Entrevistas

“La gracia de un club es oler a la gente, el contacto físico, tropezar con ellos”

Kiko Amat conversa con el flamante periodista musical Simon Reynolds sobre su último libro, Energy Flash (Un viaje a través de la música rave y la cultura del baile”)

“No creo que el consumo de drogas para alterar el estado de ánimo sea un problema, pues la música ya lo hacía (…)La gente que posee una representación teatral de la violencia, sean punks, Oi!, industriales o gabber, adquiere una identidad válida, que además oficia como liberadora de energía negativa (…) Si la clase chav existe —y cada país tiene su equivalente de sector estigmatizado así—, tiende a producir música interesante”. Al habla Simon Reynolds.

Siempre me ha encantado el desacuerdo con Simon Reynolds. Es uno de los pensadores más agudos y perceptivos del periodismo musical de hoy en día, pero también un caballero con el que difiero a menudo. Una situación que, no hace falta decirlo, es tan enriquecedora y valiosa como estar de acuerdo en todo. Los libros de Reynolds que poseo están plagados de anotaciones al margen y subrayados rabiosos (con irritantes signos de interrogación al costado que significan: “¿Estás seguro de esto?”).

Por esa razón acudo a mi cita preparado para el litigio cortés. Menudo chasco, pues, cuando reparo en que mi interlocutor ha cambiado de idea en muchas de las cosas que nos separaban, y ahora nos encontramos en completa sintonía. En el bar del hotel Catalonia de plaça Espanya, Simon Reynolds (alto, circunspecto, con una cara traviesa que recuerda a Mark Stewart de The Pop Group) y yo hablamos de Oi! y gabber, de snobismo y clase obrera, de subcultura y tecnojipis locos, de todos los villanos, colgados y héroes que aparecen en su extraordinario libro Energy Flash; un viaje a través de la cultura rave y la música de baile (Contra, 2014).

La participación del “yo” en tus escritos es siempre puntual, con alguna esporádica anécdota personal y poco más. Por eso me gustaría empezar hablando de tu infancia, la música que se escuchaba en tu casa, todo eso.

Crecí en Berkhamstead, un pueblo que está a cuarenta kilómetros de Londres. Es decir, crecí lo suficientemente cerca de la ciudad para sentir su influencia, pero a la vez estaba rodeado de naturaleza, en un ambiente bastante rural. Árboles y animales, todo eso. Mi padre es alguien muy musical. Tocaba el piano de oídas. Le gustaba el jazz ligero, Oscar Peterson, Dudley moore; jazz melódico, vaya. También les gustaban mucho los musicales. West Side Story, High Society, todos los musicales famosos de Hollywood que veíamos en televisión. Y escuchaban bastante música clásica. Recuerdo a Beethoven, Holst, cosas así. Y por supuesto recuerdo que escuché a los Beatles por la radio y me gustaron. Probablemente la primera canción pop que escuché fue “Penny Lane”, “All You Need is Love” o “Strawberry Fields Forever”. Cosas que escuché el año que salieron, cuando yo era un niño. Pero el primer estilo de música que me impresionó de veras fue el glam rock; para empezar porque aparecía por televisión. Debía tener yo nueve o diez años. Mi nuevo libro va precisamente de eso, de glam rock. Hablo de Bowie, T.Rex, Roxy Music, The Sweet, Slade, Suzy Quatro, Sparks... Eran grupos muy raros, llevaban ropa extraña y hacían música fuera de lo común.

Bastante más punk que algunas cosas del punk, a decir verdad.

Sí, era música muy directa y dura, solo que con una capa de brillo y purpurina. Mi pasión musical empezó de veras (esto lo cuento en Rip it up...) gracias a mi hermano. Yo compraba discos de Top Of The Pops, hasta que él trajo un día un lote de casetes punk: Sex Pistols, Ian Dury... Lo que más me atrajo de ellos fue que soltaban un montón de palabrotas. Creía que eso estaba prohibido en la música pop, y de repente...

“Cojones”. “Cabrones”. “A tomar por culo”.

