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Madrid, ese lugar sucio y oscuro: crónica del fin de semana en Red Bull Music Academy Weekender

Las actuaciones de Fasenuova, Chris & Cosey y Fuck Buttons llevan a la capital del reino lo último en materia de ruido dinámico y sonidos post-industriales para redondear un 'finde' de miedo

Cuando más se habla de la decadencia cultural de Madrid, más eventos aparecen dispuestos a llevar la contraria. Red Bull Music Academy Weekender saldó su fin de semana con llenos en casi todas las actividades y con un balance artístico dominado por la oscuridad, en el que triunfaron Fasenuova y Fuck Buttons.

Este domingo 6 de octubre salía publicado en el diario El País un reportaje en el que se reflexionaba sobre el progresivo empobrecimiento social que sufre Madrid. No es el único medio que ha alertado en los últimos meses (y con razón) sobre un desmantelamiento del estado de bienestar que está asfixiando a la cultura. El mismo día concluía el ciclo Red Bull Music Academy Weekender, una convocatoria hace unos años impensable, que durante cuatro días ha esparcido por la ciudad un buen puñado de actuaciones musicales, talleres y conferencias de altísimo nivel.

Mientras los presupuestos institucionales se alejan de la realidad e insultan al gremio que vive del arte y la creación, iniciativas privadas como ésta o el festival 981 Heritage Son Estrella Galicia, ciclos surgidos del underground como Materia Oscura en La Casa Encendida o VillaManuela en el barrio de Malasaña demuestran que al tiempo que la superficie oficial de la cultura en Madrid ha sido liquidada, la incansable labor de unos cuantos entusiastas y la respuesta masiva del ciudadano (los abonos para el ciclo de Red Bull se agotaron y la mayor parte de los conciertos registraron llenos absolutos) están avivando una hoguera que ha surgido fuera del control de las autoridades y que no parece que se vaya a extinguir. Valga como ejemplo esta crónica, que recoge los que quizá fueron los dos momentos más destacados de la primera edición de la Academy Weekender.

Aquelarre pagano el viernes en el Matadero

"Lo suyo es una performance que juega con la violencia física y la provocación"

Pese a su veteranía, Fasenuova posee uno de los directos más impactantes que se pueden ver ahora mismo en España. Los asturianos presentaban por primera vez en directo su disco "Salsa De Cuervo", un tratado nihilista guiado por chorros de ruido industrial que amplifica el destructivo poder de su anterior trabajo, "A La Quinta Hoguera" (2011). En una noche que la organización había calificado como ‘Cielo Oscuro’, pocos despistados había entre el público. La gente que se arremolinaba en aquel estrecho pasaje de las naves del Matadero sabía a lo que iba: adoradores del ruido y la oscuridad, los allí congregados buscaban una sabrosa ración de dolor, una experiencia extrema para liberarse del estrés y (quién sabe) quizá exorcizar sus demonios personales.

Precisamente fue Red Bull quien trajo en noviembre de 2011 a este mismo recinto del rejuvenecido barrio de Legazpi (al que ya hay quien compara con el Williamsburg neoyorquino, y no es broma) a Esplendor Geométrico, pioneros de los sonidos industriales en España. Mucho se parecieron ambos conciertos; lo suyo es una performance que juega con la violencia física y la provocación, en sus canciones no se canta, sino que se vomitan sensaciones chungas y mucho odio, conceptos cuya abstracta contundencia te pueden dejar KO. Si eres capaz de bailar, sus sesiones son más prácticas que las del mejor psicólogo de la ciudad; si te mantienes quieto durante todo el show, puedes acabar noqueado, repitiendo como bobo sus malditos estribillos. “¿De dónde vendrán? / ¿de dónde vendrán?”

Agitada la mente tras la masacre de Fasenuova, The Haxan Cloak ofreció la que fue (al menos, para quien esto escribe) la mejor actuación de la jornada. A ello contribuyó un juego de luces de láser que iban dibujando laberintos imposibles y haces envolventes por encima de las cabezas del público, mientras este joven artista británico tejía su maraña de drones interminables y atmósferas opresivas, una electrónica insana que arrastraba a cada uno de los allí presentes a abstraerse en sus propias pesadillas. La imaginería terrorífica de "Hellraiser" o la pesadilla claustrofóbica de "Cube" parecían sobrevolar el ambiente, pero era el recuerdo de la figura de Batman penetrando en el asilo para dementes asesinos de Arkham, atrapado en el mundo de locura del Joker, lo que aquella música despertaba en este asustadizo redactor.

