Listas

Resumen 2013: claves musicales de un año demasiado chungo

O las observaciones de Javier Blánquez para ayudar a comprender cómo ha sido 2013 en lo musical: un año extraño, oscuro y de transformaciones hacia lo desconocido

Tras la ristra de listas, es momento de reflexionar a fondo con una panorámica-resumen de ideas, conceptos y corrientes que han sido relevantes en los últimos meses: 2013 ha sido un año de rompecabezas, oscuridades, depresiones y evoluciones hacia lo desconocido. ¿Quién dijo miedo?

Para empezar, habría que hacerlo por el fin.

1. El (¡argh!) fin del mundo

El año 2012 se acabó con una cierta sensación de alivio: del fin del mundo que nos auguraba la profecía maya pasamos a lo de siempre, a un mundo estable en su decadencia que quizá se termine algún día, pero no será mañana. En cualquier caso, si empezamos a pensar seriamente en lo que ha ido ocurriendo desde aquel 21 de diciembre del año pasado –el emblemático solsticio de invierno– y hasta este día, no hay muchos motivos para celebrar ni darse palmaditas en la espalda. Aquel fue un año difícil, pero éste lo ha sido peor: ni que sea a efectos domésticos, y sin olvidar que lo que ocurre dentro de nuestras fronteras no deja de ser un eco o un reflejo de lo que ocurre a escala global, la sensación es de un pesimismo atroz, al borde de la depresión de caballo. Nos dicen que iremos a mejor, pero no, no lo parece. Nos dicen que todo se solucionará, pero las soluciones están lejos, en otra vida. Sobre todo, lo que nos dicen es que algún día volveremos a ser lo que fuimos, pero suena a promesa hueca, a consuelo de tontos: el mundo ha cambiado y se está volviendo algo distinto. Mejor o peor, el tiempo lo dirá.

Esta introducción no es caprichosa. La transformación acelerada del mundo que venimos sintiendo desde la irrupción de dos fenómenos cruciales de nuestro siglo –el 11-S y el avance imparable de internet como el medio fluido que sustituye la realidad material como espacio de nuestras vidas, lo que nos acerca inquietantemente al temible escenario de películas tipo “Ghost in the Shell”, a menos que uno tenga la valentía de desenchufarse–, esa transformación, decíamos, también tiene un reflejo en la cultura. Lógicamente. En la música, en particular, 2013 ha sido un año de batalla campal de ideas y de ausencia de certezas en las que poder confiar. Aunque parece que todo sigue igual que siempre y conservamos el modelo de antaño, con su constelación de estrellas, una escena independiente o ‘alternativa’, unos canales y un público, todos esos factores de la ecuación están sufriendo también unas metamorfosis más dramáticas que las versificadas por Ovidio. El mundo de la música se parece al de la economía real: los ricos son más ricos –no únicamente en dinero, sino en monopolio del espacio: Beyoncé, Kanye West, Miley Cyrus, Daft Punk–, y los pobres son más pobres –ese underground de pequeños milagros, de artistas de un solo EP, de promesas de un solo remix, de artesanos con un álbum fabuloso que se perderá como una gota en el mar–. Detecto, precisamente, un futuro que puede ser como el océano o, peor aún, como el universo: en expansión, cada vez más grande y ancho (y más frío), sin un centro fijo, sin un lugar al que agarrarse, todo a la deriva reclamando una atención efímera. En 2013 han brillado con fuerza algunas supernovas, pero la gran realidad de la música en este año ha sido polvo cósmico o, peor aún, materia oscura.

2. La materia oscura

La materia oscura sería, por ejemplo, la de discos como el de Kerridge ( “A Fallen Empire”), el de The Stranger ( “Watching Dead Empires in Decay”) o las dos sensacionales ediciones del sello Tri Angle este año, el “Engravinds” de Forest Swords y el “Excavation” de The Haxan Cloak. Más allá de la coincidencia en los títulos de Kerridge y The Stranger, con sus alusiones a la caída de los imperios, que se puede asociar con el declive de nuestra civilización que se anuncia desde hace décadas, probablemente desde Spengler, y que tiene que ver con mucho de lo apuntado arriba: la ausencia de puntos de referencia claros propia del pensamiento post-moderno, la falta de estructura y orden. Pero, sobre todo, el escaso proyecto de futuro que hay más allá de la supervivencia. Gran parte de nuestra cotidianidad se concentra en satisfacer lo inmediato, en preocuparse por el presente, saturado de urgencias y problemas, sin tener como prioridad el futuro, algo clave en la misma idea de civilización, una de cuyas cualidades elementales consiste en que está hecha para durar: todos estos discos son un retrato del pesimismo del momento. Se ha reducido la música utópica o escapista –la feliz excepción sería el “R Plus Seven” de Oneohtrix Point Never– y se ha incrementado la cosecha oscura que habla metafóricamente de un mundo cruel.

