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"A los 16 mantuve una relación con mi profesor. Fui yo quien lo sedujo"

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Parte V: Entrevista con una Lolita

Luna Miguel

05 Enero 2016 20:00

—Fotografías de Hellen van Meene

En las primeras páginas de Diario de Lo, la revisión del mito de Lolita de la escritora italiana Pia Pera, encontramos a un personaje femenino y adulto llamado Dolores Maze, que lleva hasta las manos de un editor su diario de adolescencia.

Dolores quiere que sus memorias se publiquen, no porque ella se considere a sí misma una escritora, sino más bien porque quiere que el mundo conozca la verdad sobre su relación con Humbert.

En las siguientes páginas, encontramos el diario de la niña que, como es de esperar, es más bien monótono y sencillo.

Una historia sobre cómo la muerte de su padre acabó con su infancia, y sobre cómo las peleas con la estúpida de su madre la llevaron a enfrentarse a ella, y a seducir a un hombre mayor como venganza.



Aquí, Lolita es la protagonista. La adulta. La perversa. La inteligente.

Aquí, Lolita tiene la voz que merece, y entonces su mito deja de ser el de la nínfula, y pasa a convertirse en el de la chica que, por cosas de la vida, acabó siendo musa del narrador de Vladimir Nabokov, inspiración para muchos, y todo un género literario en sí mismo.

Pero Dolores Haze —o Maze, en la novela de Pera— no es la primera ni la última nínfula.

Su pasión y sus ambiciones se han repetido una y otra vez en nuestro mundo.  

Sus besos han habitado las esquinas más oscuras y secretas de este.

Su voz ha retumbado en demasiadas historias.

Una de esas historias, por ejemplo, es la de Daniela, una chica de 26 años que respondió a nuestra llamada para contarnos cómo a los 16 mantuvo una relación amorosa con un profesor de su instituto 20 años mayor que ella.



Daniela no se llama Daniela, pero por distintos motivos, prefiere guardar su identidad. Porque lo que importa aquí no es quién sea ella ni quién fue su amante adulto, sino más bien qué razones se escondieron en su corazón, para decidirse siendo tan joven a comenzar una relación tan peligrosa.

A pesar del paso de los años, Daniela ha seguido viendo a su Humbert, y aunque jamás hubo sexo con él, lo cierto es que la pasión de su relación fue inmensa.

Tras conocer su historia, quisimos saber un poco más, y por eso decidimos mandarle una serie de preguntas que nos ayudarían a ahondar un poco más no ya en el mito literario de la Lolita, sino en la historia verdadera de las nínfulas. Aquellas que son de carne y hueso. Aquellas que nos rodean, aunque mantengan en silencio su memoria.

No todos los días se tiene el placer de entrevistar a una lolita… Y esto es lo que Daniela nos contó:



¿Cómo se da cuenta una adolescente de que está enamorada, obsesionada o fascinada de un profesor?

En mi caso fue un flechazo absoluto. Siempre he tenido ese tipo de flechazos, no necesariamente románticos o eróticos, pero con él fue a otro nivel.

Desde el primer día quise saber todo lo que se le pasaba por la cabeza, qué sentía sobre las cosas, cómo se comportaba ante distintas situaciones, cuál era su lugar en el mundo...

Hasta que un día me di cuenta de que simplemente no podía sacármelo de la cabeza.

Tu profesor, ¿te resultó atractivo por ser alguien lejano, prohibido e inaccesible? ¿O consideras que era alguien popular para más alumnas?

Con el tiempo supe que era popular entre las chicas, cosa que me sorprendió un poco.

Era joven y atractivo comparado con otros profesores, pero para mí el físico era una cosa muy secundaria.

No sabría decir qué fue lo que me llamó la atención en un primer momento; fue algo muy irracional, muy primitivo. Como si una fuerza incontrolable me empujara hacia él.



En aquella época, ¿pensaste en muchas maneras de acercarte a él? ¿Cómo lo hiciste? ¿Sentías miedo de cómo podría reaccionar?

Jamás se me pasó por la cabeza acercarme a él.

Era consciente de mi idealización, de que realmente no sabía nada sobre su vida ni su personalidad más allá de los cuatro detalles que pueden entreverse en un aula.

Fue una amiga la que, después de muchos meses, me dio la idea de escribirle un relato.

No con intención de seducirle —o sí, quién sabe, ¿por qué hacerlo si no es para eso?—, sino un poco como liberación, para sacarme aquella “enfermedad” de encima.



La amiga que te dio la idea de acercarte a él. ¿Era de tu edad? ¿No te asustaba que chicas de tu alrededor conocieran tu historia?

En realidad, durante muchos meses, antes de que la historia propiamente dicha empezara, nadie supo nada.

Llegaron a saberlo mis amigos más íntimos por una cuestión más vital que otra cosa; al final se convirtió en un peso que llevaba a todas partes y del que tuve que desprenderme para que no me ahogara.

En aquel momento confiaba en esas personas, aunque es inevitable sentir cierto miedo, casi más por él que por mí.

De hecho a día de hoy no lo sabe casi nadie precisamente por eso.  

Cuando la conquista llegó a su fin, ¿qué sentiste?

No sabría decir hasta qué punto fue una conquista, porque tampoco pretendía conquistar nada. Él tenía sus favoritas, era cariñoso con algunas, pero a mí no me había prestado nunca atención. De hecho, diría que hasta nos llevábamos “mal”, o al menos habíamos tenido algunos roces.

Cuando le di el relato imaginaba que tendría tacto y sería amable, pero ya.

