Listas

Resumen 2012 en España: los mejores álbumes nacionales

Selección de los 40 principales de la escena independiente española

Ha llegado el momento de revisar a fondo la cosecha nacional en materia de álbumes. En lo que viene a continuación podrás echarle un ojo a los 40 discos más destacados del año en España: variedad y amplitud de géneros en una temporada que tiene un claro vencedor.

En nuestro repaso a 2012 en España, llegamos al momento cumbre, a la lista de los LPs nacionales que más apoyo han recibido –tanto en votos como en escuchas– por parte de los redactores y colaboradores de PlayGround. Ha sido un año plagado de buenos títulos, tantos que para ser justos con la gran mayoría de artistas que se han dejado la piel por hacer obras memorables, hemos tenido que expandir la lista, de los 30 del año pasado a los 40 que ahora puedes consultar. 40 principales de la escena independiente que empezamos a repasar justo ahora, en una vertiginosa cuenta atrás que nos lleva al primer puesto.

40. Los Evangelistas: “Homenaje a Enrique Morente” (Sony Music)

Decía Morente que se sentía más aceptado por el público del rock, y sus colaboraciones con Los Planetas, Lagartija Nick y los mismísimos Sonic Youth así lo atestiguan. Tal vez por eso no debería sorprender a nadie que el primer homenaje que recibe Morente sea de la mano del alma máter de Los Planetas (Jota, Florent y Eric) y Lagartija Nick (Antonio Arias y de nuevo Eric, que ejerce de batería en ambos grupos). Imitar a Morente o tratar de grabar otro “Omega” habría sido una misión suicida, así que lo que han hecho estos Evangelistas ha sido optar por una vía intermedia: en “Homenaje a Enrique Morente” se nota la sombra del cantaor, pero las canciones llevan el sello indiscutible de Los Planetas y Lagartija Nick. La excepción son las “Alegrías De Enrique”, una canción tradicional que Jota y compañía llevan a su terreno con esas guitarras densas y distorsionadas tan características de Los Planetas.

Crítica

39. I Am Dive: “Ghostwoods” (Foehn)

Con el frío ya calándonos los huesos, no había mejor momento para poder catar el debut en largo de I Am Dive, después de que durante los últimos meses ya nos empezáramos a familiarizar con ellos tras cuatro EPs que marcaban la guía espiritual de estos nuevos doce temas. Los sevillanos Esteban Ruiz (a quien deberías conocer por su presencia en The Baltic Sea) y José A. Pérez (quien ejerce de guitarrista para Blacanova) unen sus fuerzas para proyectar canciones que escupen dramas cotidianos, preciosísimas fábulas de corazones extirpados quirúrgicamente por el desamor con las que desde el primer segundo uno es capaz de empatizar. Porque de esto trata buena parte de “Ghostwoods”, de las vivencias más sentidas que recientemente ha sufrido Esteban (encargado de firmar todas las letras), las mismas que le han llevado a escupir toda su tristeza tomando como punto de partida a artistas como los noventeros Red House Painters o nuevos iconos de la tristeza como Bon Iver o Jose Gonzalez.

Crítica

38. Toundra: “III” (Aloud)

El hecho de que renuncien conscientemente de cualquier resquicio vocal les convierte en una de nuestras mayores raras avis nacionales. Da igual que se les emparente con el post-punk o cualquier otro género que haga de los estímulos instrumentales su razón de ser. La banda, que ha luchado con arrojo por su leal tropel de fans, en este “III” que nos ocupa mantiene intactas sus señas de identidad (a saber: bajos profundos, melodías progresivas que se desenvuelven como un feroz carrusel y atmósferas eléctricamente opacas), No obstante, a diferencia de aquel “II” que jugueteaba con lo mestizo, en esta ocasión todo suena muchísimo más compacto y portentoso que nunca. Sí, sólo hay seis temas, pero no ha sido invitado al festín ni un minuto que sobre.

37. Aries: “La Magia Bruta” (BCore)

Aries es Isabel Fernández Reviriego, Isa, ex Charades. Incapaz de aceptar que la cosa se había acabado ahí, que con el fin de Charades debía despedirse de su revoltoso pop de raíces sesenteras, Isa decidió poner en marcha un nuevo proyecto para el que cuenta casi exclusivamente con su hermana Virginia, que se atreve con la batería. Ya no está en Madrid, ahora está en Vigo (atentos, porque incluso le ha escrito una canción de despedida a la ciudad), pero sigue escuchando sin descanso a los Beach Boys, Os Mutantes y The Zombies (sus bandas de cabecera), aunque ahora también se deja influenciar por Caetano Veloso. El resultado es un delicioso compendio pop de aire psicodélico (breve pero intenso, ganando en percusión y armonías vocales) llamado “La Magia Bruta”. Suena más íntimo, aunque igualmente juguetón (con esas ranas de madera que fueron souvenires y ahora hacen las veces de castañuelas en “Los Dos”). El espíritu Charades sigue presente.