Sí. Eso puede impresionar mucho a un chaval de catorce años ( ríe). Al poco me fui dando cuenta de que además de “gilipollas”, “putos bastardos” y “capullo de mierda”, Ian Dury era capaz de escribir letras increíblemente sensibles y poéticas. Johnny Rotten iba de anticristo, pero en realidad era un tío inteligente y muy capaz.

Un niño dañado, también.

Sí, un chaval sensible. A Lydon le seguí en P.I.L., luego empecé a escuchar a Joy Division, Talking Heads, Ian Dury, The Slits, Gang of Four... Esos son los discos que empecé a comprar con mi propio dinero.

Escuchaste todo eso a la edad perfecta para que la música te cambie la vida, los dieciséis o diecisiete años.

Nací en 1963, así que hacia esa época tenía exactamente esa edad, dieciséis o diecisiete. Por supuesto, era bastante infeliz, me sentía solo, no tenía novia... Y escuchaba a Joy Division ( ríe). También es la época en que empiezas a hacerte preguntas. Filosóficas y políticas. Empecé a leer... Quizás no a Marx directamente, pero sí a autores que cuestionaban el estado de las cosas, y se preguntaban por el sentido de la vida. Cuando fui a la universidad, lo que quería hacer era política y filosofía, pero al final terminé en historia. Lo que tampoco estuvo mal.

Energy Flash habla del rave en un contexto histórico, como parte de una tradición de subculturas inglesas. Perdí la cuenta de las veces que aparece mencionada la palabra “mod”, por ejemplo. O subculturas empleadas como términos despectivos: “acid ted”, o la bobada esa que soltó Joey Negro sobre que el hardcore belga era como “los Sham 69 de la música de baile”, o algo así.

Sí, como si fuese Oi! ( sonríe)

Eso me toca un poco la moral, porque, vamos a ver, el Oi! no es tan malo como lo pintan. Desde luego no es peor que el gabber.

No, la verdad es que con el tiempo le he ido cogiendo el tranquillo.

Luego discutiremos sobre ello en profundidad. Por ahora querría hablar del hardcore como nuevo eslabón de una añeja cadena de cultura juvenil inglesa.

Claro. Sobre eso hay dos cosas importantes que mencionar. Lo primero es que siempre me ha atraído la música modernista y avantgarde, como sin duda es el hardcore, pero por otro lado es un género que usa sin parar términos que hacen referencia al pasado del rock o la cultura pop. Se hablaba de 1988 como el “segundo verano del amor”. Existía un sentido histórico. En el libro se menciona ese tema de Baby Ford, “Poem for Wigan”, que extrae sonidos y voces de un viejo documental sobre el Wigan Casino y la escena northern soul.

"Mi teoría es que dentro de cien o doscientos años la gente colocará el techno y el rave junto al rock y demás. Porque tienen más en común que diferencias"

Sí, de las series costumbristas This England.

Exacto. Había una sensación general de ser parte de una historia. Y, como dices, en el dance todo lo explicaban haciendo referencias a culturas o escenas previas. Pero el uso de esos términos en Energy Flash también tiene que ver con mi historia personal. Por un lado, lo que me excitaba de esta música era que era diferente y nueva, excitante, y parecía romper con la manera rockera de hacer las cosas, pero a la vez me atrajo porque parecía ser la evolución lógica del rock, la intensificación de elementos que ya me gustaban en el rock pero llevados un punto más allá. Tiende a gustarme la música de baile más agresiva y golpeadora, un poco rimbombante, que puede recordar a cosas como Black Sabbath, Stooges o el punk rock; por las sensaciones más que por el estilo. Es una mezcla rara, yo lo veo como una ruptura total y a la vez como una continuación. Mi teoría es que dentro de cien o doscientos años la gente colocará el techno y el rave junto al rock y demás. Porque fundamentalmente tienen más elementos en común que diferencias. Se trata de música para que la gente joven enloquezca, o se lo pase bien, o alcance algún tipo de liberación.

Paul Weller escribió en los ochenta un artículo donde afirmaba que la primera vez que bajó a un club punk pensó que era igual que un club mod de los 60’s. Si tomas distancia, los elementos son iguales: un culto secreto de chavales con el pelo corto, bailando discos raros y tomando speed...

