Listas

Resumen 2012: los mejores álbumes, parte 3

Final de la cuenta atrás, del puesto 25 hasta el número 1. Desvelamos nuestro disco del año

Hemos llegado al final del trayecto en nuestra lista de discos internacionales de 2012, el que cubre de las posiciones 25 al 1, donde encontramos nuestro disco favorito del año. Para saber cuál es, comienza a leer.

Y finalmente entramos en el tercer y último bloque, el de los últimos (¡los primeros!) discos de nuestra lista de mejores álbumes internacionales de 2012. Es un tramo que comienza en el puesto 25, donde está el tóxico y misterioso “Quarantine” de Laurel Halo, y que acaba en el número 1. No nos andaremos con rodeos ni con preámbulos: para saber cuál es, sólo debes descender la lista, un disco tras otro, hasta llegar a los puestos de honor.

25. Laurel Halo: “Quarantine” (Hyperdub)

Igual que ocurre en la ilustración que aparece en la portada, obra de Makoto Aida, el sonido de este “Quarantine” es de una belleza envenenada. Las adolescentes suicidas de esa ilustración encajan con el tono general de un disco que, sin renunciar a bellos atisbos melódicos, resulta áspero y crudo. El título del álbum ya apunta la sensación de aislamiento, de faltarte el aire que se tiene mientras escuchas estas canciones, una sensación de incomodidad subrayada en algunos títulos como “Airsick”, “Carcass”, “Tumor” o en la muy comentada línea de “MK Ultra” en la que hace referencia a la necrofilia, que Halo suelta de manera despreocupada. En lo que se refiere al sonido, en “Quarantine” abundan las texturas digitales rugosas, como una versión tensa y amenazante del ambient. De hecho, los momentos más oscuros de este disco han recordado a la visión correosa del ambient ofrecida por Aphex Twin en “Selected Ambient Works Vol 2”, en el que por ejemplo temas como “Carcass” encajarían a la perfección si les quitásemos la voz –que suena, en esta ocasión, retorcida y torturada, enfrentándose directamente al oyente al situarse en primer plano en la mezcla–.

Crítica

24. Shackleton: “Music for The Quiet Hour + The Drawbar Organ EPs” (Woe To The Septic Heart)

La gran innovación –que tiene una parte de regresión, también– en el nuevo Shackleton está en el primer álbum de este doble pack, “Music For The Quiet Hour”, en el que aborda un lenguaje menos sacudido por los beats y en el que la música aparece en estado de vapor denso, como una gran nube espesa de hidrógeno en la que se confundieran influencias del ambient, las bandas sonoras para documentales, el spoken word y lo que hace un tiempo llamábamos hauntology, pues parece como si entre los resquicios de cada atmósfera se escondiera un espectro, una huella de lo inefable. Son sólo cinco cortes, pero la duración se prolonga más allá de la hora. Si hay beats es para apuntalar pasajes descriptivos y para dinamizar ciertas transiciones –y cuando hay beats son exóticos, muy influenciados por folclores africanos o del subcontinente indio, e incluso de gameland balinés en la parte 2–, pero la auténtica miga está en el envoltorio tóxico, en el rastro encantado que va dejando el disco como si fuera baba de ectoplasma. Aquí es cuando Shackleton nos recuerda, indirectamente, que antes de fundar Skull Disco sus primeros pasos fueron en el sello Mordant Music, y aquí parecen aflorar sus influencias más cultas y áridas, desde el minimalismo de Steve Reich a la electrónica planeadora que, en lugar de avistar paisajes cósmicos y extraterrestres, sobrevuela páramos, yermos y zonas deforestadas.

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23. Trust: “TRST” (Arts & Crafts)

Trust son Maya Postepski, batería de Austra, y Robert Alfons, fotógrafo que ha retratado a artistas pop como Little Boots o Peaches. Si nos ponemos a buscar paralelismos entre estos simpatizantes del leather y la banda de Katie Stelmanis, encontramos que ambos fijan su mirada en la cara menos amable de los ritmos sintéticos de la década dorada del pop con maquinitas. No obstante, Trust le da una vuelta de tuerca al asunto bañando su synth-pop de una opaca oscuridad que intimida en las primeras escuchas. La culpa de esta desazón la tiene el propio Robert, que con su grotesca entonación (a caballo entre un Philip Oakey y un Paul Banks poseídos por Cthulhu) es capaz de despertar de un mal sueño a quienquiera que se enfrente virgen a sus canciones. Sentir una cierta incomodidad en las primeras escuchas entra en las reglas del juego.