Crítica

36. Oscar Mulero: “Black Propaganda” (Warm Up Recordings)

El Mulero de “Black Propaganda” ha reaparecido con sangre en la dentadura y ojeras, ha desempolvado el espíritu tenebrista de antaño y lo ha inoculado en un formato repetitivo, gélido, maquinal y muy, muy básico. Los que esperen una sinfonía barroca de hard techno a toda velocidad es que no le conocen. Los tiempos del hard techno primigenio han pasado, y las aventuras actuales del madrileño, aunque cargadas con la misma inquina, rezuman una maestría asombrosa en la creación de atmósferas y extirpación de melodías con lo puesto. Mucho más desnudo que su anterior LP, reducido a poquísimos elementos e hinchado de loops que se repiten hasta la locura, “Black Propaganda” es una de las obras más maduras, complejas y desoladoras del currículum de Mulero. Está lleno de aristas, charcos congelados, tristeza y bilis industrial. Mulero ha pulido su lado oscuro hasta lo indecible, sirviendo a sus víctimas un caldo negro, tóxico y venenoso de techno glacial, inmisericorde.

Critica

35. Anni B Sweet: “Oh, Monsters!” (Subterfuge)

¿Volantazo? ¿Qué clase de volantazo? Oh, será mejor que empecemos por el principio. Y podríamos empezar diciendo que “Oh, Monsters!” apenas roza el folk (que sí, que por momentos incluso se sumerge de lleno, pero que lo hace de otra manera, como en la profunda y portentosa “Monsters”, en la que Anni explora hasta el último matiz dramático de su angelical voz), porque “Oh, Monsters!” es sobre todo (dream) pop. La clase de disco que amarían, por un lado, Stuart Murdoch (la mitad de Belle and Sebastian que firmó el etéreo “God Help The Girl”) –sería el lado de la melancólica “At Home” y la pretendidamente ingenua y ronroneante (y por momentos incluso sideral) “Missing A Stranger”–, y por otro, los chicos de Camera Obscura (en especial, Tracyanne Campbell), el lado de la sinuosa “Catastrophe Of Love” y la estelar y perfecta “Closer”, una versión menos sofisticada y terrestre de Beach House.

Crítica

34. Ferran Palau: “L’Aigua del Rierol” (Amniòtic Records)

Hay discos que funcionan como pequeños bálsamos sonoros a los que cualquier palabra o adjetivo se les queda corto para explicar lo que desprenden. Para disfrutar como es debido de “L’Aigua Del Rierol” hay que cerrar las cortinas, rehuir de cualquier estímulo tecnológico que pueda estropearnos la meditación contemplativa y, lo más importante, cerrar los ojos para dejarse seducir por esta obra de artesanía folk. Ferran Palau, una de las seis almas de Anímic, debuta en solitario con un trabajo que se vale de la metafórica naturaleza inherente de Collbató para contar un cuento en el que la vida y la muerte se cogen de la mano como recursos universales. Los riachuelos, los alces o las tierras domadas por el trigo que se suceden en los títulos de estos temas no deben interpretarse como un ejercicio de cursilería, sino como el escenario en el que se enmarcan delicadas postales poéticas que a todos pueden salpicarnos. Retomando las sonoridades más pastorales de los dos primeros discos de Anímic, Palau ha renunciado a cualquier estímulo eléctrico para firmar una serie de canciones desnudas que huelen a madera.

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33. Aliment: “Holy Slap” (La Castanya)

La banda de Girona se ha estrenado en largo y lo hacen con un álbum anfetamínico, garagero e imbuido hasta la médula del espíritu punk-rock de Ramones: canciones breves y directas, como un tiro, que no dan un respiro y que se suceden a la velocidad de la luz sin dar tregua. Aliment recuperan la mejor tradición de ese rock sucio, gamberro y juvenil cuya única pretensión es la diversión, sin coartadas de ningún tipo: hedonismo en estado puro. No inventan nada ni lo pretenden: lo suyo es ceñirse a un guión que lleva escribiéndose décadas pero que sigue funcionando pese al tiempo, tal vez porque la juventud tampoco ha cambiado tanto, tal vez porque hay estilos que están llamados a permanecer estáticos e inmutables para sobrevivir.

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32. Bradien + Eduard Escoffet: “Pols” (spa.RK)

El segundo álbum de Bradien es una fusión de poesía invernal y pasajes instrumentales de gran profundidad. Las constantes del trío de spa.RK adquieren un nuevo relieve y una textura mucho más gomosa cuando dan cobijo al verbo del poeta Eduard Escoffet. Es una simbiosis de postales sonoras intimistas y poesía geométrica que discurre por todo el disco como una humareda embriagadora. Uno uno tiene la sensación, después de finiquitar varias veces el álbum, de que la métrica neblinosa y la imponente voz de Escoffet estaban esperando encontrarse, el destino les tenía que unir tarde o temprano. “¿Dónde has estado todo este tiempo?”, parecen decirse músicos y poeta, porque hay en esta retroalimentación algo que trasciende la mera superposición de discursos, lo que nos ofrece “Pols” es un fluido homogéneo que funciona como un solo elemento, como una unidad.

