la cama. En ella y en los calmantes que consigue a través del temible Akira Senju, líder de una de las bandas que gobiernan en la sombra el país, un país del que el detective se avergüenza, casi tanto como se avergüenza de sí mismo, de la clase de monstruo en que se ha convertido. El inicio de una nueva trilogía del mejor (y el más duro) escritor de novela negra del momento. LF

14. Jeffrey Eugenides: “La Trama Nupcial” (Anagrama)

Madeleine Hanna es una romántica incurable que está escribiendo su tesis sobre Jane Austen y George Eliot, indagando en la manera en que las escritoras concibieron el amor en su momento. Estamos en los años 80 y en el campus universitario en el que se encuentra triunfan los pensadores franceses (Barthes, Lyotard, Derrida) y por todas partes se escuchan los Talking Heads. Y, sin saberlo, la propia Hanna está a punto de verse envuelta en un triángulo amoroso similar al que construyeron en el pasado y en la ficción sus dos adoradas escritoras. Porque ha conocido a Leonard Bankhead, un solitario, carismático y brillante estudiante de ciencias, con el que entablará una relación cargada de desafíos intelectuales y erotismo. Y no es capaz de decidir si Mitchell Grammaticus, su viejo amigo, un ligeramente atormentado estudiante de teología, podría dejar de ser definitivamente poco más que un amigo. El autor de “Las Vírgenes Suicidas” vuelve con una para nada convencional historia de amor bizarro de tintes austerianos. Nos gusta, nos gusta mucho. LF

13. Teddy Wayne: “La Canción de Amor de Jonny Valentine” (Blackie Books)

Jonny Valentine es un niño objeto al que el Todo Poderoso y Diábolico Márketing ha bautizado como El Ángel del Pop, un chaval de 11 años que obsesiona a adolescentes y no tan adolescentes con canciones empalagosamente cursis. Un chaval al que su madre (Jane) está explotando y que pasa sus días (las noches las ocupan los conciertos) jugando a un videojuego estúpido (de hecho, no puede dejar de pensar en él y vive como si estuviese superando niveles) y tratando de masturbarse (sin demasiado éxito). A Jonny le traen sin cuidado las chicas. Lo único que le gustaría es conocer a su padre, El Desaparecido. La segunda novela del autor de “Kapitoil” sigue explorando lo maldito que puedes acabar resultando si consigues destacar en el mundo en el que vivimos, en el que se ser especial es una especie de maldición. Oh, sí, Wayne a vueltas con el capitalismo y sus abrasadoras (y malas, malísimas) intenciones. LF

12. Helen Oyeyemi: “El Señor Fox” (Acantilado)

El señor Fox, John Fox, es escritor, y Mary Foxe es la mujer que le ronda por la cabeza, la protagonista de todos sus relatos, la misma que, una y otra vez, acaba sin cabeza. Porque al señor Fox no le gustan las mujeres con cabeza, las prefiere sin. Porque las prefiere muertas. Pero antes de matarlas, construye para ellas maravillosas casitas de chocolate, maravillosos castillos encantados con aspecto de relatos endiabladamente adictivos. Relatos en los que Mary Foxe se revuelve, desde su floristería, desde su buhardilla, desde el café en el que se cruzó por primera vez con el escritor, lucha por sobrevivir aunque sepa de antemano que la suya es una batalla perdida. Helen Oyeyemi desmonta una vez más un buen puñado de cuentos de hadas y luego la emprende con otro buen puñado de clásicos de la literatura (romántica) inglesa del XIX, para crear su propia leyenda de Barbazul que es a la vez una reflexión sobre la condición del creador y una oda a la imaginación. LF

11 George Saunders: “Diez de Diciembre” (Alfabia)

Desde la aparición ya lejana de “Pastoralia”, un conjunto de relatos situados en la América suburbana, entre lo grotesco y la parodia, pero con rastros de humor y un realismo enternecedor, George Saunders ha estado en la primera fila de la narrativa breve en Estados Unidos, como una especie de heredero freak de Faulkner. Ha estado, eso sí, de manera intermitente, ya que sus silencios han sido varios y prolongados. “Diez de Diciembre” rompe seis años de ausencia y lo hace con todas sus facultades a pleno rendimiento: su universo extraño a la vez que primitivo, su humor cruel, su prosa clara y fluida, están a un nivel altísimo aquí, en uno de esos libros que quizá no llamen la atención, pero esconden oro en su interior. JB

