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Resumen 2012: los mejores álbumes, parte 2

Seguimos la cuenta atrás hacia el disco del año. Hoy, de la posición 50 a la 26

Seguimos en nuestro repaso a los 75 discos más granados de 2012 según la redacción y los colaboradores de PlayGround. Hoy llegamos al segundo tramo, que cubre de las posiciones 50 a 26, y que nos remite a la gran entrega final del lunes, en la que sabremos el top 25 (y el disco del año).

Estamos en el segundo bloque del resumen de los mejores álbumes del año según PlayGround. Empezamos ayer, con la lista correspondiente a las posiciones 75 a 51 –con algunos títulos importantes que ya quedan descartados para copar los puestos de honor; ha sido un año con muchísimos discos buenos–, y hoy toca seguir en ese avance implacable que nos dejará a las puertas del top 25. Aquí encontrarás títulos aún mejores, comenzando con el “Grief Pedigree” de KA –un disco que ha vuelto a poner el hip hop underground de Nueva York en el mapa de la música urbana en Estados Unidos–, y que nos lleva hasta el disco que dará paso al último tramo y que nos dirigirá al disco del año, que desvelaremos el lunes. Vamos allá.

50. KA: “Grief Pedigree” (Iron Works Records)

KA habla de lo que ha visto y sigue viendo en su barrio: pobreza infrahumana, trapicheos las veinticuatro horas del día, siete días a la semana, zombies deambulando por descampados, la lucha diaria por la supervivencia, el miedo a ser atrapado por la policía o atravesado por una bala y la rutina de la desesperanza. Piensa en la primera o la tercera temporada de “The Wire” y acertarás. Cambia Baltimore por Nueva York, Hamsterdam por Brownsville y David Simon por este MC prodigioso que escupe poesía de alta gradación en cada una de sus estrofas y tendrás lo que buscas. Cualquier MC de medio pelo puede rapear sobre episodios de violencia fortuita y explosiva en las esquinas, pero muy pocos pueden hacerlo con el lirismo, la perfección poética y la rotundidad emocional con la que este autor mayúsculo ataca sus canciones.

Crítica

49. Voices From The Lake: “Voices From The Lake” (Prologue)

“Voices From The Lake” no comunica un lenguaje sorprendente: discos así existen en la larga tradición del techno europeo –escúchense ciertos títulos primerizos de Vladislav Delay–, y también en el americano –Mike Huckaby, lógicamente–, y para quien ande muy versado en la carrera de Donato Dozzy se trata de una extensión de su labor de años, un tour de force que en algún momento debía producirse y estallar en un resultado depuradísimo. Pero independientemente de eso, su colaboración con Neel tiene un punto de madurez y un halo de gracia que nunca antes había brillado así. Éste es un disco para empezarlo y no volver a la realidad hasta que no haya acabado: los auriculares son como la bombona de oxígeno que permiten bucear hasta el fondo de esta gran rotación sonora, de esta órbita lacustre, y estar ahí en un estado de paz inalterable, de fascinación hipnótica.

Crítica

48. Demdike Stare: “Elemental” (Modern Love)

“Elemental” no es una representación del mal, lo oculto o el misterio, sino el mal en sí mismo, desatado, infiltrado en la atmósfera como una presencia espiritual; la misma diferencia que existe entre un manual de brujería de Grillot de Givry y la práctica de un ritual ancestral con caldero y élitros de mosca, o entre la idea de la Gran Obra –o sea, el opus nigrum alquímico, la búsqueda de la quintaesencia– y los penosos intentos de los alquimistas por alcanzarla en su forma material. Esta es música que hay que tomársela en su sentido simbólico, pero la sensación de falta de oxígeno, esa tensión del miedo, se palpa a lo largo de dos horas que son angustiosas. Técnicamente –o sea, a un nivel de técnica de composición y producción–, “Elemental” no es una criatura ni más compleja ni desarrollada que la de la trilogía Tryptich (Modern Love, 2011); es igualmente ambiciosa, extensa y profunda en su búsqueda de las raíces del terror físico y psicológico.