Crítica

31. Íñigo Ugarteburu: “Back & Forth” (Foehn)

A ratos suena envolvente y altivo folk de aire renacentista (folk de acordeón, ukelele, violín, banjo, guitarras acústicas), y a ratos, también, a pop-folk de juguete (acordes que se repiten, vientos que acunan, sensación permanente de epifanía): “Back & Forth”, el primer trabajo en solitario para Foehn Records del ex Café Teatro Iñigo Ugarteburu exuda orfebrería (por no decir brillante artesanía). Es un folk de paisaje otoñal, boscoso, hipnótico y envolvente, gestado y ejecutado entre Inglaterra y España con las mezclas de John Hannon y una quincena de músicos de acompañamiento (entre ellos, tres ex Café Teatro). Este álbum no es exactamente un disco de debut, porque ahonda en la fórmula de Café Teatro y va un poco más allá, en lo que honestidad y sencillez se refiere.

Crítica

30. Crisopa: “Biodance” (n5md)

“Biodance” no es un álbum ‘único’, en el sentido de que abre puertas y desbroza caminos –aunque sí es único para Santiago Lizón, y se nota que se ha volcado en él en cuerpo y alma–, pero sin duda es una escucha agradable (hasta que se corta “North Left”, en remezcla de Kit De Crein, de manera completamente abrupta y sin avisar, como si sucediera una interrupción de la corriente eléctrica), adornada con cuerdas y sintes extendidos como alfombras persas. Es ese tipo de disco que cumple con las necesidades del fan incondicional de la IDM –pongamos, la persona que se compra discos de Kettel, Boards Of Canada y los primeros de Apparat–: abanicos sonoros adornados de estrellas y vientos suaves, crepitaciones como de fuego avivado, voces suntuosas –la “Intro” suena como Manual remezclado a Sigur Rós, por ejemplo–, y los inevitables sube-y-baja de intensidad, en lo que se notan las diferentes influencias que acaban de darle forma a “Biodance” como algo más que un álbum de IDM hecho, como si fuera una estantería de Ikea, siguiendo al pie de la letra el manual de instrucciones.

Crítica

29. Prin La Lá: “Un Nuevo Orden” (Eureka Music)

Cinco años, que se dice pronto, han pasado desde que un trío de hermanas cordobesas se alzaran como uno de los secretos mejor guardados del pop más fantasioso y naíf de nuestro país. Suponemos que uno de los motivos que ha llevado a la dilatada espera de “Esto Es Prin’ La Lá” a este “Un Nuevo Orden” que nos ocupa fue la marcha de María en favor de Blanquita, la prima de Macarena e Isabel. Pero con el trío nuevamente aposentado, y volviendo a recurrir a los servicios de Fernando Vacas como productor, la banda ha decidido explotar en mayor medida sus inquietudes electrónicas para presentarnos lo que, según ellas, es una “odisea espacial” con tintes del medievo (las cuerdas y el arpa de la introductoria “Daba Vueltas” dan buena fe de ello) que no disimula, asimismo, su fascinación por Disney (ahí están los coros infantiloides del tema titular u “Oda a América”) y la pluma de Bruno Galindo o Curro Bernier.

Crítica

28. Miguel Grimaldo: “El Gato de Schrödinger” (Autoeditado)

Desde el planeta Valladolid, los chicos de Urano Players siguen repartiendo lecciones. Si el año pasado fueron Erik Urano y Zar 1 los que rompieron el listón con su “Energía Libre”, en 2012 ha sido Miguel Grimaldo el que ha dado un paso al frente para entregar “El Gato de Schrödinger”. Las metáforas espaciales pierden peso en favor de unos textos más personales, más intimistas y apegados al suelo (y al lodo), que fluyen sobre unas bases de signo eminentemente electrónico –producidas en su mayoría por el propio Grimaldo, con aportaciones puntuales de Zar 1– y de un humor más apagado y taciturno, manteniéndose siempre minimalistas, sin efectismos ni excesos. Las rimas hacen gala por momentos de una visión más abstracta, más mística y poética, que convive con un existencialismo sucio y la expresión de una disensión profunda frente al quórum que da aire a este sistema que nos mantiene secuestrados. El desencanto empuja a la reflexión, y de ahí brota ansiedad, vértigo, rabia y hasta odio. También ciertas dosis de esperanza resistente, hambre de vida cruda, ganas de arriesgar, sin miedo. Urano Players, trapecistas en la cuerda y analistas del desastre.

Escucha

27. El Hijo: “Los Movimientos” (Autoeditado)

Abel Hernández da el salto definitivo a una mirada de aires pop, en las formas pero también en el fondo, para desdibujar por completo cualquier concepto preestablecido sobre El Hijo y su recorrido, y lo hace con resultados notables y con muchas ganas de sorprender al público. Muchas cosas llaman la atención de “Los Movimientos”: primero, la apertura definitiva a un discurso pop; segundo, el coqueteo explícito y declarado con el krautrock, el glam rock y el pop cósmico, tres vértices hasta hoy poco o nada explorados en el proyecto; tercero, una idea reformulada de producción y arreglos que le inyecta mucha más fogosidad y vigor a las canciones; y cuarto, la inclusión de coros y cajas de ritmo como novedades expresivas destacadas dentro del organigrama de su sonido.