10. Richard Price: “The Wanderers. Las Pandillas del Bronx” (Mondadori)

La vinculación estrecha de Richard Price a directores de cine como Spike Lee –que adaptó su novela “Clockers”, sobre el menudeo de droga en las esquinas de NY– y el equipo de la serie “The Wire”, para la que escribió guiones, le ha aupado a un nivel de prestigio que, en realidad, tendría que haber alcanzado exclusivamente con sus libros, prodigios en los que se mezclan la novela realista, casi de una crudeza naturalista sobre chicos en la calle, balas perdidas, traficantes de poca monta y policías al borde del abismo, con las técnicas de la ficción negra. “The Wanderers” es en apariencia la historia de la rivalidad de dos bandas callejeras, de dos secciones de adolescentes que se abren camino a la edad adulta entre escarceos en el crimen y los intentos por alejarse de él, lo que a Price le da la oportunidad de profundizar más en sus deseos, motivaciones y frustraciones, lo que viene a ser una biopsia del tejido social de las grandes ciudades de América. JB

9. Donald Barthelme: “Las Enseñanzas de Don B” (Automática Editorial)

Los relatos de Donald Barthelme son portentosamente siniestros. En ellos, en todos ellos, siempre hay algo que va francamente mal. Quizá por eso, el viejo Don fue uno de los escritores favoritos de David Foster Wallace. De hecho, uno de los relatos incluidos en esta brillante selección (de los chicos de Automática Editorial), “El Globo”, fue, según confesó el propio Wallace, el culpable de que se dijera a sí mismo que algún día sería escritor. ¿Por qué? Porque quería hacer exactamente lo que hacía Barthelme. ¿Y qué es lo que hace Barthelme? Convertir la desesperación en pequeñas (y a menudo inquietantes) piezas de cámara. Piezas de cámara en las que lo absurdo no desmonta la realidad con la intención de reírse de ella sino que más bien lo hace para extrañarse por ella. O imaginad un globo capaz de cubrir Manhattan en manos de un tipo que, simplemente, está triste. Nadie mejor que él para adentrarnos en una suerte de apocalipsis de lo cotidiano. LF

8. Arnold Bennett: “Enterrado en Vida” (Impedimenta)

Priam Farll es un pintor maravilloso. Un pintor de policías y pingüinos. Un pintor inglés que apenas pasa tiempo en su ciudad, Londres, porque siempre está viajando. Tan importante es. Pero a la vez, tan esquivo. Porque nadie, jamás, le ha visto en persona. Y los pocos que lo han hecho, apenas lo recuerdan. En parte, porque siempre va acompañado de su fiel sirviente, Henry Leek, como él, un cincuentón capaz de pasar desapercibido en cualquier parte. Y a menudo les confunden. En cualquier caso, lo que ocurre es que un día, un día que ambos pasan en la casa del pintor en Londres, una casa que “no es feliz” porque siempre está desocupada (o así la presenta el prodigioso narrador), Henry Leek muere, y, la timidez enorme, la timidez del tamaño de un transatlántico, de Farll, le impide corregir al doctor cuando éste da por hecho que el fallecido es el propio Farll. Y es ahí donde empieza el enredo. Porque a partir de ese instante, Farll, el verdadero Farll, tendrá que aprender a vivir como un simple sirviente, y asistir, atónito, a lo que el mundo hace con lo que cree que es su cadáver. Deliciosamente absurda y trepidante, “Enterrado en Vida” es una de esas joyas con las que sueña toparse todo amante de la literatura inglesa. LF

