Entrevistas

"Fui soldado en Irak y volví con estrés postraumático"

Hablamos con Nandy, uno de los pocos españoles que estuvo en la guerra de Irak y se atreve a hablar: "Fui la moneda de cambio de los políticos"

Aunque cueste comprenderlo, para un soldado, ir a la guerra puede ser el sueño de su vida.

Pero si esa guerra es una guerra que no es suya...

Si se da cuenta de que solo es un instrumento político para ejecutar una acción internacional que obecede a los intereses de unos pocos...

Si, además de eso, le dicen que va a una misión de paz y luego se encuentra en una ratonera donde es atacado día y noche sin estar preparado...

Si mueren compañeros. Si, al volver a casa le diagnostican el síndrome del estrés postraumático. Si su vida salta por los aires como una granada de fragmentación...

La guerra pasa a ser todo lo contrario de aquello para lo que se había alistado

Si, encima, el Ejército al que había entregado todo, le da la espalda...

Para ese soldado, la guerra pasa a ser todo lo contrario de aquello para lo que se había alistado.

Esto es lo que le pasó a Fernando Tello Velaz, alias Nandy. Con 24 años, este soldado fue destinado a Irak con el regimiento Castilla XVI de Infantería Mecanizada. En diciembre de 2003, pocos meses después de la invasión estadounidense, él y sus compañeros formaron parte del primer despliegue español en ese país de Oriente Medio.

Antes de salir de España le habían dicho que sus tareas consistirían en patrullar las zonas de Diwaniya y Nayaf con su vehículo BMR y hacer controles de armas para combatir a la insurgencia.

Sin embargo, pocos días después de su llegada, antes de Nochevieja, lo que él pensaba que era una misión de paz, comenzó a ser una pesadilla. Los insurgentes atacaron la base de Diwaniya el 28 de diciembre. “Era de noche. Mi sección estaba de descanso. De pronto, escuchamos explosiones de mortero”, dice.

Esa noche no hubo heridos. Pero lo que les dijeron que sería algo anecdótico comenzó a repetirse: “Otra noche, estaba de guardia en el BMR y nos volvieron a atacar con morteros. Solo teníamos munición para iluminar y los cuadros de tiro de la tanqueta estaban mal programados por lo que, en lugar de ahuyentar el ataque, solo iluminábamos nuestra posición. Llevábamos 6 años manejando morteros, y el primer día de combate real, nada funcionaba. Los carros no estaban bien.”

Nandy no fue herido en combate. Compañeros suyos sí: el sargento Sergio Santisteban, herido por metralla de una granada mientras patrullaba a pie, o el capitán del regimiento, cuando la insurgencia atacó a la torreta de su BMR. Sin embargo, aunque volviera sano y salvo a casa, su herida de guerra vendría después.

Nandy, a la derecha, con un compañero en Irak.

“Cuando vuelves no te lo crees, has estado 6 meses viviendo situaciones al 100%, con la adrenalina a tope y no quieres la vida normal. En la guerra, por ilógico que parezca, te sientes más vivo que nunca. Es como estar en una película. Hasta que no te afecta personalmente, no sabes realmente donde has estado”, explica Nandy.

Cuenta que la adaptación fue difícil. Al cabo de unos meses comenzó a notar un nerviosismo poco común, que se manifestaba en taquicardias y en ansiedad. Comenzó a dejar de dormir.

Nandy recuerda el inicio de su calvario: “Llegó un momento en el que cualquier ruido me molestaba, me alteraba. No soportaba ninguna broma. A mi madre le contestaba mal...”.

Con tradición militar en su familia, le aconsejaron que fuera al psiquiatra y le diagnosticaron síndrome postraumático en el grado más alto.

Cuando lo comunicó en el Ejército, después de hacerle nuevas revisiones de aptitud, le dieron la baja permanente. “Te cambia la vida por completo. Me pasaba días enteros en mi habitación a oscuras. No quería comer. No quería ver a nadie. Me había hecho mi propio fortín porque pensaba que todo el entorno a mi alrededor era agresivo”.

Nandy, en tirantes, junto a otros miembros del regimiento en Diwaniya. Adelgazó 14 kilos.

Eso fue hace 11 años. El duro tratamiento que ha seguido Nandy solo le ha permitido trabajar en el campo, en la provincia de Badajoz, de donde es originario. Gana un jornal de entre 34 y 36 euros diarios. No puede trabajar en nada más.

Antes de ir a Irak tenía un coche, un piso y una novia. Lo perdió todo. Después de una dura rehabilitación, ahora tiene pareja, pero no se plantea tener hijos por su condición. Su enfermedad es crónica.

Siente que el Ejército le ha dado la espalda. “Si estás jodido y eres tropa, te dejan atrás”.

Al igual que a él, Nandy dice que a otros también les han dejado atrás: “Al sargento Santisteban le sacaron el último trozo de metralla del cuerpo el año pasado. Otro compañero mío que estuvo en Irak, también con síndrome postraumático, escribió una carta a su mujer y a sus hijos diciéndoles que él se apartaba del medio, que no quería ser una carga... Se suicidó”.

El interés del Gobierno de Aznar para acallar las críticas impidió que muchos soldados fueran reconocidos por acciones heroicas

Nandy dice que él es un soldado con una vocación que ha “mamado desde pequeño”. “Fui el último soldado voluntario que se alistó a la mili cuando aún era obligatoria”, dice. “La mayor ilusión de mi vida era tener una medalla”.

Pero luego, todo le decepcionó. El interés del Gobierno de Aznar para acallar las críticas de la opinión pública impidió que muchos soldados que estaban en Irak recibieran medallas por acciones heroicas en combate. O algo que es peor, que el Ejército no quisiera reconocer que había secuelas por la guerra en la tropa, y diera la espalda a veteranos como Nandy, según él explica.

Los soldados del regimiento Saboya tendrían que tener la Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo por una intensa batalla que hubo el 4 de abril de 2004. Solo la tiene un jefe de sección y un soldado. La medalla de la División Polaca —porque estábamos en zona controlada por Polonia— solo la tiene el sargento Santisteban, porque la persiguió con abogados y durante muchos años.”

Nandy, a la derecha, sobre un BMR durante una misión rutinaria en Irak.

“Te ves como la moneda de cambio de los políticos. No tienes ayuda médica ni económica. Nadie reclama nada porque sino te echan y la gente tiene familia. Yo puedo hablar porque ya estoy fuera. Pero aún así, no espero conseguir nada. Los abogados no se atreven contra el Ejército. Es una institución con sus leyes paralelas y es imposible ganar”.

No obstante Nandy volvería al Ejército. “¡Lo que daría porque me llamaran, raparme la cabeza y presentarme ahora mismo en el cuartel!”, dice. Pero le gustaría volver a un Ejército diferente.

“También volvería a irme al extranjero. Aunque para nada repetiría la experiencia de Irak sabiendo lo que he sufrido después”, dice.

Con las sombras de una nueva intervención militar en Siria e Irak para combatir al Daesh, Nandy dice que debería pensarse muy bien. Él, como militar, sí que apoyaría una intervención en el exterior “para defender una causa noble. Si se hace bien sí, pero no como en Irak. Jamás volvería para defender los intereses de unos pocos políticos.”

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