Crítica

26. David Cordero & Carles Guajardo: “Emma” (Foehn)

Doble mérito el de este trabajo pequeño disco, brevísimo –no llega a la media hora, duración ideal–, que tiene en su propuesta una serie de reclamos muy interesantes: uno, el regreso a la actividad discográfica de Carles Guajardo, al que conocemos mejor como bRUNA, el Thiago Alcántara de la escena electrónica española, la promesa de futuro resplandeciente con presente ya consolidado y legión de seguidores incondicionales adscritos a su causa; dos, su unión con David Cordero, responsable de Úrsula, y, por ende, la vía de entendimiento musical entre ambos, que se mueven en universos bien diferenciados; y tres, la posibilidad de ver al propio bRUNA en un contexto expresivo y creativo considerablemente distinto del que sería habitual en su dinámica.

Crítica

25. Lírico: “Un Antes y Un Después” (BOA)

Lírico nunca traiciona la esencia del rap made in Violadores, ese rap duro, de perfil ortodoxo y clásico que siempre les ha caracterizado, pero sí logra refrescarlo y darle otros aires que indudablemente inciden de manera positiva en su propuesta en solitario. Hay variedad de tonos y sensaciones –el arrebato festivo, en “Hay Una Fiesta” o “Summer Love”; la oscuridad lírica y musical, en “Frío Invierno”, “Soldados Del Día A Día” o “De Vuelta Al Pasado”; la nostalgia positivista, en “Juntos En Esto”…–, y una interesante amalgama de sonidos, beats e hilos temáticos que le inyectan eclecticismo y versatilidad al proyecto. También es curioso comprobar cómo Rderumba firma las mejores producciones de todo el lote, dato muy revelador sobre su estado de forma y su capacidad de trabajo y mejora en la sombra.

Crítica

24. Violeta Vil: “Lápidas y Cocoteros” (Discoteca Océano)

Contra todo pronóstico, pudiéndose aprovechar de aquel chorreo de seguidores que aparecieron sorprendentemente a raíz de “Toronjil”, Mónica di Francesco y Yanara Espinosa no se dejaron impresionar por nada y decidieron cocerlo todo a fuego lento. Quizás demasiado. Los kilómetros que separan Logroño de las Canarias, que es donde viven Mónica y Yanara, respectivamente, habría que tomarlo como la causa principal de esta demora a la que nos hemos visto abocados para poder escuchar “Lápidas y Cocoteros”, un álbum de apenas ocho temas que se pasa como un suspiro y acentúa ese pulso analógico de la banda –afilado para la ocasión por la producción de Sergio Pérez García (Pegasvs, Thelematicos)–, con ese humor macarrónico que prevalece (por citar sólo un ejemplo) en “Amish”, un rotundo ejercicio de insinuación shoegaze que desde la primera escucha ya despunta.

Crítica

23. Chirie Vegas: “Shadows” (Gamberros Pro)

Muchos pueden poner en tela de juicio la valía de Chirie Vegas como rapero debido a su particular manera de articular los versos. Más si cabe, cuando descifrar lo que el madrileño dice en sus letras es complicado si no se conocen los precedentes o se presta atención a los fraseos. Hablar códigos es un término acuñado por Phat Vegas y define perfectamente en qué consiste su papel como rapero. Pero lo que es innegable con “Shadows” es el inmenso valor del apartado musical. Las producciones de David Unison, que se ha convertido en el valor añadido de toda la crew Gamberros Pro, aportan al panorama del rap patrio un estilo único, diferente y ampliamente disfrutable, no solo por los habituales oyentes del género, sino por otros oídos menos doctos. “Shadows” es filosofía de barrio sobre ritmos de cosmópolis sexy y nocturna, una mezcla extraña pero altamente original.

22. Carles Viarnès: “Urban Tactus” (Repetidor)

Si nunca has escuchado el nombre de Carles Viarnès, no pasa nada: es lo más normal del mundo. Durante años, este joven compositor nacido en Igualada (Barcelona) ha estado trabajando en el circuito subterráneo de la improvisación, compaginando un tipo de sesiones experimentales con sus estudios de música, y no ha sido hasta ahora cuando ha emergido del underground para presentar un disco de debut que, sin embargo, no tiene nada de difícil y lo tiene todo de emocionante. Si te gusta la música actual de piano y las interacciones que se producen en ciertos ámbitos entre la música clásica y el pop, entonces él es tu hombre, hasta el punto de que puede considerársele desde ya como la respuesta desde el indie español a figuras ya consagradas en Europa como Nils Frahm, Hauschka, Peter Broderick (en sus discos de piano) y Max Richter.

Crítica

21. El_Txef_A: “Slow Dancing In a Burning Room” (Fiakun)

En “Slow Dancing In A Burning Room” hay un fantástico trabajo de producción, con grabaciones de instrumentos especialmente para la ocasión, colaboraciones vocales, giros drásticos de sonido para mantener la atención de quien escucha en su casa, etc. Que Aitor Etxebarria va sobrado de calidad en el estudio era algo que ya se intuía en sus directos. Sin embargo, todo ese tesón aleja las canciones del campo del deep house, de la pista de baile y, por ende, de las sensaciones que despierta su discografía anterior. Quien espere encontrar en este disco ese tema de chart de Beatport que desista. Sintetizando: Etxebarria ha pasado las 30 cucharadas; ha demostrado que forma parte de esa quinta de productores nacionales con calidad sobrada pare ser bookeados en el extranjero. Todo lo que está por venir va a saber a postre de domingo.

