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"Aún hay jueces que dicen que las amenazas son normales en una discusión"

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Una conversación sobre el machismo que empapa el sistema judicial con la abogada especializada en derechos de la mujer y la infancia Maria José Varela.

Germán Aranda

21 Febrero 2017 06:00

Si hablamos de machismo, lo mejor para tapar la boca a los negacionistas son las verdades bestias y crudas.

Hechos, denuncias, sentencias. Agresiones, violaciones, jueces que relativizan la violencia o sospechan constantemente de la víctima.

Muy pocas personas tienen en España un arsenal de historias como el de Maria José Varela, abogada especializada en derechos de las mujeres y de la infancia desde los años 80. Las suyas son historias con sentido y contexto que muestran un machismo que marca también sus límites a la justicia.

Varela ejerció la acusación particular contra violadores como el del Vall Hebrón o el segundo violador del Eixample. Ella ha sido pionera en conseguir sentencias como la que en el 98 condenaba por primera vez el acoso sexual como delito. El Supremo la confirmó en el 2000.

En 2004, consiguió la primera Sentencia en España que condena por un delito de provocación a la violencia por razón de sexo, contra un imán que indicaba cómo golpear a las mujeres sin dejar señal.


Maria José Varela

Hablando con ella, quedan claros los avances de la justicia en los últimos 30 años; unos avances que tienen que ver con que partíamos de un escenario terrible y no significa precisamente que ahora tengamos una justicia plenamente eficaz contra la violencia machista.

¿Cómo fue la realidad de violencia contra la mujer que se encontró cuando empezó a trabajar como abogada en 1981?

Me chocó que muy poca gente trabajaba con temas de violencia sexual. Yo no era la primera feminista, por supuesto, y encontré a gente que trabajaba con la violencia familiar, pero no encontraba referentes en temas de violencia sexual. La situación era terrible porque los juzgados funcionaban de forma robótica, con cierto desprecio hacia la víctima. En una rueda de reconocimiento, una víctima podía desmayarse al ver a su violador. Las cosas han cambiado en la justicia sobre todo con respecto a la violación de extraños. Pero cuando el abuso es del entorno, de un marido, un hermano o un padre, aún no ha cambiado lo suficiente. La sospecha es lo primero que se cierne sobre la mujer.

 ¿Qué cosas han cambiado?

Cuando empecé, había sentencias en que el tribunal se disculpaba por tener que aplicar la ley. Recuerdo que violaron a unas chicas que estaban haciendo autoestop en Castelldefels y, aunque condenaban al agresor, el juez decía que la pena era muy alta teniendo en cuenta que estaban haciendo autoestop con minifalda a altas horas de la madrugada. Esto hoy no se escribe, aunque me temo que muchos lo piensan.

¿Y en la violencia doméstica?

Hay mayor conciencia social. En algunas ocasiones, un marido agresor llegaba a decir: “Pues claro que le pegué, le había avisado de que bajara la radio tres veces” y el propio abogado le daba la razón. Esto ha cambiado, al menos hoy en día todo el mundo tiene claro que está mal, aunque hay leyendas como las denuncias falsas que retrasan los avances. Ha cambiado la aceptación social y las leyes, pero el problema fundamental de este país con la violencia de género no es la ley sino su aplicación.


No hay que elaborar más planes contra la violencia de género, sino cumplir los que tenemos


¿Recuerda alguna ley que fuera realmente absurda?

Cuando empecé, la violación se consideraba yacer con una mujer con fuerza o intimidación, o privada de razón o sentido o menor de 13 años. Resulta que si en esas mismas circunstancias había penetración anal o bucal no se condenaba por violación, ya que el Supremo interpretaba que yacer era penetración vaginal. Los diccionarios no decían eso, pero el Supremo decía que sólo se yacía con una mujer de manera natural de una manera. Planteamos ese interrogante a unos técnicos en un programa de televisión de Mercedes Milà, con cinco millones de audiencia, y a los pocos días una enmienda de la reforma del código penal equiparó todo como violación. Para nosotros fue épico. 

¿Qué sucedía con los abusos que no eran violación?

La diferencia entre un delito y otro era enorme. De 12 a 20 años de cárcel por una violación y por abuso que se llamaba deshonesto eran 6 meses.

Y hoy en día, ¿cuáles son los principales obstáculos para las víctimas de la violencia machista?

Siempre digo que no hay que elaborar más planes contra la violencia de género sino cumplir los que tenemos. Si un juez o un fiscal ve a una víctima de violencia como una sospechosa de estar mintiendo para arruinar a su marido estamos muy mal.


