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Resumen 2013: los mejores discos del año, parte 2

Seguimos con la cuenta atrás hacia el mejor álbum que se ha editado en los últimos 12 meses. Hoy, descendemos de la posición 50 a la 26

Seguimos en nuestro repaso a los 75 discos más granados de 2013 según la redacción y los colaboradores de PlayGround. Hoy llegamos al segundo tramo, que cubre de las posiciones 50 a 26, y que nos remite a la gran entrega final de mañana, en la que sabremos el top 25 (y el disco del año).

Estamos en el segundo bloque del resumen de los mejores álbumes del año según PlayGround. Empezamos ayer, con la lista correspondiente a las posiciones 75 a 51 –con algunos títulos importantes que ya quedan descartados para copar los puestos de honor; ha sido un año con muchísimos discos buenos–, y hoy toca seguir en ese avance implacable que nos dejará a las puertas del top 25. Aquí encontrarás títulos aún mejores, comenzando con el “Matangi” de M.I.A. –un regreso mucho más festivo, pop y disfrutable de lo que esperábamos–, y que nos lleva hasta el disco que dará paso al último tramo y que nos dirigirá al disco del año, que desvelaremos mañana. Vamos allá.

50. MIA: “Matangi” (Interscope)

Aquí no hay verdaderos hits, algo que en el caso de una artista de la posición de M.I.A. puede ser un problema si se espera de “Matangi” que rinda bien en los charts y sea rentable. Pero la lectura positiva es que, dejando de lado todos los imperativos comerciales, de la escucha fragmentada del álbum se obtiene una escucha satisfactoria: en todos sus tracks hay ideas, adornos y ganchos suficientes como para tenerlo en reproducción frecuente durante un tiempo prudencial. “MAYA” se hacía antipático por ruidoso, y “Matangi” se hace simpático poco a poco. Si el carácter de su autora le acompañará (o, por el contrario, seguirá tan bocachancla como siempre), lo sabremos pronto. Por de pronto, he aquí un disco que los fans de M.I.A. venían pidiendo desde el pelotazo de “Kala”, y que los no-fans pueden aspirar a escuchar sin que les salga un sarpullido.

Crítica

49. A$AP Rocky: “Long.Live.A$AP” (RCA)

Lo que convierte a A$AP Rocky en una bendita rara avis del momento en el ámbito hip hop es su intuición y también su inteligencia global, así como una personalidad arrolladora que suple todas sus carencias de estilo y creatividad, Un hustler que abandera la causa hipster; un neoyorquino que desmitifica por completo toda una tradición musical y plantea quebraderos de cabeza a puristas y tótems de la Gran Manzana; un seguidor de Bone Thugs-n-Harmony que rapea sobre sintetizadores ambient y beats casi dubstep; un fan de Lana del Rey que se lo debe casi todo a DJ Screw; y, sobre todo, un debutante que sorprende a su compañía multinacional con un álbum invendible. Ni hype ni hostias: en calidad de estrella con serias opciones de desarrollarse y crecer, A$AP Rocky ha vuelto para quedarse.

Crítica

48. Foxygen: “We Are the 21st Century Ambassadors of Peace & Magic” (Jagjaguwar)

En “We Are the 21st Century Ambassadors of Peace & Magic” resulta difícil acreditar que estos dos músicos de 22 años puedan insuflar tanta vida a un material que parece salir cansado de fábrica. Este es un disco disfrutable. Y estás jodido si no eres capaz de encontrar ganchos en lo que es una ópera pop en baja fidelidad marcada por tres momentos: el arranque, para encender las luces y llamar a la orquesta ( “In The Darkness”), una calidísima parte central con el single “Shuggie” y la explosión final con “Oh No 2”, donde France parece Tim Curry cantando “I’m going home”. Lo que crece entre ellas es un precioso y cuidado jardín de interior que ejerce de decorado: uno no puede más que pararse a contemplar la belleza y la armonía en que se suceden “No Destruction”, “On Blue Mountain” y “San Francisco” sin dejar de apreciar como siguen experimentado con sus raíces ( “Bowling Trophies”) y alimentando su amor a Jagger y la Velvet ( “Oh Yeah”).

