Entrevistas

“Caminar por la ciudad se ha convertido en un acto subversivo”

Hablamos con el escritor Iain Sinclair sobre gentrificación, literatura y el caminar como acto de resistencia política

Fotografía de Bill Pearson

Basta con pararse a mirar, detener el paso en mitad de esa marea de gente que cada día avanza ajena a la existencia del resto, para darse cuenta de que, poco a poco, nuestras ciudades están siendo secuestradas.

La ciudad moderna muda su piel bajo las consignas de la rentabilidad y la regeneración. El espacio público deja de ser público para convertirse en oportunidad de negocio. El entorno urbano pierde su vigor como espacio de construcción social para transformarse en un tablero especulativo, en meras vías de tránsito hacia la actividad productiva, en parqués comerciales que van limando cualquier atisbo de espontaneidad.

Y esos cambios necesitan testigos, ojos y miradas críticas. Oídos dispuestos a escuchar el susurro de los fantasmas que van quedando por el camino.

El escritor Iain Sinclair lleva media vida dedicado a eso. Toda su obra aparece ligada a su gusto por las investigaciones urbanas. Sus libros son un reflejo de su sensibilidad frente a las transformaciones ligadas a la geografía social, el borrado de la memoria histórica, la mercantilización de la ciudad y las consecuencias del avance del capitalismo en las vidas de la gente. Esa es una historia que nos afecta a todos, es uno de los flancos calientes del activismo político en los últimos años. Por eso cuesta entender que sean tan pocos los que por aquí conocen el lúcido trabajo de este galés crítico. Sólo la naturaleza a menudo local de sus escritos explica ese vacío. Porque su terreno de estudio y el espejo de sus reflexiones siempre ha sido Londres. Un Londres oscuro y oculto, cargado de mitos. Una ciudad desaparecida y en desaparición.

Me obsesiona el hecho de que otros recuerdos más nítidos reescriban los míos

                                                                                           Iain Sinclair

Ese interés localista al que aludimos no ha detenido a la editorial Alpha Decay en su empeño de lanzar la primera antología de la obra de Sinclair que se publica traducida en nuestro país. Y su apuesta se entiende, y casi que se antoja necesaria, porque aunque el marco de referencia de sus textos sea siempre el Este de Londres, los fenómenos de los que habla Sinclair son evidentemente globales.

La ciudad de las desapariciones reúne textos escritos a lo largo de cuatro décadas, pero todo el libro aparece recorrido por un argumento continuo: a partir del espejo londinense, Sinclair dibuja una especie de novela global sobre las transformaciones urbanas que suceden más allá del deseo de sus gentes. Y eso es algo con lo que todos podemos relacionarnos.

Con eso y con su método. Porque en el centro de su práctica literaria y su filosofía, se sitúa siempre una actividad simple: caminar.

Poner un pie delante del otro, y así ad infinítum, poniendo a prueba aquella congelación visible de la vida a la que aludían los situacionistas: el predominio absoluto de "la apacible coexistencia del espacio" sobre "el inquieto devenir de la sucesión del tiempo".

El caminar como acto de resistencia

"Tengo un ritual", nos cuenta el escritor. "Caminar cada día, en una cierta línea de tiempo, y en esa franja pensar sobre la ciudad y decidir sobre qué voy a escribir ese día".

Sinclair no habla de paseos distraídos. No habla solo de salir a estirar las piernas para que la sangre circule. En su caso, el caminar adquiere una clara dimensión política.

Mi trabajo es ser uno de esos testigos que participan en la vida y discuten las expectativas del nuevo tipo de ciudad que están desarrollando

"Empezó como una forma romántica y poética de mirar a la ciudad y mantener un diálogo con su historia oculta, pero a medida que pasó el tiempo, esas caminatas se fueron haciendo más complicadas. Hoy los caminantes urbanos son tratados como poco menos que espías dentro de su propia ciudad, porque desafían el orden de cualquier lugar al que van", explica el autor. "Siempre hay cámaras, siempre seguridad, siempre alguien mirando. El simple caminar a través de la ciudad se ha convertido en un acto subversivo. Y eso es profundamente extraordinario, porque la historia de la ciudad está basada en gente caminando distancias enormes".

