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Listas

Resumen 2013: los mejores discos del año, parte 3

Final de la cuenta atrás hacia el mejor álbum que se ha editado en los últimos 12 meses. Hoy, descendemos de la posición 25 al rutilante número 1

Hemos llegado al final del trayecto en nuestra lista de discos internacionales de 2013, el que cubre de las posiciones 25 al 1, donde encontramos nuestro disco favorito del año. Para saber cuál es, comienza a leer.

Y finalmente entramos en el tercer y último bloque, el de los últimos (¡los primeros!) discos de nuestra lista de mejores álbumes internacionales de 2013. Es un tramo que comienza en el puesto 25, donde está el tóxico y apocalíptico “A Fallen Empire” de Kerridge, y que acaba en el número 1. No nos andaremos con rodeos ni con preámbulos: para saber cuál es, sólo debes descender la lista, un disco tras otro, hasta llegar a los puestos de honor.

25. Kerridge: “A Fallen Empire” (Downwards)

“A Fallen Empire” se empapa del sonido oscuro, oxidado y rechinante del post-techno viscoso que asociamos a la vieja escuela de Birmingham que ha llegado incólume hasta hoy: el Regis que se ha reinventado en Blackest Ever Black y el Surgeon experimental, que no en vano es quien pone la pasta para que el álbum, en imponente doble vinilo, acabe planchado en Downwards. Kerridge, empero, es otra cosa. Hay beats a paso de mamut, atmósferas calcificadas y negras, sensación de presión, como si el tiempo empezara a ralentizarse y estuvieran a punto de abrirse las bocas del infierno: si Vatican Shadow juega con el noise, él lo hace con el suspense y con la sensación de amenaza, de drama inminente que finalizará en tragedia.

Crítica

24. Daniel Avery: “Drone Logic” (Phantasy Sound)

La calidad de “Drone Logic” no queda nunca en entredicho, no sólo porque los interludios ambientales compensan las ráfagas de energía y equilibran el conjunto ( “Platform Zero”, “Spring 27”), sino porque cuando menos se espera sale con un híbrido de progressive y shoegaze como “New Energy (Live Through It)” al más puro estilo de Death In Vegas o Two Lone Swordsmen para confirmar algo que al principio del disco ya se intuye como una fuerte premonición: ecce homo (he aquí el hombre) que volverá a reverdecer los laureles del dance de masas de calidad.

Crítica

23. Kurt Vile: “Waking of a Pretty Daze” (Matador)

Kurt Vile es un hombre con confianza, con seguridad en sí mismo, tiene la certeza absoluta de manejar un material de calidad, y esa es la gran clave del disco. La escucha así lo transmite, provocando esa gratificante sensación de ser un trabajo denso que fluye con pasmosa naturalidad, de parecer hecho sin ningún tipo de esfuerzo extra a pesar de los nuevos recovecos sonoros que van descubriendo, entre capas y capas de masa sonora, las sucesivas escuchas. Así recibe el cosmos de la americana, si no lo había hecho ya, al trovador de la lacia melena. Con los brazos bien abiertos.

Crítica

22. Ka: “The Night’s Gambit” (Iron Works)

En “The Night’s Gambit” nada o casi nada ha cambiado. Ka insiste en un vértice expresivo indispensable para comprender la singularidad de su discurso: la utilización de un telón de fondo musical ajeno a cualquier corriente de opinión, tendencia o conexión con la actualidad del género. En calidad de rapper que se autoproduce y que conoce perfectamente sus propios recursos, el de Brooklyn piensa y orquesta la mejor banda sonora posible para sus relatos, su estética y su universo emocional, y en esa descripción no tiene cabida ni sentido acogerse a ideas, dejes y mecanismos convencionales, acomodados o de sonoridad agradable para el oyente medio. Aún más austero y minimalista que en “Grief Pedigree”, el sonido Ka en 2013 prescinde casi por completo de los beats, fundamenta toda su fuerza en samples de funk oscuro y lo supedita absolutamente todo a la atmósfera.

