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16 horas limpiando marihuana: una española narra la 'vendimia' ilegal de California

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Alicia tiene 30 años y ha ganado 10.000 dólares en dos meses

Alba Muñoz

28 Enero 2016 06:00

Fotografías de H. Lee para 'Grassland', de Kehrer Verlag.

“Algunos amigos me habían contado sobre la vendimia, pero no me podía imaginar lo que era. Incluso después de haberlo vivido es difícil de describir”.

La cara de Alicia está deformada por el móvil con el que graba esta videollamada. Ella está en México, yo en Barcelona. Su desayuno es un porro de un humo tan denso que se ve blanco incluso bajo el sol de justicia que le hace fruncir el ceño.

En la vendimia de Alicia no hay ni una sola parra o árbol frutal, es una forma de hablar, claro, una clave que esta española de 30 años se ha inventado para hablar por teléfono con su madre y amigos de su primer trabajo en granjas ilegales de marihuana de California.



En sólo dos meses ha ganado 10.000 dólares y ahora disfruta de unas merecidas vacaciones al otro lado de la frontera. Como ella, cientos de estadounidenses y gente de alrededor del mundo llegan cada año a esta tierra dispuestos a limpiar millones de plantas secas de cannabis a cambio de un buen fajo.

“Hace años que se hace, pero el boom ha sido ahora. Hay más gente que nunca, es una pasada. Se hace difícil encontrar quien te fiche y muchos se vuelven con las manos vacías”.

Aunque en Colorado y Washington el consumo de marihuana es completamente legal desde 2012, la aprobación del uso recreativo en California marcará un antes y un después en todo Estados Unidos y, probablemente, en el mundo.

Y ese momento está cerca: los californianos votarán la ley en un referéndum durante la jornada de elecciones presidenciales.

Si dicen sí —las encuestas independientes cifran en un 54% el apoyo, y hablan de aumento—, se permitirá la producción, comercio y consumo de ocio entre mayores de 21 años. La marihuana será tan legal como el alcohol, pero con un impuesto del 15% a la venta.

En la tierra de Silicon Valley todos saben lo que esto significa: el saneo definitivo de las cuentas públicas y un negocio descomunal en el estado más poblado de Estados Unidos, fronterizo con México y con el mismo PIB de Brasil (2 billones de dólares).



Nadie duda de que los cogollos serán el nuevo oro. Cómo dudarlo si hace dos décadas que lo son: el uso médico de la marihuana está permitido desde hace 20 años en California y las recetas van que vuelan.

Con la legalización total a la vista, los granjeros se han lanzado a la carrera y buscan manos rápidas y bocas selladas. 

Marihuaneros europeos

“Los españoles somos la comunidad más numerosa. Es una pasada la de gente que hay allí. Dicen que nos hemos multiplicado por diez en los últimos dos años”.

Cuenta Alicia que quienes peor lo tienen para conseguir un visado son los mexicanos, y que ha tenido compañeros del sur: Colombia, Bolivia, Guatemala, Argentina.

Los marihuaneros europeos forman un retrato robot de la precariedad, un algoritmo que combina el paro juvenil y la renta necesaria para pagar un billete de avión. Españoles son los que más hay, les siguen italianos y franceses. Los que menos, alemanes y británicos.

Alicia estudió decoración de interiores pero nunca ha podido dedicarse a ello: "Siempre he currado en fábricas, contraros temporales en Correos, ese tipo de cosas". Cuando se decidió a cruzar el Atlántico, estaba demasiado cansada de vivir así.



"Se me terminó el útimo contrato en una fábrica y coincidió con un momento duro a nivel sentimental. No estaba bien, me faltaba algo. A cinco euros la hora, ¿quién se siente bien?".

Se lanzó. Pensó que era el momento de "hacer un viaje grande" y además iba a aprender inglés.

Pueblecitos en la bruma

"Mira que tengo amigos que habían estado, pero nadie dice nombres, el secretismo es brutal. Llegué con 50 euros en el bolsillo, sin contactos y sin saber dónde ir. Te dicen California, pero California es enorme".

Alicia sólo tenía una instrucción a la que aferrarse: debía alejarse de las grandes ciudades y buscar los pueblos pequeños.

Durante diez días durmió en una tienda de campaña en el bosque, hasta que poco a poco fue llegando gente. Acampaban a su lado, entre árboles interminables. Buscaban lo mismo que ella: estar menos solos, y una granja en la que les dejaran probar.



"Hay de todo. Desde pijitas de 20 años hasta gente que necesita pasta para su empresa, como un chico que estaba terminando de construir un hostel en Tailandia. También había gente con proyectos humanitarios que quiere dinero para las comunidades en las que trabajan". 

Cada mañana Alicia iba un pueblo a investigar. Como una detective forastera, decía: 'Buenos días, señor, ¿cómo está? ¿Necesita ayuda en la granja?'. "Ellos ya saben de lo que hablas, nunca digas 'marihuana' ni nada de eso, no quieren que sus vecinos sepan a qué se dedican".