Sin duda. Escribiendo el libro de glam rock he descubierto que Slade, por ejemplo, utilizaban el término “rave” continuamente. “Los chavales quieren una rave”. Era un periodo en que se hicieron muchos álbumes para escuchar sentado, y de golpe Slade decían que los chicos más jóvenes no querían escuchar discos, querían bailar, querían rave. Así que es un término que viene de lejos.

Los beatniks de los cincuenta lo usaban continuamente, también.

Y en los sesenta era muy popular. “She’s a raver”. “I’m a raver”. Pink Floyd en el All Night Rave de 1966. Era una palabra con mucha historia. Incluso el uso de los términos es el mismo. Rock esto, rock lo otro. El DJ está “ rocking the house”. Los principios son los mismos que en el rock’n’roll. Por añadidura, muchos grupos de glam rock eran considerados artistas de música disco por las revistas musicales del momento. Porque sonaban en las discotecas, y los éxitos se orientaban hacia ellas. Gary Glitter no sonaba en la radio, pero era un hit en todas las discos de Europa. Porque a la gente le gustaba patear con sus canciones. Música rítmica, para moverse. Música que va de liberarte, perderte en el sonido y desinhibirte. Lo mismo que el hardcore techno.

En Rip it up... tendías a estar más a favor de la música modernista o avantgarde, como decías antes. Más Cabaret Voltaire que The Specials. Pero en Energy Flash te posicionas muy a favor del ‘ardkore frente a cosas cerebrales y pretenciosas como el intelligent techno. Es curioso, porque si seguimos la lógica de Rip it up... deberías haber seguido más la estela de Autechre que la del speed garage.

Sí ( cabecea y sonríe). Es verdad. Es una contradicción, tienes razón. Lo que sucede es que cuanto más he escuchado gabber, mejor opinión he tenido del Oi!, como antes comentábamos ( ríe). Cuando escribí Rip it up... opinaba que era música atrasada. Pero de repente empecé a buscar Sham 69 en YouTube, y vi que era excitante. Que no era tan distinto de los Stooges, eso para empezar. Y además era música de clase obrera con base política: cabreada y contestataria. Y eso siempre está bien, ¿Sabes? Llevar enfado político e ideas políticas a fans de clase obrera no puede ser malo. O sea: me gustan mucho Gang of Four, pero se dirigían mayormente a gente que había ido a la universidad, mientras que Sham 69 o los Angelic Upstarts buscaban transmitir el mismo tipo de ideas de forma más accesible. Así que en cierta manera he conseguido conciliar el Oi! con el hardcore techno, sí, a pesar de que en Rip it up... no me metí a fondo en esos aspectos. Por supuesto, el post-punk en su vertiente más arty es la música con la que crecí y que me impresionaba: “¿No es fantástico, todos estos chicos que fueron a escuelas de arte y ahora montan grupos pop?”. Asimismo, me gustan Autechre y muchos grupos de música electrónica similar. Lo que no me gustaba era que los fans (pues sucedía más entre los fans que entre los grupos) fuesen tan snobs respecto a otros tipos de música de baile. Y para colmo sin ningún motivo justificable, pues el hardcore más bailable suele ser también extraño, abstracto y futurista.

"En Energy Flash hablo de cómo en la escena rave las canciones de amor se transformaban en canciones de amor a las drogas. Los fans del northern soul ponían en práctica algo similar"

Quizás me equivoque, pero me da la impresión que valoras más las escenas que terminaron gestando sus propios grupos o músicos que las que se limitan al disfrute de discos encontrados, como el northern soul. El rare groove, por ejemplo, se lleva en Energy Flash algún papirotazo.

En Retromania le dediqué un capítulo entero al northern soul, pues me parece una cultura extraña y fascinante. Y es, en efecto, una cultura basada casi por entero en el coleccionismo de discos raros, cuya dinámica interna se basa en la arqueología de discos cada vez más oscuros. Me gusta que sea una cultura tan extrema, que exige de sus acólitos un compromiso feroz: viajar a weekenders, bailar toda la noche, buscar discos ignotos... En Energy Flash hablo de cómo en la escena rave las canciones de amor se transformaban en canciones de amor a las drogas. Los fans del northern soul ponían en práctica algo similar. Un tipo me contó que cambiaban las letras de canciones románticas de soul para que hablaran de dexedrina. Y en el pub las cantaban con la letra nueva. El northern es una cultura impulsada químicamente, y por supuesto hace gala de tener el tipo de baile más extraño que existe ( ríe).