Defensa de las ideas from Maria José Varela on Vimeo.

¿Y esto pasa mucho, poco, bastante?

Pasa frecuentemente. En la violencia familiar, cuando hay lesiones pasa menos, pero la violencia psíquica es invisible, aunque deja huellas y si hay un peritaje esas huellas se pueden detectar. Pero no basta para convencer a los jueces. La mayor parte de las sentencias absolutorias se dan porque a la mujer no se le ha creído. Y su la mujer continua bajo sospecha como lo ha estado toda la historia no llegaremos a tiempo para levantar los cadáveres, que es lo que nos pasa. 

¿Recuerda casos recientes de esa sospecha o desconfianza?

Sí, hace muy poco, en 2015 o 2016, una víctima llega ante la juez y le explica que ha recibido una retahíla de insultos y que ese día concreto le habían dado un golpe en el brazo. Y la juez de violencia de género pregunta: “¿pero una paliza no le ha dado?”. 

¿La juez era una mujer?

Sí, también lo era en otro juicio de noviembre del año pasado en que la víctima llega con insultos grabados y absuelven al agresor porque dicen que en una tensión de separación es normal que se digan estas cosas. La judicatura no tiene modelos femeninos y el estudio de la violencia de género en las escuelas de jueces es mínimo, yo he estado en algunos. 

¿Qué protección tiene una mujer agredida desde que pone una denuncia hasta que hay una sentencia?

Cuando en el 89 se introdujo como delito la violencia doméstica, se hizo un estudio entre cuerpos de seguridad, jueces, etc, y el problema de la impunidad venía porque había una violencia de baja intensidad que se repetía. Eso eran faltas y a veces la víctima se armaba de valor, denunciaba y luego tenía que volver a dormir con el marido. Ahora es delito aunque sea de baja intensidad y una sola vez. Pero si no presentas heridas es posible que no te den una orden de alejamiento. El juez tiene un doble arbitrio: puede decidir que hay materia delictiva para ir a juicio, pero no un riesgo. Estos márgenes de decisión estarían bien si los jueces estuvieran bien educados en materia de igualdad.


He visto a jueces disculparse por condenar a violadores


¿Y la orden de protección suele ser eficaz?

No se te puede acercar el agresor y si lo hace comete otro delito. Entiendo que no les pongan pulseras, que a veces no funcionan, pero la orden de alejamiento es importante. De nuevo surge la sospecha de que las mujeres piden orden de protección para conseguir ventajas en la separación, aunque la única es que se pierde la custodia compartida, de modo que ahora se dice que se hacen denuncias falsas para evitar esas custodias. 

¿Tienen alguna base esas sospechas?

No, son culturales. El índice de denuncias falsas es despreciable. Se ha estudiado y no es estadísticamente significativo. En cambio, las mujeres continúan apareciendo muertas. Si voy al juzgado porque me han robado el bolso, seguramente me van a creer. Pero si voy con violencia de género, en principio no me van a creer, tal vez con un parte de lesiones sí.

Violador del Vall d'Hebron, contra el que Maria José Varela presentó acusación. 

¿Qué papel tienen los medios de comunicación para que una ley cambie?

Han tenido una gran importancia en la reforma de leyes. Cuando empecé a ejercer, los juicios a violadores eran a puerta cerrada y en un determinado momento, por ideología feminista, decidimos abrir puertas. Para que la sociedad los conociera y para que la sala se llenara de mujeres que apoyan a la víctima. Muchas sentían la mirada del agresor en la nuca y no tenían a nadie más en la sala. Los periodistas apuntaban lo que pasaba y los jueces iban con más cuidado. 

¿Y la policía, cómo se suele comportar con las agresiones machistas?

Vamos a épocas y depende de quien te toque. Recientemente, acompañé a una clienta y la trataron con suma elegancia y dulzura. En otra ocasión, una mujer a la que su marido amenazaba e insultaba, se fue a denunciar a la comisaría de su pueblo, en el que el marido es concejal. Le dijeron que no era denunciable y le dije que se fuera al pueblo de al lado, que ellos no son quienes para calificar si es o no denunciable. En el otro pueblo, los Mossos encendieron las alarmas y se fueron al apartamento a llevárselo detenido al calabozo. Yo creo que ni una cosa ni la otra, lo normal era coger la denuncia y citarlo a declarar.

¿Cómo está este caso ahora?