Crítica

21. Savages: “Silence Yourself” (Matador)

Aunque aquí hay canciones para parar un tren, “Husbands” es la joya de la corona y no hay nada en el álbum que le supere (aunque sí hay algunas que se acercan a su nivel, por ejemplo, la alocada “Hit Me”). Batería marcial, voces bravuconas, guitarras simples pero insultantemente efectivas, arreones de percusión tras cada verso y ese repetido “Husbands, Husbands, Husbands, Husbands, Husbands” lo convierten en uno de los temas del año en esta remozada versión. Savages cumplen de sobra con las expectativas con un disco en el que todo funciona como un reloj suizo, en el que las cuatro componentes rinden a un nivel envidiable y que, sobre todo, sirve para que su repertorio ahora sea aún más sólido, consistente y largo.

Crítica

20. Drake: “Nothing Was The Same” (Universal)

No encontraremos álbum de R&B, y de hip hop, mejor producido en este 2013 que “Nothing Was The Same”, bellísima demostración de intuición creativa a cargo de Noah ‘40’ Shebib, sabio y hábil en su manera de adaptar la influencia del post-dubstep à la Triangle Records, del chill-wave y del soulful rap a un contexto musical que ya le pertenece por completo y que ha hecho mejor rapper y mejor artista a su socio y amigo. En este disco hay momentos de producción prodigiosa que dejan con la boca abierta: la primera parte de “Pound Cake/Paris Morton Music 2”, a cargo de Boi-1da, teoriza sobre qué ocurriría si RZA remezclara a Holy Other o Balam Acab y “Hold On We’re Going Home” acelera los bpms e intensifica los sintetizadores para orquestar un imparable himno de club con pátina nostálgica 90s.

Crítica

19. Huerco S.: “Colonial Patterns” (Software)

La música de Huerco S. en este disco –que a veces se compone de viñetas breves o de temas largos con poco desarrollo, como en “Skug Commune”, que suena a tema de nu disco producido por Basic Channel– parece estar en formación (hasta que se detiene) o en proceso de destrucción (hasta que se transforma en otra cosa). Más allá de todo esto, el verdadero y más importante mérito de “Colonial Patterns” es uno más sencillo y primario: se deja escuchar con fascinación de principio a fin, no le sobra nada, se enclava en su tiempo, anticipa futuro, es magnífico y aún así es sólo un síntoma de lo extraordinario que está por venir.

Crítica

18. Rhye: “Woman” (Polydor)

Muy centrados y aplicados, bajo un aura de relajación casi zen, buscando “emociones sinceras” y apuntándose a la moda de sustituir hormonas exaltadas por cobijo y secretismos, esa que tan buenos réditos ha dado a gentes como Frank Ocean o The Weeknd: así se alinean Rhye con artistas como Destroyer a la hora de dignificar el AOR de los ochenta, y reclaman que se revise a Michael McDonald, Phil Collins o Sting porque ellos también eran, a su manera claro, tan dignos como cualquier otra cosa, puro soul. Rhye se embeben de todo eso para dar con un perfumado “cocktail jazz” destinado a hacer menos incómodos los silencios en ascensores, a tomarle el relevo a “Moon Safari” en las zonas lounge y, de paso, a mejorar las bandas sonoras de un buen puñado de vidas.

Crítica

17. Forest Swords: “Engravings” (Tri Angle)

El milagro que hizo de “Dagger Paths” algo especial se ha vuelto a repetir en “Engravings”: es la capacidad, diríase que única, que tiene Forest Swords para unir en el mismo plano musical un pasado remoto, pre-cristiano, tan antiguo que se pierde entre las brumas del mito, con técnicas perfectamente actuales en las que se intuyen el uso del bajo con sobrepreso, las voces capturadas y reducidas a pequeñas secciones que, repetidas, funcionan más como un ritmo que como una melodía ( “Gathering”), la liquidez de las técnicas del dub, en lo que podríamos llamar post-bass si entendiéramos su música como una traducción al lenguaje del post-rock de todo lo que en estos últimos años se ha hecho bajo el nombre de dubstep y derivados (la ya conocida “The Weight Of Gold” viene como anillo al dedo para ilustrar la idea).

