Entrevistas

“Si tu novia te trata de maravilla cuando estás enfermo, no te cases”

Una conversación con Tim Dowling

Fotografía de portada de Sam Riley

¿Llevas lo que parecen dos edades glaciales enteras con tu pareja y aún discutes por las mismas tres paridas de 1996? ¿Te has descubierto alguna vez reaccionando ultra-violentamente por aquel pequeño carraspeo —JJJJJJRRRRHHMMMM— que ella realiza inadvertidamente varias veces al día? ¿Crees en aparentes clichés (espantosamente veraces) como que la paridad térmica en casa es una de las explicaciones de vuestro éxito marital? ¿Y que lo mismo sucede con el sentido del humor? ¿Eres un hombre perfectamente satisfecho con la ecuación “Ella organiza, yo actúo”? ¿Piensas casi a diario si tu actitud es suficientemente viril? A pesar de todos tus atributos, amor paterno-filial y entusiasmo en periodo vacacionesco, ¿sigues siendo considerado por tu mujer y amigos como alguien poco efectivo, tirando a gandul y catastrófico en asuntos hogareños?

Y, más importante aún que todo lo enumerado: ¿Eres uno de esos tíos simplones (como yo) que se pasan por la rabadilla el viejo dicho “mal de muchos, consuelo de tontos” y extraen pingues consuelos precisamente de que su “mal” se extienda por el globo como una gran metástasis masculina?

Entonces el libro Cómo ser marido de Tim Dowling es para ti, macho. Y también lo es esta cómica charla entre ñus aturullados —para más inri, escritores que escriben sobre sus propias familias— que en un instante vas a disfrutar. Todo lo que es crucial en tu día a día (incluso si no escribes columnas sobre ello, afortunado lector) aparece aquí: bricolaje, división de tareas, actitud ante la enfermedad leve del otro/otra, familia política, cruentas discusiones de cariz económico y el hombre como ente estúpido-por-definición. Y mucho más. Incluso aquel asunto ominoso de tu mujer escogiendo las camisas que vas a llevar (¡por encima de mi cadáver!).

La comunidad masculina está contigo, Tim. Tu mayor defecto según el libro es la estupidez. ¡Eso ni siquiera es un defecto! ¡Viene de fábrica!

Claro que no es un defecto. “Él lo intenta, pero fracasa”. No está tan mal. Al menos lo intenta. Luego existe esa otra versión de hombre, los locos del MRA (Asociación para los Derechos de los Hombres), que insisten en que al hombre se lo pinta siempre como estúpido. Que es una caricatura grotesca de lo que somos. Pero yo digo: somos lo que somos [ríe]. Es bastante preciso, eso de la estupidez.

Una pregunta obligada es: ¿Qué dejas fuera a la hora de hablar de ti mismo y de tu mujer?

El aburrimiento. Dejo fuera el aburrimiento porque es, ejem, aburrido. Todos los momentos sentimentales enfermizamente azucarados los elimino también. Lo jodido es que si los dejas fuera, el resultado final queda algo desequilibrado. Si lo vas leyendo semana sí, semana no, da la impresión de que todo lo que hacemos es discutir. Pero claro, lo que sucede es que no incluyo los momentos de mirar la puesta de sol con las manos entrelazadas.

El tipo de gente que compra libros de autoayuda no quiere parecerse a mí

Tampoco se os ve enfrente de la televisión durante 4 horas, que también es un pasatiempo clásico de los matrimonios longevos.

Hay que ir con cuidado, porque tiendo a hablar de las mismas cosas. Si describo una escena en que estamos sentados a la mesa para cenar, de golpe caigo en que ya lo he hecho diez veces en siete años. ¿Qué hace que esa escena sea diferente, o más interesante que las anteriores? ¿Qué justifica su presencia? Supongo que los niños se van haciendo mayores, las dinámicas cambian, y tienden a suceder cosas distintas. También dejo fuera, por cierto, momentos de crisis mientras están sucediendo, porque no sabes dónde van a desembocar. Si crees que te vas a divorciar la semana que viene, mejor que dejes la escritura para la semana que viene. Lo mismo puede aplicarse a crisis escolares o relacionadas con los hijos.