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22. Death Grips: “The Money Store” (Columbia)

El contexto les marca como una banda que está destinada a canalizar la rabia de aquellos a los que la crisis y las sucesivas recesiones les está pasando por encima como una apisonadora. Death Grips despliegan una calculada artillería sonora que parece influida por el estado de paranoia alimentado por gobernantes y medios en la última década y acrecentado por los episodios de violencia internacional profusamente detallados en los medios de comunicación en los últimos años. Las canciones de “The Money Store” se suceden sin suspender en ningún momento el estado de alarma constante en el que parecen haber sido creadas, sin por ello renunciar –y de ahí parte de su valor– a canciones altamente adictivas e incluso bailables, mezclando el estado de alerta con la euforia de una manera implacable con el oyente.

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21. Daughn Gibson: “All Hell” (White Denim)

Se han hecho muchas comparaciones entre Daughn Gibson y artistas country y de baile. Se ha hablado de un cruce entre Nick Cave y Burial, o entre Lee Hazlewood y James Blake, unas comparaciones que demuestran que Gibson ha dado con un filón que nos ha pillado a todos por sorpresa al explorar un insospechado lugar intermedio entre estos artistas. El propio Gibson cita a Demdike Stare y Burial como sus principales influencias, y es cierto que la electrónica oscura y emocional de ambos está presente en el disco, aunque no de manera directa, más bien en la creación de atmósferas . Aunque por cierta proximidad estética se pueda tener la tentación de relacionarlo con los productores de dormitorio, en la música de Daughn Gibson se pueden escuchar más bien los hogares en los que se desarrollan los dramas de sus letras, así como los grandes paisajes estadounidenses sugeridos por el carácter repetitivo de la música y de los que Gibson probablemente se empapó en su trabajo como camionero.

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20. Scott Walker: “Bish Bosch” (4AD)

“Bish Bosch”, el cuarto disco de la breve lista en solitario reciente de Scott Walker, no es una excepción a lo anterior: a lo largo de setenta minutos largos deja caer sobre el oyente una inabarcable sucesión de ataques sónicos y de silencios ominosos, de lujosas orquestaciones y de ruidos alienígenas. Un inmenso patchwork en el que todo es inestable y puede cambiar de un segundo a otro: desde el tempo a la instrumentación, desde la manera de cantar a la propia producción de la canción. Enfrentarse a este disco, en fin, exige deshacerse de conceptos como “estructura”, “estribillo”, “arreglo” o incluso “letra”; exige desnudarse de prejuicios y abrir las orejas como un niño pequeño, maravillado ante todo lo que sucede a su alrededor. Porque, aunque la superficie de la música que graba Walker puede parecer tremendamente intelectual (algo a lo que ayudan unas letras repletas de imágenes alucinadas y de referencias crípticas), escuchar “Bish Bosch” a un volumen generoso es una experiencia que tiene mucho de físico y de emocional.

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19. Saint Etienne: “Words And Music By Saint Etienne” (Heavenly)

En Saint Etienne lo que parece bisutería es puro lujo, lo complejo pasa por ser simple y lo teen pertenece a la década de los 40. Como decía Genís Segarra recientemente, ellos “tienen la cultura musical de un bibliotecario y la frescura de un novato”, y su grandeza sigue radicando en cómo utilizan eso en beneficio propio. La portada, con 312 de sus canciones favoritas conformando su atlas musical, es de por sí una obra maestra, y títulos como “I’ve Got Your Music”, “Record Doctor”, “ Popular” o “ Haunted Jukebox” sólo podrían haber sido ideados por alguien que una vez aprendió aquello de que “la nada es sexy”. Y es que geniales bobadas como ese “Peter Gabriel. Peter Gabriel, from Genesis” en “ Over The Border”, o el hecho de utilizar el palabro “Mississippi” por su mera función cacofónica en “ Popular”, hacen que los siempre subyugantes Saint Etienne resulten aquí y ahora especialmente encantadores.

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18. Tame Impala: “Lonerism” (Modular)

La clave de lo que ocurre aquí dentro tiene que ver, al parecer, con el uso de estupefacientes varios. Parker enfrenta a su afligida lírica una fulminante energía instrumental, inyectando a letras sobre aislamientos más o menos consentidos unos lisérgicos chutes de distorsión que las hacen erguirse y caminar. “Apocalypse Dreams”, torbellino psicodélico inspirado por “Melancholia” de Von Trier, y que recuerda en filigrana a lo que el “Melody Day” de Caribou hacía con los años sesenta, ejemplifica a la perfección esta esquizofrénica dualidad. Dice nuestro protagonista que los únicos que sublimaron la idea de aunar sonido masivo con letras introspectivas del modo que él aspira a lograr fueron Supertramp, una referencia interesante aunque a primera vista sean otras las que destaquen en “Lonerism”: rock ácido tipo Cream, psicodelia galáctica en plan Flaming Lips, cromatismo exacerbado a la manera de unos MGMT que se tomasen a sí mismos más en serio... El revival, ciertamente irreverente, aparece tamizado por un filtro de originalidad propia y gobernado en todo momento por un respeto casi sagrado a los Beatles más gordos y al padrino Todd Rundgren.

