Listas

Resumen 2013: los mejores discos del año, parte 1

Comenzamos la cuenta atrás hacia el mejor álbum que se ha editado en los últimos 12 meses. Hoy, descendemos de la posición 75 a la 51

Comenzamos el repaso a los 75 álbumes más destacados de 2013. En la primera parte de la lista cubrimos los primeros 25 puestos, hasta llegar al título que ocupa la plaza número 51. En las dos próximas entregas, el resto de la cuenta atrás.

Hemos llegado al momento culminante del resumen anual de PlayGround (aunque no al final; aún nos quedan muchas listas por delante para acabar de desmenuzar todo lo que ha sido 2013 en diferentes frentes). Iniciamos ahora el repaso a los discos más relevantes del año a juicio de la redacción, una lista de 75 títulos –de la que os ofrecemos el primer tramo, que llega hasta la posición 51– formada a partir de favoritos de los últimos meses muy escuchados por las mañanas y valorados con notas altas, y también en base a las votaciones de redactores y colaboradores. Es una lista que se inicia con un puesto 75 para Colin Stetson –la batalla para pasar el corte ha sido dura– y que nos deja a las puertas del segundo bloque, que publicaremos mañana. La solución final, este miércoles.

75. Colin Stetson: “New History Warfare 3: To See More Light” (Constellation)

“Judges”, su anterior disco, fue un trabajo prodigioso que supuso la cima virtuosa de Stetson para el público entendido y que al mismo tiempo sirvió para presentarle con discreción a otro tipo de oyente, un oyente medio pero atrevido que quedaba gratamente sorprendido ante su impresionante estilo. Dada la violencia y el aislacionismo inherentes a la propuesta, será difícil que dejemos de ver a Stetson como un bicho raro del free jazz aunque “To See More Light” debería servir para derribar ciertos reparos y prejuicios respecto a su obra.

Crítica

74. Deerhunter: “Monomania” (4AD)

Mezcla perfecta entre su personalidad punk y sus derivas estética, “Monomania” tiene algo de regresivo y que les coloca cerca de leyendas del pasado antes que de colegas contemporáneos. Escuchando su magnífica batería de temas, resulta más fácil pensar en Pavement o R.E.M. que, por ejemplo, en Animal Collective. Desde “The Missing”, cantada por Lockett Pundt y muy en sintonía con el tono de Lotus Plaza, hasta el hitazo “Back to Middle”, ningún corte destaca por encima del resto, al contrario de lo que venía sucediendo en sus últimos trabajos donde siempre sobresalía un hit progresivo tipo “Nothing Ever Happened” o “Desire Lines”. Aquí todos rayan a un mismo nivel, dibujando un mismo relieve.

Crítica

73. Charli XCX: “True Romance” (Atlantic)

A pesar de que una de las cosas en las que este disco cojea es la falta de novedad de buena parte del material, hay que decir que la selección favorece que se descubran nuevos matices en los temas, de la misma manera que las escuchas repetidas aumentan el placer de la experiencia. No es un disco de un solo pase: en primera instancia todo lo que se escuchará es a una nueva niña guapa luchando por su hueco en la MTV. Y ojalá se lo lleve calentito. Pese a todo lo pop, lo contemporáneo y el empujón comercial, no es un disco fácil.

Crítica

72. Mazzy Star: “Seasons of Your Day” (Rhymes of an Hour)

Trazos de romanticismo autodestructivo, el peso de las adicciones y la exploración del lado oscuro de las relaciones vuelven a constituir la columna vertebral temática de las letras de Hope Sandoval, siempre tan proclives al flagelo. Nada nuevo, todo según el guión previsto, tal y como pedimos. “Seasons Of Your Day” pinta más bien poco en el actual panorama folk-rock y tiene todos los números para desaparecer de los charts de novedades en pocos días, pero para un reducido aunque paciente y entregado pelotón de aficionados a la música supone uno de los acontecimientos de la temporada.