Crítica

16. These New Puritans: “Field of Reeds” (Infectious)

Habrá quien critique “Field of Reeds” por considerarlo pretencioso de más, o simplemente falto de nervio e impulso rítmico, o por ver en él un retroceso hacia posicionamientos de signo más conservador (esos aires que desprende a ‘música de conservatorio’, su seriedad ‘académica’), y no les faltará parte de razón. Lo que nadie en su sano juicio debería hacer es acusar a estos nuevos These New Puritans de inmovilismo o de mostrarse carentes de ideas y emoción. Esta vez proponen una experiencia más íntima, muy distinta a la de “Hidden”. No causa el mismo impacto, pero termina calando, y puede que hasta más hondo. Podrá gustarte más o menos su nuevo paso al frente, pero nadie debería negarles el aplauso: hay que admirar su ambición.

Crítica

15. Blood Orange: “Cupid Deluxe” (Domino)

Las acrobacias vocales de Caroline Polachek conmueven como nunca en “Chamakay”, Dave Longstreth descubre su vertiente más soulful en “No Right Thing” y es difícil encontrar una canción de Kindness que emocione tanto como “On The Line”. Incluso con artistas aparentemente alejados de la órbita de Blood Orange como el beatmaker Clams Casino o los raperos Skepta y Despot, no sólo encajan sin problemas sino que se muestran en todo su esplendor. Esta capacidad de recontextualización no sólo es una de las claves del disco sino que juega un papel integral en la manera de entender la música de Dev Hynes. Puede que algunos lo vean como tránsfuga pero, si sigue haciendo discos tan logrados como éste, bienvenido sea el transformismo.

Crítica

14. Chvrches: “The Bones of What You Believe” (Virgin)

Todo aquí, de principio a fin, no sólo está perfectamente ejecutado para agradar al personal, sino también para presentar estas canciones de rotundo pop electrónico en un sugerente envoltorio que, ya sea mediante las cuerdas vocales de Mayberry o de su compañero Martin Doherty (quien toma el protagonismo vocoderizado en “Under The Tide” o creyéndose durante unos minutos Anthony Gonzalez de M83 en el bucólico cierre de “You Caught The Light”), consigue elevar “The Bones Of What You Believe” como una máquina engrasadísima de hits con un largo recorrido por delante. Cuando les dedicamos un ‘Artista a seguir’ el pasado mes de marzo teníamos miedo de que nos defraudaran en formato largo, pero al final ha sido todo lo contrario. Esto es un pepino de debut.

Crítica

13. Boards of Canada: “Tomorrow’s Harvest” (Warp)

“Tomorrow's Harvest” responde con hechos: es un título de Boards of Canada con todos los rasgos que exigen los fans, continuista pero no acomodado, sublime en muchos momentos y que sigue siendo como jugar una partida de “Mist”, siempre en el mismo mundo de fantasía, pero descubriendo nuevos paisajes, otros colores en cada nueva pantalla, colocándose a prudente distancia por detrás de “Geogaddi” en su canon particular. Si “Music Has The Right To Children” es un 10 rotundo (junto con “Untrue” de Burial, el mejor disco electrónico en tres lustros, tirando corto) y “The Campfire Headphase” un 8 bajo, calcular la nota de esta nueva joya de la corona es una mera cuestión de regla de tres. Más allá de los números, dos palabras: maravilloso y gracias.