Crítica

47. Cooly G: “Playin' Me” (Hyperdub)

Si tiene un problema “Playin’ Me” no es tanto el enfoque o la dirección, sino el desajuste en el tiempo: en 2010 habría batido a Ikonika y a Darkstar (posiblemente), las dos grandes bazas de Hyperdub en aquel año, y se habría adelantado decisivamente a Laurel Halo, además de situarse junto con King Midas Sound como la artista que mejor habría sabido leer la conexión espiritual entre el downtempo británico de los 90s con los tiempos melancólicos de la actualidad. “Playin’ Me” no es un trabajo calmado ni mucho menos –cuando entra el bajo de la pieza titular, que late como un corazón a punto de estallar tras un ataque de nervios, todo el cuerpo tiembla–, pero en su conjunto resalta la luz y la felicidad, a la vez que domestica la rabia y la oscuridad. Al fin y al cabo, es un trabajo marcado por el amor de madre.

Crítica

46. Mark Fell: “Sentielle Objectif Actualité” (Editions Mego)

Mark Fell, aquí y en los maxis de su alias Sensate Focus refina el deep house –con sus ráfagas de piano y sus paletas de sintes aéreos– a partir de los recursos habituales de los clicks & cuts y su vestimenta digital. Dividido en ocho cortes, y a dos por cara del doble vinilo –puro tratamiento de club tool, con la parte 4 dividida en dos mitades que exigen un salto del primer disco al segundo: hay actitudes que nunca se pierden–, “Sentielle Objectif Actualité” es la experiencia extendida de una lectura intermitente y pellizcada de un house ultrainteligente, una manera de hacer música de club que recupera el espíritu del microhouse de sellos como Perlon o Force Tracks y lo renueva de la misma manera en que otros popes de lo complejo como Frank Bretschneider o Alva Noto han hecho lo propio con el techno.

Crítica

45. Scuba: “Personality” (Hotflush)

¿Cuál es el sonido exacto de “Personality”? Es un sonido variable, pero que encuentra su nexo de unión en las texturas líquidas y luminosas. Si “Triangulation” era un disco metálico, frío y pesado –como una noche de niebla en Berlín, saliendo de Berghain, por aquellos descampados pedregosos–, “Personality” es un atardecer de verano a orillas del Spree, un álbum que tiene como hilo conductor una vaga idea de la felicidad: la presente y también la pasada, pues en muchos de los cortes Scuba activa los resortes de su memoria de ex raver y la nostalgia por los días pasados – “Cognitive Dissonance” es jungle deudor de la etapa más resplandeciente de Moving Shadow y Good Looking; “NE1BUTU” reproduce la mecánica de aquellos hits de hardcore-pop que firmaban artistas como Altern-8, con crescendo de piano saltarín y voces elevadas hacia la estratosfera–. Y cuando no es la nostalgia por los buenos tiempos, es el bienestar y la confianza, quizá reflejo de una buena etapa personal.

Crítica

44. Dean Blunt & Inga Copeland: “Black Is Beautiful” (Hyperdub)

Blunt y Copeland (antes Hype Williams) continuan dando una forma cada vez más reconocible a su particular interpretación de la psicodelia urbana, nocturna y narcótica. Su amplitud emocional se mide en el espacio que hay entre las atmósferas cálidas y extrañamente acogedoras, sensualmente oscuras, junto a momentos más luminosos protagonizados por melodías pegadizas e incluso cercanas al pop, y los ritmos de club que suenan igualmente vibrantes y emocionantes, funcionando más como un recuerdo borroso de la experiencia en el club que como un intento de crear música funcional para la pista de baile. Y aunque es difícil establecer paralelismos con otros músicos, algo de hip hop se cuela en algunos patrones rítmicos, mientras que el trabajo en capas de otros cortes recuerdan al trabajo más reciente de Oneohtrix Point Never, y en ocasiones incluso suenan como una reinterpretación en el siglo XXI del synth-pop sinófilo de Japan. Aunque, si hay que ser sinceros, buscar paralelismos en su caso es algo frustrante, ya que contribuye más al despiste que a clarificar qué es lo que se va a encontrar el oyente.