Crítica

71. Maxmillion Dunbar: “House of Woo” (RVNG Intl.)

La armonía que desprende este álbum se debe a la delimitación de las herramientas utilizadas: percusiones sacadas de cajas de ritmo analógicas, capas de sintetizadores digitales que aúnan luminosidad y profundidad y el uso esporádico de recortes vocales de tendencia mutante como a la perspectiva escogida. Maxmillion Dunbar parece haber encontrado al fin la paleta que mejor se adapta a sus necesidades expresivas y no la compromete por ninguno de los (muchos) matices estilísticos que incluye el disco. El house sigue siendo el gran esqueleto que vertebra al conjunto, ya sea en clave selvático, con melodías y atmósferas reminiscentes de Detroit o en su versión más deep y contemplativa, pero si algo caracteriza al trabajo es su capacidad para ladear su eje de rotación sin perder nunca el equilibrio.

Crítica

70. Autechre: “Exai” (Warp)

En la huida de Autechre hacia parajes inexplorados hay trampas: “vekoS”, “Flep” y “tuinorizn” son temas que se atragantan, y las hay también justo después, como la desértica/polar “1 1 is” o el dodecafonismo post-digital de “Nodezsh” o la influencia de Xenakis en “spl9”, pero vale la pena hacer el esfuerzo sólo por culminar el viaje y llegar a “YJU UX”, quizá el momento clave de todo “Exai” al ser la suma resumida del conjunto –pulsaciones cibernéticas, pastoreo, sudokus computerizados, alienación y la inmensidad del cosmos todo en uno– y, como suele ocurrir siempre en Autechre, la pista de hacia dónde irán las cosas en el futuro. “Exai” es el primer capítulo de un nuevo libro importante en su carrera.

Crítica

69. Fuck Buttons: “Slow Focus” (ATP)

Desde su diseño de portada, “Slow Focus” ya anuncia un cambio de aires: las postales encantadoramente trance que ilustraban “Street Horrrsing” y “Tarot Sport” han dejado paso a esa extraña reliquia sobre fondo negro digna de Poe, una joya familiar hallada en el desván, todo un caso para el Dr. Extraño. “Slow Focus” es un disco ‘oscuro’, ‘apocalíptico’ y ‘agresivo’, lo dice la prensa seria, y mantiene bien cerradas las ventanas para evitar la contaminación exterior (es la primera vez que el grupo se autoproduce) y conservar el ambiente viciado. Y larga vida a la bendita endogamia. “Brainfreeze” ruge con fiereza al comienzo del álbum, como el estruendo de un millón de tambores, como el fuego de un millón de cañones encargados de dar la bienvenida al oyente a la puerta del infierno de Dante: siete temas, siete círculos, siete islas de pura maldad. Es el sonido de las fábricas y los hornos de Lucifer trabajando a pleno rendimiento.

Crítica

68. Nick Cave & The Bad Seeds: “Push The Sky Away” (Bad Seed Ltd.)

“Push The Sky Away” es accesible desde el primer momento, pero a diferencia de lo que sucede con los últimos discos de Nick Cave & The Bad Seeds, en éste sólo se aprecian todos los detalles a media que aumentan las escuchas y se van descubriendo esas aristas más propias de los tiempos de “From Her To Eternity”, por más que las canciones vengan envueltas en forma de baladas o medios tiempos. Da igual que Cave haya sentado la cabeza: musicalmente, aún está a años luz de abrazar ideales burgueses. Y por aquí nos alegramos.

Crítica

67. Lorde: “Pure Heroin” (Universal)

Pasarán las semanas y “Royals” continuará dando (más) guerra, pero la verdad es que lo mejor de Lorde se encuentra en el resto del disco, donde se manifiesta con un sinfín de referencias que, perfectamente hiladas, consiguen milagrosamente construir una entidad propia con la ayuda del productor Joel Little. Ya sea fusionando la cadencia de Lana del Rey con la frialdad sintética de Purity Ring, aprovechándose de los dejes tribales que pirraron a la Lykke Li de su primer disco, creyéndose durante unos minutos la 'clean version' de Sky Ferreira o una Katy B poseída por la resaca un domingo por la tarde, la de las antípodas ha dado en el clavo a la hora de debutar con un álbum que da auténticas lecciones de clase a sus mayores.