Crítica

20. Jupiter Lion: “Jupiter Lion” (BCore)

Formados en Valencia a principios del pasado año, Jupiter Lion es el fruto de la unión entre los DJs Sais y Gonzo in Vegas con el bajista Jose Guerrero. Fuertemente inspirados por las coordenadas krautrock que en los setenta convirtieron a Alemania en el centro neurálgico de la experimentación electrónica, la música del trío es una invitación abierta a los viajes extrasensoriales por galaxias en continua expansión. Composiciones instrumentales que evolucionan en espiral propulsadas por ritmos motorik, bajos elásticos y arpegios volcánicos. Sobre ellos, atmósferas y melodías de evocación cósmica que conjugan trayectos cinemáticos en los que la psicodelia se da la mano con la elevación espiritual y en los que se suceden imágenes de carreteras sin fin, mundos oníricos y criaturas celestiales. Esta visión, en la que se reflejan destellos de Can, Kraftwerk o Stereolab, acaba de cristalizar en su álbum de debut homónimo para BCore.

Crítica

19. Espanto: “Rock’n Roll” (Austrohúngaro)

Producido por Hidrogenesse, este trabajo del dúo de Logroño no sólo conserva las virtudes de sus primeras grabaciones, sino que además explora nuevos territorios sin salir enfangado (el “Rock'n Roll” de su título no es gratuito) y demuestran que se puede rescribir el indie español desde los márgenes. Ahí está el single “ Rock'n Roll”, que sirvió de carta de presentación de este álbum y que resume a la perfección el espíritu del disco: está ese pop bien entendido en los coros, en las melodías... pero hay también un poco de rock, algún que otro toque de glam, una pizca de música disco, una actitud muy punk, coros a lo “Sympathy For The Devil” de los Rolling Stones y una letra absolutamente reivindicable que es toda una declaración de principios y, a la vez, un sonoro corte de mangas a lo que no les gusta y a la gente que se arrastra cual serpientes.

Crítica

18. Flavio Rodríguez: “Ego” (Little Red Corvette)

Disco para follar, dirán algunos. Pues sí. Y bueno. Mejor que el Viagra o la filmografía primigenia de Sasha Grey. El R&B no se inventó para poner banda sonora a la recogida del fresón. Se hizo para esto. Para que voces como la de Flavio Rodríguez suban la temperatura de la sala y hagan ronronear a las chicas. Porque nadie en España aborda este género con tanta calidad y conocimiento de causa como el vocalista de Barcelona. Después de los bosquejos apuntados en “Flaviolous” y de catar nuevos sonidos en “Eléctrico”, Flavio recupera su mejor cara, la más genuina: “Ego” es un retorno a los sonidos pop más afroamericanos, R&B como Dios manda, con chispazos electrónicos muy contemporáneos y esas salpicaduras de hip hop que tan bienvenidas son en un viaje de estas características.

Crítica

17. Cello + Laptop: “Parallel Paths” (Envelope Collective)

“Parallel Paths” es un sugestivo ejercicio de exploración de los espacios libres que existen entre la música de cuerda y la electrónica más sigilosa y minimalista. Edu Comelles y Sara Galán han encerrado sus brumas sonoras en cinco composiciones -en buena medida improvisadas- cargadas de misterio que, como bien explican desde Envelope, "exploran los límites entre melodía y ambiente, entre textura y singularidad tímbrica, drone y silencio". El ambient de fibra electroacústica y las grabaciones de campo se funden con motivos propios de la escuela neoclásica a lo largo de cincuenta minutos de música silente, serenamente dramática, de escucha profunda, que por momentos parece evocar las trazas de un pasado recién desvanecido. Si nombres como 12k, Hildur Guðnadóttir, William Basinski, Touch, Lawrence English, Marcus Fjellström, Jacaszek, Leyland Kirby, Sonic Pieces o Miasmah te dicen algo, no deberías pasar por alto esta interesante propuesta.

Crítica

16. La Bien Querida: “Ceremonia” (Elefant)

Cuando en 2009 La Bien Querida publicaba “Romancero”, nos encontramos, sin duda, ante una de las sorpresas de la temporada: un disco que aunaba la canción tradicional con el pop y que sonaba absolutamente fresco. Su continuación, “Fiesta”, se hizo esperar dos años, y si bien seguían ahí todas las señas de identidad de La Bien Querida es cierto que se notaba un predominio del pop strictu sensu: hasta esa ochentera portada nos hablaba de otra forma de entender las canciones. Ese cambio parece que se consuma, definitivamente, en “Ceremonia”, la última entrega de Ana Fernández-Villaverde, que parece haberse despojado de ese punto folklórico y cañí de sus inicios y que sin embargo dotaban a La Bien Querida de ese toque diferenciador. “Ceremonia”, ya lo avisaron David Rodríguez y Ana, tendría influencias de Kraftwerk y New Order. No mentían.