Crítica

47. Daft Punk: “Random Access Memories” (Columbia)

¿Obra maestra? No, no, en absoluto. Pero si se sabe qué terreno quieren pisar Daft Punk, el fantasma del espanto se aleja un poco. ¿Retro? Por supuesto, esa era la idea. Ellos ya no imaginan el futuro, hacen algo quizá tan necesario como dignificar un cierto pasado. ¿Coherente? A nivel general, sin duda, salvo para quienes esperen otro “Homework”. Y, sin embargo, “Random Access Memories” funciona en lo conceptual como en lo estético: es un disco que, comprendido en sus intenciones y su mecanismo, despierta ternura y por momentos admiración; es imposible odiarle por lo que quiere ser. Pero en lo que finalmente es, sus momentos de gloria están desperdigados entre otros muchos de corrección. Sensaciones encontradas, por tanto, que obligan a customizar el playlist si se quiere seguir escuchando sin tener que pasar por el trance de su longitud excesiva y sus cambios de temperatura emocional.

Crítica

46. Blue Hawaii: “Untogether” (Arbutus)

La acumulación de referencias no debe utilizarse como un magnificador del resultado final de “Untogether”. Todavía suena como un álbum de formación, en el que parecen estar buscando un lenguaje idóneo para su más reciente propuesta artística. Todavía no han decidido si quieren hacer una transición hacia capas más lúgubres –dar el paso de la influencia de Purity Ring a, directamente, la de The Knife– o darle más alas a las vocales y los sintetizadores y, como ocurre en “Reaction II”, aspirar a ese pop elegiaco y preciosista a lo Julia Holter (si esta pasara algunos fines de semana en Ibiza). Mientras tanto, “Untogether” fagocita un poco de todo, dando la idea general de que es el disco que le saldría a Grimes si, en vez de ser tan rara y superdotada, fuera una chica normal con un gusto normal por las cosas bonitas.

Crítica

45. Stellar Om Source: “Joy One Mile” (RVNG Intl.)

Este álbum va a posicionar a Stellar Om Source como la Laurel Halo de 2013, ya que su trayecto estético –de la hipnagogia al techno, y de ahí hacia vías de futuro por ahora desconocidas– es prácticamente el mismo. Lo que más asombra de “Joy One Mile” es el aplomo con el que está compuesto: nada en su mecanismo es defectuoso, consigue sonar reverencial con lo antiguo, pero en sintonía con lo nuevo, como si las primeras referencias de Transmat o Underground Resistance (que siguen sonando actuales, sólo que con esa producción remota a la que se le ha apagado un poco el brillo) se hubieran planchado hoy.

Crítica

44. Janelle Monáe: “The Electric Lady” (Atlantic)

“The Electric Lady” también podría titularse “The Eclectic Lady”: ahí queda un mosaico musical de poderosa riqueza a base de funk, jazz, soul, pop, hip hop y rock en el que cada canción es diferente de la anterior sin dispersarse u olvidarse de la hoja de ruta. Cohabitan baladas setenteras, guiños al pop made in 80, hits de funk cósmico y otros mejunjes negroides que buscan la inspiración en el soul de los 60, el P-funk de los 70, el pop de los 80 y las producciones urban de la actualidad. Monáe no acusa la diversidad estilística, al contrario, ni tampoco queda desdibujada por el excitante elenco de invitados –Prince, Badu, Solange, Miguel, Esperanza Spalding…–: se nutre de ella para orquestar otro álbum de poderosa fuerza, riqueza y sentido lúdico, una obra completísima sin grietas ni fisuras en su estructura.

Crítica

43. Julia Holter: “Loud City Song” (Domino)

Las limitaciones con las que había grabado Holter hasta la fecha probablemente habían alimentado, aunque fuera de forma inconsciente, la peculiar personalidad que emanaban sus dos primeros trabajos. Con su salto a una liga, digamos, profesional, y su apuesta por las orquestaciones lujosas corría un doble riesgo; que su música se estandarizara y que cayese en un exceso de pomposidad. Si algo demuestra “Loud City Song” es que, por encima de las encarnaciones formales, su mirada sigue siendo única. Es cierto que las canciones quizá no sean tan redondas y embriagantes como las de “Ekstasis” y que la solemnidad que sobrevuela todo el disco le hace perder algo de la frescura sus anteriores transmisiones, pero la ambición que irradia el trabajo prueba que su potencial no solo no ha decaído sino que está en fase de crecimiento.