¿Y qué me dices de revisitar viejas crisis? Hablar de algo nefasto que os sucedió como pareja hace siete años, y que hizo mucho daño. ¿Es eso aceptable? Mi mujer detesta la exhumación de viejos esqueletos.

[ríe] Supongo que siete años es un tiempo prudente para hacerlo. La Regla de los Siete Años. Yo me permito hablar de cosas pasadas, tras asegurarme de que mi esposa y yo sentimos lo mismo hacia ese pasado. A veces mi mujer me dice: “No tenia ni idea de que poseías ese tipo de autoconocimiento. Hasta que no has escrito sobre ello no me he dado cuenta de que sabías lo estúpido que eras”. Así que por una parte es positivo que vea que pienso en ello (aunque luego no hago nada para solucionarlo).

 

Quizás seas mejor hombre que yo, pero en tus piezas no apareces haciendo nada abyecto. Mi mujer siempre me afea que me pinte como un puto desastre y medio gilipollas, pero que deje fuera los momentos en que soy un auténtico bastardo.

No escribo esta columna para hacer que la gente me odie. Más bien lo contrario: les estoy engañando para caerles bien [ríe].

Mucha gente lee mis libros y piensa “este tío es como yo” o, alternativamente, “este tío es incluso peor que yo”. En ese sentido sí es autoayuda

Mi mujer también afirma que, a pesar de nuestras pretensiones de sinceridad, estamos todo el día intentando salvar el culo y quedar simpáticos ante los lectores.

Sí. Que los lectores digan: “Es espantoso a la hora de hacer bricolaje, pero parece un buen tipo” [ríe]. Por otro lado, todos mis amigos saben lo horrible que soy en mi propia casa.

¿Horrible cómo? ¿Horrible tiránico? ¿Quejica?

Quejica, aburridísimo, algo engreído, egoísta... Y MUY vago. No hago nada. Una vez aparecimos en la radio mi mujer y yo para explicar cómo nos repartíamos las tareas del hogar. Y mi mujer dijo que todo eso que cuento sobre hacer mal algunas de esas tareas era una bola. Que no hago ni eso, vaya. Al final me sentí obligado a declarar en directo, por la radio, que realizaba algunas de esas faenas en secreto. Patético.

Los hombres y las mujeres afrontamos las discusiones conyugales de un modo distinto. Y, ¿sabes qué? Que aún creo que tenemos razón. Que nuestra forma de pelearnos (perdiendo los papeles, dando voces) es más limpia que la suya (manteniendo una calma glacial durante 48 horas y soltándolo todo justo antes de que apagues la luz para irte a dormir).

[carcajada] Mi caso no es el mismo. ¿Sabes aquello de que las mujeres y los hombres venimos de planetas distintos? Pues bien: mi mujer no. Mi mujer viene de un planeta propio. Mis novias anteriores no eran para nada así. Me alegra que la gente nos compare a su matrimonio y tal, pero cada vez que escribo me doy cuenta de que mi mujer es muy extraña. No se trata de todas las mujeres, es solo ella. Sabe cómo irritarme sin casi tener que pronunciar palabra.

Creo que una de las principales razones de queja de las mujeres respecto a los hombres es precisamente la cantidad de tiempo que emplean organizando y supervisando cosas que tú ya deberías haber solucionado

En el libro repites ese lema añejo: “¿Quieres tener la razón o quieres follar esta noche?”.

Si alguna vez haces terapia de pareja (yo lo hice porque tenía un encargo para un periódico), lo primero que te dicen es que intentar tener razón es el peor camino que puedes tomar en un matrimonio. Tienes que darte cuenta de que la otra persona también cree que tiene razón. Yo no pongo en práctica ninguna de las cosas que me enseñaron en terapia de pareja, porque es imposible. ¡Pero funcionan! En serio que funcionan. Yo intenté algunas de ellas durante dos semanas.