3. Depredación online

A medida que somos más pobres (toda la sociedad en conjunto) y está hipotecado nuestro futuro (por la deuda, o porque fallan las viejas estructuras y no encontramos las nuevas), la atención se concentra en lo instantáneo. No pensamos, no exigimos, nos conformamos con el instinto reptiliano del aquí y ahora. La música en 2013 ha sido un reflejo de este apresuramiento: se atiende poco a la construcción y se centra todo en la depredación. Satisfacción inmediata, botín rápido, huida veloz: mientras desaparecen tiendas y todo se ubica en la nube, la única manera de llamar la atención es confiando en el marketing viral. Los nombres que han hecho más ruido son también los que han chillado más alto: la turra promocional de Daft Punk en la que se dosificaba la info sobre su decepcionante “Random Access Memories” como si fuera el sumario del caso Nóos en manos de Eduardo Inda, o, en el extremo contrario, la costumbre cada vez más extendida de sacar los discos por sorpresa, sin anunciar, confiando en que la red extienda el mensaje como la mancha de un petrolero quebrado para ahorrar en notas de prensa, publicidad convencional y otras herramientas de la mercadotecnia de toda la vida (la apoyada en el dinero). Con la contrapartida, claro es, de que en la inmensidad de internet, que es tan grande como el cosmos, incluso el brillo de las explosiones de galaxias es efímero: una semana después de que Beyoncé sacara su quinto disco sin previo aviso, éste ya es agua pasada. En la red, como en el espacio de Alien, nadie puede oír tus gritos. Ahora todo dura nada: como un depredador que caza su presa, la devora y se va. Sólo queda un despojo pudriéndose al sol.

4. Miley como (mal) síntoma

"Se lleva la atención no quien más razón tiene, sino quien grita más alto"

En todo esto, el síntoma principal se llama Miley Cyrus. Es el personaje del año, desgraciadamente, porque el resumen del vacío y el aborregamiento se concentra en ella y en sus circunstancias. De nadie se ha hablado más que de la ex niña Disney, pero toda la conversación sobre sus porritillos encendidos en el escenario de Ámsterdam, sus retregones con Robin Thicke (otro cantamañanas) en MTV, su lengua al viento y sus dos pezones a la intemperie ha sido para disimular que, imagínese usted, la niña había publicado un disco del que nadie ha hablado, aunque contuviera un par de canciones de mérito. Miley Cyrus es el resumen de la polaridad de estos factores: gente que va a cholón a las cosas, que consume la música como anécdota –que es la misma gente que lo consume TODO como anécdota–, y que se hace eco de unos escándalos de cuarta categoría que tampoco eran nuevos (sólo había que seguirle el rastro desde “Party in the USA”, donde lucía muslera; estaba todo anunciado ahí, la escalada de la provocación sexual no pudo pillar desprevenido a ningún observador atento–, y gente que rechaza este modelo de stardom por aburrido, más visto que los calzoncillos de Boris Izaguirre –hola, ¿recordáis a Madonna y sus fotos enseñando matojo en los 90?– y completamente previsible, gente que ha detectado en estas prácticas una manera burda de llamar la atención en un momento en el que la realidad se parece a una tertulia con Francisco Marhuenda y Elisa Beni: se lleva la atención no quien más razón tiene, sino quien grita más alto. Lo mismo podría decirse de Justin Bieber y su deriva de niñato consentido, liándola en aduanas, prostíbulos (también llamados lupanares) y hoteles. Así es como se ha representado la fama en la música de 2013. O sea, mal.

5. La guerra

"El nuevo EP de Burial: ¿otra genialidad o una deriva impropia de su talento? También ha generado una polarización, como la de las dos Españas de Machado, difícilmente conciliable"