Sin ir más lejos, Charles Dickens no sería nadie si no hubiera caminado decenas de millas de noche hablando con prostitutas, detectives o con gente durmiendo al raso, asegura Sinclair. "De ahí es de donde salió el material para las grandes ficciones urbanas: del proceso de caminar. La vida urbana es una cuestión de caminar. Pero esos ritmos están ahora amenazados por una ciudad que no es una ciudad para los caminantes, sino una ciudad para coches y ciclistas".

Aunque el marco de referencia de sus textos sea siempre Londres, los fenómenos de los que habla Sinclair son evidentemente globales

                                                          Peatón anónimo en las calles de Hackney

El filósofo Fréderic Gros dijo una vez que aprender a caminar es aprender a desobedecer. Sinclair lleva media vida haciendo buena esa sentencia con sus deambulares y sus peregrinaciones rituales.

Para él no se trata sólo de observar. Cree firmemente que escribir sobre esas transformaciones puede ser una forma de participar en un debate en el que a menudo se deja fuera la opinión del ciudadano de a pie.

"De entrada creo que el acto político puede ser simplemente el ser espectador. Estar alerta al dónde. Notar todos los cambios que van sucediendo en lo público de la ciudad, y cuestionarlos, interrogarse sobre ellos", opina el escritor. "En segundo lugar, si puedes combinar la observación, la toma de fotografías, entrevistar a la gente que participa en la vida activa de esos lugares, entonces lo que escribes tiene una intención o un objetivo político, se constituye en una forma de protesta".

El simple caminar a través de la ciudad se ha convertido en un acto subversivo

Un hombre contra el Gran Proyecto

Sinclair comenzó su carrera literaria a finales de los 60 trazando una nueva mitología de la ciudad a base de recoger y rememorar, a su manera, con su estilo eléctrico y a menudo alucinado, historias y personajes subterráneos del Londres oscuro.

Entre sus primeros relatos y ensayos encontramos menciones al Rey Ludd (el líder de los luditas) y a la crónica negra de los asesinatos de la carretera Ratcliffe, al Támesis como enclave mágico y a la tradición criminal del este de Londres, a Jack el Destripador y a las iglesias de Hawksmoor como vértices de una cartografía ocultista.

Son marcas de una mitografía oculta, a menudo borrada intencionalmente por el pensamiento institucional, que el autor utiliza para cuestionar la transformación de la ciudad desde los días del thatcherismo.

Frente a la creciente despersonalización de la ciudad de Londres, Sinclair vindica con sus obras la mitología de lo que llama los 'reolvidados'

                                                                       Iain Sinclair con Alan Moore

A partir de 1997 y de su libro Lights Out Of The Territory, sin embargo, la obra de Sinclair experimenta una transformación sustancial. Sus textos se vuelven más accesibles en estilo, y también más politizados y centrados en el presente.

"El concepto de 'pasear', de deambular sin meta por la ciudad, de hacer el flâneur, había quedado desbancado", escribe Sinclair en uno de los pasajes de La ciudad de las desapariciones. "Habíamos entrado en la era del acosador; viajes completamente deliberados, de mirada afilada y sin patrocinador. El acosador era nuestro modelo de conducta: caminar con una meta, sin entretenerse y sin curiosear. Sin tiempo para saborear los reflejos de los escaparates, para admirar las rejas estilo Art Nouveau ni las atractivas cajas de cerillas rescatadas de la alcantarilla. Ahora tocaba caminar con una tesis. Con una presa".

                                                           Los Docklands a principios de los 80

Su presa en los últimos tiempos son los elefantes blancos, las grandes obras públicas emprendidas en Londres por el capital y sus comparsas políticos.