Crítica

15. Klaus & Kinski: “Herreros y Fatigas” (Jabalina)

Sin rodeos: Marina Gómez y Alejandro Martínez han publicado su mejor álbum. Elevando sus letras a la excelencia de breves relatos costumbristas, Klaus & Kinski han vuelto a entregar un disco en el que, aun sobrepasando la hora de duración (siempre han sido proclives a ofrecer extensos tracklist), no sobra prácticamente nada. Los murcianos que mayor sentido le han dado al eclecticismo folclórico, lejos de acomodarse esta vez prueban suerte con sentidas habaneras (“In The Goethe”) y el flamenco de mantilla indie ( “Sacrificio”). Y lo mejor de todo es que, pese a estos ya clásicos devaneos con lo ajeno, siguen manteniendo intacta su autenticidad y ofrecen un largo mucho más compacto que sus dos predecesores.

Crítica

14. Havalina: “H” (Origami)

En “Imperfección” (Origami Records, 2009) se hartaron de follar, un año más tarde en “Las Hojas Secas” (Origami Records, 2010) lloraron el abandono de su autodestructiva musa y, ahora, con los lagrimales ya secos, han reunido las fuerzas para enfrentarse a la desdicha con la cabeza fría. Da exactamente igual si se huye hacia la nada o uno prefiere quedarse en casa abrazado al gato. Llegados a este punto lo que importa es que el luto se ha extinguido y uno halla otras formas creativas para sobrellevar la leve rabia aún contenida. “H”, el cuarto trabajo en español de Havalina, puede que vuelva a situarles, a nivel sonoro, a la sombra de aquel “Imperfección” embriagado por el stoner rock y los riffs instrumentales capaces de helar el espíritu. No obstante, positivando el discurso atormentado inherente a “Las Hojas Secas”, los madrileños tampoco se olvidan de su predecesor para reducir la adrenalina cuando la ocasión se presta a ello, trazando por consiguiente una amplia paleta sonora demoledora de principio a fin.

Crítica

13. Mujeres: “Soft Gems” (Sones)

El secreto de Mujeres es en realidad algo muy sencillo, pero que sólo unas pocas bandas poseen; esa capacidad para juntar tres cositas y montar una canción redonda. Melodías + Coros + Guitarras = Felicidad. Con esta suma infalible en mente el grupo se encerró durante siete días en diciembre de 2011 en una casa rural en Sant Martí Sesgueioles, a las afueras de Barcelona. Allí, con la ayuda del productor Cristian Pallejà (Nisei, Fred i Son), grabaron 11 canciones que finalmente fueron masterizadas en Brooklyn. Los temas se suceden como píldoras rápidas y directas, y dibujan estampas que, hasta ahora, siempre habíamos relacionado con bandas estadounidenses. Hay melodías que recuerdan a The Fuzztones, e incluso a los Misfits, hay punk, rock’n’roll, garage sucio y mucha velocidad. Están The Sonics y Los Saicos, claro, pero también Vivian Girls y The Strange Boys.

Crítica

12. Linda Mirada: “Con Mi Tiempo y El Progreso” (La Cooperativa)

“Con Mi Tiempo Y El Progreso” representa un gran salto con respecto a su predecesor, con temas más pulidos, más logrados, más concretos y más maduros hasta sumar una decena de piezas synth-pop de alta calidad. Una vez más, Ana Naranjo se vuelve a acompañar de su hermana María, encargada de las programaciones y coros, teclista en el directo y culpable de temas como “Mientras La Música No Pare”. Ana se ha involucrado mucho más en el sonido tras lo aprendido en la producción del LP anterior y ha vuelto en el verano del 2011 al mismo estudio en San Francisco para trabajar nuevamente de la mano de Bart Davenport, quién además de las guitarras, los bajos y los coros, le ayuda también con la elección de músicos de estudio. Tras el tiempo empleado en el disco anterior no es de extrañar que la comunicación sea más fluida y más certera.

Crítica

11. Lorena Álvarez y Su Banda Municipal: “Anónimo” (Sones)

Desde que en una semana agotara todas las copias de su primera maqueta, “La Cinta”, hemos hablado de Lorena Álvarez y su Banda Municipal en numerosas ocasiones. La asturiana, que reivindica como nadie la tradición de la canción popular española en nuestros tiempos, editó por fin su esperado debut en formato largo, “Anónimo”, un álbum con canciones que según ella ‘son de todos’ y que llegaba a las estanterías de manos de Sones (y con la distribución de Warner). La jota, el pasodoble, las melodías verbeneras de pueblo y la música sefardí se dan cita en estos sinceros dieciséis temas costumbristas que hablan sin tapujos sobre problemas que todos vivimos en nuestras carnes (tales como infidelidades, traiciones que nos pillan por sorpresa o nuestro egocentrismo latente).

Crítica

10. Tuya: “Waterspot” (Subterfuge)

Hipersensibilidad a flor de piel. Hay discos que sin saber muy bien el porqué te atrapan, abusan de tus adentros y se crecen con la consecución de escuchas. Tuya se valen de la folktrónica y el pop-rock meloso, pero lo atan todo tan bien y lo envuelven de un aura tan sincero que resulta más que aplaudible. Lo que nació como un proyecto en solitario de David T. Ginzo (el hombre talentoso que ha acompañado en vivo a Anni B. Sweet, Sidonie, Lüger o Catpeople, entre otros tantos) ahora ha pasado a ser una banda con cara y ojos a la que se han sumado Héctor Ngomo, Juan Diego Gosálvez y Brian Hunt en cuerpo y alma. He aquí el motivo por el que las canciones de este “Waterspot” que nos ocupa suenan con más ahínco y mayor precisión en sus arreglos que aquel por entonces prometedor EP titulado “Own” que ya nos puso en aviso de las buenas intenciones que el gijonés Ginzo se traía entre manos.

