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Bruce Springsteen & The E Street Band, crónica desde la primera fila del escenario en El Molinón

Después de codazos y mordiscos, entramos en el 'pit' exclusivo del estadio gijonés para disfrutar (y contar) lo más cerca posible cómo fue el único paso en directo del Boss este año por España

En un estadio de fútbol hay un lugar privilegiado para asistir a un concierto como el que dio anoche Bruce Springsteen en Gijón: en la primera fila. Fue un duro sacrificio de hematomas y horas al sol, pero al final llegamos hasta los lugares de honor para los fans de verdad y así poder contar muy de cerca cómo fueron sus tres horas (y media) de rock.

Moreno paleta, piernas adormecidas y unos parpados que luchan ahora mismo contra la fuerza de la gravedad frente al ordenador. Acudir a una misa de Bruce Springsteen y su E Street Band se puede afrontar de dos maneras: o recurriendo a la comodidad burguesa de la grada (y ya os digo que la grada es para cobardes o para fans de tercera), o bien aguardando una maratoniana jornada de cola para encontrar el mejor hueco posible en el deseado pit (la zona acotada de pista más delantera al escenario con capacidad para 4.000 personas). Como en decenas de ocasiones previas opté por la segunda opción, esa que te permite ver la misa comunal desde el mejor ángulo posible, disimulando como uno bien puede el cansancio arrastrado de una jornada que empezó en el estadio de El Molinón a las diez de la mañana. Locura, sí. Fanatismo descontrolado, también. Pero una vez te abrazas a esa valla lateral izquierda junto a otros tantos enfermos como tú, todo se olvida: presenciar el mayor espectáculo de rock’n’roll del planeta desde esa privilegiada posición no tiene precio.

El pit es el mismo espacio donde se reúnen los orgullosos feligreses uniformados con camisetas de giras pasadas (cuanto más antigua mejor; las de su primera visita barcelonesa en 1981 o las del tour del “Tunnel Of Love” puntúan doble) y ese fan enciclopédico que analiza los setlists de los conciertos previos soñando en voz alta con ese himno o rareza que querría escuchar antes de llegar a casa. En esos sudorosos metros cuadrados también hay niños arrastrados por unos padres que pretenden que las manos del de New Jersey bauticen a su criatura. Los pobres aguantan estoicamente el chaparrón en pro del apellido familiar y se han convertido en un atrezzo habitual durante los últimos años. Lógico, ya que ese ‘Papa Paco’ que tan a menudo nos visita desde las Américas siempre saca a un jovenzuelo al escenario para que cante con él “Waitin’ On A Sunny Day”. En esta ocasión le tocó a uno que aseguraba cumplir diez años esa misma noche. Los que hay que traen el guión bien atado desde casa… a los padres me refiero.

Atendiendo a que este único concierto peninsular celebrado anoche en Gijón fue a golpe de talonario (el ayuntamiento de la ciudad asturiana tiró la casa por la ventana en tiempos de crisis para evitar que este goloso atractivo ‘turístico’ recalara en otros rincones de nuestra geografía), el 'talifán' se esperaba un setlist de infarto. Y más teniendo presente que la propia madre del artista se encontraba entre la multitud tras disfrutar unos días de vacaciones junto a él en Donosti. A lo largo de las últimas semanas Springsteen, sin previo aviso, ha tocado en varias ocasiones de cabo a rabo álbumes como “Born To Run”, “Darkness On The Edge Of Town” o “Born In The U.SA.”, por lo que esta exclusividad contractual deparaba a primeras una sorpresa de este calibre. Craso error. Si algo tienen sus conciertos es el factor sorpresa, la capacidad de tocar lo que se le antoje e improvisar sobre la marcha las canciones que dirigirá junto a su banda agarrando peticiones escritas en cartones de entre su público. Por ello, poniéndonos más exigentes de la cuenta, y aunque duela escribirlo, lo que hubo fue un setlist para el agrado de muchos y tirando a normalillo para esos verdaderamente curtidos en la causa springsteeniana.

Tras arrancarse con ese pepinazo que es y será siempre “My Love Will Not Let You Down”, y rescatar por petición de los cartones ese tridente inmejorable formado por “Better Days” (perteneciente a esa oscura etapa de principios de los noventa en los que prescindió temporalmente de la máquina engrasada de la E Street Band), “Ain’t Good Enough For You” (una de las joyas que esconde la colección de caras b del ‘Darkness’ publicado como “The Promise”) o el inesperado cover del “Travelin’ Band” de Credence Clearwater Revival, el guión siguió demasiados lugares comunes. Sí, el público menos exigente se viene arriba cuando suena “The River”, o siempre que Nils Lofgren gira sobre si mismo poseído durante el solo de guitarra de “Because The Night” e, incluso, durante piezas recientes algo menores como “Wrecking Ball” o “Death To My Hometown” (el iluminado que gastó tinta escribiendo en una de las peticiones “Radio Nowhere” se merece un hostiazo bien doloroso en la cara), pero en esta ocasión no hubo sorpresas mayúsculas a granel. Quien haya visto al ‘Boss’ en un par de sus visitas más recientes se ha topado con todo ello.

“Rosalita (Come Out Tonight)” siempre es sinónimo de fiesta asegurada y un acierto a desempolvar cualquier noche. Del mismo modo que un concierto de Springsteen no sería tal si en los bises no retumbase “Born To Run” con todas las luces del estadio encendidas. No obstante, el agotamiento físico bien valió la pena por reescuchar en vivo esa épica y poco habitual “Drive All Night”, o ese broche final, sólo ante el peligro, que nuestro protagonista bordó con una versión acústica de “Thunder Road”. Pelos como escarpias y felicidad absoluta pese a privarnos de un setlist perfecto. Aunque eso sí, aun no pudiendo situar la noche de ayer entre el top 20 de sus visitas españolas, cualquier concierto suyo está siempre por encima de la media. ¿Alguien puede decirnos qué artista en estos momentos puede afrontar sin descanso un show de tres horas y media derrochando un carisma tan demoledor?

Anoche poco más de 30.000 personas presenciaron todo un maratón de vitalidad, sabiduría musical (siempre es un placer ver como aquel antiguo héroe de la clase trabajadora dirige a su orquesta a su antojo, sacando lo mejor de sus compañeros con un simple movimiento de manos como buen ‘Jefe’ que es) y electricidad intergeneracional. Pero eso no quita que, a lo que el sonido se refiere, El Molinón se quedara insuficiente para una proeza de estas características. Nula nitidez, solos que se perdían en el aire (si nadie nos dice lo contrario, Steve Van Zandt fue un figurante durante horas hasta que sacó toda su bravura en “Light Of Day”) y esa agridulce sensación de que en cualquier otro recinto todo aquello hubiera sonado como una flecha desbocada directa al corazón. No hay de qué preocuparse, habemus Bruce para muchos años más. Desconocemos qué pacto ha firmado con el diablo, pero no hay que ser muy listo para pronosticar que aún tiene muchas otras misas que oficiar en el futuro.

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