Como no tenemos a dónde agarrarnos, muchas veces no podemos coincidir en valorar adecuadamente algunos productos relevantes del momento. ¿El “Yeezus” de Kanye West es realmente el disco del año? Hay quien lo ve como un capricho no demasiado novedoso y que en absoluto cambiará las reglas del juego –igual tiene que pasar tiempo, pero por de pronto no se ha notado su influencia ahí fuera, como si sólo existiera en la cabeza de algunos, pero no en el corazón de muchos–. Pero también hay quien lo toma como una excentricidad incomparable de un creador fuera de lo común. Ambas posiciones son legítimas, incluso ciertas. El nuevo EP de Burial: ¿otra genialidad o una deriva impropia de su talento? También ha generado una polarización, como la de las dos Españas de Machado, difícilmente conciliable. Lo de Daft Punk y “Get Lucky”: ¿es una obra descarada y fresca, o un insulto retrógrado? Cada cual tiene su opinión, pero tiempo atrás, cuando aparecían los discos importantes o esperados, el consenso en una u otra dirección parecía alcanzarse con cierta velocidad, los clásicos se detectaban y se canonizaban a las pocas semanas –y no únicamente entre la comunidad de críticos, hoy tan residual, sino entre grandes masas de público–, mientras ahora todo queda en una imprecisa tierra de nadie. Como refutación (particular) a esta idea, tengamos también en cuenta el caso de Skrillex: de ser considerado como un Atila para la república del techno (parafraseando a Napoleón a las puertas de la Serenísima), así como el hombre que degradó la música electrónica de baile (y que comenzaba el año con un maxi ridiculizado desde muchas tribunas, ese “Leaving EP” que copiaba mal a Burial), ha acabado 2013 envuelto en un aura creciente de respeto, quizá en contraste con una EDM peor en general –el consuelo del mal menor–, o quizá por la pátina cool que le otorgaba haber entrado mano a mano con Cliff Martinez en la BSO de “Spring Breakers”. Veremos si muchos de los debates abiertos se cierran de manera coherente, o se quedan colgando en la imprecisión, como aquel sobre los ángeles en la vieja Bizancio.

6. El mainstream del que nadie habla

"La sensación de fuerza del actual deep house palidece ante el antiguo sonido de los 90, pero ha clavado su bandera en el mainstream gracias al efecto de uno de los nombres importantes del año: Disclosure"

Ciertamente, hay algunas escenas consolidadas, coherentes y sólidas en este 2013. Al margen de la EDM americana, que no deja de ser una versión expandida y mejorada del dance mainstream de los últimos 20 años –anunciado en televisión–, y que seguirá experimentando sus transformaciones periódicas durante largo tiempo (y que en este caso avanza sin prisa pero sin pausa a la conquista del mundo entero, como metonimia del capitalismo financiero), lo que se ha consolidado hoy es el deep house como opción de consumo en el clubbing ‘sofisticado’. Era una línea de evolución recta y directa que venía apuntándose desde hacía tiempo, pero en 2013 ha cuajado al coincidir en un mismo espacio diferentes frentes que deambulaban por caminos cercanos: lo que nos queda del minimal de la década pasada, la parte más delicada del revival techno de Detroit, y el garage británico. El problema es que la sensación de fuerza del actual deep house, sonido de moda en Ibiza, en clubes midstream y también en las cortinillas de televisión, palidece ante el antiguo sonido de los 90 –más creativo, más elegante, sin tanta polilla–, pero ha clavado su bandera en el mainstream gracias al efecto de uno de los nombres importantes del año: Disclosure. Lo de los hermanos Lawrence tiene dos lecturas: por una parte, la textual, con un disco ( “Settle”) que rebosa de hits y canciones memorables, pero por otra la metafórica, o este sonido deep house-garage-pop como un síntoma de que lo que nació un día libre y original en el underground camina hoy decididamente hacia la popularización clónica. No tardaremos en encontrar imitadores a mansalva que desvirtúen el mensaje positivo de Disclosure, un dúo llamado a conquistar el éxito y, si no saben maniobrar como corresponde, a morir con él.

Lo interesante del deep house es cómo su éxito creciente viene acompañado también de ese underground que palpita en paralelo. Algunos de los mejores discos electrónicos de este año, salvando a las vacas sagradas que han dejado constancia de su alto nivel –nadie tose a James Holden, Boards of Canada, Jon Hopkins, Burial (servidor está dispuesto a partirse la cara a mandobles con el primer hater que pase, hasta la última gota de sangre), Mark Pritchard, OPN, veteranazos en su madurez–, vienen de productores todavía incipientes que han optado por explorar el lado oscuro del house. Si en el extremo del lujo se ha optado por un sonido pulido y aséptico, con bajos rotundos que huelen a WC desinfectado, en las profundidades en las que operan gente como Huerco S., MadTeo, Torn Hawk, Tuff Sherm y los últimos descubrimientos del sello Werk, como Helena Hauff o Moiré, e incluso en el extremo más experimental del sello PAN (Heatsick), la estética es distinta, más de letrina inmunda, de esas de cagar de pie en un agujero: deliberadamente sucia, lenta y polucionada con sonidos aleatorios, de esquemas rítmicos irregulares, de masterización deficiente pero energía cruda, una baja fidelidad generalmente analógica que unifica lenguajes derivados del techno y el house primigenios con recursos en boga como los drones, los sonidos encontrados y la sensación de borrador, de primer descarte dado por bueno. Música imperfecta que transmite una energía en desarrollo. No es cierto que no haya futuro: aquí se atisba un rastro. Ellos han sido este año al house lo que Vatican Shadow en 2012 al techno: la salvación, la esperanza.