Al northern soul le han colgado el sambenito de ser una cultura muy exclusiva y snob, pero mi experiencia como miembro (hablo de la escena soul londinense) me demostró lo contrario: que allí solo se exigía amor por el sonido y cordialidad en la pista. Es una de las escenas más acogedoras que he visto.

Lo que sucede con el northern es que en términos de música futura que trascienda... A ver, en el Londres de los ochenta existía el rare groove, que comparte algún elemento con el northern soul. En mi opinión era una escena que no iba a ninguna parte, y que se basaba únicamente en recrear un pasado (en este caso, el funk y el 70’s soul). No creo que hubiese en ella nadie interesado en hacer discos nuevos, aunque es posible que gente que había formado parte del rare groove terminase en la escena acid jazz. El punto clave de ruptura y desarrollo, en todas las subculturas inglesas, es cuando empiezan a crear su propia música, su propia versión de house o techno. Y en ese punto empiezan a transformarse en algo nuevo.

Cierto. Pero no creo que la creación de la propia música sea un fenómeno positivo por sí mismo. El acid jazz creó su música, pero era bastante mediocre. La prueba de ello es que nadie escucha a Galliano hoy en día. O Corduroy.

( Risas) No, es verdad. Nadie. Claro que depende de cómo lo hagas, pero creo que si tratas de replicar fielmente algo del pasado es muy posible que el resultado sea inferior. Y aunque no lo fuese, tengo mis dudas de que esa perspectiva vaya a alguna parte.

Quizás se drogaban poco. En Energy Flash lanzas una pregunta muy interesante: ¿Qué sería del hardcore sin drogas? Porque todas las subculturas significativas van azuzadas por la farmacopea, de los mods a los gabbers. Esto asusta un poco, porque si quitas los estimulantes, ¿qué te queda? Y digo esto como ex-usuario, que conste.

( Risas) Por supuesto. Creo que mucha gente disfruta de esos sonidos sin tener que consumir estimulantes. Los sonidos del northern soul son naturalmente edificantes y emotivos. Las canciones van de amor, de bailar, ir bien vestido, pasarlo bien... Y eso funciona con o sin drogas. Sin duda, la prevalencia de esos stompers tiene que ver con una audiencia que consumía speed, y que por tanto exigía ritmos más rápidos para bailar. Un ritmo uptempo que durara toda la noche. O sea, que la droga determinó el desarrollo musical de la cultura. Lo mismo sucedió con el house que se transformó en hardcore que mutó en jungle. El compás se vuelve más y más rápido, porque la gente toma un tipo determinado de cápsulas. Los ejemplos de la influencia de la química en el desarrollo de un estilo son innumerables. Incluso el soft rock californiano de los setenta debe su evolución a la droga. La cocaína se puede escuchar en cada surco. Imagina a Lindsey Buckingham grabando 18 overdubs consecutivos de su parte de guitarra. O desmontando la mesa entera para conseguir la toma de batería perfecta. La conexión es obvia. Lo mismo con el dub y el reggae con la hierba, etc. Lo curioso es que muchos de los efectos que se buscan en el consumo de drogas ya vienen con el estilo de música. Cierto tipo de efectos están codificados en la canción. Si escuchas muchísimo reggae acabas fumado, solo por los discos. La música altera el estado de ánimo, eso es bien sabido. Si estás algo deprimido y buscas energía te pones discos que te eleven. O a lo mejor quieres seguir deprimido, solo que de forma algo más... cómoda. Hay discos para eso. Si vas a salir por la noche necesitas ponerte de un humor determinado. Quizás te sientes tímido antes de una fiesta, y entonces te pincharás discos que te llenen de autoconfianza. Así que la gente utiliza discos para cambiar su humor de manera dramática. Por consiguiente, no creo que el consumo de drogas para alterar el estado de ánimo sea un problema, pues la música ya lo hacía.