Crítica

9. Los Punsetes: “Una Montaña Es Una Montaña” (Everlasting)

Después de dos años, llega por fin el tercer LP del grupo, y el primero que no se titula de forma homónima. Un cambio de presentar su música que va mucho más allá: de los orígenes DIY del grupo, con aquellos 7”s autoeditados y remezclados por amigos han pasado a contar con la producción de El Guincho. Pese a que se mueven en coordinadas casi antagónicas, El Guincho ha sabido hacer un gran ejercicio de producción, dando a Los Punsetes esa potencia que quienes les hemos visto en directo a veces podíamos echar de menos en sus grabaciones. Empezaron como un grupo cercano a la nueva ola española de los 80 y han ido evolucionando hasta convertirse en los más firmes candidatos a ocupar el trono del indie pop español ahora que Los Planetas han decidido experimentar con el flamenco.

Crítica

8. Extraperlo: “Delirio Específico” (Canada)

Extraperlo es uno de esos grupos que hacen de nexo imposible entre ese underground que tantas alegrías nos da pero que tan poco éxito tiene y ese pop melifluo que suele llegar a las masas. El grupo da un paso más allá y experimentan con nuevas texturas cercanas a ese tropicalismo que El Guincho pusiera de moda en 2007: no en vano, el álbum está producido por Pablo Díaz-Reixa. Y, además, otra de las novedades que saltan a primera vista tras escuchar “Delirio Específico” es su inmediatez: las canciones, más cortas, entran sin sobresaltos ni esfuerzos. De hecho, el disco pasa como una exhalación, pero lo hace dejando muy buen sabor de boca y ganas de más.

Crítica

7. C. Tangana: “Love’s” (Agorazein)

Si hubiera que valorar una evolución, una transición evidente o palpable entre “Agorazein Presenta: C. Tangana” de 2011 y este “LoVe’s” que cierra el curso 2012 en la cuenta del colectivo madrileño, los chicos de Agorazein no se llevarían la matrícula de honor. Pero aquí nadie quiere un cambio, aquí no es necesario desarrollar a otro nivel el discurso o la sonoridad de Tangana y compañía. Y no lo es porque la fórmula es tan exquisita que todos rezamos para que no varíe, sino que se multiplique al cubo, para que regenere esa elegancia en las bases bañadas de sol y los recursos vocales de C. Tangana, que son un primor y, visto lo visto, son tan inacabables como evidentes hasta para el propio MC: “Esos cabrones quieren cortar mi mierda, y mi receta sé que es la mejor. Esos cabrones quieren competir, pero es su odio contra mi amor”. A día de hoy, nadie le hace sombra al madrileño porque nadie ha sido capaz de convertir lo cotidiano en heroico ni lo mundano en elegante. C. Tangana sí que es real; C. Tangana nos representa a todos.

Crítica

6. Sistema: “Possible Sounds of Möbius” (Natura Sonoris)

Una colección de canciones que capturan momentos esparcidos a lo largo de los últimos diez años y que, inevitablemente, repasan todas las influencias que han marcado la ecléctica personalidad de Sistema. “Possible Sounds Of Möbius” es, en definitiva, (perdonen el juego de palabras) el único disco posible que podía salir de su mente. Polifacético, desbordante, intrépido y suntuoso. Un trabajo cuya variedad estilística podría jugar, sobre el papel, en contra de su cohesión pero que, por el contrario, acaba revelándose como un viaje plenamente envolvente que alcanza la fibra emocional como pocos trabajos electrónicos surgidos aquí. Y es que, por si había alguna duda, esto es obra de un jodido maestro.

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5. McEnroe: “Las Orillas” (Subterfuge)

Entre mundos a los que les basta un beso para desintegrarse (la meteórica y visceral “La Palma”) y desenfocados bailes en el puerto que acaban en tragedia (o el día en que “caí en la cuenta de que tú no me amabas” de “Vistahermosa”), el cuarto trabajo de los vizcaínos McEnroe se presenta como la perfecta continuación del brutal (por descorazonadoramente brillante) “Tú Nunca Morirás”, o, lo que es lo mismo, un puñado de canciones que se revuelven, se consuelan y se mecen al ritmo de un profundo (hondísimo) folk de melancólico pasado. A todas luces es un álbum menos nítido, pero en cualquier caso es igualmente identificable, pues a estas alturas está claro que McEnroe suenan a McEnroe y que, hagan lo que hagan, nadie podrá quitarles un merecidísimo rincón entre lo mejor del folk(rock) atormentado español.

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4. TERRITOIRE: “Mandorle” (Envelope Collective)

Ocho canciones misteriosas que son un todo intrigante, magnéticas en su conjunto. Ocho escenas mudas o narradas en francés que se debaten entre el ambient de tonos oscuros, el drone flotante y traslúcido, los acentos de la poesía sonora, una suerte de canción de autor tendente a la lentitud, preocupado por los gestos físicos y por articular silencios, y un post-rock de zonas grises y múltiples perfiles que a veces recurre a la sazón de la microedición digital y otras se escora hacia la tensión dinámica del jazz, la exploración de timbres, texturas y espacios propia de la escuela improvisadora de tendencias reduccionistas o el arrebato de ascendiente krautrock.