Crítica

66. Dalhous: “An Ambassador For Laing” (Blackest Ever Black)

Las comparaciones con Boards Of Canada son inevitables. “An Ambassador For Laing” es, sin duda, la mejor imitación que nos hemos podido echar a los oídos del dúo escocés en muchos años. Supera con creces los ya de por sí buenos resultados de otros productores afines como Tycho, el primer Machinedrum y Bibio, para ofrecer un sonido que mira al mismo tiempo al pasado como al presente. Los paralelismos son muchos y van desde el título de las canciones a ese gusto por crear unos interludios que funcionan como mucho más que simples conectores entre pistas. Pero a la vez el proceso compositivo, aún dependiendo mucho de la búsqueda de samples, tiene algo de moderno.

Crítica

65. John Grant: “Pale Green Ghosts” (Bella Union)

Girando varias veces el caleidoscopio a través del cual enfoca sus canciones, Grant propone un curioso giro estético. Adiós a los setenta y a los almidonados Midlake como productores. Hola a la EBM, al electro y a un arsenal de lacados sintetizadores con los que va a enseñarte cómo funcionan las cosas desde el estudio de Biggi Vieira (Gus Gus) en Reikjavík. Fue allí donde lo grabó, en la gélida Islandia, quitándose de encima todo lo rancio que le sobraba a su debut –muy poco– y ligando su vena de cantautor añejo a un metalizado corpus electrónico. Digamos que ha cambiado a John Cale por Kraftwerk para dar con un sueño inconfesable digno de Rufus Wainwright.

Critica

64. Frankie Rose: “Herein Wild” (Fat Possum)

Frankie Rose cambia de pelaje, pero “Herein Wild” se puede entender más como la evolución lógica de “Interstellar” que como una mutación radical. Insistiendo en este asunto, la neoyorquina vuelve a la temática onírica y explica cómo en sueños cae por precipicios altos. Sobre estas letras, Rose cuenta que son más mundanas, que tratan sobre “sueños, la muerte y ser un humano en este planeta”. También las describe como afligidas: hay muchas referencias al suicidio y los malos viajes narcóticos. Pero que nadie se asuste, la muchacha enérgica y optimista que conocimos en anteriores discos sigue aquí.

Crítica

63. The Flaming Lips: “The Terror” (Bella Union)

“The Terror” convence porque es experimental como sus anteriores producciones y con el mismo grado de atrevimiento. Pero aquí hay un sentido de la osadía que viene de la cordura, no de la locura, lo que acaba revirtiendo en unos resultados mucho más convincentes. El álbum se debería entender como una aventura, pues cada canción enlaza con la siguiente, como si nos contasen un gran relato en el que abundan murmullos que suenan a mantras, ritmos comatosos, percusiones apabullantes y guitarras más afiladas que sables japoneses. Y, por ahí en medio, en mitad de ninguna parte, la voz de Coyne sumergida en este inhóspito ambiente.

Crítica

62. William Basinski: “Nocturnes” (Temporary Residence)

Recalcitrante en su uso del loop, Basinski logra no ser nunca ni pesado ni dar la impresión de excederse en los minutos elegidos para cada pieza: su música finalmente tiene la cualidad del aire, que siempre está ahí alrededor, que a veces se hace notar y a veces no, pero del que no se puede delimitar ni un principio ni un fin. El milagro de Basinski consiste en encontrar la manera de componer música eterna que no molestaría ni habiendo sido diagnosticado con un síndrome de déficit de atención: tanto da si tarda cuatro o nueve años en editar un disco nuevo, esta música seguirá resonando en la conciencia todo el tiempo que haga falta y seguirá ahí para siempre.