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17. Roc Marciano: “Reloaded” (Decon)

El carácter cinematográfico de las letras encuentra en la producción musical el mejor aliado posible. Este es un trabajo de orfebrería estética, sonora y conceptual porque sabe cómo quedarse en un segundo plano, siempre por detrás de las rimas y las imágenes que proyecta el rapper, pero sin descuidarse en ningún momento de su papel relevante y clave en la confección del conjunto. Capta la esencia de lo que está contándonos y la transforma en sonidos acordes. Y además lo materializa distanciándose el punto justo y adecuado de “Marcberg” (2010). Tres matices importantes les separan. Uno: a diferencia de su predecesor, que estaba íntegramente producido por el propio Marciano, aquí hay ayuda exterior, y menuda ayuda. The Alchemist, Q-Tip, Ray West y The Arch Druids entran con buen pie en su universo de angustia y claustrofobia urbana y, además, le ayudan a expandir y ampliar su campo de batalla. Dos: en más de la mitad del contenido Marciano prescinde de forma deliberada de baterías y beats en un giro expresivo tan extraño como apasionante que intensifica las diferencias. ¿Un disco de rap underground sin kit de batería? Parece una apuesta suicida, pero en la práctica es una arrolladora lección de hip hop valiente y desacomplejado.

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16. Swans: “The Seer” (Young God)

Por supuesto, hay que mirarle a los ojos a la criatura que enseña sus dientes en la portada de “The Seer” y entrar en sus dos horas de torbellino sonoro sin miedo y sin echarse atrás. Avanzar en un tema, saltar al siguiente, quitarlo, es sinónimo de haber sido derrotado por uno de los discos que marcan el nivel del riesgo –al menos a efectos ‘rock’– en 2012. Swans no lo ponen fácil y no quieren ningún oyente acomodado que venga a su LP a hacer turismo por el territorio árido –y ocasionalmente desconocido– de su segundo asalto en su versión renovada y actualizada. De hecho, exige una escucha completa y sin interrupciones porque es la exposición continuada a sus impactos, como quien soporta un largo interrogatorio o una tortura, la que permite salir de este infierno con la sensación de haber asistido a una situación excepcional. Cada pieza lleva a la siguiente, sin encontrar nunca un clímax, porque el clímax es todo. Un clímax cancerígeno que te consume, te destroza y te vence.

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15. Dan Deacon: “America” (Domino)

“America”, que de primeras puede sonar a título patriótico, lleva dentro el mismo veneno que títulos como “Born In The USA”: es una reivindicación cultural y moral del país, pero en respuesta a la degradación social y económica de los últimos años. Dan Deacon no se ha escondido cuando las cosas han ido mal, y ha participado en Occupy Wall Street; también se ha planteado este trabajo como una colaboración con músicos cercanos e instrumentistas nuevos en su órbita, con la esperanza de que la unión de ideas y esfuerzos lleva al progreso. Por tanto, Deacon parece reclamar el regreso de otra ‘América’, más emprendedora, más social, más sensible, y lo hace con una colección de composiciones que remiten, a la vez, a la historia musical de Estados Unidos desde los años cincuenta hasta hoy, desde el rock’n’roll al minimalismo académico y hasta llegar al techno acompañado de lengüetazos de éxtasis: una tarea titánica –y hasta petulante, de haber caído en otras manos que él lleva hasta sus últimas consecuencias con éxito. No sólo es una victoria: es su mejor álbum, posiblemente. Tocará debatir si supera a “Bromst”.