Crítica

12. Justin Timberlake: “The 20/20 Experience part 1” (RCA)

Que no os engañe el aire a clásico de la excepcional “Suit & Tie” o de “That Girl”, este disco está cargado de elementos que, tal y como pasaba con “FutureSex/LoveSounds”, te ponían un pie en el futuro del urban y el R&B. Lo inquietante es que, a su vez, la producción también consigue recordarte a lo más sublime del género de finales de los noventa (prestad atención a “Don’t Hold The Wall” y “Tunnel Vision”, dos ejercicios de ritmo y elegancia que resucitan lo mejor del pasado del productor pero pasado por el sofisticado filtro pop de Timberlake y en los que también queda justificado el sueldo de J Roc)–, sobre todo a aquellos que tengan el oído entrenado en el trabajo de Timbo. Y para redondear la combinación de nostalgia y futurismo, las estructuras de prácticamente todos los temas se alargan hasta los siete u ocho minutos, con cambios de ritmo, de personalidad, de estilo a veces injustificados pero nunca fuera de lugar.

Crítica

11. Factory Floor: “Factory Floor” (DFA)

El esqueleto de la música lo componen las metálicas cajas de ritmos de Gabriel Gurnsey y latigazos de beats y sintes a cargo de Dominic Butler. Dan forma a un inerte y acuciante arsenal de texturas sobre el que desperdigan brochazos de color: ráfagas de ruido, voces alienadas, reflejos cold-wave, fosforescencias house, cencerros... Todo despachado a gran velocidad, guiado por radicales idearios como el de los alemanes DAF y reviviendo con instinto los gloriosos inicios del sello DFA. Ese mismo sello donde se podía bailar no hacía tanto daño desde Delia Gonzalez & Gavin Russom y se vive actualmente una particular racha editorial con los títulos de Eric Copeland, Larry Gus y el inminente “Dynamics” de Holy Ghost.

Crítica

10. Disclosure: “Settle” (Island)

“Settle” es una regresión a un momento especialmente extraño en la historia del clubbing británico, y precisamente por eso muy añorado hoy en día: aquellos días en los que un white label distribuido a partir de tiendas especializadas como Black Market y difundido por las ondas de las emisoras piratas podía acabar copando puestos altos en las listas de éxitos del país y saltar de la especialización dance más profunda al mainstream. Los años del UK Garage fueron así de veloces, así de locos, así de radiantes: algo de ese espíritu, consistente en hacer buenos tracks de club e invitar a voces agradables para cantarlos, se ha transmitido a Disclosure. Han tenido el oído suficiente para captar los rasgos esenciales de este revival alimentado por las diferentes fluctuaciones de la nostalgia (en sesiones de DJ temáticas, en podcasts de revisión histórica, en clubes o en artículos publicados en FACT) y, con un par de pinceladas certeras, producir su propia pintura del momento.

Crítica

9. The Haxan Cloak: “Excavation” (Tri Angle)

“Excavation” comienza donde se quedó “The Haxan Cloak”, refinando la tradición de la música esotérica inglesa –un poco de library music de los 70, otro poco de industrial en la línea de Coil o los más ambientales Throbbing Gristle– y acomodándola a un momento presente dominado por figuras como Demdike Stare, Raime o el belga Kreng. Y al comenzar a desarrollarse, lo que ha hecho Krlic ha sido excavar –de ahí el título– hacia el fondo, aún más hacia lo hondo y lo desconocido. No cuesta mucho imaginarse un gran taladro agujereando la tierra, abriendo una gruta hacia un espacio pavoroso, inhóspito y yermo: sin ser música industrial dolorosa, sí es cierto que las texturas conseguidas por el productor inglés cavan hasta el fondo de la psique y plantan en el cuerpo y la mente una sensación de inquietud, desasosiego y miedo.