No sé qué se le pasó por la cabeza entonces, pero lo cierto es que la respuesta que me dio fue completamente inesperada. ¿Se sintió halagado? ¿Alimentó su ego? ¿Vio algo que no había visto hasta ese momento? ¿Era en realidad un Humbert Humbert de manual? No lo sé. Pero recuerdo aquel día como uno de los más intensos de mi vida.

¿Hubo sexo? ¿Hubo amagos de sexo? Y si no lo hubo, ¿tú lo deseabas?

Hubo amagos, hacia el final.

A mí me seducía mucho más la idea de estar con él que el sexo en sí mismo. Siempre he considerado el sexo una cosa muy primitiva, muy física. Yo buscaba otra cosa más profunda, una intimidad que no pudieras tener con cualquiera.



Las historias de lolitas —al menos en la literatura— son atractivas cuando se produce el cortejo, pero luego, si hay sexo, a menudo se tornan oscuras y obvias. ¿Crees que tu relación ha sido hermosa por la ausencia de sexo?

No sabría decirlo.

Es posible que se hubiera vuelto sórdida con el tiempo.

Entonces no era consciente de ello, pero creo que hoy me sentiría decepcionada si él hubiera decidido aprovecharse de mí de esa manera, usando su superioridad y su autoridad para conseguir algo que tal vez yo no estaba preparada para dar. 

Tampoco puedo saber si lo hizo por mí o por él —él tenía mucho más que perder que yo si llegaba a saberse—, pero lo cierto es que esa distancia física sí que le dio un cierto aire de “pureza”, por decirlo de alguna manera, aunque no me gusta cómo suena esa palabra en este contexto.

En esos días de relación, ¿cómo era tu día a día? Es decir, ¿aquello ocupaba el 100% de tu mente o era algo secundario?

Era algo muy obsesivo, muy enfermizo. Prácticamente todo giraba alrededor de él, aunque no quisiera. En cierto modo, cuando se acabó fue muy liberador. Como si me recuperara a mí misma después de tanto tiempo.  

¿Te interesaban otros chicos además de tu profesor?

No, y de hecho ahora que lo pienso, diría que no me ha interesado nadie más desde entonces.

He tenido algunos flechazos de los míos, pero quizás por esa experiencia previa los he sofocado antes de que fueran a más. Siempre con hombres mayores, por cierto.



En este tipo de relaciones parece que el único escenario posible sea el propio instituto —una suerte de templo, al tiempo que cárcel—. ¿Cómo eran vuestros encuentros?  ¿Fuera de clase ocurrían cosas?

En aquella época sólo nos veíamos en el instituto. Yo me quedaba a veces después de su clase y hablábamos durante un rato, o nos veíamos en su departamento cuando no había nadie.

¿Alguna vez te has arrepentido?

Sí, muchas veces. A veces me pregunto cómo sería ahora mi vida si no le hubiera conocido. Pero también me ha dado mucho.

A ojos de la sociedad este tipo de relaciones son juzgadas en seguida: el adulto es un pedófilo y el adolescente un caso perdido, alguien que necesita exhibirse o que es perverso. Por tu experiencia, ¿cómo asumes estos roles?

Creo que es una cuestión con muchos matices.

No es lo mismo una relación con alguien de 12 o 13 años que con alguien de 15, 16, 17...

También juega un papel la diferencia de edad, el contexto en el que se desarrolla dicha relación, etc.

De todas maneras, es innegable que hay una posición dominante por parte del adulto y que, si hay que emitir algún juicio de valor, tendría que recaer sobre él, pues es quien tiene la madurez suficiente como para controlar que la situación no vaya a más.

En el caso del adolescente, no creo en esa idea de perversión que a veces tratan de vendernos, en muchos casos para justificar acciones por parte de los adultos.

Cuando eres adolescente tiendes a la idealización, a engrandecer las cosas, y no mides tanto las consecuencias de tus actos.

Te fascinas por un adulto porque sabe más que tú, o porque te transmite seguridad, o porque representa algo para ti inalcanzable, y todo lo demás queda en un segundo plano.

No me parece justo juzgarlo.



¿Tú has vuelto a ver a tu profesor?

Volvimos a vernos al poco de cumplir yo 18 años. Entonces aquella enfermedad arrasadora había pasado.

Seguía siendo una relación desigual, pero ya no tenía la voracidad del instituto.

Desde entonces se podría decir que somos amantes.

Nos vemos de vez en cuando, nos escribimos, durante un tiempo seguí escribiéndole relatos, luego enviándole fotografías... Hemos ido conociéndonos y creando un vínculo que parece en cierto modo inquebrantable.  



¿Cuándo ahora quedáis, salen a la luz momentos de aquella época?

Muy de vez en cuando. A veces mencionamos el instituto, pero la relación en sí resulta dolorosa. O nos da vergüenza, o quién sabe.

¿Crees que todo esto ha marcado tu manera de ser?

Creo que es inevitable que me haya marcado.

Desde niña me han fascinado los adultos, y llegar a tener una historia con uno cuando era todavía tan joven ha sido definitivo en mi desarrollo como adulta.

¿Sería igual sin esa historia? No sabría decirlo. Habría sufrido menos, eso seguro, pero sospecho que sería una persona parecida.

Me has pedido que mantenga tu identidad en secreto, ¿sientes miedo al hablar de esta experiencia?

Nunca hablo de ello, pero no por miedo, sino por reserva.



Parte I: El origen mágico de las nínfulas

Parte II: Cómo ser lolita después de Dolores Haze

Parte III: El funeral de Lolita

Parte IV: Todos los secretos salen a la luz

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