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14. Andy Stott: “Luxury Problems” (Modern Love)

La gran responsabilidad para Andy Stott estaba en no estancarse en unos procedimientos que le llevaran, de nuevo, a la rutina, y por eso “Luxury Problems” es para él un álbum especialmente importante, pues tenía la obligación de prolongar la vía indagatoria abierta en su díptico de 2011 sin repetirse descaradamente. Y eso, aunque parezca un encaje de bolillos imposible, es lo que consigue exactamente: muchos de los ocho cortes del álbum comparten la lentitud embarrada de “Passed Me By”; en ese sentido, no hay una ruptura drástica, sino una evolución lógica: “Hatch The Plan”, “Numb” y “Lost And Found”, por ejemplo, son piezas que avanzan renqueando o con la barriga a ras de suelo por las zonas más sucias del techno contemporáneo. La novedad está en cómo Andy Stott, que sabe que vuelve a estar en zona letárgica, sabe embellecer con un uso peculiar de la voz y arreglos nuevos un tipo de música que, de tanto perfeccionarla, ya se le empezaba a quedar obvia.

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13. How To Dress Well: “Total Loss” (Acephale)

La primera impresión de “Total Loss” es que hay menos misterio en comparación con “Love Remains”, menos enrevesamiento en la producción, un uso desaprovechado de las texturas electrónicas (todo suena envolvente y calmado, sin borrascas). Pero a medida que se escucha, las canciones relucen con un halo tibio de belleza que se va reforzando conforme uno se acostumbra a su sinceridad, y la magnificencia en sordina del conjunto arrebata –como también lo hacen momentos de complejidad técnica como “Say My Name Or Say Whatever”, donde superpone su voz angelical a unos punteos de notas minimalistas, en lo que podría ser el primer y único encuentro entre R. Kelly y Steve Reich. Además, de entre su construcción aparentemente prosaica va emergiendo una lírica dirigida a quienes están realmente perdidos y anhelando una salida del laberinto, esa gente que, tras perder el miedo, mira en su interior para examinar de manera sincera sus flaquezas, miedos y miserias. Es lo que hace Krell consigo mismo, y es lo que hace Krell por los demás.

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12. Raime: “Quarter Turns Over A Living Line” (Blackest Ever Black)

“Quarter Turns Over A Living Line” apenas sobrepasa la media hora de duración, pero en ese tiempo es como si la más impenetrable oscuridad y la frialdad más cruel se fueran apoderando del espacio en el que te encuentras. Los ritmos, de haberlos – “Exist In The Repeat Of Practice”–, están al borde del coma, son una simple pulsión sin ánimo ni cadencia, y lo que ocurre es el despliegue pausado pero constante de todo tipo de texturas al borde de la congelación. Sobre esta cuestión, parece que Raime no han querido complicarse la vida y seguir la dirección apuntada por su tercer EP, “Hennail”, que emitía un putrefacto hedor a muerte: en su álbum de debut hay una maximización natural del lado morboso, una acentuación de la atmósfera irrespirable que, en sus producciones anteriores, siempre había quedado disimulada por un bajo especialmente respingón o un bombo que parecía querer dominar el ritmo. Aquí, cuando parece que Raime van a tender hacia el techno –el campanilleo fúnebre en el comienzo de “The Walker In Blast And Bottle”–, es sólo una artimaña, una maniobra de distracción que lleva la música, una vez más, a esa especie de mazmorra propia de los relatos de Poe.

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11. Chromatics: “Kill For Love” (Italians Do It Better)

“Kill For Love” es una obra mastodóntica: nada menos que diecisiete canciones. Sería fácil perderse y meter relleno entre tanto tema, pero no es así. Salvo las canciones en las que la voz de Ruth Radelet es suplantada por la de sus partenaires (el autotune y el vocoder de “Running From The Sun” y “These Streets Will Never Be The Same” no tienen perdón), el resto de las canciones son perfectas y dejan ganas de más, y eso que no son precisamente cortas (la media de duración ronda los cuatro minutos). Por no hablar de que la elección de los singles que han presentado hasta la fecha tampoco hace justicia al disco. Fuera, sin ir más lejos, se ha quedado esa maravilla que es “At Your Door” y que tiene ese sonido tan característico del grupo, imbuido de synth pop oscuro y melancolía urbana. Además incluye una serie de temas instrumentales que, lejos de hacerse pesados o sonar a relleno, sorprenden gratamente, con registros que van del sonido a lo Vangelis de “ There’s A Light Out At The Horizon” al clasicismo formal de “ The Eleventh Hour”.