Yo me refería, tal vez, a que cuanto más te drogas, menos capacidad de discernimiento tienes. Cualquier metralla acelerada te chuta. Los soulies del Wigan Casino bailaban la sintonía de “Hawai 5-0”, solo porque el ritmo era machacón y trepidante.

Ya. Eso puede representar un problema. Cuando la gente toma muchas pastillas se convierten en máquinas. Lo de convertirte en máquina tiene una parte buena, cuando toda la pista se te antoja un artilugio gigante, y tú te sientes parte de él, y miras a la gente a los ojos, y alguien realiza un movimiento, y tú lo copias un poco... Pero hay un punto extremo en que ya no eres parte de la máquina, sino un robot. Ver a gente que ha llegado a ese estado, con la mandíbula rechinante y los ojos fuera de las órbitas, suele ser inquietante. Es muy fácil desplazarte del cielo al infierno, incluso en el transcurso de la misma noche. Y al amanecer, cuando las luces se encienden, ves como alguna gente no quiere parar...( desencaja la mandíbula) Nunca. Y ves también que se trata de gente algo insalubre que lleva demasiado tiempo con este tren de vida. Puedes mirarlo de ambos modos. Tiene su cara encantadora y excitante, y tiene su cara escuálida y fea. Dicho esto, lo mismo sucede en pubs con el alcohol.

En todos los libros hay un villano, y Energy Flash muestra a unos cuantos. O por lo menos algunos músicos dan la impresión de haber sido bastante capullos. Pienso en los artistas de intelligent techno en general, y The Future Sound of London en concreto. No eres muy cruel con ellos, pero sí más de lo habitual en ti.

( Ríe) No me gustaba su actitud. Me gustaban algunas cosas que hicieron TFSOL, y tienen algunos discos buenos. “Papua New Guinea” es uno de los mejores temas de la historia, en mi opinión. Pero nunca llegó a gustarme su lado experimental. De hecho, en mi opinión ni siquiera era experimental, solo complicado sin razón aparente. Las cosas que soltaban en entrevistas eran muy snob. Y más tarde lanzaron una especie de club “virtual”, donde no hacía falta acudir, solo te conectabas desde tu habitación. Esto me pareció una idea muy estúpida. La gracia de un club es oler a la gente, el contacto físico, tropezar con ellos. En eso se avanzaron a su tiempo, porque esa idea la encuentras hoy en sitios como Boiler Room, un club de internet. En todo caso TFSOL tienen buenos discos, y algunos especialmente rave que sacaron bajo distintos alias: “Stakker humanoid”, de Humanoid, temazo acid, es suyo. Yo no diría villanos, pero... ¿Alguien más?

El intelligent techno. Poner la palabra “intelligent” delante es de repelente, eso para empezar.

Ya. En el libro digo que bailar es una reacción inteligente por sí misma, si lo que estás escuchando es música de baile. Y es algo que requiere mucha habilidad y esfuerzo. Ojalá pudiese bailar como algunos de los buenos bailarines que he tenido la oportunidad de ver. Los bailarines proficientes saben cómo utilizar su cuerpo, y responden al ritmo de maneras complejas. No es una forma verbal de inteligencia, no es conceptual, pero es una forma física de inteligencia. Así que nunca me he tragado esa distinción de IDM. Y mucha de la música etiquetada como “experimental” resulta ser convencional en términos de melodía y armonía, pasada de moda y estancada. Algunas cosas encasilladas como “intelligent” sí me gustan: Aphex Twin o The Black Dog. Lo que no me gustaba era el marco en el que se analizaban, y cómo usaban esa definición para despreciar a otros estilos que eran igual o más válidos. Cuando escribí el libro busqué defender las cosas que me gustaban, y que tenían mala reputación. Hoy el jungle es un género muy respetado, pero no era así entonces. Así que tomé como responsabilidad el defenderlo de manera agresiva.

"Cuando el libro acababa de salir, el house se volvió interesante de nuevo, estaban Daft Punk, estaba el UK garage, el house minimal..."

Cambiar de idea es un acto perfectamente digno, incluso diría que obligatorio. ¿Ha variado de algún modo la perspectiva que utilizaste en 1998 al escribir Energy Flash?