Crítica

43. Purity Ring: “Shrines” (4AD)

Desde el sello definen sus canciones, de forma bastante manida, como “nanas para el club” y la verdad es que aciertan porque algunas de las que no habíamos podido escuchar hasta ahora ayudan a conciliar el sueño. En particular la perezosa tríada que recorre el ecuador del álbum, con “Amenamy”, “Grandloves” y “Cartographist” haciéndonos sospechar que aún no manejan del todo bien el concepto duermevela defendido desde la chillwave. Son temas en los que intentan expandir su paleta sónica para demostrar que, además de singles relucientes, tienen aptitudes para lo atmosférico. El resto de temas, siempre a la sombra de ese hit urbano y cristalino como un rascacielos que es “Fineshrine”, potencian sus virtudes, diluyendo el disco en tenebrosos vapores y efectos vocales.

Crítica

42. Symmetry: “Themes For An Imaginary Film” (Italians Do It Better)

Que me perdone el gran Cliff Martinez, pero cuando escuchas el inicio del disco ya rápidamente te das cuenta de que aquí identificas al máximo el sonido y la emoción de “Drive” con más sentido y coherencia que en el filme tal y como lo han querido los productores: no cuesta ningún esfuerzo visualizar a Ryan Gosling acariciando el volante con suavidad y elegancia con la policía pisándole los talones mientras suena “City Of Dreams” u “Over The Edge”. Inspirado por Moroder, Vangelis y demás alquimistas del sintetizador ochentero, de ritmo aplacado pero constante y transición fluida, “Themes For An Imaginary Film” es una orgía sensorial de synth-pop melancólico, beats tensos, melodías tristes y potencia evocadora que te predispone, y casi te obliga a ello aunque no tengas nada que hacer ahí fuera, a atravesar la ciudad de noche, ya sea en coche, corriendo o deambulando sin rumbo fijo con el único objetivo de no volver a casa. Es ésta la banda sonora de “Drive” como la visualizaban sus autores en su origen, pero también sirve y funciona como la banda sonora de esos momentos de soledad deseada, también necesaria, que de vez en cuando buscamos entre el tumulto, el tráfico denso y el agobio cotidiano en una gran urbe.

Crítica

41. X-TG: “Desertshore / The Final Report” (Industrial Records)

“Desertshore”, es la idea que empezó a gestar Sleazy en 2006 y que Chris Carter y Cosey Fanni Tutti completaron retomando las grabaciones e ideas donde se habían quedado antes de su muerte. Para ello se han rodeado de colaboradores de lujo: Blixa Bargeld de Einstürzende Neubauten, Marc Almond, Sasha Grey, el cineasta Gaspar Noé y el ubicuo Antony Hegarty. Lo de insuflar nueva vida al “Desertshore” de Nico es una tarea ardua: no en vano es el álbum más árido, difícil e icónico de la alemana, aquel con el que se propuso demostrar al mundo que había vida más allá de “Chelsea Girls” y, por supuesto, de la Velvet Underground. Pero si hay alguien que se podía atrever con ese álbum, es precisamente X-TG (Throbbing Gristle sin Genesis P-Orridge), que además han elegido con mucho tino a sus colaboradores. Es un acercamiento respetuoso pero curioso, y si bien se mantienen muy fieles al espíritu del álbum se atreven a dar su personal toque a la forma, haciéndolo a ratos más retorcido, a ratos más cáustico, más complejo, también.

Crítica

40. Julu & Jordash: “Techno Primitivism” (Dekmantel)

Si alguien se ha sentido arrastrado hacia este álbum del dúo israelí afincado en Ámsterdam esperando encontrar un homenaje a los viejos maestros de Detroit, quizá se lleve un fuerte decepción: rara es la ocasión en la que vuelan los sintetizadores por el espectro sonoro como si fueran sondas espaciales, y aunque los medios de grabación y producción son analógicos, rara vez transmiten esa nostalgia y dejà vu de las referencias de sellos como Metroplex. Lo que sí hay es un lenguaje que sólo se encuentra en los márgenes del techno innovador del momento y que poco tiene que ver con lo que suena en los clubes: Juju & Jordash son maestros en el uso del espacio hueco –a veces, el silencio envuelve a la música, y no al revés– y el emborronamiento del patrón 4x4. Cuando uno de sus tracks se embellece con pads cósmicos o una línea de bajo funky, siempre hay un recurso alrededor que añade un giro todavía más expansivo y complejo. Curioso título: este techno primitivo es, en realidad, el techno más insólito del momento.