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42. Violetshaped: “LP” (Violet Poison)

“LP” es un disco condenado a pasar a la historia de las grabaciones de culto, a dejar una leve muesca en el presente para ser reclamado en el futuro como una obra mal entendida en su momento –como hoy ocurre con ciertos títulos de Bandulu de principios de los noventa, por ejemplo–. Quizá cuando haya que repasar lo que dio esta nueva transición del techno entre 2011 y 2013, la de la negación del minimalismo digital y del regreso a las fuentes románticas de Detroit para reflejar un mundo al borde del colapso, tengamos que acudir al álbum de Violetshaped como un título de capital importancia. Aunque, de todos modos, habría que frenarse un poco con los adjetivos, porque todo indica que esto no es la culminación, sino el comienzo: apesta a que la inescrutable pareja todavía no ha dicho la última palabra ni ha dado lo mejor de sí misma todavía.

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41. My Bloody Valentine: “m b v” (Self-Released)

Técnicamente, “m b v” es un rompecabezas prodigioso que suena jodidamente bien y que almacena canciones memorables que se convertirán en growers (“In Another Way”, sin ir más lejos). En función de lo que le pidas a la música, puede ser un bálsamo o una obscenidad, y la mezcla de ambos es altamente perversa. El futuro dirá: posiblemente el voltaje del álbum crezca cuando lo escuchemos en directo y sus canciones se nos hagan todavía más carnosas y nos aporten una verdadera experiencia de presente que, por ahora, la descarga en mp3 permite en un entorno controlado, como de probeta en un laboratorio. A muchos efectos –más extramusicales que musicales–, “m b v” es un disco importante, que ha movido una expectación inusitada, que objetivamente es impecable aunque subjetivamente pertenezca a un tiempo en el que éramos más jóvenes, no existía internet y mucha de la gente que pueda estar leyendo hasta esta línea era todavía un proyecto de espermatozoide.

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40. Chance The Rapper: “Acid Rap” (Mixtape)

Chance no sólo escribe como Dios, también posee un estilo de rap camaleónico que funciona en una longitud de onda nasal 100% The Pharcyde. A veces cercano al scat, otras directamente cantando soul, aplicando siempre toneladas de melodías mareantes a los fraseados, el de Chicago juega con las palabras como si fueran barro; las moldea, superpone, de repente usa voz de dibujos animados, y entonces las estira, enrolla y escupe a toda velocidad para después calmar las aguas con rimas cantadas, incluso con algunas carcajadas furtivas. Su rollo es jodidamente adictivo –si el hitazo “Juice” no os seduce buscad otro disco–, tienes la sensación de escuchar a un prodigio de la rima en el albor de una carrera esplendorosa.

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39. Dean Blunt: “The Redeemer” (Hippos In Tanks)

La dicotomía entre composiciones de visos clásicos y la experimentación domina el último segmento del disco, con interludios como “MMIX” o “Predator” y digresiones de rock catatónico como “All Dogs Go To Heaven”, conviviendo con canciones propiamente dichas como “Papi”, “Imperial Gold” y “Brutal”, sin duda tres de los momentos más conmovedores. La primera recoge el testigo emocional del corte titular de “The Narcissist”, pero lo envuelve en una producción mucho más lujosa (esta idea, de hecho, se podría hacer extensiva a todo el disco) mientras que “Imperial Gold” es una suerte de boutade en forma de folk desvalido cantado por Joanne Robertson. Si algo nos enseña “The Redeemer” es que estamos ante un artista con una visión tan particular y bien definida que es difícil que se corrompa por mucho que cambie el envoltorio.

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38. Jon Hopkins: “Immunity” (Domino)

Es la música de los rayos del sol iluminando una jornada que comenzó en un estado de euforia y que acaba no se sabe si con derrota o con satisfacción, pero en cualquier caso con el cuerpo baldado y buscando desesperadamente ese nirvana de plumas al que llamamos cama. “Immunity” habla de la victoria desde su título, pero es en el fondo un disco de derrota y flaqueza, un disco humano, tan humano que la mayoría de los sonidos se han sacado de golpes sobre objetos cotidianos (zapatos, vasos sobre la mesa, en una mezcla singular entre Matthew Herbert y James Holden) para evitar las texturas digitales más obvias y aburridas. No es sólo una obra de arte, sino también un resquicio de belleza en un momento especialmente negro.