Crítica

61. inc.: “no world” (4AD)

Donde otros ponen la dosis de sensibilidad en las filigranas vocales o en el trabajo de producción, Daniel y Andrew Aged la ponen en las composiciones y en la instrumentación. “Your Tears” o “Nariah’s Song”, que funcionan como interludio y como outro en el disco, demuestran que la pareja de hermanos no concibe la música si no es empuñando instrumentos y hace presagiar que el directo de estos chicos va a ser totalmente fidedigno al álbum. Estas dos piezas, que son las más cortas y transitorias, tampoco son las más interesantes de las once. Pero son ejemplares para entender la sensibilidad de Inc., ahora más deudora de la ortodoxia de D’Angelo o la sensualidad de Sade que del estilo del Prince más calmado, como ocurría en “3 EP”.

Crítica

60. Kyle Hall: “The Boat Party” (Wild Oats)

Una de las grandes bazas de las transmisiones de Hall siempre ha sido la confrontación de opuestos, algo que en este disco se encarna en la lucha entre intensidad física y profundidad cerebral. En “ KIXCLAPSCHORDSNHATS” y “Grungy Gloops”, por ejemplo, la abstracción y el maltrato digital de los sonidos –sobre todo en la segunda– demuestran lo cercano de su mirada al discurso de Actress. Aunque sobre el papel sus perfiles puedan parecer distantes, ambos coinciden en un planteamiento fundamental; la subversión de códigos que dominan a la perfección para devolver a la música electrónica su condición de campo para el riesgo y el desafío.

Crítica

59. Lil Jabba: “Scales” (Local Action)

Lil Jabba no suena como un fundamentalista del footwork y no siempre queda claro que sus acentos rítmicos se basen prioritariamente en la mutación de Chicago bendecida por San Vito, que es como quien baila sacudiéndose las pulgas. El tempo que escoge no siempre es acelerado hasta el extremo, y en momentos como “Maven” –que además están suavizados por colchones de sintes prácticamente ingrávidos– parece estar más cercano al sonido de club de Baltimore, popular hace unos años, que al de la Windy City. Los matices son sutilísimos y Lil Jabba obliga a hilar fino para detectar cuál es su intención principal con cada tema, aunque más allá de eso lo que inspira a este joven beatmaker son imágenes de arquitecturas futuristas.

Crítica

58. Majical Cloudz: “Impersonator” (Matador)

“Impersonator” nos descubre a un dúo capaz con su música pop, reducida a exiguos elementos, de ofrecer una experiencia sonora profunda, capaz de poner la piel de gallina a ratos y exponer sus penurias personales. Son canciones tan bellas las suyas, con una voz tan digna de apreciar, que no son pocos los momentos trascendentales. De algún modo se les podría considerar la respuesta synth-pop a How To Dress Well, pues ambos comparten ese gusto por la catarsis emocional. Un talento al que merece la pena prestar atención.

Crítica

57. Laurel Halo: “Chance of Rain” (Hyperdub)

Era cuestión de tiempo que la influencia del techno se acabara filtrando en el discurso de Laurel Halo y es fácil percibir los códigos del Detroit en tracks como “Serendip” o “Chance of Rain”. El gran mérito de la evolución de su sonido, sin embargo, es que ha seguido primando la individualidad por encima de los presupuestos genéricos. Además de techno, el disco funde ambient, acid, noise y ecos industriales, en ocasiones todo en una misma canción, pero, en realidad, nada de esto importa. La personalidad del disco recae en esas atmósferas inescrutables que se han convertido en su gran seña de identidad. Cuando uno escucha su música no sabe si está ante un tratado de angustia vital o una celebración del regocijo contemplativo. Es demasiado orgánica para considerarse maquinal, pero demasiada incómoda para resultar sensual.

Crítica

56. Prefab Sprout: “Crimson / Red” (Shamrock Solutions)

Todas en este disco maravilloso tienen la ligereza y la hermosura inherentes al arte de McAloon, ese lustre inmaculado que barniza cada uno de sus componentes –armonías, melodías, letras, voces, arreglos– y que, unido al carácter deliberadamente prefabricado hace parecer a temas como la espléndida “Adolescence” o “Mysterious”, composiciones aún más evanescentes y aéreas de lo que son. “Crimson/Red” nos recuerda que la mediocridad no es una opción en McAloon y que su sofisticación envejece como la solera de los mejores vinos.