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39. Nas: “Life Is Good” (Def Jam)

En “Life Is Good” no todo es brillo y excelencia, pero incluso con sus desperfectos es su disco más consistente y poderoso de Nas desde “Illmatic”. Puede dar la impresión de que el artista ha hecho un álbum deliberadamente nostálgico, pero en realidad la sensación es que se trata más de un proyecto de celebración de la vida. En cierto modo Nas viene a decirnos que a pesar de todos los problemas y dramas que se han sucedido estos últimos años hay motivos para estar satisfecho de lo conseguido y ser optimista de cara a lo que está por venir: la dura infancia revertida en éxito, celebridad y talento al servicio del hip hop, el recuerdo a los que se fueron y los que siguen, los hijos como legado personal incomparable, los buenos instantes de una relación truncada y las ganas de volver a ser el mejor. En “Life Is Good” hay dolor, melancolía y algún ajuste de cuentas, pero por encima de todo un convencimiento: pese a todo, la vida puede ser maravillosa.

Crítica

38. DIIV: “Oshin” (Captured Tracks)

Al no conocer el background previo de Zachary Cole Smith y que éste, además, no fuese partícipe de la grabación de los temas de Beach Fossils, se hace difícil predecir si el chico ya tenía predilección por ese indie-rock de guitarras, de herencia jangle y buenas dosis de reverb, o es que el hecho de haber tocado tanto con la banda neoyorquina le ha servido como fuente de inspiración. Hay puntos de “Oshin” en los que las diferencias entre una banda y otra son apenas imperceptibles, aunque sí que es cierto que aquí se apuesta fuertemente por las guitarras y por un sonido algo más intenso. Los cuatro miembros de la banda, cada uno con su respectivo signo acuático a tenor de su gestación astrológica, funcionan como un engranaje perfecto en temas como la redonda “Doused” en la que se resume todo lo anteriormente mencionado y abraza, ya de paso, el post-punk.

Crítica

37. Dirty Projectors: “Swing Lo Magellan” (Domino)

Vibrante aunque algo asceta si lo comparamos con sus predecesores, “Swing Lo Magellan” por fin nos permite tachar a Dirty Projectors de accesibles. Es su disco “de canciones”, el que descarga al grupo del peso de conceptos narrativos como dedicar un álbum a Don Henley o revisar otro de Black Flag en pos de algo más simple. Depuradas de entre un listado de 70, sus doce canciones ya han despertado comparaciones con “White Album” y con el “John Wesley Harding” de Dylan por su carácter desengrasante. Se libran de la densidad para quedarse únicamente con las herramientas necesarias, las más rudimentarias. Secos juegos de palmas que hacen que los temas parezcan más hojarasca que flores carnívoras y la voz, que se consolida tanto al frente como en el fondo con esos coros femeninos creando capas y con la garganta de Longstreth ganando en expresividad.

Crítica

36. Brian Eno: “Lux” (Warp)

“Lux” es asombrosamente similar a “Discreet Music” y “Ambient 1: Music For Airports”, es el spin-off tantas veces aplazado por Eno durante más de 30 años a la que puede considerarse una de sus obras maestras del top 5, y esa, que podría ser su debilidad –la falta de originalidad–, es en realidad su fuerza. El ambient nunca nació para ser creativo, sino para ser expansivo, para acompañar la lectura, el pensamiento o la tarea trivial, para dotar de contenido y alma al prescindible muzak, y las cuatro secciones de “Lux”, que en total suman casi 80 minutos, se asoman como un “Music For Airports” redoblado, expandido, maximizado: si cada segundo es un gozo, la suma total de su extensión se convierte en una burbuja de paz y ataraxia, en la que no pasa nada, y eso es precisamente lo que debe suceder.

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35. Liars: “WIXIW” (Mute)

En “Wixiw” apenas hay sobresaltos emocionales ni fosas sónicas insondables, como sucedía con “Sisterworld” (Mute, 2010). De hecho, la única concesión que hay a ese sonido metálico y alienante tan característico de “Sisterworld” es “ Octagon”, que también contiene referencias a otro de los grandes discos del grupo, “Drum’s Not Dead” (Mute, 2006). Uno de los grandes aciertos del álbum es saber encontrar un equilibrio entre los instrumentos analógicos y los secuenciadores, logrando innovación sin traicionar el sonido característico de Liars, ese sonido escurridizo y que se niega a ser encasillado pero que de alguna manera los hace reconocibles ipso facto.