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37. Danny Brown: “Old” (Fool’s Gold)

“Old” es un disco que nos muestra a un rapper que tiene dudas, incertidumbres y dilemas, un rapper que en sus rimas plantea situaciones mundanas con las que es fácil sentirse identificado o adherido. Es un proceso de maduración y atrevimiento expresivo del que Brown sale airoso –victorioso, más bien–, prueba de fuego superada por un referente que no se conformaba con bordar el papel de gran cómico del rap postmoderno. Aquí hay MC para rato.

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36. Deptford Goth: “Life After Defo” (Merok)

Woolhouse ha declarado que el álbum tiene un hilo conductor. Un puente que es imperceptible a primera escucha, pero que se hace obvio con cada repetición, y alcanza su mayor intensidad en seis temas hilados a la perfección. A “Feel Real” le siguen “Guts No Glory”, “Objects Objects”, “Particles”, “Union” y “Lions”, que conforman el punto fuerte de todo el trabajo. “Life After Defo” es de esos discos que crecen y se enraízan en el hipotálamo para hacerte flotar, y si hubiera que definirlo con una sola palabra sería sencillo, porque es un disco precioso.

Crítica

35. Grouper: “The Man Who Died in his Boat” (Kranky)

Más allá de las canciones en sí mismas, aquí lo importante es el estado de ánimo que genera el conjunto. Una experiencia que, cuando se da a través de auriculares y a altas horas de la noche, se convierte en casi extra-sensorial. Aún así, también hay espacio para composiciones que se acercan a las estructuras tradicionales como, por ejemplo, la arrebatadora “Vital” o, sobre todo, la conclusiva “Living Room”, probablemente la canción más desnuda y con las letras más en primer plano de toda su discografía. Estas canciones, unidas a las ya mencionadas “Cloud In Spaces” o “ The Man Who Died In His Boat”, quizá sean la mejor puerta de entrada al fascinante mundo de Grouper. A los ya devotos les bastará saber que este universo sigue siendo un refugio inmaculado.

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34. Joey Bada$$: “Summer Knights” (Mixtape)

Un distintivo en el que tiene mucho que decir Joey Bada$$ como letrista y rimador, personaje que se ha ganado con pleno merecimiento las altas expectativas que genera su debut oficial. El MC mantiene las conexiones espirituales, sensoriales y filosóficas que ya emanaban de su debut y que, en realidad, convierten a Beast Coast en uno de los colectivos más fascinantes del momento. En “Summer Knights” encontramos referencias al más allá, a los viajes astrales, los chacras, el tercer ojo, las presencias y, cómo no, la constante alusión a los Índigo para definirse, fiel y conseguido reflejo de esta particular obsesión espiritual que marca la trayectoria lírica de todo este entramado de grupos y rappers.

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33. Youth Lagoon: “Wondrous Bughouse” (Fat Possum)

“Wondrous Bughouse” es un maravilloso álbum que esconde facetas muy distintas. “The Bath” entra más en sintonía con el espíritu tímido de Trevor Powers. Recuerda bastante al debut. Una canción calmada en la que la voz temblorosa nos hace pensar que esté cantando la canción recluido en una de las esquinas de su habitación. Aquí se oculta en unos pianos y sintetizadores y se aleja de la psicodelia para retomar ese dream-pop de sus orígenes. Y hacia el final del disco aparecen los números más soleados y brillantes. Es una obra que atestigua el rápido crecimiento de uno de los artistas más importantes de su generación.

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32. The Stranger: “Watching Dead Empires in Decay” (Modern Love)

Había antes en James Kirby un espacio para la belleza: tanto en “An Empty Bliss Beyond This World” (2011) como “Eager To Tear Apart The Stars” (2011), por citar dos títulos recientes, existía un pálido brillo de esperanza. Aquí, salvo momentos que en realidad son espejismos ( “Providence or Fate”), no hay nada de eso: la reactivación de The Stranger es, por tanto, el as que se ha sacado James Kirby de la manga para sumarse a la santa trinidad oscura que forman, desde sus posiciones privilegiadas en Blackest Ever Black y Modern Love, los reyes actuales de lo oscuro, Raime y Demdike Stare. Algún día volverá a ver la luz, pero de mientras nos deja un ejercicio memorable de simpatía por el mal rollo.