¿También lo de mirarse fijamente y acercar las palmas sin tocaros el uno al otro? Porque eso sale en tu libro y suena muy demente. Y lo de susurrarse cositas al oído cuando el otro está desprevenido es como una táctica de violador.

Cuando escribí sobre eso en concreto, Guy Ritchie y Madonna estaban utilizando la Terapia del Susurro. Y se separaron al poco tiempo, justo después de que yo escribiese mi pieza pero justo antes de que apareciese publicada. Así que al final se publicó con una aclaración. Me obligaron a añadir una especie de nota final donde recomendaba no utilizar la Terapia del Susurro [ríe].

Parece algo de Hannibal Lecter.

Forma parte de esa especie de arreglos chapuza para la pareja. Resultan atrayentes porque suenan muy fáciles, pero están diseñados por gente que quiere enriquecerse mediante libros que fomentan la idea de que permanecer casado es algo que no tiene nada que ver con el trabajo duro. Pero es trabajo duro.

La peor parte de ser escritor es convencer a tu esposa de que mirar por la ventana es trabajar

¿Viene la gente a preguntarte “cómo lo hacéis para mantener la llama” o alguna de esas chorradas?

Pues no. El tipo de gente que compra libros de autoayuda no quiere parecerse a mí. Mucha gente lee mis libros y piensa “este tío es como yo” o, alternativamente, “este tío es incluso peor que yo”. En ese sentido sí es autoayuda. Les hace sentir mejor.

Hay una parte muy cruda en el libro, cuando tienes que defender a tus hijos de un bullying y un cholo te arrea un puñetazo sin mediar palabra. Mi pregunta: ¿Qué es ser un hombre? ¿Lo que tú hiciste, que fue mantener la calma y poner a tus hijos a salvo manteniendo una cierta dignidad herida? ¿O la otra solución, que era matar a batazos a aquel hijo de perra?

Todos hemos pensado en ello mil y una veces, ¿verdad? Lo primero que piensas cuando regresas a casa es la sensación de que tendrías que haber aplastado a aquel tipo. Pero también sabes que tenías que ser un adulto y no montar una escena traumática para tu familia. Luego hay que tener en cuenta el tipo de miedo que te (me) asalta en esas situaciones, que no es más que miedo a hacer el ridículo.

Karl Ove Knausgaard escribió que una vez su novia se quedó encerrada en un lavabo durante una fiesta casera, y él vio que su rol como hombre era echar la puerta abajo a patadas. Pero luego le dio corte, y no hizo nada.

Claro. Hay cientos de consideraciones. ¿Y si intentas echar abajo esa puerta y ni se mueve? ¿Y si empiezas a arrearle patadas, pero de repente se te acerca el anfitrión y te dice: “¿Qué coño haces, idiota? ¡Te estás cargando mi casa!” Como supones, paso mucho tiempo proyectando esas situaciones en el futuro, preguntándome qué haría si sucediese esto o aquello. Pero luego tengo que decirme que quizás nunca sucederán, y que debería dejar de preocuparme. Entonces sucede uno de esos casos, y no estoy ni remotamente preparado. Pero vaya: tampoco fue tan grave. Fue embarazoso antes y después. Cuando vi que tenía que dar el paso me sudaban las manos, porque tenía que hablar en público. El puñetazo no fue lo peor.

Un clásico en el que incides al hablar de división del trabajo doméstico es: “Ellas organizan, nosotros actuamos”.

Creo que una de las principales razones de queja de las mujeres respecto a los hombres es precisamente la cantidad de tiempo que emplean organizando y supervisando cosas que tú ya deberías haber solucionado. Que tengan que estar allí diciéndote que saques la basura, porque si no te lo dicen la bolsa se quedará allí eternamente. Mi mujer resiente precisamente ese estar al cargo de todo. Lo odia.

¿Pero no compensa un poco la cantidad de horas que empleas poniendo en práctica esas órdenes? Por ejemplo: ella ha organizado el trayecto, pero yo me he tirado 6 horas al volante. Estamos casi empatados, ¿no? Pues resulta que no. Podría estar conduciendo 3 días y 3 noches a base de speed y seguiríamos sin estar empatados.