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10. Jessie Ware: “Devotion” (PMR Records)

Devotion” no sirve para el club y su escucha debe ser únicamente privada, íntima –no necesariamente solitaria– y, a poder ser, al calor de unas velas y una copa de vino. Quizá el escenario que implica se presuma demasiado complaciente y con un punto de cursilería, pero las canciones no cruzan nunca la barrera de lo excesivamente azucarado ni buscan el efecto fácil. Todo en “Devotion” suena contenido y respetuoso con un mecanismo de canción pop, el del white soul de los 80, el de Sade y Annie Lennox, con el que es muy fácil cometer errores. Jessie Ware nunca pisa en territorio incierto ni peligroso, el LP está convenientemente limado de suciedad e impureza, y a cada escucha va creciendo más y más, a medida que se va introduciendo dentro de la piel y el organismo, como un suero o un veneno. Quizá le falte algo de riesgo, un punto de contemporaneidad que disimule la nostalgia ‘de época’, aunque sólo hay que imaginarse dónde estarán dentro de cinco años “Devotion” y, por ejemplo, el debut de Katy B –o incluso los de Emeli Sandé o Lianne La Havas– para comprender que no hace falta y que es así como tiene que ser.

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9. Actress: “R.I.P.” (Honest Jon's)

“R.I.P.” no es un disco que lo tenga fácil, porque necesariamente se tiene que juzgar en comparación con “ Splazsh”, y aquello no fue un título o un simple trozo de plástico y cartón, sino un punto de inflexión en el techno. El que fuera mejor álbum de 2010 –lo dijo The Wire– sigue intimidando en la distancia, separando con su vara el buen techno del mal techno, y sobre todo el techno rutinario del techno que intenta ir más allá. Actress, de todas maneras, está en un momento dulce y “R.I.P.” suena a la altura de lo esperado. Sólo podía conseguirlo siendo él mismo y no traicionándose, y si “Splazsh” se distinguía por una serie de rasgos estéticos férreos –piezas que parecían esbozos más que tracks, disolución del bombo, maximización de una atmósfera entre onírica y drogada, destellos de old school en las fases más galácticas y detroitianas, pero también un degradado del color, la textura e incluso la forma–, su continuación propone algo muy parecido. Los cortes que incluye “R.I.P.” son 15, y en su modo de hacer sigue pesando la idea primera antes que el desarrollo completo. Es un álbum básicamente abocetado, donde muchas de las piezas pasan a duras penas del minuto o los dos minutos, y que en caso de que se alarguen más –ocasionalmente hasta los seis– es en detrimento de una narrativa musical basada en los recursos normales de cambios de ritmo, entrada y salida de los elementos –cajas, bombos, sintes–, y que fundamentalmente se fortifica en un tipo de sonido-nube que apenas cambia y que gira y se refleja en sí mismo.

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8. Crystal Castles: “(III)” (Fiction)

Había quienes especulaban con un giro al witch-house, pero basta con una escucha para darse cuenta de que si en algún momento Crystal Castles animaron a pensar eso es porque estaban jugando al despiste. Aquí lo único que huele, y de lejos, a witch-house, es “ Child I Will Hurt You”, que en realidad se trata de una nana envenenada, pese al preciosismo de los arreglos, y que deja en desventaja a ese otro clásico del género como es “King Night” de Salem. El dúo, de hecho, ha retomado las cosas donde las dejaron en “ (II)”: “ Affection” y “ Telepath” son la respuesta a ese “Celestica” que algunos no aceptaron (o no quisieron aceptar) por tirar de bases de electrónica bailable, aparentemente fácil de digerir, pero que ya se encargan ellos de retorcer. En “(III)”, Crystal Castles vuelven a dar una lección de desasosiego, inquietud y hasta opresión, pero con tal maestría que es fácil caer en las redes que tejen Kath y Glass y no querer salir de ellas, hasta encontrar placer en dejarse atrapar en esas melodías entrecortadas y esos sintes que, como en el caso de “ Plague”, parecen venir del mismísimo infierno de ritmos de 8bits y bases de techno. Incluso canciones aparentemente tranquilas como “Pale Flesh” transmiten algo de esa quinina que Alice Glass sabe inocular usando la voz a su antojo, ya sea como un grito histriónico o como un amenazador susurro.

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7. Holy Other: “Held” (Tri Angle)

En “ With U” la fórmula de Holy Other era tan fascinante como lógica: tomar los rasgos del primer Burial –con las voces afiladas, agudas, y los beats mullidos– y darles un barniz más R&B, premiando las texturas de azúcar en lugar de los beats rotos que, en el caso de Burial, provenían del garage y el drum’n’bass. Ahora que Holy Other ha perfeccionado su técnica, la dependencia de la joya de Hyperdub ha dejado de ser tan marcada y ha podido adentrarse en solitario –supuestamente con escafandra y bombona de oxígeno– hacia territorios desconocidos. Ya no es sólo por las capas de sonido que, en un arrebato sinestésico diríamos azules profundo o de un verde marino, sino por el tipo de suspensión que el propio sonido sugiere: flotando en un mar amplio y entrando y saliendo del agua, con los consiguientes reflejos, variaciones ópticas y adaptaciones al medio. Cortes como “ Tense Past” o “ Impouring” se mueven como un anfibio entre una textura espesa, sumergida y limpia y una variación más ligera, aireada y respirable. Si hay una obsesión manifiesta por el agua en Tri Angle, Holy Other viene a ampliarla añadiendo, en un solo disco, lo líquido, lo evaporado y, por momentos, lo mercurial –tenemos “ Love Some1”, un corte en el que el bajo se espesa y se inmoviliza.