Crítica

34. Schoolboy Q: “Habits and Contradictions” (Top Dawg Entertainment)

El sonido del álbum es crudo y directo, pero al mismo tiempo muy ecléctico. Diríamos que queda a medio camino entre el G-Funk californiano –puesto al día, eso sí– y los beats futuristas. Otro de los zénit de su álbum es “Hands On The Wheel”, a medias con A$AP Rocky, un tema en el que muestra su fino olfato para el público blanco alternativo: sample de Lissie –una cantante indie– versionando el “Man On The Moon” de Kid Cudi –un rapper emo–, guitarras destempladas sobre una Roland 808 trotona, y una letra que hace apología del botiquín, un auténtico tratado sobre todas las maneras posibles de acabar la noche con un morado de aúpa. No todo es hedonismo y narcóticos, claro: aquí también existe el lado tenebroso.

Crítica

33. Chairlift: “Something” (Young Turks)

Cargado de temas complejos pero directos, “Something” es un disco reversible para noche y día, para el club y para la oficina, perfectamente aliñado para ser tendencia por los productores Alan Moulder y Dan Carey. Sus mejores temas son los más verticales, los más ricos en esas texturas asilvestradas que estallan en segundo plano de la mano de Wimberly, multiinstrumentista y colaborador de los divertidísimos Das Racist. Hablamos de temas como “Sidewalk Safari” y la hidráulica “Wrong Opinion”, con las que el disco comienza por todo lo alto, o también de la trabajada “Amanaemonesia” y de esa fabulosa “Met Before” que podrían haber escrito Altered Images hace veinticinco años o Love Is All hace dos. Chairlift saben jugar muy bien sus cartas. Objetivo: mantener al oyente siempre alerta en un disco sexy, crujiente y sabroso que está cargado de sorpresas.

Crítica

32. Traxman: “Da Mind of Traxman” (Planet Mu)

Hay en este “Da Mind Of Traxman” un aire jazzístico y una indiscutible apertura de miras respecto al patrón clásico del footwork, un género típicamente ghetto que Mike Paradinas sacó de la periferia con su sello y que el año pasado comenzó a expandirse mezclándose con otros géneros. El LP de Traxman sería la culminación de esta pequeña revolución estilística: salvando las distancias, podría ser al género lo que “Metaphor” de Kenny Larkin (R&S, 1995) fue al techno de Detroit o “One World One Future” de Armando (Radikal Fear, 1996) al house de Chicago. En primer lugar, llama la atención el derroche de samples utilizados: siendo ya el footwork un estilo basado en dicha técnica, su compañía discográfica se debe haber gastado un riñón en licencias, pero la inversión ha valido la pena.

Crítica

31. Vessel: “Order Of Noise” (Tri Angle)

La textura de “Order Of Noise” está en la intersección que, hipotéticamente, pudieran ocupar en un sistema de conjuntos el dubstep crepuscular de Burial, el techno desnudo y no-euclidiano de Actress y la sensación de calma tensa de una grabación ambient de Echospace. El punto fuerte de Vessel no son las voces –y, sin embargo, es con una voz con la que abre el disco, en el mismo comienzo de “Vizar”, para luego dejar de usarlas apenas–, sino las superficies porosas y húmedas sobre las que va formando pequeños valles y cordilleras rítmicas. En sí, el álbum está perfectamente estructurado y meditado: tras la breve introducción –que, ya se ha dicho, amaga una influencia R&B, o dream-pop dramático, que remite tanto a su pasado como productor como al presente directo del sello que le aloja ahora–, llega “Stillborn Dub”, otro corte que amaga una intención –la voz, un lamento, es muy Burial– para acabar siendo otra cosa: una toma de dub siniestro, metalizado, que tiene más que ver con la tensión de Sheffield (la sombra de Cabaret Voltaire, alargadísima aquí) que con la melancolía de Bristol.