Crítica

8. Vampire Weekend: “Modern Vampires of the City” (Matador)

Si el primer disco fueron los días de jolgorio y despreocupación universitaria y el segundo la asimilación de que puede que el mundo no esté hecho a tu medida, con el tercer álbum de Vampire Weekend llega la verdadera toma de conciencia del paso del tiempo y la necesidad de compromisos vitales que esto implica. Traducida a las canciones, esta evolución significa dejar atrás la urgencia de las guitarras soukous, la rítmica sincopada y los estribillos eufóricos para abarcar algo más profundo, complejo y elaborado. El cambio de perspectiva se hace más que evidente en el nuevo enfoque de las letras de Ezra Koenig. Atrás quedan las viñetas de juventud privilegiada, las rimas poliglotas y el goteo de referencias eruditas. Lejos de esconderse detrás de la auto-complacencia y los excesos literarios, ahora los sentimientos están sobre la mesa. Koenig vive en sus carnes el tránsito a la vida adulta y el cambio de inquietudes que ello conlleva queda reflejado en las temáticas que aborda el disco.

Crítica

7. James Blake: “Overgrown” (Mercury)

No hay cambios mayores en “Overgrown”, sólo una evolución segura hacia el segundo Blake de su transición personal, el de las baladas soul arregladas con audaces recursos de estudio, ecos y atmósferas que no se escuchan bien, pero se sienten completas. Es ese mismo estilo que le permite ensayar con el falsete y la progresión de graves a agudos, y a sacarle el máximo partido al piano, algo que habría sido difícil de armonizar en tracks de baile. Porque el Blake de club ya parece desterrado completamente a los caprichos de temporada y los interregnos entre LPs, para justificar sus apariciones por los festivales con su DJ set. “Overgrown” está rebosante de canciones trabajadas con un mimo obsesivo, en las que ha echado el resto para conseguir la evolución más idónea a partir de los momentos de mayor inspiración de “James Blake”.

Crítica

6. Haim: “Days Are Gone” (Polydor)

La música de Haim debería haber estado radiándose en la radio desde hace veinte años. De hecho, parece haberlo hecho. Al escucharla experimentamos un pequeño dejà vu, como si la recordásemos de alguna película perdida donde se recrearan los ochenta. Es una música amiga de lo comercial pero que repele cualquier trazo de artificio. Cool y sexy por definición. Perfeccionista e hipertrabajada aunque suena avispadamente espontánea. Con un punto entre tontorrón y macarra. Viene bañada por un brillo singular, producto de la explosiva colisión musical que la vida ha brindado a las hermanísimas. En “Days Are Gone” el soft-rock setentero que mamaron desde siempre en casa choca con el R&B de su adolescencia, y hasta salen volando trazas de electro y blues en la onda de una, pongamos por caso, Lykke Li. Lo administran con el eclecticismo suficiente para que nos veamos tentados a considerarlas ‘Nuestras Bangles’, y además de recordar a aquellas otras ilustres angelinas, su estilo se cruza con el de Whitney Houston, Fleetwood Mac, Prefab Sprout, TLC, Wilson Phillips o Florence & the Machine.

Crítica

5. James Holden: “The Inheritors” (Border Community)

Como todas las obras magnas, “The Inheritors” vive aislado en sí mismo. Tanto por su densidad y audacia como por el hecho de mostrarse totalmente desconectado de cualquiera de las corrientes actuales de la música electrónica (y mucho menos de la música de baile), es improbable que esta vez genere una legión de imitadores o tenga el efecto seminal de sus producciones de mediados de la década pasada. Pero para todos aquellos que alguna vez hayan conectado alguna vez con el universo Holden y sus interminables matices y contrastes –la confusión y clarividencia, el ruido y la belleza, la fragilidad y la omnipotencia, la oscuridad y el fulgor, la melancolía y el júbilo– es un trabajo absolutamente catártico. Para todos los demás, seguirá siendo el disco de electrónica más fascinante y cautivador que podrán escuchar este año.