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6. Grimes: “Visions” (4AD)

Este es un artefacto en el que suman tanto los errores como los aciertos y en cuyo metraje confluyen tanto las ideas apuntadas en las dos cassettes gratuitas de Grimes de 2010 como la estilización de los hallazgos que asomaron en su fabuloso split del año pasado junto a D’Eon. Todo ello desemboca en una papilla de detritos sónicos donde flotan referencias y estilos sin aparente orden ni concierto. Brumas witch-house, electro mutante, R&B deshuesado y art-pop a granel, además de muchos otros condimentos que 4AD se encarga de apuntar desde la nota de prensa: de la new age al K-pop pasando por la IDM, la música industrial, el glitch o el New Jack Swing. Ante tal maraña de sonidos corres el riesgo de quedarte embobado, como frente a la pantalla de un ordenador. Si te fijas bien, se ven loops filiformes, sintes descompasados y bajos anfibios, atmósferas góticas que se vuelven celestiales de repente, hits en principio bailables que te pillan con el paso cambiado, baladas que apuntan en direcciones verticales, melodías de un padre, estructuras de otro y arreglos alojados en vientres de alquiler. Nada es lo que parece. Y llegamos desde ahí a una conclusión: “ Visions” parte de lo que se da en llamar post-internet para acabar remitiendo directamente a la noción de post-género. Es centradísimo y tremendamente jugoso en la superficie, sin embargo reina en su interior la indefinición, el cambio continuo y el despiste: hijos del caos, los cortes no paran quietos un momento y buscarles parientes deviene algo morboso.

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5. Beach House: “Bloom” (Bella Union)

El sonido de “Bloom”, a base de esa característica mixtura de los de Baltimore entre psicodelia lujosa, dream-pop de duermevela y shoegaze translúcido, gana en empaque y vivacidad. También en sensibilidad. Cada tema es un manantial de estados emocionales. El conjunto se proyecta hacia una inmensidad musical casi imposible de aprehender y, en contraste con la cercanía de su poesía universal, acaba por generar un contraste exquisito entre lo íntimo y lo abismal, entre lo quebradizo y lo grandioso. Ya el título, “Florecer”, puede leerse como símbolo de la fragilidad, un espacio emocional diminuto desde el que comenzaríamos a abrir el arco hasta llegar a alcanzar los confines del universo. “Myth”, primer corte, se encarga de situarnos en el cosmos ( “Found yourself in a new direction / Aeons far from the sun”), lejísimos como estamos de esa figura tan recurrente en los textos de Beach House como es el astro rey. En “Wild”, la referencia a la naturaleza es más directa (la propia madre Tierra es la salvaje), y con “Lazuli” se redescubre otro escenario común en el ideario de la banda, el mar, símbolo de la eternidad recurrente en temas antiguos como “Saltwater”y " Turtle Island” y al que volveremos más tarde en este mismo álbum. Será en “ On The Sea”, un corte cuyos versos finales ( “The world becomes / And swallows me in”) resultan esclarecedores al ser escuchados justo antes de que una majestuosa ola de sintes devore literalmente a Victoria. El efecto conseguido es metafísicamente magistral.

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4. Kendrick Lamar: “good kid, m.A.A.d. city” (Interscope)

El valor de “ good kid, m.A.A.d. city” no estriba solo en su planteamiento conceptual ni en la historia que cuenta para plasmarlo, sino también en cómo Kendrick Lamar materializa sus ideas. Este disco es pura lucidez, impropia para un debut de un rapper tan joven: como si se tratara de una obsesión personal, las canciones suenan compactas, unificadas y coherentes, incluso evocan el estado de ánimo y las situaciones que plantea la letra de cada una de ellas. No es un álbum conceptual tan solo por el hecho de que exista una historia a modo de nexo de unión, sino porque todo, hasta el mínimo detalle, tiene sentido dentro de su película, sin excusas, sin salidas de tono, sin momentos de relleno o incorporados con calzador, tan solo con un par de episodios menores fuera de contexto. Lamar recluta a productores muy diferentes –de Just Blaze a Pharrell, pasando por Hit-Boy, Sounwave, T-Minus o Tha Bizness– pero no cae en la tentación de los discos de consenso o las recopilaciones de tendencias sonoras que más cuajan en la actualidad, cansina moneda común del mainstream y midstream actual, sino que consigue que todos ellos se adapten a lo que requiere su proyecto. Y la suma de todos acaba dando como resultado esa idea que se lleva cociendo desde hace un par de años en el colectivo que él mismo lidera, Black Hippy: la forja de un sonido fiel a ciertos rasgos del rap de la Costa Oeste pero suficientemente inquieto para capturar el zeitgeist del momento y trascender fronteras y backgrounds geográficos o escénicos.