Después de aquel rito satánico en penumbra, donde el humo campaba a sus anchas y los bajos fúnebres chocaban con cuchilladas de hielo, el breve descanso hasta que Chris & Cosey subieron al escenario fue del todo necesario. Pero la pareja no venía en son de paz. Alternando imágenes imposibles de explicar aquí con escenas escogidas (retazos de "Un Perro Andaluz", entre otras) y extraños logos de inspiración masoquista con su último nombre, Carter Tutti, los ex Throbbing Gristle ofrecieron un compendio de techno frío guiado por voces desangeladas y latigazos rítmicos. Su concierto tuvo algo de romántico, de encuentro privado entre un escuadrón de fans respetuosos y sus ídolos, que mostraron una actitud casi cariñosa y nostálgica, por raro que pueda parecer en un rito pagano de estas características.

¿Por qué el ruido es cultura? Dos demostraciones en el Reina Sofía

Se sentía uno en la planta baja de la Tate Modern londinense o en las proximidades del Centre Pompidou de París al acercarse el sábado al Reina Sofía y descubrirse en medio de un curioso happening callejero, donde decenas de músicos se expresaban sin aparente lógica. Mucha expectación había generado la doble sesión programada para esa tarde por Red Bull, agotándose en apenas unas horas todas las entradas para acceder al Auditorio 400 del Edificio Nouvel, un espacio privilegiado con forma de cine que ofrece un sonido compacto y la posibilidad de proyectar juegos de imágenes. Aquí ya han actuado artistas de vanguardia como Alva Noto, pero es toda una incógnita por qué no albergará con más asiduidad iniciativas musicales de este tipo.

Antes de la esperadísima aparición de Fuck Buttons, Sunny Graves ofreció una actuación fascinante, alternando distintos viajes sensoriales con gran habilidad. A través de progresiones lentas y sutiles, este productor venezolano residente en Barcelona (también conocido por su trabajo tras Jahbitat o en formato dúo en NARWHAL) iba virando de la calma al desasosiego, a través de chirridos imperceptibles que se iban colando en la retina y de contundentes descargas atronadoras. Con todo lo que demostró en apenas 45 minutos, bien podría él solito encargarse de los efectos de sonido de la peli de ciencia-ficción más sofisticada que se haya hecho nunca. El juego de imágenes era muy apropiado, simulando la intimidad de un planetario cubierto de estrellas y planetas o sugiriendo los destellos de una ciudad fría e inhóspita. Su voz distorsionada se adueñaba a ratos de la música, convirtiendo el espectáculo en un extraño salmo no exento de belleza y agresividad.

"Su música expande la mente, reconforta y asusta, te empuja a cuestionar lo que ves, lo que escuchas y lo que piensas"

Algunos no conseguimos disfrutar la actuación de Fuck Buttons en la última edición del Primavera Sound. Los matices de una propuesta tan milimetrada no se disfrutaban plenamente al aire libre en medio de todo el gentío. Todo lo contrario que en el Reina Sofía, donde el dúo de Bristol demostró que su propuesta puede (y debe) compartir espacio con los cuadros abstractos y las últimas tendencias artísticas. Lo que algunos llaman despectivamente ruido posee, en su caso, una belleza comparable a la de la escultura más sublime. Su música produce sensaciones y expande la mente, reconforta y asusta, te empuja a cuestionar lo que ves, lo que escuchas y lo que piensas. Su último disco, "Slow Focus", es una colección de estampas únicas que en directo amplía todavía más su alcance.

Situados el uno frente al otro, como en una frenética partida de ping-pong, Benjamin John Power y Andrew Hung van pulsando teclas con precisión, soltando alaridos que descomponen en magnéticos hilos de voz o introduciendo percusiones mientras sus figuras se proyectan difuminadas en una pantalla gigante. No tardó mucho la facción más espontánea del público en levantarse de las butacas y comenzar a bailar. Y es que quizá no sea fácil conectar con una propuesta como la suya, tan visceral que evita los aplausos enlazando un tema con otro, pero aquellos que penetran en su compleja red sintética pueden llegar a entrar en trance. Persecuciones de tribus intergalácticas, nubes de insectos rabiosos e impenetrables jeroglíficos sonoros guiaron su espectáculo durante unos 70 jugosos minutos.

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