7. Edward St. Aubyn: “El Padre” (Mondadori)

Una radiante mañana cualquiera, en un enorme caserón de la campiña inglesa, un padre, reputado doctor acostumbrado a humillar a su esposa a la manera en que los maridos humillan a sus esposas en las novelas de Elfriede Jelinek, castiga a su hijo de cinco años con algo más que un puñado de azotes y se lamenta luego de no tener amigos lo suficientemente liberados como para poder presumir ante ellos de lo que acaba de hacer (abusar sexualmente del pequeño). Tras el incidente, David Melrose, el padre, se prepara para recibir a los invitados de esa noche sin que le ronde por la cabeza ni un asomo de remordimiento, mientras el niño, Patrick, Patrick Melrose, se pregunta qué es exactamente lo que acaba de pasarle. Así arranca la más que brillante trilogía con la que el finalista del Man Booker Edward St. Aubyn debutó, allá por principios de la década de los 90, trilogía que ha sido reunida en un único volumen en España. LF

6. William T. Vollmann: “Historias del Arcoiris” (Pálido Fuego)

Vollmann es un pequeño-gran secreto de la narrativa norteamericana de las últimas décadas. Su obra se ha traducido poco, salvando una lejana novela que acabó de tapadillo en Mondadori, y estas “Historias del Arcoiris” no dejan de ser la nueva presentación en sociedad de un ermitaño que sólo se comunica por carta, que abomina de la tecnología y que retrata historias de desplazados, de violentos, de putas y de bichos raros, con innumerables referencias cultas envolviendo unos escenarios suburbanos de gran sordidez, donde campa la droga, el sexo sórdido, la pobreza y la miseria moral. Comparado Pynchon y cercano a Hubert Selby Jr., Vollmann proporciona una lectura dura pero intensa, de una prosa barroca y un efecto que retumba como un gran sentimiento de culpa en la conciencia horas después de cerrar el libro. No son cuentos, son patadas en los huevos. JB

5. Emmanuel Carrère: “Limónov” (Anagrama)

Como el Jack London ruso, así le gusta definir al poeta disidente que, dispuesto a convertirse en la estrella de su propia teleserie, la teleserie maldita en la que convirtió su vida, acabó defendiendo la causa serbia en la guerra de los Balcanes, fusil en mano, para regresar a Rusia y fundar un partido nacional bolchevique con el que derrocar a Putin y poner en marcha una revolución con la que sólo sueña, aún hoy, él mismo: Eduard Limónov. Emmanuel Carrère rodaba un documental en Rusia cuando Anna Politkósvkaia fue asesinada y, dispuesto a escribir algo sobre el asunto, acudió a su funeral, donde se cruzó con Limónov, que fingió no reconocerle pero al que no le extrañó que menos de una semana después el biógrafo de Philip K. Dick se pusiera en contacto con él, para, dijo, charlar largo y tendido sobre su vida. De su encuentro con tan contradictorio personaje (un supuesto fascista que había sido lo más parecido a una estrella del rock que puede ser un escritor bohemio al que todos parecían adorar pese su intolerancia hacia buena parte de la humanidad) surgió esta trepidante e imprescindible non fiction novel. LF

4. Junot Diaz: “Así Es Cómo la Pierdes” (Mondadori)

A veces, dice Junot Díaz, hay que querer a otro para aprender a quererse a uno mismo. Esa es la frase, asegura, que resume su tercer libro, la colección de relatos “Así es Como la Pierdes”, en cierto sentido, la segunda parte de su primer libro, “Los Boys”, el que llegó una década antes de “La Maravillosa Vida Breve de Óscar Wao”, la novela con la que ganó el Pulitzer y la más que merecida admiración y respeto de la crítica internacional. Relatos, los de “Así es Como la Pierdes”, que se suceden como puñetazos, narrados en el fluido y adictivo spanglish marca de la casa. Como no podía ser de otra manera, Yunior está al mando (es el narrador y a la vez el protagonista) y esta vez trata de entender lo que hizo su padre al emigrar a Estados Unidos y abandonar a su familia, a la vez que repasa un puñado de fracasos amorosos y trata de entenderse a sí mismo. Porque Yunior es Junot y Junot es Yunior. Una pequeña obra maestra. LF