Es ese caso en el que absolvieron al agresor porque decían que eran peleas normales en las separaciones. Y eso que ya había denunciado, dos años antes, por una agresión. Luego se reconciliaron y retiró la denuncia. No tuvieron muy en cuenta esa denuncia anterior y ahora, después de la sentencia absolutoria, estamos con un recurso. Pero los recursos contra la absolución son muy difíciles. 


Cuando el abuso es del entorno, la sospecha se cierne sobre la mujer



¿Qué sugerencia tiene para que se mejore de una vez en esa aplicación de la ley que ve tan incompleta?

Es sobre todo un tema de formación, porque los jueces no son ni buenos ni malos. Tenemos un sistema jurídico en el cual se garantiza que, sea cual sea la ideología del juez, los derechos del imputado se respetan porque se ha insistido en que es una piedra angular del estado de derecho. Si se hiciera lo mismo con la no discriminación de la víctima por cuestiones de género, tendríamos otros resultados. De la misma forma que te puedes promocionar en la judicatura si estudias catalán, tendría que haber las mismas opciones formativas con la discriminación de género. 

¿Cree que la última oleada de feminismo, amplificada por las redes, ha tenido un efecto sobre la realidad o sobre la justicia?

Por ahora, después de muchos años, esta actitud más estridente permite llamar a las cosas por su nombre. Yo rehuía de ciertas exprsiones que a veces suponían un bloqueo del discurso. Hay una pintada que me encanta cerca de mi pueblo que dice: “Feminismo es la idea radical de que no puedo ser discriminada por ser mujer”. Ahora abren el telediario hablando de “violencia machista” y yo me digo: ¡al fin! Luego sí que es verdad que a veces el feminismo aparece ligado a otros postulados políticos y eso a veces contamina discursos de igualdad. 

¿Las sentencias que criminalizan a las víctimas de violencia sexual son una realidad pasada?

Explícitamente, cuando es un extraño el que viola, te diría que ya no hay sentencias que culpabilicen a la víctima, aunque implícitamente no lo tengo tan claro. El problema es la sospecha cuando el agresor está en casa, y eso que las violaciones en el entorno dejan más secuelas porque se tambalea tu red de confianza.


En general, ¿las víctimas de violación acuden al abogado una vez ya han denunciado a la policía?

Sí, sólo empecé de cero una vez, con una mujer que venía de testigo a un juicio y se puso a llorar. Le pregunté qué le había pasado y me dijo que le habían violado tres hombres la noche anterior.


La judicatura no tiene modelos femeninos y el estudio de la violencia de género en las escuelas de jueces es mínimo



Con las víctimas de violencia de género, imagino que es diferente.

Sí, en general vienen por la separación. Y cuando me van explicando yo les digo: “Oye, eso es materia penal, puedes denunciarle”. La respuesta de la gran mayoría es: “Yo no quiero hacerle daño a mi marido”. Yo les digo que la sociedad considera que eso es delito, que no se trata de hacerle daño o no, pero que lo expliquen a los tribunales.

¿Y eso sucede así también cuando hay violencia física?

Sí, tanto con la física como con la psicológica, aunque con esta última ya advierto a las víctimas de que va a ser difícil que les crean. Además, si denuncian violencia en un proceso de divorcio se va al juzgado de violencia de género que a veces son un horror. O sea, que al contrario de lo que se dice de que las mujeres denuncian para ir a un juzgado de violencia, yo a veces recomiendo que primero se separen porque el juzgado de familia está mejor preparado. 

¿Y a los menores, quién les acompaña en las denuncias?

En general, cuando el agresor es el padre, las madres apoyan a la víctima, le acompañan y piden la separación. Sí que ha habido casos de silencio como el de una mujer que estaba tan maltratada también que era incapaz de denunciar. Una de las hijas que había sufrido abusos -la otra era su hermana, que además era discapacitada mental- denunció y sólo presentó cargos contra el padre. A pesar de eso, el fiscal pidió más pena para la madre que para el padre. 

Me imagino que trabajar con menores es lo más complejo.

Sí, hay casos como una joven de 21 años que había sido violada desde los 8. Cuando vino me contó que tenía una hermana menor y le pregunté si ella no había sufrido abusos. Me respondió: “No, mi padre sólo estaba enamorado de mí”. Es muy complejo porque determinan la evolución mental y sexual de la víctima. 

¿Hay muchas absoluciones de abusos a menores?

Sí, porque el procedimiento es difícil de sostener. Pero sobre todo lo que hay es mucho silencio.


El índice de denuncias falsas es despreciable; en cambio, las mujeres siguen apareciendo muertas



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