Crítica

55. Dirty Beaches: “Drifters / Love is the Devil” (Zoo Music)

Sus recursos, ciertamente, a veces remiten a clichés de las bandas sonoras incidentales para películas indies sobre relaciones tensas, personajes desubicados o encuadres de naturaleza invernal, pero hay una sensación de enfermedad y corrupción en sus piezas que le beneficia: nunca quieren ser perfectas, ni preciosas, sino como una pepita de oro entre la basura. Cuando menos se espera, cuando uno está intoxicado por el eco, o por la textura desgastada de su guitarra, aparece un segundo de belleza que se amplifica, que se multiplica, y que hasta la llegada de “Berlin” –siete minutos del tipo de ambient que haría David Bowie si quisiera–, invade misteriosamente un disco al que hay que aproximarse con luz frontal, escalpelo y falta de prejuicios.

Crítica

54. David Bowie: “The Next Day” (Columbia)

“The Next Day” no es para Bowie como los dos últimos discos para Leonard Cohen, que parecen casi una despedida a ritmo comatoso de marcha fúnebre, sino una manera de ordenar la casa antes de cambiar de costumbres. Así que no es un Bowie berlinés, sino un Bowie total: hay glam, hay rock solemne, producciones electrónicas en momentos estratégicos y, lo que no hay, es la frivolidad de aquel Bowie de los ochenta que ya apenas se recuerda. El tono es generalmente grave –y hasta el final: “Heat” es un cierre que deja un nudo en la garganta–, y va de más a menos. Se percibe que quería un disco digno, un buen ejercicio que no manchara su nombre. Se ha esforzado, lo ha pulido, y el resultado general de “The Next Day” es notable: es generoso en minutos, y escaso en tropiezos.

Crítica

53. Vatican Shadow: “Remember Your Black Day” (Hospital Productions)

El nombre de Vatican Shadow ya está estrechamente vinculado al movimiento conocido como ‘drone techno’ o ‘noise techno’, pero a la hora de afrontar “Remember Your Black Day” hay que tener un par de cosas en cuenta. La primera es que Dominik Fernow ha empezado a cambiar su estética –menos arisca que en sus cassettes y vinilos para Type y Hospital– y, sin perder de vista la pulsación constante del género, empieza a trabajar en una línea más lenta (casi comatosa) y espacial. Este “Remember Your Black Day” es el primer álbum de Vatican Shadow concebido como tal: material hecho ex profeso partiendo desde cero y con instantes tan sorprendentes como “Muscle Hijacker Tribal Affiliation” (más una pieza de ‘dark IDM’ que de dark techno), y otros tan inesperados como “Enter Paradise”, donde organiza un bombo incisivo a partir de samples de guitarras metal. En la cúspide del techno experimental está, y lo estará por mucho tiempo.

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52. Kelela: “Cut 4 Me” (Fade To Mind)

“CUT 4 ME” es uno de los mejores álbumes de la recta final del año por la inesperada brillantez del mismo; a casi todos nos ha pillado desprevenidos tantísima coordinación entre factor instrumental (con una nómina de protagonistas con muy poca experiencia en esta rama musical) y la personalidad vocal de una cantante que parecía que no pasaría del rol de colaboradora. Los elementos se aúnan de manera mágica en este trabajo: una respuesta clara a lo que el R&B debe o debería ser en el futuro.

Crítica

51. Daughter: “If You Leave” (4AD)

A lo largo de diez canciones, Daughter crean un estado de ánimo que bascula entre la desolación y la esperanza, quizá no con el suficiente impacto para dejar el ánimo por los suelos (o por los cielos), pero sí para ponerles sobre el tablero de juego del indie-pop de hoy. Quienes apuestan por ellos como autores del disco del año quizá apunten demasiado alto, pero no es exagerado decir que “If You Leave” –o el antídoto interior contra la euforia populista de Mumford & Sons– es uno de los debuts más destacados de lo que llevamos de 2013.

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