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3. The xx: “Coexist” (Young Turks)

Si la idea de dar continuidad a “xx” ya se hacía difícil para sus seguidores (¿cómo afrontarlo?, ¿cómo cambiar un sonido tan marcado y singular?, ¿cómo buscar una fórmula de perfeccionamiento sin caer en la repetición?), más lo habrá sido para el trío. Algo que ha marcado la producción de “Coexist” son los proyectos paralelos de Jamie Smith como productor y DJ. En su momento llegó a decirse que la música de club había influenciado este trabajo, algo que muchos quisieron entender como que el LP iba a ser de baile. Una vez escuchado queda claro que no es así. Pero no engañan a nadie, porque una cosa es la música de club y otra la música para club. Y este segundo largo, más que evocar imágenes de discotecas plagadas de gente, parece querer poner el foco en lo que sucede después, fuera de ella, incluso a la mañana siguiente en la que se impone la resaca, el resquemor y los recuerdos de los desencuentros amorosos te atacan como puñaladas en el corazón.

“Coexist” es muchísimo más de lo que se podía pedir a The xx. Se han mantenido fieles a sí mismos, no traicionando un sonido que es seña de identidad, casi icónico. Han entendido a la perfección la idea del menos es más, haciendo exactamente lo que mejor saben hacer, once canciones de alta intensidad emocional, de profundo calado, melancólicas y con ocasionales dosis de épica a su manera (se agradece que, por ejemplo, “Missing” se haya quedado como está y no haya caído en los desagradables vicios de muchos de sus compatriotas). Ahora sí, sin ningún género de dudas, estamos ante los mejores músicos de su generación.

Crítica

2. Frank Ocean: “Channel Orange” (Def Jam)

“channel ORANGE” tiene incontables virtudes, pero por encima de todo dos: la primera, que propone esa maduración y crecimiento artístico que esperábamos después de “nostalgia, ULTRA”, al que consigue superar en todas las facetas posibles. Toda una rara avis en los tiempos que corren de supremacía cualitativa de los mixtapes: satisfacer las expectativas más exigentes con un debut multinacional después de un pelotazo en forma de álbum de calle. Y segunda: es un disco que llega para mejorar, desde todos los aspectos posibles, el R&B, al que dignifica, revaloriza y eleva, como ya hizo el año pasado The Weeknd, utilizando recursos y mecanismos poco comunes en el género en su vertiente más popular. El arma principal de Frank Ocean es su talento para la composición y su valía como escritor, dos atributos especialmente difíciles de encontrar en algunos de los vocalistas más representativos del R&B actual, muchos de ellos excesivamente supeditados a las directrices de productores y compositores profesionales que, a la postre, acaban definiendo y marcando su personalidad musical, y no al revés. “channel ORANGE” es uno de los discos de R&B mejor pensados y expresados que se recuerdan recientemente, capaz de aglutinar en un mismo tablero de juego el clasicismo y la profundidad emocional de Marvin Gaye o Donny Hathaway, la sensualidad de Maxwell, la calentura de R. Kelly, las formas de The-Dream o las intenciones rupturistas de The Weeknd, generoso en la exposición de su mundo interior y, muy importante, consciente de su irrechazable compromiso con una vocación y ambición pop a la que debe rendir cuentas pese a todo.

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1. Julia Holter: “Ekstasis” (RVNG Intl.)

De todo el abanico de terapias new age actualmente disponibles, uno se quedaría seguramente con las que están relacionadas con el sueño. Creerán algunos lectores que simplemente hay que echarse a roncar a pierna suelta: gran error, pues como apuntan Inka Martí y otros expertos onironautas –aquellos que se van a dormir con o sin camisón, con o sin compañía, pero siempre con un bloc de notas donde anotarán su sueño al despertar–, para zambullirse en el mundo onírico de manera placentera hay que moverse como un funambulista entre el sueño y la vigilia con el fin de llegar a un estado de conciencia denominado sueño lúcido. Es ahí donde los sueños se recuerdan con toda claridad al despertar. Justo en el umbral que separa ambos mundos se encuentra la nueva entrega de la angelina Julia Shammas Holter.