No demasiado. El libro ha sido actualizado en un par de ocasiones. Por ejemplo, durante los noventa no valoré demasiado el house. Me daba la impresión de que estaba atascado, que era siempre lo mismo y no evolucionaba. Por otro lado, me sentía patriótico respecto al jungle, el gabber, el big beat... Todos los estilos que tienen algo de rock’n’roll, si quieres verlo así. Iba a clubs house y parecían bastante mainstream, la gente no bailaba de formas interesantes, la ropa no era relevante... Me parecía una escena mucho más aburrida, en resumen ( ríe). Cuando el libro acababa de salir, el house se volvió interesante de nuevo, estaban Daft Punk, estaba el UK garage, el house minimal... Y empecé a prestarle más atención. Hoy en día está lo que llaman tech house, que es muy popular en Londres, y es el mismo tipo de cultura que produjo el jungle, el grime o el UK garage. Es interesante, porque han desarrollado un nuevo tipo de baile, bautizado como “Shuffle”, y tiene sus propios pasos, y se da al bajo más importancia de lo habitual en música house... En la primera versión del libro se celebraban algunos aspectos del house, pero en términos generales se le otorgaba menos importancia. También ha cambiado mi visión del trance, que era una escena que no me gustaba y luego se transformó en psychedelic trance, que ya era una subcultura con todas las de la ley: su ropa, baile, química distinta... Suelen interesarme los géneros que vienen con todo el equipaje, en parte porque escribo sobre ellos, y en subculturas completas como esas hay un proceso que te deja espacio para interpretar, hacer conexiones y lanzar teoría subcultural...

Me encantó el capítulo sobre gabber. Me hizo pensar en los skinheads: la masculinidad, la música cómicamente agresiva, la paranoia, el look regimentado... También sufren el desprecio del resto de subculturas dance. Solo por ello me dieron ganas de comprar un montón de maxis gabber. Que, por supuesto, me habrían parecido un espanto.

( Risas) A mí el gabber me recuerda al heavy metal. La imaginería es muy violenta pero, a la vez... Cuando eres niño hay mucha gente que te hace cambiar de acera, pero nunca cambiabas de acera con los heavys. Los heavys son las últimas personas del mundo que pensarían en atacarte. Es una subcultura muy pacífica, y la razón de ello es que escuchan una música muy agresiva que les sirve de válvula de escape. Lo mismo sucede con la gente del gabber. Sus pintas dan miedo, pero ellos no son nada violentos. El sonido gabber es tan brutal y extremo que no necesitan serlo. Esa necesidad se elimina de su organismo a través del baile y la música. Me parece una cultura muy valiosa precisamente por eso. La única vez que he sido atacado fue tras un concierto de Killing Joke. La música de Killing Joke era oscura y agresiva, y la gente bailaba de forma muy física y dura, pero mis atacantes no formaban parte de la audiencia. Eran unos chavalillos con los que me topé al salir, y que detectaron por mis pintas que yo era punk, pero el tipo de punk al que puedes meter una paliza ( ríe). Así que me persiguieron y me lanzaron botellas, y me di cuenta de que eran chicos sin subcultura, niños perdidos llenos de rabia que carecían de formas de canalizarla. La gente que posee una representación teatral de la violencia, sean punks, Oi!, industriales o gabber, adquiere una identidad válida, que además oficia como liberadora de energía negativa.

"El punk volvió a unir a la clase obrera y a la clase media, pero la segunda ola ya volvió a dividirlos. Siempre es así."

Del gabber, el happy hardcore y el speed garage me gusta la idea de su irrecuperabilidad. O sea: son géneros que se niegan a ser utilizados para propósitos distintos a aquellos por los que fueron creados. Su propia “fealdad” y su seguimiento de clase obrera los hacen inutilizables para anuncios veraniegos de cerveza o spots de festivales musicales.