Crítica

4. Arcade Fire: “Reflektor” (Merge)

¿Estamos ante un “Achtung Baby” o un “Kid A” como se ha dicho en algunos sitios? La respuesta es no. Pero “Reflektor” es un gran disco que contiene muchos matices y supone un cambio drástico en la dirección musical de Arcade Fire. Lo que sí es “Reflektor” es un álbum puramente ambicioso, en el que se muestra a una banda inconformista. Sus letras se vuelven a veces demasiado repetitivas y se esperaba algo más de mimo por su parte en este aspecto, aunque también es justo decir que es algo intrínseco del género musical bailable. Sea como sea, todo esto es algo que tienen los buenos álbumes dobles: muchos aciertos y algún que otro desliz. Y, por si hasta este momento no quedaba del todo claro, siguen siendo Arcade Fire, pero ahora remozados. El rollo hímnico, grandilocuente y cinematográfico sigue ahí, pero rebajado. Ya no hay esa épica springsteeniana, pero sí un rollo juguetón más cercano a Talking Heads que a otra cosa. Algunos se asustarán de primeras con el tan cacareado cambio, pero con unas escuchas concienzudas acabarán subiéndose al barco.

Crítica

3. Oneohtrix Point Never: “R Plus Seven” (Warp)

“R Plus Seven” es un disco hermano de “Far Side Virtual” (2011), el título de James Ferraro que se alzó con el premio a mejor trabajo de aquel año en la revista The Wire. Si Ferraro acometía aquella música con un punto de denuncia –era una mezcla entre nostalgia y crítica a la música corporativa, a la electrónica puesta al servicio de la maquinaria del capitalismo, en forma de sintonías para anuncios de electrodomésticos, champús y bebidas refrescantes–, Lopatin lo hace con un aura de romanticismo, con una fibra de admiración por aquella new age en su momento tan ingenua, y hoy tan ridiculizable si cae en malas manos, pero entrañable tomada en dosis muy medidas. La propia estructura del álbum ya es como si fuera una batería de anuncios en una pausa de 35 minutos en televisión: las piezas no son exactamente cortas –tienen una media de cuatro minutos–, pero se desarrollan como yuxtaposiciones de jingles, en los que entran voces, una melodía de tres notas, un loop rítmico, luego derivan hacia una meseta ambiental y vuelven a comenzar: “Americans”, por ejemplo, (y en menor medida la abrumadora “Zebra”), son como una suite new age, compuesta por seis pequeñas viñetas que ayudan a que aumente la sensación de proximidad, enamoramiento, fascinación y limbo (que es exactamente como deben hacer sentir los anuncios, o una ilustración sonora en una escena cinematográfica).

Crítica

2. The Knife: “Shaking The Habitual” (Brille Records)

En la idea de partida para “Shaking The Habitual”, The Knife sabían que la dificultad no era negociable. Aunque las canciones y las letras sigan siendo un ingrediente de su creación –sería absurdo renunciar a un activo tan importante como la voz expresionista y deformante de Karin–, el objetivo para ellos ya no es escribir pop, o no únicamente. Han entendido –quizá gracias a su experiencia en la ópera– que la música puede ser una substancia fluida sin un centro lógico, que evoluciona y adopta formas y leit-motivs, picos y simas, como una adaptación a lo electrónico de la idea líquida de la música propuesta por Wagner en el siglo XIX. Música sin un orden predecible, sin una ley que obedecer, sólo la de buscar siempre lo desconocido y mirar hacia delante. Podría decirse que “Shaking The Habitual” se sitúa cerca de discos como “Homogenic” (1998) y “Kid A” (2000), en esa categoría especial de obras maestras pop que han servido para divulgar la vanguardia electrónica y académica, pero The Knife van por otro camino: parecen querer situarse aún más lejos e intentar explicar, muy vagamente, al público más radical de la electrónica lo que es el pop, propiciando un tránsito hacia el centro desde el extremo opuesto y más lejano. Motivo de frustración para muchos fans que había dado ciertas cosas por supuestas y ahora se topan contra una escarpada pared, sin duda. Pero nadie dijo que esto fuera fácil.