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31. Bill Callahan: “Dream River” (Drag City)

Las canciones se alargan y vuelven un poco más densas, aunque no pierden su salado sentido del humor al hablar de la trascendencia de la vida. En “Seagull”, comparando su trayectoria a la de una gaviota, se autodescribe dando vueltas en círculos y se mofa resentido: “con todos los peajes que pagamos, algún día la autopista será nuestra”. Y con su clara moraleja ( “he aprendido que cuando las cosas son preciosas debe insistirse en ellas”), “Winter Road” cierra un álbum que, superando a los de Wooden Wand y Phosphorescent, se postula como único rival de Kurt Vile en la batalla por firmar el mejor disco de americana del ejercicio.

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30. Thundercat: “Apocalypse” (Brainfeeder)

Es todo muy veraniego y relajado, de acuerdo, pero también hay momentos para el dolor. La muerte del prodigioso y jovencísimo pianista de jazz Austin Peralta, estrecho colaborador e íntimo amigo de Bruner, planea sobre todo el LP, especialmente en su segunda mitad. “Message for Austin / Praise The Lord / Enter The Void” es sin duda el homenaje más conmovedor. “Nos dijimos adiós, pero nos diremos hola de nuevo. Vivirás para siempre en nuestros corazones y mentes”, le dice Brunner a su amigo, en un corte que rubrica una obra redonda y confirma las sospechas: las listas de lo mejor del año necesitarán este disco.

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29. Earl Sweatshirt: “Doris” (Odd Future)

“Doris” está lejos de ser un disco revolucionario o la obra maestra definitiva de su autor, pero, probablemente, es el mejor disco que podría haber hecho Earl en este punto de su carrera. Tras verse señalado como genio precoz, ha sabido sortear la presión y convivir con la expectación generada por un debut oficial que parecía que no acaba de llegar. Ha mantenido la cabeza fría y una humildad casi excesiva –sin ir más lejos, firma sus producciones con el alias Randomblackdude–, y se ha centrado en encontrar su propia voz más allá de las gamberradas perpetradas en la adolescencia. No solo la ha encontrado sino que ha corroborado, sin estridencias ni giros forzados, que sigue siendo uno de talentos con más potencial del nuevo hip hop americano.

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28. Nils Frahm: “Spaces” (Erased Tapes)

Si “Felt” fue la llamada de atención de las posibilidades del discurso entre pianístico y sintetizado de Nils Frahm, “Spaces” confirma que el camino emprendido era el correcto. Aún no está cimentada la fórmula –recordemos que “Spaces” forma parte de un aprendizaje, son minutos de calidad rescatados de un grand tour–, pero en sus rasgos generales ya están plenamente definida: las piezas de piano solo son de mayor riqueza y movimiento, Frahm no se conforma con crear una impresión, sino que prefiere impresionar con una creación compleja que se ensancha y se extiende como un globo al que se le inyecta aire (dos de las mejores piezas superan los 11 minutos), mientras que el uso de la electrónica va más allá de lo decorativo cuando toca subrayar y ampliar esa sensación de ingravidez, fragilidad y deriva sin rumbo fijo.

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27. Tim Hecker: “Virgins” (Kranky)

A estas alturas ya es imposible decir si “Virgins” es mejor que todo lo que va de “Radio Amor” (2003) a “Ravedeath 1972” –Hecker no ha bajado el nivel en una década, sólo lo ha subido–; la sensación más profunda es que sí. Lo que no admite debate es que con esta ambiciosa maniobra su liga ya no es la del ‘dark ambient’ epidérmico, sino la de la reformulación (vía, simultáneamente, Brian Eno y minimalistas como Terry Riley) del lenguaje ‘modern classical’ del siglo XXI desde la electrónica experimental.

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26. Autre Ne Veut: “Anxiety” (Software)

Más allá de ela esplendorosa dupla inicial, estribillos encendidos como los de “Ego Sex Free”, la desesperación que transmite “Warning”, el tono de redención casi sacra de “Gonna Die” (órganos eclesiástico incluidos) o la majestuosa delicadeza de la conclusiva “World War” muestran a un compositor en indudable estado de gracia. Y, más importante aún, muestran a un artista que ha logrado el difícil cometido de transformar los aspectos menos agradables de su existencia en pura ambrosía pop. Y así es como, escucha, tras escucha, sus cantos endemoniados se acaban convirtiendo en el mejor bálsamo para el alma. Bendita contradicción.

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