Es interesante. Nunca había pensado en ello de ese modo. Tengo muchas revistas de rave de los noventa, Eternity y otras, y en ellas aparecen muchas fotos de ravers. Y su pinta es muy poco cool, sin duda. Van muy sudados, parecen camellos de speed, llevan ropa bastante fea, chándales y tal... En muchos casos se trata de lo que despectivamente se da en llamar “música chav”. Pero si la clase chav existe —y cada país tiene su equivalente de sector estigmatizado así—, tiende a producir música interesante. En Estados Unidos existe lo que se denomina ratchet, un subgénero del hip hop, que viene a significar lumpen, del gueto... Y el rap más interesante de hace unos años viene de allí. Dicho esto, aunque la música no deja de evolucionar, las letras permanecen inalteradas: pobreza, ser un gangsta, traseros de señoras ( risas), robarle la novia a alguien, clubs de strippers... Es una visión bastante poco amable del mundo. Claro que es una mezcla de fantasía y realidad. Y luego están todas las letras sobre como esa canción va a “rock you” y “shake you”. Así que la combinación es evolución musical + parálisis cultural. Profundamente apolítico. Esto lo encuentras en sonidos de todo el mundo, de las favelas brasileñas a Angola. Su función y clase social es la misma.

El sectarismo en subculturas me parece entrañable (los baleáricos de vieja escuela despreciando a los “acid teds” recién llegados, por ejemplo), pero en realidad es una lástima, ¿no? Quiero decir, que sería mejor que nos dejáramos de pequeñeces y nos concentráramos en la unidad.

Es fascinante, es cierto. Porque si te fijas en la historia de la música, siempre hay momentos en que todas las barreras se rompen y todo el mundo se une, pero luego se re-estratifica otra vez. Antes te hablaba del glam, y en cierto modo es un género que te transporta a los cincuenta o mediados de los sesenta, cuando la juventud estaba unida por Beatles, Elvis o Who. Luego aquello cambió, y a finales de los sesenta ya existían bandas que solo tocaban en el circuito universitario, y no sacaban singles, solo álbumes, y tocaban jams de veinte minutos, como Soft Machine (que me gustan mucho, a decir verdad). Se había creado una división entre música para la juventud de clase obrera, que quería bailar, y la juventud universitaria. Y el glam cambió todo aquello, al menos la parte de Bowie y Roxy, que gustaban a todo el mundo. El punk volvió a unir a la clase obrera y a la clase media, pero la segunda ola ya volvió a dividirlos. Siempre es así. Es la forma que tiene la clase de reconstituirse.

Antes hemos hablado de villanos, así que ahora les toca el turno a los...

¿Héroes?

No. A los majaras.

( Risotadas) Vale.

Por ejemplo: Spiral Tribe, de quien ya había leído en Altered State de Matthew Colin. Me debatía todo el rato entre “Oh, eran unos visionarios” y “Oh, encierren a esos colgados”. Todos esos disparates mansonianos de jipi chiflado, como “ya no necesitamos dormir”. ¿Cómo? ¡Tío, no puedes no dormir! Eso es una tortura, ¿sabes? Se llama “privación del sueño”, y vuelve loca a la gente. Lo que, obviamente, parece ser el caso de Spiral Tribe.

( Ríe) Su rollo era bastante de secta, no cabe duda. Me di cuenta de ello la primera vez que les conocí ( momento de reminiscencia y carcajadas). Me sucedió esto: estaba con su lider, Mark Harrison, y alguien de su grupo dijo de él que era el “segundo Advenimiento”. El Mesías. Mark le echó una mirada de reproche, pero no sé si fue porque le dio vergüenza o porque realmente creía serlo y no quería que se divulgara por ahí ( risas). Eso me dejó un poco descolocado. Mesías o no, desde luego era su gurú.

Nunca he visto fotos suyas, así que los visualizo simplemente como el Neal de The Young Ones bailando techno en un barrizal.

No, no: iban todos rapados y vestían casi igual. Por supuesto, lo primero que pensabas era que eran Hare Krishna. Existía entre ellos una unidad extraña que parecía cultesca. Yo me lo tomé todo con cierta cautela. Por un lado, algunas de las cosas que decían sí tenían sentido: la libertad, el sistema opresivo, todo eso. Y lo de la privación del sueño tiene cierto sentido: si dejas de dormir, entras automáticamente en nuevos estados mentales y recibes percepciones extrañas. La cuestión es si debes fiarte de esas percepciones o no. En la práctica, su idea de vivir fuera de la sociedad era muy naíf, porque dependían por completo de la limosna de los que no vivían como ellos pero participaban de algunas de sus fiestas, y por tanto ponían el dinero que las hacía posibles. Lo suyo era una fantasía, la fantasía de operar al margen de la sociedad moderna. No sé; como periodista, toda la gente que lleva sus creencias a esos extremos me parecen fascinantes e inspiradores. Yo no podría hacerlo, pero me impresiona toparme con algún creyente total. Mientras no sea creyente malvado, quiero decir ( ríe). Nunca estuve cerca de comprarme una caravana y seguirles, pero me gustaban mucho sus eventos. Y era libre de veras. Era un espacio libre, al menos comparado con los clubs del momento. Lo vivías como una aventura.