Crítica

1. Kanye West: “Yeezus” (Def Jam)

Por mucho que tenga uno de los mayores egos que ha conocido el mundo de la música, por mucho que se compare con Steve Jobs o The Beatles y se proclame el mayor icono cultural del siglo XXI, es fácil intuir que el alma de 'Ye no es precisamente un manantial de paz. A pesar de que últimamente afirme que ha alcanzado un nuevo estado Zen, la vida de alguien que ha declarado públicamente que se siente culpable de la muerte de su madre, que ha confesado que es adicto al sexo, que se ha sentido repudiado por un país entero hasta el punto de exiliarse y que no tiene reparos en admitir que lo que alimenta su ansia de triunfo son todos los menosprecios que ha recibido a lo largo de su vida no puede ser un camino de rosas. En medio de una constante lucha de poderes entre la auto-adulación y el auto-desprecio, las cosas no pintan bien en la psique de Kanye. Y si el objetivo era hacer el disco más honesto posible, no hay nada más coherente que acompañar sus tinieblas emocionales con un envoltorio sonoro pretendidamente incómodo, feo y agresivo.

A la hora de buscar el antagonismo con su disco anterior, lo primero debía ser plantear un proceso de gestación radicalmente opuesto. Teniendo en cuenta lo que él mismo y todos los agentes implicados han explicado acerca de la gestación del álbum, se hace evidente que en este caso la conceptualización de la obra ha tenido un peso tan importante como el proceso de grabación en sí mismo. Tal y como relataba a NYTimes, muchas de las ideas sonoras que se plasman en “Yeezus” tienen su origen en los meses que Kanye pasó en París visitando exposiciones de diseño y, especialmente, sumergiéndose en la obra arquitectónica de Le Corbusier. A pesar de que la idea de influencias extra-musicales en la creación musical no es, ni mucho menos novedosa, pocas veces se da de una manera tan explícita. Como si se estuviera rebelando contra el inmovilismo, la endogamia y el eterno efecto cíclico que invade a gran parte de la música contemporánea, Kanye parece querer pasar página definitivamente y anunciar que ha llegado el momento de olvidar las referencias musicales para lanzarse a aplicar los fundamentos teóricos de otras disciplinas artísticas a la composición de canciones. Una idea a medio camino entre la revolución y la boutade (como todo en él) pero que, en el marco de la conexión “Yeezus”-Le Corbusier, cobra perfecto sentido si uno se detiene a examinar algunas de las teorías que propuso el célebre arquitecto suizo. El brutalismo, por ejemplo, se basaba en las geometrías angulares repetitivas y en la expresión de los materiales en bruto. ¿Acaso no hay mucho de eso en las secuencias obsesivas y texturas extra-ásperas que dominan todo el disco?

La influencia de la arquitectura también es más que palpable en el modo en que se estructuran las canciones, plagadas de giros inesperados y elementos aparentemente incoherentes. En este sentido, es inevitable que los numerosos momentos discordantes -el mencionado sample gospel de “On Sight”, la explosión soulful de Frank Ocean en “New Slaves”, los arreglos de cuerda sobre los ritmos maltratados de “Guilt Trip” o la unión de un símbolo de la música comprometida como el “Strange Fruit” de Nina Simone con preceptores del hedonismo desatado como TNGHT en “Blood On The Leaves”- que se reparten alrededor del disco recuerdan a obras como, por poner un ejemplo, Villa Savoye del propio Le Corbusier. En ella, un monolito rectangular es coronado por ornamentaciones curvilíneas asimétricas que rompen con la aparente sencillez de la construcción, pero cuando uno se fija con detenimiento se da cuenta que no todo es lo que parece y que, por ejemplo, las cuatro caras del rectángulo aparentemente áureo son distintas entre sí. Lo mismo ocurre cuando uno se sumerge en las canciones de Yeezus vía las escuchas repetidas (algo imprescindible para entender su magnitud); lo que en un primero momento parecen descarnadas producciones de trazo grueso esconden ideas y trucos de producción de tal complejidad que incluso se hacen difícil de descifrar para los oídos más experimentados.

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