A pesar de que ya hemos comprobado que las etiquetas le resbalan a nuestra heroína, el concepto dream-pop le va que ni anillo al dedo: el disco seguramente le gustará a quien escucha habitualmente a Cocteau Twins, a la Kate Bush más extraña de “The Dreaming” o, por mencionar referencias más actuales, a Maria Minerva, pero más que de influencias, estamos hablando de afinidades. No son apreciables aquí las costuras que se entreveían de su antecesor, el tan celebrado Tragedy (Leaving Records, 2011): acá Blixa Bargeld / Bad Seeds, allá Laurie Anderson, más lejos –glups– Enya. Todo en “Ekstasis” se consolida como un nuevo lenguaje: más incomparable y mucho más personal, en cuanto a composición y a producción. Mientras “Tragedy” estaba enfocado como música vanguardista para teatro clásico, idea que parece seguir la senda del genial Harry Partch, que hace unos 60 años también puso música a los clásicos griegos con sus extravagantes instrumentos, “Ekstasis” es un disco de pop cuyas estructuras parecen alteradas de la misma manera que los sueños lo hacen sobre nuestra realidad, transformando de manera caprichosa y repentina personajes o jugando con el sentido del tiempo. Así tenemos “Moni Mon Amie”, que empieza como una cancioncilla cándida de pop francés para perderse después de la primera estrofa en una melodía de cuna psicodélica que se repite una y otra vez, o “Marienbad”, que en realidad parecen dos canciones interpretadas por coros de varias Julia Holters, separadas entre sí por un momento minimalista que recuerda a los trabajos vocales de Steve Reich.

El cambio en el sonido respecto a su predecesor es imponente y en ello mucho tiene que ver Cole M. Greif-Neill, productor de Nite Jewel, que ha ayudado en la metamorfosis de estos temas originalmente pop: si pueden cazar las grabaciones que Holter realizó para la emisora californiana KDVS, comprobarán primero que no le hace ascos al pop tradicional, versionando a Roxy Music y a Crowded House y segundo, cómo se han embellecido tres de los temas de este disco partiendo de un esqueleto de canción convencional. A grandes rasgos, el sonido está definido por el tratamiento de las voces y de los sintetizadores: escuchen como ejemplo la planeadora “Boy In The Moon”, muy cerquita de la kosmische Musik alemana de los 70, con capas de teclados y voces hipnóticas. Pero no sólo eso: la influencia de la música medieval, entroncada con el folk y la música clásica, planea por todo el álbum. Pocos compositores de pop de vanguardia se han atrevido con esta música, tan solo recuerdo a Ryuichi Sakamoto y su ensemble Danceries, en aquellos excelentes discos que mezclaban canciones medievales y renacentistas occitanas, españolas, italianas y de la corte de Okinawa con composiciones del nipón. Y por si fuera poco, también el jazz modal de John Coltrane y Eric Dolphy sirve para dar pinceladas a algunas canciones.

Respecto a las letras, la propia Holter habla en sus entrevistas de imágenes extraídas de referencias literarias y artísticas tan dispares como el libro “The Singer Of Tales” de Albert Lord, sobre cuentos de los Balcanes, o los manuscritos ilustrados medievales, pero para oídos profanos las letras de Holter evocan imágenes que la memoria ha borrado o que aparecen en los sueños. En “In The Same Room”, tema cuyos primeros compases parecen extraídos de esos recopilatorios de pop del sudeste asiático del sello Sublime Frequencies, la frase recurrente es “I can’t recall that face but I want to”: alguien intentando recordar una cara que se le ha olvidado. Más dream-pop que esto, olvídense. Otras letras tienen carga más emocional, como “Goddess Eyes II”, reprís menos robotizado del tema de “Tragedy”, donde ese “I can see you but my eyes are not supposed to cry” suena más cálido y menos inquietante. O incluso alusiones zen: “This is not the quietness, this is ekstasis / This is not expensive, this is the quietness", dice en “This Is Ekstasis”, un tema laberíntico de casi nueve minutos que a ratos parece un cabaret mórbido y otros una polifonía medieval. Estados de ánimo ambiguos: nada es lo que parece en este disco, como en el mundo de los sueños. Es por ello que seguiremos acudiendo una y otra vez a “Ekstasis” para seguir maravillándonos y confundiéndonos a la vez.

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