[carcajada] Y encima mi mujer se queja de mi conducción. Ella es una conductora más agresiva que yo. Excepto cuando viajamos a Europa, y vamos por el otro lado de la carretera. Entonces me toca conducir a mí (soy americano), y ella procede a tener un ataque de pánico porque conduzco “demasiado rápido”. Pero no voy demasiado rápido. Le digo: “mira esa señal. Aquí puedo ir a esa velocidad. Y ni siquiera la estoy rebasando. Pone 110 y yo voy a 95, y el resto de coches van a 120”. Creo que eso le sucede por el lado raro de la calzada, pero también porque de repente no está al mando en absoluto. Así que cuando mi mujer está al mando en casa, es mejor. Porque ya he comprobado que cuando no lo está es aún más insoportable.

Discutir por dinero con tu pareja es inútil. es inútil. Cuando termina esa discusión por dinero, sigues sin tener dinero.

Decías antes que mucha gente lee tu libro y se consuela pensando: “al menos este tío es peor que yo”. Pero yo leí el capítulo dedicado al bricolaje y pensé: “soy incluso peor que Tim Dowling”. ¿Cómo te crees que me hizo sentir eso, eh?

[ríe] Compro muchas herramientas, especialmente desde que existen supermercados donde no tienes que darle explicaciones a un tendero sádico. Si voy a comprar un taladro acabo comprando un taladro con todos los extras posibles. Pero generalmente no utilizo casi nada de lo que compro, y por añadidura lo hago todo fatal. Creo que la edad es lo que marca la diferencia al hablar de bricolaje. Los jóvenes no tienen ni idea, no sabrían ni cambiar un enchufe. Pero tampoco yo soy bueno en ello, no te creas.

Los escritores-en-casa tenemos un problema conyugal añadido, porque a ratos lo que hacemos se parece sospechosamente a no hacer nada.

Existe una cita sobre el tema, no recuerdo quién la dijo, que es precisamente que la peor parte de ser escritor es convencer a tu esposa de que mirar por la ventana es trabajar. Y es cierto. En mi caso es peor aún, porque aunque tengo una oficina en casa, cuando estoy solo tiendo a considerar la casa entera como la oficina. Paseo por las habitaciones, hago café, salgo al patio y escruto el infinito, y en alguna ocasión miro la televisión durante 4 horas seguidas (si no hay nadie en casa).

También dices aquí que tocas la armónica. Déjame que te diga que no es la forma más discreta de no dar golpe. Incluso masturbarse es más discreto.

[carcajada] Es verdad. Es muy difícil, porque mi mujer trabaja en casa más y más a menudo, y escribe justo debajo de donde yo escribo. Oye todo lo que hago. Lo de escribir, si eres afortunado, sucede en breves explosiones de actividad. Media hora aquí, otra media hora allí, quizás una hora entera en toda una tarde. Casi todo lo que haces se materializa en dos horas por la mañana, e incluso parte de esas dos horas eres tú dando vueltas por la habitación y poniendo cara de tonto o echando un vistazo a Facebook. Creo que soy la única persona que sabe de verdad lo que tardo en escribir las cosas. A mí no me parece que no esté haciendo nada. Lo parece, pero no es así.

Cada vez que visto algo que mi mujer desaprueba, lo llevo desafiantemente

El humor es la única respuesta sensata a la pena. Relatas en el libro la muerte de tu madre, pero no puedes evitar soltar una broma en mitad de la catástrofe.

El humor es una respuesta a la tragedia, sí, pero también al vacío inexplicable de lo que hay ahí fuera. Humor es lo que haces cuando le estás hablando al universo, y sabes que no te va a contestar. Es la frase ingeniosa que te dices cuando el autobús se ha marchado sin ti, y que pronuncias sin esperar respuesta de la gente, porque no tenías audiencia. Es un acto reflejo, solo para tu propio disfrute. El universo es ese autobús que se aleja. Pero cuando murió mi madre, las cosas graciosas que pasaron ya me parecieron graciosas en ese momento, cuando estábamos todos llorando, en un instante muy triste. Tan triste que asusta. Asusta sobre todo si lo visualizas en el futuro, pero cuando estás inmerso en uno de esos momentos te das cuenta de que están llenos de otros factores: aburrimiento y humor, lágrimas y risas. Igual que el resto de tu vida. Y esa es la manera en que quería describirlos: como algo que es parte y continuación de tu vida, no como algo excepcional. Es lo más triste que me ha pasado, pero no es un suceso separado del resto de mi existencia.