"Fatboy Slim es un buen DJ que encima es buena persona. Y los Chemical Brothers eran la hostia en directo, aunque siempre me pregunté por qué tenían que manipular los botones del mezclador con tanto ímpetu."

Aphex Twin se destapa como otro de los fulanos más interesantes y desquiciados del libro. Lúcido pero tarumba a la vez. Un poco como Lee Perry.

Hay gente que dice que se lo hace. Que se creó un personaje “excéntrico” pero en realidad no hacía todas las cosas que decía, como no dormir nada o fabricar sus propios instrumentos. Las malas lenguas dicen que si observabas esos aparatos de cerca, detrás de lo que él había “construido” estaba el artefacto común que tenía todo el mundo. No sé. No recuerdo bien si yo sentí ese escepticismo. Creo que soy el típico tío que se cree todo lo que le cuentan ( ríe).

A mí me sucede lo mismo. Creo que la credulidad es un signo claro de ser un tipo decente.

Quizás sí. Recuerdo haber leído que se había comprado un tanque ( ríe) y allí sí me planteé la veracidad de la afirmación. No parece un vehículo muy práctico para aparcar en zona urbana. Pero desde luego James es un tipo inusual, y carece por completo de habilidades sociales. Cuando le entrevisté, su actitud dejaba claro que preferiría estar haciendo otra cosa. En el momento en que apreté el Stop, salió corriendo, mientras mascullaba que tenía que ir a comprar un disco que había visto, o no sé qué. Literalmente: corriendo. Se ahorró todas las cortesías, la despedida, todo.

Mi última pregunta es sobre el big beat. Cuando apareció en 1997 yo no estaba seguro de si debía considerarlo una genialidad o una porquería. Durante un tiempo me decanté por la genialidad (era tan descaradamente mod que no pude evitarlo) pero pasados los años me parece más excrementicio que otra cosa.

( Carcajada) Hombre, es verdad que no se transformó en nada, lo mismo que el acid jazz. La música interesante siempre, por definición, se convierte en otras cosas: el techno se transformó en esto y aquello, el jungle mutó en grime y UK garage y dubstep... El big beat, por el contrario, no dejó influencia, no tiene legado. Pero cuando apareció sonaba genial, y algunos de esos discos aún suenan tremendos: Bentley Rhythm Ace me chifla, lo mismo que Fatboy Slim. La atmosfera en sus clubs era muy distinta. No era un ambiente de rave.

Más de lad cervecero, asumo.

Sí, mucho más lad. La cerveza era tan importante como las pastillas. Pero Fatboy Slim es un gran tipo con un gusto excelente, un buen DJ que encima es buena persona. Y los Chemical Brothers eran la hostia en directo, aunque siempre me pregunté por qué tenían que manipular los botones del mezclador con tanto ímpetu ( ríe). Está claro que podrían haberlo hecho sentados, y sin emplear fuerza alguna. Siempre me pareció un poco afectada, esa actitud. Pero claro, ese es el problema eterno de la música electrónica: carece de gestos físicos representativos, de lenguaje corporal como el que nace de tocar la guitarra. “Setting sun”, en todo caso, es un gran tema de freakbeat moderno.

En el libro comparas big beat con pub rock, lo que tiene cierto sentido. ¿Chemical Brothers serían Dr. Feelgood, tal vez?

Sí. No hay muchos discos que te pongas hoy de pub rock, excepto los del los Feelgood. El pub rock fue necesario para devolver el rock’n’roll a los clubs pequeños, y lo mismo hizo el big beat.

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