Crítica

30. Killer Mike: “R.A.P. Music” (Williams Street)

Lo mejor que se puede decir de “R.A.P. Music” es que es un disco valiente. Líricamente, porque aborda conflictos y temas de dimensión social y política sin conformarse con la exposición de una visión arquetípica o predecible. Musicalmente, porque propone un reto de altura: integrar un sonido a priori muy alejado de las coordenadas expresivas del rapper, ese mundo desordenado y amenazante creado por El-P, y que el experimento funcione como si no fuera la primera vez que sucede. Y artísticamente, porque supone el definitivo despegue de un rapper excelente, en permanente fase de progresión y crecimiento, que necesitaba dar con un álbum de esta trascendencia y corpulencia expresiva para presentarse al mundo, o cuando menos a aquellos que no le conocían, como una de las figuras más completas del panorama hip hop actual.

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29. John Talabot: “fin” (Permanent Vacation)

A propósito de John Talabot, siempre se habla de la luz. De los veranos y las sonrisas, de toda esa cosa feliz que sugiere la música despreocupada con abundancia de sintes claros y ritmos que parecen sacados de una selva en miniatura. Su progresión no se puede entender sin repasar primero aquel “Sunshine” (Hivern, 2009) que le situó en el mapa del revival house en Europa, con su crescendo al borde de la euforia, pero hay más –y menos obvio– en este álbum de debut, un “fin” que obliga a reexaminar su estética, sus intenciones y su forma de conducirse en el estudio. No es un John Talabot distinto al que habíamos escuchado en los EPs previos, pero sí es ahora un artista completo, con más posibilidades y más variado que el que habíamos conocido.

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28. Grizzly Bear: “Shields” (Warp)

En 2012, la banda que alguien describiera en su momento como “los Tortoise del indie-pop” quedaría mejor bautizada como “los Radiohead del renacer psicodélico”. Las lecciones que aprendieron del grupo de Oxford en su gira conjunta por Estados Unidos durante el verano de 2008 ya asomaron en entregas anteriores, pero ahora se plantan sobre la mesa con destreza de cirujano en temas como la mencionada “Yet Again” –una pica en territorios conquistados por discos como “Hail To The Thief” (2003)–, situándoles espiritualmente muy cerca de otros especialistas en eso de hacer florecer al rock en laboratorio como podrían ser Mark Linkous o Jim O’Rourke. La comparación con Radiohead es la que provoca la lectura más interesante de todas, ya que además de la riqueza creativa que comparten, arroja luz sobre un interesante debate que plantea si Grizzly Bear llegarán o no algún día a llenar estadios.

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27. El-P: “Cancer For Cure” (Fat Possum)

Barroquismo extremo, sobredosis de samples, guitarras distorsionadas, teclados mareantes de serie Z, horror vacui patológico: las constantes del virus El-P están aquí, pero esta vez la enfermedad entra en el organismo con mayor elegancia y refinamiento. Es ahora, sobrepasada con creces la treintena, cuando su sonido alcanza un equilibrio perfecto entre letra y sangre. Es su paranoia a todos los niveles, por supuesto, pero evolucionada coherentemente hacia una versión en la que letra y armatoste musical encajan como piezas de Lego talladas en la fábrica de Lladró. En el apartado de los beats, la conclusión es obvia: el tío está en forma. Mucho. Capas de sonido superpuestas, ecos interminables, golpeos metálicos aplastantes, samples densos, efectos de sonido que se la pondrían dura a Rob Zombie: esto es un festín.

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26. Bat For Lashes: “The Haunted Man” (Parlophone)

Aunque hay momentos menos inspirados, como “A Wall”, una pieza de synth-pop frío y algo convencional que surge, probablemente, después de repetidísimas escuchas a Depeche Mode cuando versionó su “Strange Love”, “The Haunted Man” se recupera rápidamente. Primero con “Rest Your Head”, que casi se acerca a la dark-wave con unos coros siniestros de esos que tanto ponen a las nuevas divas góticas como Austra. Una pieza que, como “All Your Love”, será de las favoritas entre aquellos que busquen baile (de hecho, reclama a gritos una enorme remezcla como la que han hecho Hercules & Love Affair de la anterior). Y, ya por último, con “Deep Sea Diver”, un corte que aúna todas las cualidades de una Bat For Lashes que se confirma gracias a este trabajo como el gran relevo, dentro del pop excéntrico, de una Björk ya lejos de la cima creativa que alcanzó a principios de la pasada década.

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