3. Tom Wolfe: “Bloody Miami” (Anagrama)

Esta es la historia de John Smith, un periodista repelente que un buen día decidió fastidiarle la vida a un magnate ruso llamado Sergei. El tal Sergei había conseguido que el Museo de Bellas Artes de Miami llevara su nombre donando una estupendísima colección de cuadros (valorados en nada menos que 70 millones de dólares), cuadros que en realidad eran falsos. Pero eso nadie lo sabe. Hasta que John Smith empieza a husmear y saca de sus casillas a su jefe (el nerdie Edward Topping IV) y por supuesto al propio Sergei, que por entonces está liado con Magdalena, la ex chica de Nestor Camacho, un agente de la policía de Miami experto en meteduras de pata. La nueva novela de Tom Wolfe es puro Tom Wolfe. Sí, tipos neuróticos, tipas duras y noticias bomba. En ese sentido no tiene nada que envidiarle (digan lo que digan) a ninguno de sus clásicos. Si te gustó “La Hoguera de las Vanidades”, adorarás “Bloody Miami”. LF

2. William Gaddis: “Jota Erre” (Sexto Piso)

He aquí la historia de Jota Erre Vansant, un crío de once años que no es como cualquier otro crío de once años. Porque mientras el resto de críos de once años se contentan con montar en bicicleta, Jota Erre construye un imperio. No necesita más que un teléfono. Un teléfono y un imparable deseo de ser Alguien, Alguien Importante, Alguien Poderoso. Sí, “Jota Erre” es la mayor novela satírica de la historia de la literatura norteamericana (como se ha dicho), pero también es el mayor tour de force de su autor, un excelente fabricante de diálogos, qué demonios, el mejor fabricante de diálogos de la Historia, integrante de una generación (la posmoderna norteamericana) decidida a destruir el relato para volver a construirlo. La intención de Gaddis en “Jota Erre” era la de hacer aparecer a la sociedad contemporánea, la del capitalismo feroz, como “un caos inconexo, una tormenta de ruido”. El reto está más que superado. Como ha dicho más de un crítico, “Jota Erre” merece un ejército de lectores. LF

1. Mark Z. Danielewski: “La Casa de Hojas” (Alpha Decay / Pálido Fuego)

Se publicó en inglés en 2000 y rápidamente se convirtió en un libro de culto, en una de las novelas –hoy diríamos ‘postmodernas’, pero su profundidad la lleva mucho más allá– definitivas de la década anterior. Ha tardado 13 años en ser traducida al castellano porque su complejidad es monumental –son 730 páginas repletas de claves ocultas, lenguaje complicado, pasajes en diferentes idiomas (y braille, y Morse), con códigos de colores y una compaginación diabólica–, pero ya está aquí, gracias al esfuerzo conjunto de dos editoriales, Alpha Decay y Pálido Fuego, y las buenas artes de Javier Calvo en la traslación a nuestro idioma. Sin duda, es el acontecimiento literario más importante de 2013. ¿Por qué? Porque Mark Z. Danielewski sabe condensar en “La Casa de Hojas” decenas de literaturas posibles, desde el pulp y el terror a la épica clásica, de la metafísica al realismo mágico latinoamericano, de la novela realista de postguerra al cine, del lenguaje erudito de las tesis doctorales al humor y la prosa sobre drogas. Y eso es sólo la punta del iceberg.

“La Casa de Hojas” es, en apariencia, una novela de terror: una familia idílica americana, él fotoperiodista ganador del premio Pulitzer (Will Navidson), ella ex modelo de belleza asombrosa, con dos hijos, perro y gato, adquiere una casa sobre una colina. Pero la casa tiene algo extraño: es seis milímetros más larga por dentro de lo que es por fuera. ¿Cómo puede ser? Esta primera distorsión, casi metafísica, imposible para la razón y las leyes del universo, es el comienzo del horror: la casa empieza a cobrar vida propia, descubre un laberinto en su interior que aboca a Navidson, su familia y sus amigos a una exploración horrorosa en la que todo acaba filmado y convertido en una película escalofriante que NADIE ha visto, pero sobre la que existen infinidad de estudios críticos. Un viejo ciego y misterioso, Zampanò, ha escrito una tesis sobre “El expediente Navidson”. Al morir en extrañas circunstancias, un adicto a las drogas de mente quebradiza que trabaja en un salón de tatuajes, vecino de Zampanò, descubre el manuscrito y entra en una inquietante espiral de ansiedad y locura. Y así empieza “La Casa de Hojas”, un libro que estimula la mayor inteligencia y causa el más profundo de los miedos, una obra maestra de la que dijo de ella Stephen King que era “el Moby Dick del género de terror”. JB

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