7. Discos imposibles

El grueso de la música difundida en 2013 se corresponde con una idea de normalidad: buenos artefactos en contextos conocidos. El debut de Chvrches es asombroso en su eficacia, en sus grandes canciones, perfecto código synth-pop. A pesar de la ola de rechazo que han generado también, Haim tienen algunos de los mejores estribillos de la temporada, una frescura que aflora sólo muy de tanto en cuanto, además de una batería de hits que no se los salta un galgo: refrescan más que la brisa marina. El de Vampire Weekend también es perfecto en sí mismo, es la culminación de la forma de un pop que no se acaba de decidir entre la euforia y la introspección, entre avanzar por la vía adulta o resistirse a salir de la juventud, que es lo mismo que elegir la vida (como en “Trainspotting”, pero sin jaco). Por eso, un título como “Shaking The Habitual” de los hermanos The Knife choca tanto: junto a tantos discos posibles y deseables, junto a tanta perfección moral y formal, éste es un monstruo que sólo puede salir de una mente oblicua, trastornada o deliberadamente retorcida. En un universo lógico, no existiría. Pero este universo se deshace. Si “Yeezus” ya es imposible a su manera, “Shaking The Habitual” rompe todo los códigos conocidos: como formato pop es de una ciclotimia desconcertante; como experimento ruidista exhibe una decidida predisposición a alterar los nervios; como incursión en la música de baile es una especie de techno para torcer tobillos. Cuando no hay reglas, lo mejor es violarlas todas, y eso han hecho The Knife. En un formato rock habría que ir a buscar ese atrevimiento y valentía únicamente en “Reflektor”, o Arcade Fire apostando fuerte, que al final resultó ser tan grande e imponente como se había adivinado tras la escucha del primer single. Sólo había que darle unas escuchas y un voto de confianza. Nos falta paciencia a veces.

8. 2014: objetivo R&B

De las corrientes consolidadas en 2013 que deberían encontrar mayor público en el año que entra, la que tiene más números para triunfar es el R&B alternativo. La madurez absoluta del género no se ha alcanzado todavía, huele a que hay más, que tiene que haber alguna sorpresa cociéndose en el sótano de la música negra. No puede ser que el potencial del género se haya detenido aquí: el álbum de The Weeknd no dio todo lo que se esperaba de él, ni tampoco en el caso de AlunaGeorge. Tampoco ha aparecido el nuevo trabajo de Solange, aunque sí una recopilación de debutantes frescos –Kelela, Petite Noir– en su sello Saint Heron. Incluso in extremis Beyoncé ha apelado a una nueva sensibilidad en el pop zaíno con su valioso álbum de hace unos días, al que le faltan hits pero le sobra categoría. Y para Drake, que ha mantenido el tipo la mar de bien con “Nothing Was The Same”, un artefacto resistente a las bromas sobre su blandura, y que tampoco es el final del camino: las vías que quedaron abiertas en 2011 con las mixtapes de The Weeknd y su propio “Take Care” todavía tienen que explicarnos cómo será el mainstream de calidad de los tiempos por venir, todo ello mientras en la sala de máquinas se van reforzando las influencias que en breve deberían transmitir las obras antiguas de Prince, que podría ser el equivalente a Sade –referencia básica en Rhye, inc. y otros grupos delicados a medio camino entre el pop y el R&B– en los próximos meses.

9. España electrónica

Una nota de optimismo para acabar, en medio de este panorama ruinoso, desolado, como una Palmira post-capitalista descubierta entre las arenas por un nuevo Conde de Volney: el salto de calidad de la escena independiente española ha sido inmenso en 2013, pero ha llegado a través de la cuenta pendiente que teníamos, la de la música electrónica. Aún no estamos en ese paraíso en el que los productores nacionales dan forma a su propia escena envidiada en todo el mundo y conquistan, como antaño los Tercios de Flandes, diferentes territorios allende nuestras fronteras. Pero la cohesión del sonido, las intenciones y la calidad final que despliegan sellos como Hivern o Arkestra, y productores como Henry Saiz, John Talabot, Alizzz, BFlecha, Mark Luva o bRUNA, no se había dado antes con tanta madurez y conexión con los aires del presente como antes. Los brotes verdes tardaremos en verlos en la economía real, pero en la música hace tiempo que vienen haciendo una fotosíntesis depuradísima. Y ahora que entra 2014, sólo queda decir lo que los diestros antes del paseíllo: que Dios reparta suerte.

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