Hablando de tristeza, discutir por dinero con la pareja es la discusión más triste que existe. Es mezquino. O suena mezquino. Tú lo describes muy bien en Cómo ser marido.

También es inútil. Cuando termina esa discusión por dinero, sigues sin tener dinero. Es algo que no concibes como parte de la discusión de permanecer juntos. El dinero es algo que debería estar fuera de tu relación. Por supuesto, no lo es, al menos no en el tipo de mundo donde vivimos. Tarde o temprano habrá que discutir sobre ello. Y créeme, a nadie le disgusta más ese momento que a mí. Además, mucha gente está peor. Nosotros nunca nos quedamos sin dinero del todo, y además teníamos gente alrededor que podía ayudarnos. No iban a desahuciarme.

Creo que soy la única persona que sabe de verdad lo que tardo en escribir las cosas. A mí no me parece que no esté haciendo nada. Lo parece, pero no es así

En la salud y la enfermedad. Al fin alguien ha dicho por escrito lo que todos pensamos cuando nuestro cónyuge se pone enfermo de algo no-letal: “Te volveré a querer cuando te hayas curado”.

Si tienes una novia que te trata de maravilla cuando estás enfermo, no te cases con ella. No sería natural. Corta con ella y cásate con otra. A no ser que sea enfermera. Está muy bien eso de que te cuiden, pero recuerda que tu madre fue la última persona que hacía eso. Cuando te haces mayor ya estás solo, en ese sentido. Ponte tú el termómetro, tío. Mi mujer se preocupa por mí porque ya soy mayor, y quiere que esté todo el día haciéndome tests. Pero los hombres no vamos al médico. He ido al médico muy pocas veces.

Yo, si no acaban de cercenarme un brazo, ni se me ocurriría.

Incluso si te lo cercenaran, pensarías: “bah, no es para tanto. Aún tengo otro” [ríe]

Aluciné cuando leí que tu mujer decía otro clásico de mi mujer, y con las palabras exactas: “¿Si estás tan enfermo, por qué no estás en la cama?”

[ríe] No estoy en cama, querida, porque tengo tal remordimiento por ser escritor, que siento como si tuviese que trabajar todo el rato, incluso cuando me encuentro fatal. Incluso en domingo. Incluso en verano. No puedo irme a la cama. Tengo que mirar por la ventana durante un rato más, mi amor.

Un concepto en el que diferimos tú y yo: ropa. Mi posición conyugal en este punto es simple: “yo visto como me sale de las narices, y tú te aguantas, porque ya me conociste vestido de fantoche”. ¡Pero a ti te escoge la ropa tu mujer! Un momento: ¿lo que llevas ahora también?

[carcajada] No solo lo escogió, sino que lo compró. Yo ni siquiera estaba allí. Esta camisa la llevo siempre por ahí porque no necesita planchado. Y estos pantalones me los compró cuando me quejé de que otro par (exactamente igual) que también me había regalado eran demasiado estrechos para mí. Por eso ahora tengo dos pares, y debería callarme la boca la próxima vez. ¿Sabes quien soy? Soy el maniquí de Uniqlo. Voy vestido exactamente igual que él. Me da miedo entrar a esas tiendas por si creen que acabo de robarlo todo. Cada vez que llevo algo que ella desaprueba, lo llevo desafiantemente. Mis mocasines son mocasines heroicos. O los considerarías heroicos si vieses cómo los observa mi mujer, vaya.

Humor es lo que haces cuando le estás hablando al universo, y sabes que no te va a contestar. Es la frase ingeniosa que te dices cuando el autobús se ha marchado sin ti, y que pronuncias sin esperar respuesta de la gente, porque no tenías audiencia

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