"Yo me acercaba a la gente por las pintas, pero a veces me equivocaba y le hablaba a un jubilado o a un panadero. Hay que hacer contactos en un bar o ayudando en algún sitio, tienes que hacer que te conozcan los del pueblo".

Un día, Alicia dio con un granjero que sí necesitaba las manos rápidas de una joven. Como las suyas.

Alfombras de THC



"Yo soy fumadora, así que flipé. Cuando llegué a la granja vi que el suelo era una alfombra llena de hojas, ramas y cogollos pequeños". En una nave en medio del bosque había unas 20 personas, cada una en su mesa, trimeando a toda velocidad:

"Recibes la planta seca, le quitas las hojas y dejas el cogollo listo para meterlo en bolsas. Cuando lo ves por primera vez piensas en un garaje de chinos, a todo el mundo le pasa. He llegado a trabajar 16 horas seguidas".

Con su primera granja Alicia tuvo suerte: "Nos vendían comida orgánica por 10 dólares, había agua caliente en una ducha que eran dos tablas de madera con vistas al monte. La gente era muy respetuosa. Por las noches charlábamos o mirábamos las estrellas tumbados en hamacas. Un día que no había trabajo, fuimos al bosque a desayunar LSD, nunca olvidaré ese día, hice amistades muy bellas".

Pero la granja hippie fue un espejismo. En su segundo destino, Alicia descubrió el verdadero wild east de la industria de la marihuana, un infierno en el que encajaban las historias que habían llegado a sus oídos. "En muchas granjas no hay comida ni agua. Tienes que robar cogollos para comer, y entre compañeros se desata la avaricia".

Granjas anárquicas infestadas de avaricia



El sistema de producción lo marca todo: el trabajador decide cuánto cobra a la hora, todo depende de su productividad. Si eres rápido limpiando plantas, puedes llegar a cobrar 100 dólares a la hora. Si eres lento, es posible que tu viaje no te salga a cuenta.

Si eres muy bueno, en dos meses puedes llegar a cobrar 40.000. "No es tan fácil como parece y hay mucha competitividad. Está permitido descansar, pero nadie descansa".

Durante las noches que vivió en la segunda granja, Alicia oía gritos y peleas de madrugada. "La gente no para de trabajar, hay mucha ambición y envidias. Me he encontrado gente que ponía a pesar las cajas de los demás a las 4 de la madrugada, gritando, diciendo que es imposible que otro gane más que él. La gente enloquece".



La ilegalidad, el miedo a la policía, es el otro gran factor de riesgo: "Los granjeros saben que tener más de 90 plantas es ilegal, hay muchas restricciones que no cumplen. Los trabajadores sabemos que si viene la policía, nos deportan y nos quedamos sin cobrar, porque se cobra al final de la temporada. Somos inmigrantes trabajando ilegalmente".

A Alicia le recomendaron llevar siempre sus documentos encima y nunca dejarlos en la tienda de campaña: "Si oyes un helicóptero tienes que salir corriendo, y si encuentran tus documentos te van a buscar y es peor".

Locos con escopetas



"Hay que llevar cuidado porque allí todo el mundo tiene escopetas y pistolas, estás sola en medio de la montaña con esa gente".

Cada granja es un mundo, un misterio. Y cada granjero te tratará y te pagará de una forma distinta. "Unos te ofrecen trabajar en topless, otros se levantan con mal pie una mañana y empiezan a disparar y a decir '¡todo el mundo fuera! Si disparan al aire tienes suerte. Lo que veis en las películas es real, es un país loco".

En la industria de la marihuana californiana hay muertes: "Yo sé de varios atropellos. Los dueños van como locos fumando, bebiendo, se meten rallas, de todo. Se les gira un día y ya está. La montaña es muy grande: hacen un hoyo y te quedas ahí".

Mucha gente no solo no vuelve, sino que se marcha espantada. Alicia, sin embargo, volverá.

Una calada más



"Vivimos en un mundo capitalista, el dinero es lo que nos mueve". Alicia volverá a la granja hippie, le tranquiliza saber que ya tiene un contacto y no tener que acampar en el bosque de nuevo. A pesar del riesgo, dice sentirse más feliz y libre que en España: "No me apetece estar trabajando en algo que no me gusta, encerrada siempre, agobiada por no poder tener dinero para nada".

"¿Lo recomendarías?". Alicia da una calada más; reflexiona. "Punto uno: te arriesgas, puede que no encuentres nada y que te vuelvas habiendo gastado dinero en vez de haberlo ganado".

"¿Punto dos?"

"Si vienes por avaricia, para hacerte rico, no vengas. Porque no lo vas a conseguir. Yo recomendaría venir con un objetivo, un proyecto una motivación real. He visto como padres e hijos se volvían a España decepcionados por no haber podido mejorar su situaicón económica". 

Alicia limpió plantas de marihuana por dinero y volverá a hacerlo. Aunque es contradictorio, asegura que no son los dólares lo que le mueve: "Si lo que te preocupa es el dinero, es lo único que te va a preocupar toda la vida. Y se acaba. Yo sé por qué lo hice, y ya no tengo ese anhelo".

—¿Por qué lo hiciste?

—Para escapar.


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