La mutación de la City en fortaleza de alta seguridad, la transformación de los Docklands, la Cúpula del Milenio, la autopista orbital M25 y las transformaciones urbanas y sociales derivadas de las Olimpiadas del 2012 son protagonistas en La ciudad de las desapariciones. También la regeneración sufrida por el barrio de Hackney, en el que Sinclair vive y escribe desde hace más de trés décadas. Allí, pocas cosas son como antes.

La gentrificación a examen

" En el caso de la gentrificación, veo el vaso medio lleno y medio vacío a la vez. Pero creo que la gentrificación es probablemente una terminología equivocada para referirse a lo que está pasando en este momento en el tiempo, al menos en Londres", comenta el autor.

"La idea de la gentrificación funciona para describir los movimientos de finales de los años 60 o principios de los años 70, cuando la gente aún exploraba la ciudad y se mudaba a áreas en decadencia que aún tenían auténtica arquitectura georgiana o victoriana. Privilegiaban este tipo de arquitectura sobre la vida general del área. Lo que hacían era crear congregaciones y pequeños pueblos que cristalizaron en un tipo de vida de clase media en áreas de clase obrera".

"Luego hay un segundo proceso de regeneración, que tiene más que ver con un cierto sector demográfico mudándose a un área siguiendo la estela de los artistas que llegaron allí primero a vivir sin mucho dinero. Y esos son seguidos por otra gente que ve una manera de mejorar el área alrededor de esos artistas, abriendo pequeños negocios. Y hay cosas positivas que salen de ahí. Pero al mismo tiempo, hay una sensación de expulsión".

El autor alude a la expulsión de la gente y los negocios que ya no pueden hacer frente a los crecientes alquileres. El éxodo forzado de la gente que se ve obligada a abandonar esos barrios a los que tanto han aportado. Al final se queda quien lo puede pagar. El mercado no entiende de arraigos.

Sinclair concibe el caminar como instrumento de interpretación simbólica del territorio, como herramienta crítica y acto de resistencia política

La gentrificación es un fenómeno consumado, imparable, que en sí mismo no es ni sólo bueno ni sólo malo. Sus verdaderas luces y sombras sólo pueden ser vistas desde dentro de su espiral transformadora, desde el barrio que las sufre.

"Hay que pertenecer a un sitio para tener derecho a hablar de él", escribe Sinclair. Por eso sus textos hablan de Londres. Pero su Londres habla del mundo entero. De proyectos megalomaníacos que no parecen beneficiar a nadie, de barrios populares que se vuelven disparatadamente caros, de grupos sociales expulsados y esencias locales que se ven sustituidas "por una serie de anónimos edificios de cristal defendidos que no tienen ningún tipo de identidad específica. Son genéricos, podrían estar en cualquier lugar del mundo".

Esos edificios son los molinos de viento contra los que últimamente lucha Sinclair, la representación de lo que llama la Geografía Siniestra del capital. ¿Y cuáles son sus armas en esa lucha desigual? Sus investigaciones urbanas, sus paseos perspicaces y sus libros de prosa eléctrica.

Aprender a caminar es aprender a desobedecer

Porque esos cambios necesitan testigos, ojos críticos. Voces que reclamen las ciudades para la gente.

Como dice Sinclair, "una de las consecuencia de crear un nuevo futuro brillante es la expulsión del viejo pasado inconveniente".

La pérdida de la memoria histórica de los lugares la podemos, hasta cierto punto, tolerar. ¿Pero qué pasa cuando son las personas, y las personas vivas, las que empiezan a formar parte de ese pasado inconveniente que se pretende borrar?

Mientras las piernas le aguanten, ahí estará él, caminando y observando esos cambios. "Explorando los márgenes, celebrando los márgenes, y escribiendo sobre los márgenes". Esos márgenes que el poder económico y político parece determinado a erradicar.

La consecuencia de crear un futuro brillante es la expulsión del pasado inconveniente

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