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3. Hidrogenesse: “Un Dígito Binario Dudoso” (Austrohúngaro)

El 23 de junio se cumplirán 100 años del nacimiento de Alan Turing. Entre todas las conmemoraciones previstas se encuentra “Un Dígito Binario Dudoso”, el tercer largo de los barceloneses Hidrogenesse, dedicado por completo a la vida y obra de un científico cuyos fascinantes detalles personales lo han convertido casi en icono pop. Haciendo referencia a la manzana envenenada que utilizó Alan Turing para suicidarse, Carlos (Ballesteros) y Genís (Segarra) construyen en “El Beso”, la apertura del disco, una poderosa y hermosísima escena que crea un estado de emoción que no abandonará el disco ni siquiera en sus momentos más jocosos, como “CAPTCHA Cha-Cha” o “Love Letters”. Una de las múltiples grandes virtudes de Hidrogenesse es su capacidad para desarrollar su particular sentido del humor sin que el grado de emotividad descienda. Y viceversa.

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2. Pegasvs: “Pegasvs” (Canada)

Sergio Pérez García, además de estar enamorado de su guitarra, siempre ha sido un yonqui de la chatarrería analógica. No destripamos ningún secreto si decimos que para él los obsoletos teclados Korg son pura metadona. Aunque no ha sido hasta ahora que junto a su pareja, Luciana della Villa (la bajista de Sibyl Vane, que también le acompañaba en los esputos punk de Thelemáticos), ha decidido renunciar a las premisas de su currículum previo para salirse por la tangente con el mejor proyecto de su ya dilatada carrera. Zambulléndose en las estructuras más pop del krautrock, el dúo se posiciona como los primeros de la clase en el terreno de la arqueología electrónica de los 70 con un disco que es más adictivo que el polvo de ángel.

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1. John Talabot: “fin” (Permanent Vacation)

A propósito de John Talabot, siempre se habla de la luz. De los veranos y las sonrisas, de toda esa cosa feliz que sugiere la música despreocupada con abundancia de sintes claros y ritmos que parecen sacados de una selva en miniatura. Su progresión no se puede entender sin repasar primero aquel “Sunshine” (Hivern, 2009) que le situó en el mapa del revival house en Europa, con su crescendo al borde de la euforia, pero hay más –y menos obvio– en este álbum de debut, un f in” que, en cierta manera, obliga a reexaminar su estética, sus intenciones y su forma de conducirse en el estudio. No es un John Talabot distinto al que habíamos escuchado en los EPs previos –especialmente “Families EP” en Young Turks, que fue su primer intento verdadero por producir algo mínimamente identificable como pop–, pero sí es ahora un artista completo, con más posibilidades y más variado que el que habíamos conocido –o no conocido: hay que recordar su gusto por el anonimato, su celo, no enseñar la cara en las fotos, responder casi siempre por email, ocultar su nombre y ese ritual sanitario para que la gente se preocupara por su música, no por su ropa o su pasado–. f in” no es un álbum en una sola dirección, sino varios álbumes en uno en sentidos a veces coincidentes y a ratos contrapuestos, porque John Talabot gasta un enfoque mucho más complejo de lo que hasta hoy nos había dejado entrever.

Hay hilos conductores: el tempo lento (“Fin” no sirve para ponerlo en un club, al menos no cuando ha subido la temperatura y la sala reclama velocidad), la pulsión deep house, el uso de voces erosionadas –sólo son reconocibles como humanas las de Pional en “Destiny”, un impecable ejercicio house-pop, y la de Ekhi (frontman de Delorean) en “Journeys”, de formas más psicodélicas– y el fino equilibrio que dispone John Talabot entre la alegría y la introspección. Con esos elementos, el álbum va girando sobre sí mismo y adoptando formas precisas según el momento, y se tiene la impresión, a medida que avanza, de haber viajado por una senda muy poblada –volvamos a la idea del disco y su sonido como una selva virgen– en la que siempre están pasando cosas. Quizá el arranque de “Fin” pueda llevar a confusión, porque “Depak Ine” no sólo es el tema más largo, sino también el que más responde a la idea que a priori se tiene de John Talabot: forestal, tribal, house a cámara lenta que se baña en esperanza. Pero a medida que evoluciona se van distinguiendo emociones distintas, tonos menos unívocos.

“Fin” es un disco difícil al principio, precisamente porque no es obvio. Se reconocen las partes y las influencias, pero están movidas de lugar, como cuando alguien cambia la disposición de la ropa en un armario. Hay que situarse en coordenadas poco habituales, y a partir de ahí seguir la ruta que marca John Talabot. Puede ser obvia, errática, laberíntica, maravillosa, según el momento concreto, pero la sensación final se fortalece con cada escucha: no sólo parece haberse guardado cartas para el futuro, sino que además éste es un paisaje distinto, ameno y sombrío, y precisamente por eso altamente valioso.

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